"The Sopranos", en sus veinte años:
Domar la bestia interior

A dos décadas exactas de su debut, la influencia de la saga mafiosa sobre la TV de ficción moderna es tan intensa, amplia y feroz como los apetitos de su protagonista, Tony Soprano: padre, marido, jefe, matón, animal.  

Christian Ramírez 

La imagen es poco menos que indeleble. Tony Soprano en la consulta de su psiquiatra, sentado -más bien, desplomado- en una silla que apenas sostiene su abatida y enorme humanidad. El tipo hace un largo silencio antes de abrir la boca y explicarle a la doctora cómo es que ha llegado hasta ahí, cómo es que una de las cabezas visibles de la mafia de New Jersey, un duro entre duros, se encuentra a punto de confesarle a una extraña algo que no compartiría ni con su consigliere : una inmensa sensación de fragilidad, su impresión de que en el último tiempo todas las cosas han ido a menos, "que lo mejor ya pasó".

El 10 de enero pasado esa secuencia -la escena inicial del primer capítulo de "The Sopranos"- cumplió veinte años desde su salida al aire vía HBO y, en términos de lo que ha significado para la TV de ficción como hoy la conocemos, esta casi equivale a la llegada del hombre a la Luna, el pequeño gran paso que hizo del formato serie el producto audiovisual por excelencia de esta era. Más allá de esas exageraciones de especialista, lo verdaderamente sorprendente al respecto es que en la actual atmósfera de sobreinformación, corrección política y streaming al por mayor, la figura de Soprano, todopoderoso macho en crisis, aún pueda imperar tanto en los medios como en las audiencias: de hecho, en 2007, cuando la serie aún no salía del aire ya había inspirado al menos tres brillantes retratos de masculinidad sometida a feroz crítica que proporcionaron torrentes de entretención y comentario en el último cambio de década: "Breaking Bad", "Mad Men" y "Boardwalk Empire" (las dos últimas concebidas por exguionistas del programa). Es más: el tono episódico y autoconclusivo con que el equipo creativo abordó la saga de Tony y sus secuaces ha resultado de enorme influencia en la actual horda de producciones antológicas ("Black Mirror", "Fargo" y "American Crime History", entre las más celebradas), por oposición a grandes narrativas que se prolongan temporada tras temporada como "The Wire"; como si en vez de intentar filmar un equivalente de la "Gran Novela Americana", estos tipos hubiesen optado por producir magníficos volúmenes de cuentos, uno detrás de otro, articulados en torno a un personaje cuyas dimensiones aún parecen inagotables.

Tony & David

Tal vez de ahí la actitud irónica con que David Chase, creador de la serie y paradigma del moderno showrunner televisivo, aún se toma todo el asunto: si en su tiempo mucha prensa quedó afónica de tanto alabar a "The Sopranos" en su calidad de producto revolucionario (porque en muchos sentidos lo era), convenientemente olvidaron la enorme deuda que el programa mantenía con la buena TV del pasado, una de la que el mismo Chase había formado parte, a fines de los años 70, cuando oficiaba de guionista en la sólida "The Rockford Files": es cierto, se trataba de material facturado para el consumo casual, filmado con mínimo presupuesto e interrumpido por comerciales, pero que capítulo a capítulo iba perfilando, esculpiendo, el carácter de sus personajes, generando la sensación de un mundo habitado al completo, gatillando ambivalencias y complicidades en una audiencia que, a través de las semanas, acababa por acostumbrarse e incorporar en su cotidiano la presencia de esta gente y sus historias.

Ahora bien, Chase podía amar intensamente ese formato, pero despreciaba con igual fuerza sus limitaciones. Eso explica que a la hora de construir su saga mafiosa no haya intentado transitar por un solo camino sino por muchos en forma simultánea. Tal como "El Padrino", los Soprano es básicamente un relato "de familia"; tal como "Buenos muchachos" y los otros filmes criminales de Scorsese, se trata de una salvaje fábula tribal; tal como en "Carlito's Way" y "Donnie Brasco", es el vistazo a una forma de vida, sus reglas y ventajas, pero también a su imposibilidad; sin embargo, su gran aliento y cadencia, su tamaño XL (86 episodios, seis temporadas), le permitieron ir mucho más allá. Si al principio Chase se había impuesto la tarea de explorar a fondo la relación de Tony con tres mujeres de su vida -Livia, su madre; Carmela, su mujer, y Jennifer Melfi, su analista-, y aprovechó la situación para saldar sus propias deudas autobiográficas como descendiente de inmigrantes, hijo de una madre posesiva, miembro de una tribu cerrada (Hollywood) y paciente largamente psicoanalizado; lo cierto es que, una vez inmerso en la ruta, sus aspiraciones y las de su equipo respecto de la obra simplemente se expandieron, al punto que hoy es posible contemplarla tanto en términos de gloria ("la más grande saga mafiosa jamás filmada") como de parodia (el resumidero donde todos los lugares comunes del género se reciclan y recontextualizan); patente testimonio de ciertas angustias de fines del siglo XX y de las renovadas paranoias que traía la nueva centuria; desquiciada lección de management y terapia de estrés laboral; elaborada crónica de la bancarrota personal y social ya no de una pandilla, sino que -a juzgar por el actual estado de cosas en Estados Unidos- de la zozobra de una generación, sus seres queridos, instituciones, cultura, modelo y creencias.

Y, tal como se desprende del comentado final de la serie (uno de los más debatidos en la historia del audiovisual), no es algo que se resuelva en un punto y aparte, sino más bien en una prolongada caída, similar a la del hombre que se precipita sin fin en la secuencia de créditos de la que hasta ahora es su mejor alumna "Mad Men". En esta era de encendidas discusiones en torno a temas de género, ambos programas se nos devuelven como descarnados ejemplos de masculinidad tóxica, pero allí donde Don Draper -protagonista de "Mad Men"- se revela como fallido macho alfa en un mundo donde hasta sus jefes aspiran a tener algo de ese carisma, Tony Soprano no tiene problemas en echarse al hombro rasgos menos floridos de la condición humana. En lo que a él respecta, se han vuelto casi una segunda piel.

Tony & Jim

Sociópata, padre de familia, emblema de corrupción, marido infiel, líder de manada, tiburón corporativo, paciente reluctante, animal rabioso. Los sombreros que el actor James Gandolfini se puso durante sus años como Tony Soprano fueron muchos y variados, lo suficiente como para separarlo del recuerdo -y la magnética influencia- de Brando y Pacino sobre Vito y Michael Corleone, y de la huella de Joe Pesci y Robert De Niro en las pandillas callejeras recreadas por Scorsese. Con los años, su imagen se ha vuelto tan icónica y legendaria como la de estos, pero hasta que David Chase lo fichó como actor principal en su piloto, allá por 1997, la mayoría de sus créditos eran por roles pequeños en películas de acción y, tal como perceptivamente apuntan Matt Zoller Seitz y Apan Sepinwall, en su reciente libro "The Sopranos Sessions", ahí radica el secreto: a primera vista, Gandolfini no poseía la necesaria gravitas ni la impasibilidad de un "don"; al revés: su enorme físico era el de un matón, un miembro de la patota, alguien que va y ejecuta actos violentos, no quien los ordena.

Solo en segunda instancia se revelan en él corrientes más profundas: deseos, fobias, apetitos y frustraciones demasiado intensas como para alojarse en un mismo cuerpo, y que trágicamente se hermanan con su repentina muerte de un ataque al corazón, en junio de 2013 (con apenas 51 años). Sin embargo, es cosa de verle en acción para advertir que incluso esa tipificación se queda corta frente al abanico emocional que despliega en pantalla -y que le conducía de la risa a la rabia, de la felicidad a la frustración, en infinitas capas-, reflejo vivo de una voluntad (a veces, desesperada) por mantener el control, por estar en el momento, por "ser" en el momento; un impulso que persiste, pese a estar condenado en cada intento a defraudar sus propias expectativas.

Con razón la gente se siente proyectada en el monstruoso Tony. A algunos les costará aceptarlo, pero la hebra de lo humano se extiende de él a nosotros. Indestructible.

 


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Allí donde Don Draper, el protagonista de Mad Men, se revela como fallido macho alfa, Tony Soprano no tiene problemas<br/>en echarse al hombro rasgos menos floridos de la condición humana.
Allí donde Don Draper, el protagonista de "Mad Men", se revela como fallido macho alfa, Tony Soprano no tiene problemas
en echarse al hombro rasgos menos floridos de la condición humana.
Foto:AP

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