ACTIVIDAD CULTURAL

Domingo 31 de Mayo de 2015

 
El lago de los cisnes: atractivo tercer acto

CARMEN GLORIA LARENAS La figura medio pájaro, medio reptil con la que Marcia Haydée concibe el personaje de Rothbart de su "Lago de los cisnes" pone el acento donde muchos coreógrafos no ven interés, y releva lo ignorado.

El desempeño del Ballet de Santiago para el clásico de todos los clásicos fue correcto, con un cuerpo de baile femenino y masculino que muestra progresos -estilísticos y de limpieza-, aunque con cierta tendencia, sobre todo en las mujeres, a una tensión en brazos y cabeza.

Destacan en las escenas de conjunto los tres cisnes de Camila Aranda, Elizabeth Espinosa y Deborah Oribe, así como las princesas de las espléndidas Romina Contreras, Montserrat López -exigida con buenos resultados en tres roles-, María Lovero y la experimentada Lidia Olmos. También se visibilizan Gabriel Bucher, Esdras Hernández, Miroslav Pejic y Emmanuel Vásquez, todos con buenas intervenciones solistas, y Francisca Moya como la reina.

El desarrollo del ballet fluye, con coreografías que saben dinamizar el espacio en armonía con la música maravillosa de P.I. Tchaikovsky, que la Orquesta Filarmónica de Santiago interpretó bajo la batuta de José Luis Domínguez, de especial sensibilidad para apoyar la labor de los bailarines.

Sin embargo, a diferencia de muchas otras versiones, el mayor atractivo no son los actos blancos sino el tercero. En un marco estético conceptual y lucido, magnífico trabajo del diseñador Pablo Núñez en escenografía y vestuario, el momento resulta un gran espectáculo en forma y fondo, destacando las magníficas danzas de carácter de Tom Bosna, así como el pas de deux del Cisne Negro, momento donde Maite Ramírez logra marcar una presencia. Artista de mucha calidad y refinamiento, lamentablemente Odette-Odile no es el rol protagónico que le permite desplegarse. No tiene las posiciones ni los brazos necesarios para abrazar el doble rol, ni logra comunicar a lo largo de su interpretación.

En contraposición, Luis Ortigoza, gran apoyo para Ramírez, hace gala de su peso escénico, de su cualidad principesca, sin ninguna ansiedad, con gran precisión y su sello en la interpretación, disfrutando cada momento. El bailarín brilla en la calidad, incluso cuando solo debe caminar o estar en el escenario.

Merece un comentario el trabajo de Germán Esquivel como Rothbart, quien pone una impronta a su interpretación con una interesante calidad de sus movimientos, mucho más contemporáneos que clásicos. Le falta una mejor proyección de torso.

Para olvidar el tabernero, rol de carácter de Italo Jorquera, fuera de tono en un ballet que apela, por todas partes, a la elegancia y sutileza.

 


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