John Banville: "El destino natural del escritor es el fracaso cotidiano"

El autor irlandés se viste de nuevo de Benjamin Black para hacer un viaje a la Praga del siglo XVI en "Los lobos de Praga", la historia de un turbio crimen que queda en segundo plano frente al deslumbrante retrato de la histórica capital checa.  

Andrés Seoane, El Cultural / Derechos Exclusivos 

Igual que el barbecho de los campos, la prosa de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) necesita un respiro entre novela y novela. Un descanso que el escritor aprovecha para cultivar otro grano, el de la novela negra, por el que se mueve bajo el ya inútil disfraz de Benjamin Black. Y es que cada vez es más difícil no advertir en los libros de Black los ecos del gran estilista que es Banville, hasta el punto de que original y copia se confunden estéticamente. Y en el caso de "Los lobos de Praga" (Alfaguara) también en la trama, pues el irlandés plantea en su nuevo noir la historia de un turbio crimen que queda en segundo plano tras el deslumbrante retrato de la histórica capital checa entre los siglos XVI y XVII. Una Praga a cuyo pasado el escritor ya viajó en 1981, con "Kepler", donde se paseaba por la mágica, maravillosa y terrible corte de Rodolfo II, con su recua de cortesanos sibilinos y conspiradores, que enmarcan esta nueva novela.

-Particularmente extraña y misteriosa es esta época de Rodolfo II, ¿por qué provoca tal fascinación?

"Precisamente porque es fascinante. Es uno de los gobernantes más coloridos de la historia. Es el último de los grandes reyes medievales, con todo lo que eso implicaba de poder, fasto, magia, leyenda. Tras su reinado llegó la gran lucha por el poder en Europa, representada en las guerras de religión y la Guerra de los Treinta Años, que cambió el mundo para siempre".

-Al cierre del libro reconoce que se ha tomado ciertas licencias con algunos personajes reales. ¿Cómo es escribir sobre personajes históricos?

"Es muy parecido a crearlos, porque en el fondo todos los personajes, históricos o no, son ficticios. ¿Qué sabe un historiador de la vida privada de Rodolfo II? Que lea documentos, alguna carta o su testamento no significa que conozca cómo fue la persona".

-En este sentido, deforma los personajes históricos al servicio de la trama. ¿No había personajes reales que sirvieran a sus propósitos?

"Seguramente sí, por supuesto, pero para qué buscarlos si el novelista es la persona más irresponsable que hay. Somos como las urracas, vamos cogiendo todo aquello que brilla y reluce, y con eso vamos tejiendo historias. A veces pienso que los lectores ven a los personajes como si fueran seres humanos únicos que se mueven libremente. Pero en realidad los personajes de un escritor están hechos de trocitos, como el monstruo de Frankenstein, una pierna de aquí, un brazo de allá, un rasgo de otro sitio... Me gusta esa idea".

-La novela despliega un variado catálogo de cortesanos entre los que priman la frivolidad, la conspiración, la volubilidad. ¿Son rasgos que hoy siguen asociados al poder?

"Por supuesto que sí, mira el ejemplo de Trump, que es el más caprichoso, irresponsable e infantil de todos los líderes mundiales. En inglés se dice que la política es el negocio del espectáculo de los feos. Y es verdad, hoy en día es así. Pero también es cierto que en aquellas épocas toda esa gente de la corte tenía algo de gracia personal, tenía una gran cultura y conocía cómo era el mundo. Es decir, sabían lo suficiente del mundo como para sentir tristeza por él, porque cualquiera que tenga una visión más o menos amplia del mundo no puede sentirse muy complacido".

En este sentido, Banville reconoce que somos afortunados, porque en realidad "no vivimos en el mundo, vivimos en una esquinita del mundo muy afortunada que es Europa, aunque esté viviendo el fin de una gran era. Cada día me parece que estamos un pasito más cerca del fin de Europa".

Un ocaso que para el irlandés sería dramático. "Hay que tratar de superar este complejo que tenemos en Europa. Sí, hemos hecho cosas realmente terribles, hemos violado al mundo, pero también hemos hecho mucho bien. Inventamos la idea de civilización y de cultura. Me niego a pedir perdón por eso", remacha.

-Habla del fin de Europa, pero ¿por qué estaríamos hoy ante el abismo y no ante un nuevo punto de inflexión?

"Porque soy un vejete que piensa que conmigo tiene que acabar todo. ¿Cómo va a seguir habiendo Europa cuando yo no esté? (Risas). Sí, también he pensado que esta época no es más que una fase que estamos atravesando. Pero me apena que la sociedad actual desprecie toda esta cultura que tanto hemos tratado de construir y defender. No estoy diciendo que la estén destruyendo, pero sí la están ignorando".

-¿Viene esta novela a refrendar la plasticidad, el aperturismo de la novela negra, donde ya cabe de todo a nivel de trama, estilo, ambientación...?

"Definitivamente. Aunque no lo he hecho con esa intención. A pesar de que los artistas y los escritores somos grandes egomaniacos, hay otra cara en la que no tenemos ningún sentido del yo. Somos ególatras y humildes. Y eso viene del hecho de que las cosas que nos proponemos lograr no las logramos jamás. El destino natural del escritor es un destino de fracaso cotidiano. Cada frase no es más que la prueba de un fracaso. Mi amigo Martin Amis dice que cada página es testimonio de al menos 200 errores. Y digo que de 4.000. Estamos acostumbrados al fracaso, y ese fracaso nos hace humildes. Mientras, al mismo tiempo, seguimos siendo ególatras, predicando con la bandera en alto".

 


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Cada día me parece que estamos un pasito más cerca del fin de Europa, comenta el escritor.
"Cada día me parece que estamos un pasito más cerca del fin de Europa", comenta el escritor.
Foto:EFE

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