REVISTA DE LIBROS

Domingo 19 de Enero de 2014

Nuevo libro "El discípulo"
La pesquisa intelectual de Sergio Missana

En su sexta novela, el autor chileno ambienta en un campus universitario estadounidense una intriga en torno a cierto manuscrito que desata todo tipo de ambiciones.  
Pedro Pablo Guerrero Sergio Missana vivió cinco años en Estados Unidos, después de estudiar Derecho en la Universidad Católica -sin terminar la carrera- y titularse de periodista en la Universidad de Chile. En Stanford University hizo su doctorado en Literatura Hispanoamericana sobre Borges, tesis a partir de la que publicó La máquina de pensar de Borges (Lom, 2003).

De su experiencia en Stanford surgieron las locaciones para El discípulo , novela en la que trabajó por más de cuatro años. Como en una historia policial, la trama se desencadena tras una muerte, aunque en este caso no se trata de un homicidio. El fallecimiento de Oliver Ryan, un respetado profesor de estudios religiosos, enfrenta a su ayudante -el chileno Max Infante- con una de las hijas del catedrático, Gwen, decidida a entregar lo más rápidamente posible la biblioteca y manuscritos de su padre a la universidad donde hizo clases. Max, en cambio, insiste en revisar antes el legado. Testigo y narrador de esta pugna es un estudiante de literatura, también chileno, amigo de Infante y ex pareja de Gwen.

"Por supuesto que El discípulo tiene elementos de una novela de campus", admite Missana, a quien le interesa el género, pero tampoco quiso dedicarse exclusivamente a él. "Ya está bastante trabajado. Desde David Lodge, que es su representante canónico, sobre todo con su novela Changing places ('Intercambios'), la academia es un lugar que se presta a la sátira".

-¿Cuál era entonces tu intención de situar la acción en una universidad?

-Quería ambientar una novela en la academia de Estados Unidos para hacer algo en un género medio policial o de misterio. Es una pesquisa, pero no hay sangre. Es más bien una búsqueda cultural o intelectual, como en Umberto Eco o en Borges. Claro que también refleja elementos levemente autobiográficos de mi experiencia en la academia, sobre todo como un lugar de paso, desterritorializado. Un no-lugar, si quieres, como un hotel o un aeropuerto.

Hambre de realidad

La disputa que desencadena en El discípulo una carta desconocida de los primeros tiempos del cristianismo tiene antecedentes verídicos. "La novela se basa en una anécdota real que ocurrió en el mundo académico de los estudios religiosos, considerada en su momento un descubrimiento sensacional, aunque solo para el reducido mundo de los especialistas", recuerda Missana.

En 1958, Morton Smith, profesor de historia antigua en la Universidad de Columbia, descubrió en un monasterio ortodoxo de Mar Saba, a 20 kilómetros de Jerusalén, el fragmento de una carta escrita en griego, copiada a mano en las páginas finales de un libro impreso en el siglo XVII. Estaba firmada por Clemente de Alejandría, uno de los primeros teólogos de la Iglesia y comentaba una versión alternativa del Evangelio de Marcos, conocida como el "Evangelio secreto de Marcos". Morton Smith fotografió el manuscrito, pero después se perdió el libro y no pudieron hacer el análisis de tinta. A pesar de esto, Smith publicó dos estudios sobre el hallazgo, uno destinado al público general y otro para el mundo académico.

-¿Cómo llegas a elegir esa historia para una novela?

-Tomé la anécdota porque me interesaba reflexionar sobre una serie de cuestiones, incluyendo el límite entre lo falso y lo verdadero; la falsificación y la verdad. La relación entre lo ficticio y lo real es un tema bastante actual. Muchos sienten hoy lo que el escritor norteamericano David Shields llama "hambre de realidad". Justamente en marzo voy a hablar de eso en la Cátedra Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara. Las personas quieren realities de televisión, crónicas y autobiografías. La autenticidad es lo que se busca ahora, lo cual revela una concepción un poquito ingenua de cuánto acceso tenemos a la realidad.

-Por la cantidad de información que entrega el libro, se nota que te interiorizaste a fondo en los orígenes del cristianismo.

-De hecho, utilicé muchos documentos académicos sobre el cristianismo temprano, pero una cuestión central es que no me interesaba escribir una novela de tesis. Uno de los aspectos más fascinantes tocados en el libro es que las doctrinas cristianas fueron sumamente plásticas al comienzo y después cristalizaron en una ortodoxia que tomó un tiempo muy largo en asentarse. Cuatro siglos durante los que compitieron múltiples corrientes hasta que triunfó, gracias al aparato del Imperio romano, una sola de ellas.

-Con la ayuda de San Pablo, en buena medida, según uno de los personajes del libro.

-San Pablo es una figura fascinante. Su capacidad de marketing , dicho en términos modernos, para vender su mensaje, es extraordinaria. Tiene rasgos de personalidad notables. Mi atención en él cae dentro de un interés general por los textos bíblicos y la historia de las escrituras hebreas. Aunque, insisto, no quise hacer una tesis ni tampoco irme al lado sensacionalista del best seller . Por suerte no he leído El código Da Vinci .

-¿Por qué te alejaste en este libro de tu campo habitual de intereses?

-Como proyecto de novela me pareció un desafío replicar el lenguaje de los expertos en un campo que no era el mío. Entre otras razones, porque si hubiera sido todo sobre literatura, habría resultado una historia muy literaria. A pesar de todo, la novela es sutilmente metaliteraria, pues se está hablando en ella sobre textos y procesos de canonización, sobre la envidia, el conflicto y la venganza. Es decir, un montón de cuestiones que están presentes en el campo literario.

-¿La emulación del maestro que suele practicar todo discípulo, más o menos conscientemente, es algo que te ocurrió alguna vez en tu escritura?

-Creo que muchos escritores cuando empiezan desarrollan una mímesis de su modelo. No sé si yo en algún momento lo habré hecho de manera tan explícita. A Thomas Bernhard lo leí mucho en los 80, cuando estaba empezando mi trayectoria literaria, y creo que había bastantes elementos de su estilo en mis primeros textos, que no llegaron a la imprenta. En la relación maestro-discípulo uno tiende a ver la idea del aprendiz renacentista. Tal vez la universidad puede ser un modelo bastante más mecánico para transferir experiencia que esta relación entre maestro y discípulo. El simplemente acompañar a otra persona, ver cómo piensa, cómo lee, cómo habla, te puede nutrir mucho más que ir a una clase, tomar notas y dar exámenes.

-Pero la relación de Infante con su maestro es vista en la novela también como una forma de parasitismo.

-Sí, Infante parasita a Ryan, pero Ryan también lo explota. Es una relación más bien simbiótica. La novela subvierte la visión idealizada de los maestros. Mucha gente tiende a santificarlos, sobre todo después de que mueren. Aquí en cambio hay una vuelta más perversa. Aunque no lo usé como referente, se podría pensar en la película "El sirviente", de Joseph Losey, que explora las tensiones de poder entre una persona que se supone que sirve a otra, pero termina controlando su vida de manera dictatorial.

-¿Qué es lo que más te llama la atención de las relaciones al interior del mundo académico?

-Las dinámicas de poder. La academia es una especie de microcosmos de la política y hay relaciones de poder muy fuertes dentro de ella. Le he escuchado a alguna gente decir que en la academia hay una política sin poder: al final del día nadie tiene la posibilidad de declarar una guerra y matar a veinte millones de personas. Pero hay disputas muy intensas, verdaderas guerras entre los estudios culturales y visiones más conservadoras, por ejemplo. Me tocó conocer esas pugnas.

-"Los destinos literarios y académicos, los procesos de canonización, no podían sino ser irónicos, fortuitos", dice el narrador. ¿El gran tema de "El discípulo" es el proceso de formación de un canon?

-En parte. La novela muestra cómo las viudas, y supongo que también los viudos, pueden malinterpretar y afectar un canon. En cuanto a la carta que aparece en la novela, cumple una función. Se puede decir que opera como lo que Hitchcock llamaba, graciosamente, un McGuffin: un objeto del guión que no tiene valor en sí mismo, pero que sirve para que los personajes se enfrenten, operando como un catalizador del conflicto. El ejemplo clásico es "El halcón maltés". Otro tema de la novela podría ser la codicia y la ambición.

"La novela subvierte la visión idealizada de los maestros. Mucha gente tiende a santificarlos, sobre todo después de que mueren".

 


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