Hábitos

Roberto Merino 

Recuerdo haber visto, en una Life o en una Paris Match de los años 50, unas fotos donde George Simenon aparece escribiendo en la vitrina de una librería. Es decir, la vitrina fue adaptada como lugar de trabajo, con una mesa llena de papeles y una máquina de escribir. La gente que pasaba por ahí se detenía un rato a presenciar el proceso de la escritura, a menudo tan solitario y regido por la neurosis.

Me imagino -ya que los detalles se me han ido diluyendo con el tiempo- que esto sucedía en París, donde podría haber habido interés en el trabajo de un escritor, aunque este careciera de elementos teatrales y más bien estuviera constituido de inmovilidad, silencio y momentos en blanco.

Otra revista, esta vez chilena, nos muestra que Enrique Lafourcade hizo algo parecido en la década siguiente en una librería del centro de Santiago, en un momento en que la escritura industrial y tarifada implicaba de por sí una especie de anatema por parte de quien fuera que -en el estrato denominado "intelectual"- se arrogara poderes de sanción. Entiendo, considerando la psicología nacional de los 60, que aquel acto extravagante y publicitario debe haber sido entendido como de una extrema vanidad.

Si algo distingue el trabajo de escritores y de pintores es que estos últimos pueden conversar mientras hacen lo suyo, e incluso escuchar música. Es una ventaja tremenda, ya que no están expuestos a sufrir la desagradable experiencia de que aquello que tienen en la cabeza -la pintura y sus incertidumbres- los arranque del mundo y los arroje a la soledad.

Pero no sé, conozco casos en que la maraña psicológica se apodera de los artistas al punto de volver su trabajo el revés de la vida común. Muchas veces el "contrato" que se hace tácitamente con el arte se parece a un acuerdo con la mafia o con el Coludo. La familia queda al otro lado, soportando incomprensibles noches en vela, pataletas por un signo que no resulta, profundas fracturas del ánimo por un blanco de zinc que no se adhiere adecuadamente a un rostro representado.

La revista Paris Review innovó alguna vez -en un contexto cultural muy fuerte que separaba la obra del autor- al preguntarles a los escritores entrevistados acerca de sus hábitos, sobre la figura individual que adoptaba en ellos el proceso de creación literaria. No se trata, por cierto, de unas cuantas pinceladas anecdóticas, de una colección de costumbres excéntricas, sino de una normalidad general que da paso a deslumbrantes laberintos mentales: seguir una palabra, por ejemplo, que se trae desde el fondo de los sueños, registrar sus asociaciones, hacer el camino inverso y retroceder hasta una probable causa, un origen que es a la vez la huella de algo que estuvo anteriormente en ese breve espacio de significante y significado. Esa onda.

Si algo distingue el trabajo de escritores y de pintores es que estos últimos pueden conversar mientras hacen lo suyo.

 


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