Sin denominadores comunes

Camilo Marks 

El título Degenerados , como Gonzalo León denomina a su "muestra de narrativa chileno-argentina hipercontemporánea", no debe llamar a engaño, pues ese nombre claramente alude al hecho de que ninguno de los autores antologados pertenece a lo que habitualmente se designa como generación literaria. Los doce escritores que integran este compendio varían bastante en edades y es difícil encontrar un denominador común en cada una de las historias que cada uno de ellos nos cuenta. Sin embargo, si consideramos con detención estos relatos, hallaremos factores similares en este interesante libro: la presencia de la locura en varios de ellos; los escenarios por lo general urbanos y bastante empobrecidos; la ausencia de toda conciencia social y política por parte de quienes protagonizan cada episodio; cierta tendencia a la confusión producida por una prosa demasiado saturada; la preferencia por la página compacta, lo que se traduce en escasez de diálogos; en fin, la real calidad de numerosas narraciones. Además, Degenerados cuenta con sendos prólogos, de Gonzalo León y de Guillaume Contré.

El volumen comienza muy bien: "Don Segundo Asombra" y "Carne de serdo", de Michel Nieva consisten en dos fábulas entrelazadas, de tono delirante, dislocado, divertido y futurista. La primera describe las andanzas de un caballero centenario, que, si no fuera tan flaco, pudo haber sido devorado por sus descendientes, quien, además, decapita al Papa y se dedica a propagar una revolución anarquista basada en la senectud. La segunda tiene como centro a un animal transgénico, cuyas partes comestibles hacen agua la boca. "Las astillas", de Natalia Rodríguez, deja de lado todo vestigio de humor para abordar una lúgubre intriga. María, su hijo Cristián y Ramón viven en los confines de la indigencia en una suerte de cueva y desde el inicio sabemos que han sido expulsados de su anterior morada por ser incapaces de pagar las deudas. Cristián es un niño que padece malformaciones físicas y mentales severas, que continúa orinándose en la cama causando periódicas crisis y que va al colegio tarde, mal y nunca. Las relaciones entre María y Ramón son difíciles: ella le prohíbe a Cristián que llame papá a Ramón, obtiene ingresos que apenas les alcanzan para vivir, en tanto Ramón siente un genuino cariño por el chico.

"Halopidol", de Javier Fernández Paupy, transcurre al interior de la clínica psiquiátrica Alberti y su protagonista, un joven de 17 años internado ahí a la fuerza, es sometido a tratamientos de electroshocks, a la ingesta de psicotrópicos o, si se porta mal, se lo encierra en confinamiento solitario. En "La bienal", de Emilio Jurado Naón, pieza excesivamente larga, asistimos al montaje de una exposición extravagante, provocativa, heterogénea, compuesta por instalaciones que quizá sean incomprensibles para los asistentes, pero resultan atractivas para los artistas que diseñan estos espectáculos. Ossorio, el héroe, ama el olor de los aeropuertos y se expresa en un lenguaje híbrido, con frases a destiempo; en suma, una jerigonza culta, aunque sea graciosa por el tenor irreverente de sus dichos. "Laberinto de orquídeas", de Leonardo Sabatella y "Técnicas de nado para no hundirse en Mar Argentino", junto a "Partysanos", de Esteban Prado, completan el ciclo dedicado a nuestros vecinos y tal vez sean anécdotas menos logradas que las anteriores, en parte por su longitud.

La sección chilena empieza con "El enroque", de Bruno Lloret, quien vuelve a caer en el pecado del exceso de páginas, si bien cuenta cosas interesantes sobre un chileno que reside en Estados Unidos y se relaciona con desertores del ejército o con personajes que huyen de la justicia. Con Pablo Toro uno va a la segura y "Cerdo" es, por donde se lo mire, un texto notable. Sofía, quien "se había arrogado una especie de presidencia interina del Sindicato de Estándares Sexuales de la calle Los Claveles", habita en un condominio junto a su marido, donde todos los vecinos se llevan muy bien, hasta que irrumpen los Jorquera, quienes producen vergüenza, malestar y una serie de reacciones, debido al espantoso ruido que hacen todas las noches cuando hacen lo que suelen hacer hombres y mujeres que se llevan bien. La comunidad se reúne con el objeto de exigir moderación a los Jorquera; no obstante, al final nadie se atreve a enfrentarlos hasta que, un buen día, los Jorquera se van. En el ínterin, el narrador se ha encariñado con un chanchito, al que bautiza Gary (en honor a Medel) con quien termina pasando sus días cuando se produce el divorcio entre él y Sofía.

"Eres buena y lo sabes", de Paulina Flores, es, sin lugar a dudas, la ficción más refrescante y desenvuelta de Degenerados . Valeria ha conquistado a Pato, un tipo casado, abúlico, soñador, irresponsable y todo iría a partir de un confite si no apareciera golpeando a la puerta su legítima esposa y si, hacia el final, no fuera encarada por una de las hijas de Pato. Ello ocurre en una playa de La Serena, donde Valeria se ha trasladado a causa del hastío que le genera Santiago. En definitiva, nada pasa, porque a Valeria parece darle lo mismo y porque a Paulina Flores podría ocurrirle otro tanto, ya que "Eres buena y lo sabes" es, fundamentalmente, una anécdota liviana y, pese a la juventud de la escritora, aquí revela una madurez y un aplomo envidiables. El resto de Degenerados consta de crónicas muy poco pastorales y, por desgracia, este espacio no permite extenderse más.

Hay factores similares en este interesante libro, como los escenarios urbanos y empobrecidos.

 


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Degenerados Gonzalo León (compilador) Editorial Lagüey, Santiago, 2018, 284 páginas. CUENTOS
Degenerados Gonzalo León (compilador) Editorial Lagüey, Santiago, 2018, 284 páginas. CUENTOS


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