EL SÁBADO

Sábado 30 de Julio de 2011

André Jouffé
Memorias de un paparazi chileno en Mónaco

No es sólo el segundo Estado más pequeño del mundo, sino también el más lujoso y exhibicionista. Aunque quizás su fama es cuestión del pasado.
sergio paz En 1965, un hiperquinético chico viaja, por el día, desde Cannes a Mónaco junto a su padrastro: un galerista que hace fortuna vendiendo carísimos cuadros a celebridades de la Fórmula 1.

Mónaco, para entonces, vive su última gran farra del siglo XX. En La Condamine, el distrito comercial, millonarios de todo el mundo aprovechan el secreto bancario y la exención de impuestos para concentrar en sus cuentas todo lo que ganan en monumentales negocios.

Mónaco, junto a las Islas Caimanes, es el gran paraíso fiscal del planeta. Pero no sólo eso: Mónaco es también la capital del beau monde. El centro no espiritual de la gente linda; o sea, de todos los millonarios, princesas, modelos, estrellas de rock y de cine que al menos tienen una cosa en común: a todos les fascina el dinero. Pero, más que el dinero, lo que se puede conseguir con él. Partiendo por el mejor champagne.

En ese primer viaje, un sorprendido André -hijo de madre chilena- conoce la Costa Azul que, imponente, se observa desde la roca-meseta que acuna el atípico edén; un pequeño Estado-pueblo-país bien protegido hasta hoy por un ejército de no más de 500 efectivos. Lo suficiente como para custodiar sus, apenas, dos kilómetros cuadrados, fáciles de recorrer en un par de horas.

Luego, los viajes se repiten: en tren, en auto. Finalmente, André Jouffé, el chico, vuelve a Chile. Estudia periodismo y, ya egresado de la Universidad Católica, ingresa a trabajar a la revista Cosas.

En sus primeros viajes como cronista, que ansía especializarse en jet-set, Jouffé consigue tarifas razonables en el cercano y no menos glamoroso Cannes. Jouffé se hospeda en La Gare, un hotel 3 estrellas modesto, pero decente. Sin embargo, a poco andar, las cosas cambian. Jouffé, vía Nadya Lacoste, la secretaria del Principado de Mónaco, logra una entrevista exclusiva con el príncipe Rainiero, interesado entonces (y siempre) en que los ricos de todo el mundo invirtieran sus fortunas en Mónaco, incluidos -por qué no- los ricos chilenos.

Nervioso, un poco curtido Jouffé se detiene antes de la entrevista en el bar del casino de Montecarlo y, cómo no, llega a la entrevista con varios jugos de pomelo con vodka en el cuerpo. Claro que, derrochando simpatía, se hace amigo de Nadya, la secretaria, no sin que seque sus manos sudorosas en las cortinas de seda del despacho del príncipe. Jouffé está tan histérico, que ha olvidado sacar la etiqueta de la corbata que acaba de comprar. Es el comienzo de una insólita historia que va a durar décadas.

Hasta hoy, Jouffé es el chileno que más veces ha estado en Monaco. Más, incluso, que Douce Francois, la chilena más socialité de toda la historia; sobrina de Gustavo Ross Santa María, hija del bohemio Robert Francois, amiga de Farah Dibah, Douce fue una infaltable en la vida social de Paris Match. "Una beau monde absoluta", en palabras del propio Jouffé.

La cosa es que André pronto cambia de estatus. Y, de súbito, comienza a ser invitado al sofisticado Hotel Sporting de Montecarlo, donde todo sí que es AB. El propio Jouffé lo recuerda así: "Era lujo a todo trapo, con desayuno en mesas con ruedas, veinte tipos de mermeladas, jaleas,  crujientes croissants, café negro grueso, crema, millones de calorías y esos jugos de naranjas recién exprimidas que hoy en Europa cuestan seis mil pesos el vaso".

Cada vez que volvía a Chile, Jouffé enviaba postales y tarjetas de Navidad a Nadya. A cambio, el periodista jetsetero (dicen que en Chile fue el hombre que inventó la farándula) año a año es invitado a los World Music Awards, megaevento en el que las estrellas suelen ser Carolina y Estefanía, las hijas del rey y Grace Kelly. Pura taquilla monegasca.

Jouffé, siempre listo, comienza a conocer cada vez mejor la ruta de los diamantes, el caviar y las sonrisas fáciles. Sabe que para contactar gente con alcurnia no puede ir sino al Jimmys, del Hotel Regine. Otro imperdible es el lobby del Hotel Paris. Y, en general, los hoteles de la Societe des Bains de Mer de los Grimaldi, los propietarios del célebre casino de Montecarlo. Epicentro de la socialité son, además, las terrazas sobre el boulevard Louis II y el Larvotto.

Cuando tiene aún más suerte, Jouffé logra cenar en el Löw, ahí en el casino. Eso, en los tiempos en que la cocina está a cargo del mismísimo Paul Bocusse, el hombre a quien se le suelen dar todos los créditos por haber inventado la nouvelle cuisine.

La memoria de aquellos años es vívida, nítida, para Jouffé. Y, bien conectado al computador, la resume en incansables mails que escribe desde Punta Arenas, la gélida ciudad donde hoy vive: "Por las noches, luego de los fuegos artificiales que seguían a las fiestas -escribe Jouffé-, Alberto de Mónaco, el misterioso hermano de Carolina y Estefanía, desaparecía en su descapotable ya de madrugada. No sin embarcar, a veces, a Claudia Schiffer, a quien el principado le había dado todas las posibilidades para que oficiara de madame servant; o sea, acompañante de ficción del príncipe cuando se había instalado el rumor acerca de su supuesta homosexualidad. Claro que, entonces, nadie adivinaba que el gordito era un semental que, hasta el momento, ha dejado tres hijos de diferentes madres y diferentes etnias".

Cosas de la historia: los Grimaldi, una rica familia originaria de Génova, habían logrado hacerse desde el siglo XIII de una buena playa junto al Mediterráneo, en medio de la costa de Francia, y allí habían forjado su propia dinastía, hasta hoy la más antigua de Europa. Clave, en su historia moderna, fue crear un casino que pronto permitiría que los habitantes de Mónaco no pagaran ni impuestos personales ni inmobiliarios. Mejorando incluso la lógica suiza, Mónaco se convirtió en el gran paraíso para evadir impuestos, tanto que hasta la Alemania de la posguerra encontró en Mónaco el escondite financiero para zafar del voraz apetito de los aliados.

-Mónaco -dice Jouffé en un minimalista mail- es un lugar de encanto, pero también siniestrón, operado por la mafia de dos familias: los Pastor y los Grimaldi.

Pese a lo insólito de su territorio, Mónaco logró ser un Estado independiente. Y, con ligeras variaciones, el gran acuerdo hasta el día de hoy con Francia es que los galos protegen sus fronteras a cambio de que Mónaco se mantenga en la línea de su política internacional. Sin embargo, desde hace unas décadas, ha habido una cláusula que indica que, en caso de vacancia de la corona, todo el territorio será declarado protectorado francés.

Así las cosas, qué hicieran los Grimaldi en sus yates no sólo era obsesión de los paparazis, sino también de los periodistas económicos que, cada vez con mayor atención, empezaron a analizar lo que podría ocurrir si es que este curioso Estado se llegase a acabar. 

Si Alberto de Mónaco no logra descendencia, el negocio es sideral. Hoy se estima que, al menos, 70 importantes grupos financieros operan en Mónaco moviendo fondos que rondarían los 50 mil millones de euros. Hasta ahora, todo protegido por el más hermético secreto bancario que ninguna entidad internacional ha logrado derribar; eso, pese a que existen serias denuncias de que en Mónaco el lavado de dinero es pan de todos los días. También los negocios oscuros, como el que en 2002 involucró al automovilista Michael Schumacher y a Stephen Troth -miembro del HSBC-, quien fuera condenado a cuatro años de cárcel tras malgastar 10 millones de dólares rápidamente en Mónaco.

Todo lo que pasó, entonces, a principios de julio de este año, es más que entendible. Por todos los medios, Mónaco intentó dar al mundo el mensaje de que todo ahí sigue siendo muy chic, partiendo por el enlace de un agobiado Alberto y una atlética novia que, al parecer, no se quería casar. Pero eso en Mónaco importaba un comino: y semanas antes del matrimonio, comenzaron a regalar champagne a la entrada de todas las tiendas, los estacionamientos eran gratis e, incluso, por apenas 50 euros cualquiera se podía montar en un helicóptero y sobrevolar la bahía.

"Ustedes también son invitados privilegiados a la boda real", fue el mensaje del principado. Cómo no, apenas unos meses antes, la Sociedad de Baños de Mar (SBM), la principal empresa del Principado y dueña de los casinos, anunciaba que en un año habían perdido 17,3 millones de euros. Y la crisis podía ponerse peor.

Con urgencia había que recuperar el encanto. A los 53 años, Alberto de Mónaco tenía que casarse de una vez por todas. El propio Nicolas Sarkozy reconocía que le tenía ganas a Mónaco. Así, Dior tuvo que esforzarse en coser en tiempo récord el vestido de Charlene, la rubia que podía causar el mismo efecto que alguna vez logró Grace Kelly, que había conseguido legar todo el glamour de Hollywood a Mónaco.

El día del matrimonio, ni el Ave María cantado por Boccelli lograba disipar las dudas del sofisticado montaje. Tampoco los 40 mil cristales Swarovski y las 30 mil piedras doradas que habían sido fijadas en 100 horas al vestido de una novia que, a través de Vogue, le pedía a marcas como Ralph Lauren que volvieran a hacer de Mónaco la capital mundial del encanto y la sofisticación.

André Jouffé había conocido otro principado.

Hay una sabrosa anécdota: en 1982, el año en que muere Grace Kelly, separada hace rato de Rainiero, Jouffé se encuentra en el funeral con Claudio Sánchez, entonces periodista del 13.

Jouffé viajaba entonces al Líbano, a entrevistar a Bechir Gemayel, el Presidente electo, pero intempestivamente debió cambiar su itinerario.

-Por culpa tuya estoy aquí -dice Jouffé que le espetó un molesto Claudio Sánchez.

Y cómo no, si para entonces todo lo del jet-set se había ganado el interés de las audiencias. Los paparazis habían triunfado.

Ese mismo día, en Beirut, asesinan a Gemayel y asume Amin, su hermano.

Jouffé nuevamente se mueve. Es lo que ha hecho, desde siempre, en Europa. Fue lo que hizo, una y otra vez, mientras siguió los pasos de Carolina de Mónaco, especialmente cuando la princesa apareció en topless en la portada de Paris Match, en los tiempos en que le colgaban un romance con el tenista Guillermo Vilas.

Jouffé, paparazi hambriento, debía encontrarla donde fuera que estuviera escondida. Y lo logró. "Carolina -recuerda Jouffé- estaba en Saint Remy, ahí donde vivió Van Gogh con otro loco, el actor Vicent Lyndon. La cosa es que llegué y el pueblo entero me corrió. Me querían echar del hotel, de los restaurantes. A la media hora de llegar, todos sabían que era periodista. Me había delatado al consultar cómo llegar a su casa. 'Déjela tranquila, váyase', me decían. Pero logré dar con ella y un guardia detuvo el coche del único taxista que se atrevió a llevarme. Él me dijo que si deseaba volver a mi país, mejor que saliera al tiro del lugar. Todo esto mientras me mostraba amenazante el puño".

Dicen que del 100 por ciento de los monegascos, al menos el 70 por ciento no son de ahí. André Jouffé, probablemente, en algún tiempo se convirtió en uno de ellos. El paparazi se camufló, no sin temer que estaba arrugando esas exquisitas sábanas que cubrían su cuerpo o que el jugo caído dañara una de esas alfombras persas que no podría pagar aunque cediera todos sus sueldos hasta la muerte.

En el mundo del periodismo, rosa o no rosa, hay una máxima no escrita: nada es gratis, especialmente los viajes. Por lo mismo, y pese a la entonces inexistencia de fax e internet, Mónaco encontró la manera de controlar todo lo que se publicaba de ellos en el mundo. Y hoy lo confiesa Jouffé, siempre lo tuvieron a raya y nunca perdieron la oportunidad de hacérselo saber al jetsetero cronista cuando algo no les gustaba.

-Mónaco -dice Jouffé- se puso más glamoroso desde que se desprendió del imperio griego de los Onassis, y luego lo que los salvó fue la capacidad de convertirse en un paraíso fiscal. Por eso, hoy creo que Rainiero me recibió más que nada para pasar el aviso a los empresarios chilenos de que tenían que abrir oficinas en Montecarlo.

Tras ser un habitué de las más sofisticadas fiestas en Mónaco, sus carreras de Fórmula 1 y los increíbles conciertos en los que difícilmente faltaba Mick Jagger, Jouffé vive ahora alejado del glamour, tras superar su alcoholismo, historia que narra en Los sauces de Colina, su libro más revelador y personal. Punta Arenas es el lugar que encontró para reeditar su vida y, en el intertanto, escribir un nuevo libro.

Y desde el sur repasa al principado.

-Mónaco -dice André- está ahora más vulnerable, aun cuando cuida mucho su imagen de limpieza y de que ahí no se roba. Pero la verdad es que perdió la magia después de las travesuras de Estefanía que, como Liz Taylor, tenía que casarse para mantener sus relaciones. Así pasó de un guardia a un domador de leones y a gente no menos truculenta. Carolina, por su parte, recién logró el glamour tras la muerte de Casiraghi, pero se enamoró o se dejó seducir por otro par con un título, y Ernst August de Hannover no ha contribuido mucho que digamos. Finalmente, Alberto, dentro de todo, es el más ad hoc con el rol, aun cuando no se moría de ganas de asumir como gobernante. Claro que no tenía otra, pues Rainiero dejó todo amarrado con su consejo de ministros o ancianos ministros no removibles. Gente que, como los cercanos a Piñera, hacen y hacen y no deshacen.

Pese a la distancia, aún sabe lo que pasa en Mónaco. Sabe cuánto cuesta alquilar un Ferrari F430. Sabe que hoy el mejor lugar para almorzar es Saint Paul de Vence. donde tenía casita Yves Montand: claro que también sabe que una ensalada de lechuga con queso no cuesta menos de 30 mil pesos. Porque es eso o pagarle a un chef privado los mil dólares que cobra por día.

Pero qué diablos, Jouffé ya está alejado.

-¿Sabes? -dice-. A Mónaco y sus carreras de Fórmula 1 les debo la gloria y la sordera. Eso, porque Jacques Laffite, quien me dio buenas entrevistas como corredor de F1, pasó con su bólido y la tronadura me sorprendió en medio del túnel. Así es que qué puedo decir: salí de Montecarlo con 40 por ciento de audición menos para el resto de mi vida.

Hoy, a André Jouffé, nada de lo que escuche lo va a sorprender.

"A Mónaco y sus carreras de Fórmula 1 les debo la gloria y la sordera, porque Jacques Laffite pasó con su bólido y la tronadura me sorprendió en medio del túnel".

"Mónaco está ahora más vulnerable, aun cuando cuida mucho su imagen. Pero la verdad es que perdió la magia después de las travesuras de Estefanía".

Durante su vida profesional, Jouffé ha entrevistado a cientos de personalidades mundiales.

 


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Con Claudia Schiffer, en sus años de gloria como top model.
Con Claudia Schiffer, en sus años de gloria como top model.


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