VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 15 de Noviembre de 2008

El palacio de todos

Una elegante casona de principios del siglo XX, llena de recovecos y rincones para descubrir, fue el sitio que el político y empresario Miguel Letelier concibió como su residencia en pleno centro de Santiago. Importantes personajes se daban cita en el lugar, donde disfrutaban de entretenidas tertulias y fiestas en compañía de este acogedor clan familiar.

Texto, Constanza Toledo Soto Fotografías, Viviana Morales

Los hermanos Miguel, Juan José y Carmen Letelier Valdés echan a correr su memoria para dar vida a innumerables historias de la casona que sus abuelos –Miguel Letelier Espínola y Luisa Llona– tenían en calle Cienfuegos, justo en la esquina con Erasmo Escala.

Ése fue su palacio de infancia; una imponente construcción de estilo gótico que su abuelo encargó en 1919 al arquitecto José Forteza, con quien compartió cada detalle de la obra conocida hasta hoy como Palacio Letelier. Allí nacieron algunos de los seis hijos que tuvo el matrimonio –Alfonso, Marta, Luz, José, Guillermo y Consuelo– y luego sus nietos, por lo que los distintos ambientes fueron organizados para cada una de las familias que allí habitaban.

Miguel Letelier Espínola fue ingeniero, ministro en varios gobiernos, decano universitario, agrónomo y agricultor; un hombre recordado por sus nietos como cercano y muy afable. Pasaba sus días entre Aculeo –localidad a la que su familia estaba unida desde el siglo XIX– y el centro de Santiago, donde vivó en varios departamentos junto a sus padres antes de embarcarse en la idea de algo propio. Su señora, Luisa, estuvo de acuerdo siempre y cuando en la nueva residencia pudiera tener una sala de música. Era una mujer sin mayores pretensiones; no disfrutaba de los lujos, pero sí del mundo del arte. Pintaba, escribía y tocaba piano, afición que la llevó a organizar diversos encuentros familiares en torno a la música, así como elegantes recepciones en las que participaban distinguidos personajes de la época.

Luisa, además, fue conocida por su fuerte espíritu social. Una de las primeras cosas que recuerdan los hermanos Letelier Valdés es a los indigentes que día a día esperaban pacientemente en la entrada por algo de comida. Muchos de ellos incluso alojaban allí, en un tercer piso que compartían con los empleados. Era un nivel al que los niños no tenían permitido el ingreso; lo mismo pasaba con el escritorio del abuelo –repleto de libros e importantes cuadros– donde si bien no estaba prohibido entrar, sólo iban de vez en cuando. Tampoco comían en el comedor con los adultos; para eso estaba el repostero que quedaba junto a la cocina.

Recuerdan con precisión la pieza de Herminio –el portero–, justo al lado del hall principal; grandes salones; algunas habitaciones más pequeñas, como la salita del té; una enorme escalera central abierta hacia ambos lados del segundo piso; otras de caracol; alfombras y muebles traídos de Europa y Estados Unidos que aún conservan en algunas de sus actuales viviendas; y ni por nada olvidan el dormitorio de Consuelo, su tía menor, quien murió repentinamente un día después de que su novio le propusiera matrimonio.

Este hecho marcaría a la familia y también el futuro de la mansión. Para Luisa, su madre, el impacto fue tal que tuvo que abandonarla. Tras un largo tiempo de luto Miguel decidió emprender junto a ella un viaje a Europa y, mientras tanto, puso en venta la propiedad. Regresaron y una nueva vida los esperaba, esta vez en Pedro de Valdivia Norte. Los hijos habían emigrado poco a poco. Uno de ellos, Alfonso –padre de los Letelier Valdés–, años antes construyó su propia casa en el terreno colindante, compartiendo el mismo patio con sus padres.

En 1951 el Palacio Letelier pasó a manos de una institución y posteriormente, por más de una década, la casona se dividió en piezas para arriendo, lo que acrecentó su deterioro. La salvó el Arzobispado de Santiago, entidad que instaló allí sus oficinas de la Vicaría para la Educación en los setenta, época en que comenzó su rescate y, de paso, el de las muchas historias que allí se tejieron.




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Tres pisos y un subterráneo tiene la casa que fue mandada a construir en 1919, y que hoy se conoce como Palacio Letelier.
Tres pisos y un subterráneo tiene la casa que fue mandada a construir en 1919, y que hoy se conoce como Palacio Letelier.


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