Aniversario De la Colonia al siglo XXI:
La memoria que vive en las calles de Santiago y sus nombres

Pasado mañana la capital de Chile cumplirá 478 años desde su fundación. El debate para llamar Eloísa Díaz a una de las nuevas estaciones del metro es una oportunidad para hablar también de los nombres de las calles de Santiago, sus cambios a través de la historia y las últimas controversias. La gran deuda, cómo no, es hacia las mujeres.  

Juan Rodríguez M. 

Una vez un turista le preguntó por la avenida Libertador Bernardo O'Higgins y no supo qué contestarle. "Lo tuve que pensar hasta caer en cuenta de que el pobre estaba leyendo el mapa", recuerda el escritor Óscar Contardo. La calle que buscaba el turista era la Alameda, claro, solo que lo hacía con el nombre oficial, no con el que todos los santiaguinos usan. Autor de ensayos como "Siútico" y "Rebaño" y del libro de crónicas "Santiago capital" (todos en Planeta), entre otros títulos, a Contardo le parece "curiosa" la situación de la principal avenida de la capital. "En provincia -dice- es habitual encontrar una calle que se llame O'Higgins, y a la que todos nombran como tal, pero nunca con el adjetivo 'Libertador'. Si no había muchos otros O'Higgins a quien darle una calle, deberían haberse ahorrado los adornos". "Alameda es la Alameda, ¡caramba!", escribió Joaquín Edwards Bello en 1936. "El nombre está metido en nuestro espíritu, y esperamos que también lo esté en el de innumerables chilenos".

La avenida Libertador Bernardo O'Higgins... perdón, la Alameda, es tal vez el caso más significativo de lo que ocurre con las calles de Santiago: sus cambios de nombre a lo largo de la historia -desde la Colonia al presente-, siguiendo lógicas o énfasis que dicen mucho de las transformaciones de nuestra sociedad. Por ejemplo, si viajáramos por el tiempo, podríamos recorrer la colonial Calle del Rey y al llegar a 1825, al Chile republicano, veríamos que esa vía ha cambiado su denominación por la de Calle del Estado. Ya en 1999 podríamos disfrutarla sin preocuparnos de los autos, pues desde entonces es el Paseo Estado.

Hay muchas otras calles que han cambiado de nombre a lo largo de los años, como Los Morros, en La Cisterna: desde 1995 llamada Padre Hurtado. Esos cambios a veces resultan en que una misma vía tenga en pocos kilómetros más de un nombre: Diagonal Oriente, como la llama la mayoría, en las comunas de Providencia y Ñuñoa, es también Pedro Lautaro Ferrer, Presidente José Battle y Ordóñez y Jaime Guzmán Errázuriz. Y eso que no estamos contando que en realidad Diagonal Oriente es la continuación de Santa Isabel y que en La Reina y Peñalolén es Arrieta.

En la comuna de Independencia la calle Santa Laura, donde está el estadio homónimo, fue renombrada como Julio Martínez, y Olivos -cuyo nombre viene de tiempos coloniales, cuando era el Callejón de Los Olivos- como Sergio Livingstone, en honor al periodista y al exarquero, respectivamente. La decisión se revirtió en 2018, para mantener la tradición.

Según un informe de la Biblioteca del Congreso Nacional, en Chile existen dos formas para dar nombre a las calles. La principal le otorga la potestad a las municipalidades, cuando se trata de arterias bajo su tuición. El apoyo de dos tercios del concejo comunal permite aprobar un nuevo nombre para una calle. En otros casos, como las carreteras, la responsabilidad es del Ministerio de Obras Públicas.

Calles y memoria

Al arquitecto Patricio Duarte le parece "correcto" que se hayan revertido aquellos cambios en la comuna de Independencia, particularmente en el caso de Olivos. "Porque en el fondo es perder toda una memoria histórica. Pocas calles de Santiago mantienen el nombre que habla de su origen, en este caso como un callejón que estaba bordeado de olivos, lo que a su vez habla de la historia de ese sector de Santiago, La Chimba, como un sector suburbano, rural".

Académico del Instituto de Historia y Patrimonio de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, Duarte traza una evolución de los nombres de nuestras calles, desde la fundación de Santiago en 1541: "En el pasado no eran nombres que hicieran alusión a personajes, sino a características del lugar en el que se ubicaban. Por ejemplo, la Calle de Santo Domingo, la Calle de la Merced o la Calle de la Compañía, que aludían a los edificios que estaban en esas calles". Duarte también recuerda la Calle del Chirimoyo -llamada así porque había un chirimoyo-, que hoy es parte de la calle Moneda.

El proceso independentista, agrega Duarte, "generó una suerte de revisionismo". El cronista de arquitectura Miguel Laborde concuerda: en la Colonia las denominaciones "eran muy participativas, espontáneas (Calle del Peumo, Calle de Ahumada, que vivía ahí, Calle del Galán de la Burra). Pero tras la Independencia se transforman en un medio óptimo para entregar el mensaje patriótico fundacional, lo que tiene lógica para la época, pero nos quita la densidad histórica que tienen las ciudades latinoamericanas, donde todavía hay calles que se llaman Del Rey, Del Alférez Real, Del Alguacil Mayor".

En familia

Tal vez el mayor legado de la etapa republicana fue empezar a comprender la nominación de calles "como una suerte de reconocimiento popular o público a ciertos personajes que hayan tenido una participación significativa en la historia de Chile", explica Duarte. Ya en el siglo XX, complementa Laborde, "la gran expansión de la ciudad entrega los nombres a la burocracia, y de ahí que muchos se repitan -listas de árboles, de elementos químicos, de minerales-, para solucionarlos con rapidez y sin buscar un sentido en la elección. En muchos casos se dejaron a cargo de los loteadores, que rendían honores a su propia familia".

Por ejemplo, la urbanización de la chacra que poseía Carlos Riesco en lo que hoy es Providencia: según una investigación de la municipalidad homónima, Riesco pidió que a una calle se le colocará el nombre de su hija fallecida, Concepción. Así se hizo, y luego en 1944 se le agregó el "La" con la que la conocemos hoy. Cerca está la calle Padre Mariano, en honor al sacerdote Mariano Guíu, quien realizó distintas obras de beneficencia y además asistió a la hija de los Riesco en sus últimos días.

"Son muchos los paradigmas que se entrecruzan en cualquier ciudad", explica el escritor Roberto Merino, autor, entre otros libros, de "Todo Santiago. Crónicas de la ciudad" (Hueders). "Las antiguas poblaciones solían tomar un conjunto externo y proyectar sus detalles en los nombres de las calles. La Población Orquesta Sinfónica, por ejemplo, cuyas calles correspondían a instrumentos musicales. Supongo que la Población Pablo Neruda aprovecha los títulos de los poemas para designar calles" Y agrega: "desde los años 30, el modelo de la ciudad jardín hacia el oriente implica una toponimia temática: el barrio de El Bosque da lugar a todas esas calles de nombres de flores. Al mismo tiempo, hay que considerar que para entonces en el 'imaginario' urbano ya entraban las películas de Hollywood. Edwards Bello, que consideraba todo esto un poco siútico, decía que al pedirle al taxista que lo llevara a Mayflower con Las Petunias, el taxista contestaba: 'Ah, debe ser pal' lado del Golf'".

Según explica Merino, "más tarde se dio -en Vitacura y Las Condes- un dejo nostálgico de los fundos ya perdidos. De ahí todas las invocaciones a La Viña, La Llavería, Los Establos. Igualmente, me parece que en este registro funcionan los nombres de árboles vernáculos: las pataguas, los maitenes, los arrayanes. Este modo de nombrar las calles, que tiene por cierto un poderoso doble fondo simbólico, fue adoptado por barrios 'emergentes' a comienzos de los 90, sectores de La Florida, por ejemplo, cuyos habitantes no estaban necesariamente vinculados a un pasado agrario".

A Óscar Contardo le provocan curiosidad "los nombres de las villas de los suburbios construidos durante los ochenta". Recuerda una zona de La Florida con nombres de países. "Hay comunas que tienen calles con nombres de estrellas, planetas y constelaciones u otros -como en Peñalolén- de virtudes humanas. Yo tenía un amigo que vivía en la calle Perseverancia. Creo que en el origen de esos bautizos hay una suerte de anecdotario de época", dice.

Pocas mujeres

En 2017, en este diario, se publicó un artículo, elaborado a partir de datos del sitio Mapcity.cl, que constataba que el 8% de las calles de la comuna de Santiago tiene nombre de mujer. Solo treinta y cuatro calles, entre ellas Rebeca Matte, Irene Morales y Amanda Labarca (ninguna Eloisa Díaz, aunque sí hay una calle con su nombre en Las Condes y otra en San Bernardo). Quizás dos años después haya más, pero de seguro la brecha con las "calles hombre" sigue siendo abismal. "Las calles y sus nombres, así como los procesos que han llevado a asumirlos, podrían ser calificados como espacios donde la memoria histórica se juega y se negocia", dice la antropóloga Sonia Montecino, académica de la U. de Chile y premio nacional de Humanidades.

Los espacios y personajes que se han reconocido a lo largo de la historia, afirma Montecino, dan cuenta de una "memoria oficial". Y allí faltan las mujeres, "porque su ingreso a la historia política y cultural oficial aún es una deuda". La antropóloga apela a "la conciencia de género de los municipios". Pero, agrega, "habría que romper con los nombres 'excepcionales' y valorizar a aquellas y aquellos que han actuado en los espacios microsociales, y que con la política de nominar a quienes descuellan quedarán siempre olvidados".

Antonio Sahady, arquitecto de la Universidad de Chile, y Verónica Baeza, escritora y educadora, creen que también hay una deuda con "los filántropos del siglo XIX, los vecinos que crearon las juntas de beneficencia, los directores de hospitales que trabajaron ad honorem , los fundadores de las primeras escuelas campesinas, los doctores y doctoras que lucharon contra el alcoholismo. Muchos ciudadanos anónimos -hombres y mujeres- que dedicaron su vida a dar bienestar a los demás". También creen que se debería recordar a "los 'indígenas' que se asentaron en el valle del Mapocho antes de la llegada de los españoles".

Contardo cree que es "un poco ridículo" homenajear a gente viva o que acaba de morir. "Es conveniente dejar pasar algunas décadas", dice Miguel Laborde. "Si se actúa sobre caliente, se cometen errores, por falta de perspectiva histórica; al margen de los problemas prácticos y sociales. Quienes nacieron en la histórica calle Gálvez, la que recordaba al primer carpintero de las primeras casas de Santiago -homenaje excepcional a un trabajador manual-, ¿qué sienten al despertar un día (en 1985) y ver que ahora su calle se llama Zenteno?"

Ollería y lentes

Sahady y Baeza nos llevan de vuelta al origen. "En tiempos coloniales -dicen- era frecuente designar las calles con el nombre del vecino más prestigioso de la manzana (Calle Pero Gómez). O de algún templo (Calle de la Merced, Calle de las Monjitas, Calle de las Monjas Agustinas). O de una edificación (Calle de la Moneda Real, que pasó a llamarse de la Moneda Vieja). O de un lugar (Calle de los Baratillos, Calle de las Ramadas). O señalando alguna característica que la identificaba (Calle de la Ollería, Calle de los Patos, Calle del Cerro)".

Esa aproximación práctica a nuestros caminos persiste, no necesariamente en sus nombres, pero sí en lo que nos evocan. Óscar Contardo apunta a esas calles que alcanzan el rango de la especialización, como McIver o Diez de Julio, las calles de las ópticas y la calle de los repuestos, respectivamente. "Ahumada y Huérfanos es la imagen que todos tenemos del centro de Santiago. Ambos nombres por sí solos evocan un paisaje. El significado original fue vaciado y la vida de la ciudad le dio uno nuevo: las calles de los cines, de los bancos, de las primeras tiendas de departamento, de los almacenes de discos, de un mundo y un comercio que ya no existen más y de otro que está por existir".

"Alameda es la Alameda, ¡caramba!", escribió Joaquín Edwards Bello en 1936.

 Columna de Roberto Merino: ¿Para qué cambiar los nombres?

No creo que haya un modelo sistemático para ponerles nombres a las calles. Pero se pueden vislumbrar tendencias a través del tiempo. De partida, sería muy favorable que se mantuvieran los nombres originales, que eran lógicos, referenciales y no pretendían consagrar simbólicamente nada. No veo qué problema tendríamos en ir a la Calle del Peumo, o a la Calle de las Ramadas, o a la Calle de las Cenizas o al Callejón del Traro. Palabras y realidad se incorporan en la experiencia a una velocidad superior a la del análisis.

Me parece que ha habido distintas inflexiones y propósitos en los bautizos de calles y plazas. El barrio Yungay es celebratorio de la Guerra contra la Confederación (incluido el templo de la Gratitud Nacional), pero a la vez la Avenida Portales recuerda a los dueños originales del predio, mientras que Sotomayor y Cueto fueron inversionistas. El paradigma Libertad-Esperanza-Maipú no sé cómo entra en este enredo.

Al frente, hacia el sur, me parece que el único nombre atávico era el del Callejón de Padura. Puede que me equivoque, pero los ejes centrales serían República, Ejército, Dieciocho, una cuestión muy decimonónica. En cuanto a Dieciocho, que lo he visto escrito de todas las formas posibles, no se trata de una simple conmemoración de fechas, sino que además era la calle que se utilizaba para los desfiles del 18, por lo que su sentido se expande en la funcionalidad. Conectaba con el Parque Cousiño, al que después, en una especie de venganza sorda o borrón antioligárguico, le pusieron O'Higgins, pasando por el aro el trabajo de Arturo Cousiño.

En cuanto a homenajear personas, esa es la parte más latera del tema. Edwards Bello hablaba de La Calle del Último Figurón Que Se Murió.

Lo único que quería decir finalmente es que podría morigerarse la costumbre chilena de cambiar los nombres a cada rato. Maestranza, Las Lilas, Montolín, Siglo XX, etc. se podrían llamar así perfectamente. ¿Para qué cambiarlos? Para homenajear. Mucho homenajeador entre nosotros.

Roberto Merino es autor de "Todo Santiago", su libro más reciente es "Por las ramas" (Hueders).



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