ARTES Y LETRAS

Domingo 12 de Abril de 2015

Crítica de arte Museo Nacional de Bellas Artes
Gil de Castro: La pintura como monumento

WALDEMAR SOMMER Hijo de liberto, de madre negra y ex esclava, el pintor peruano José Gil de Castro (1785-1837) no nos legó retrato alguno suyo. Pero quizá podríamos imaginar su fisonomía a partir de su mulato "José Olaya" (1828). Esta pintura con bastante de estampa de devoción, entrega al personaje de cuerpo entero, insólitamente vestido de blanco, con calzado amarillo y dentro de un paisaje montañoso, cuyo horizonte dispuesto muy bajo realza su figura grandiosa. Precisamente, el cuadro forma parte de la mayor retrospectiva dedicada al artista que se está exhibiendo en el Museo Nacional de Bellas Artes. Para hacerla posible se sumaron a los treinta y tantos lienzos existentes en nuestro país, poco más de veinte pertenecientes a Perú y poco más de diez venidos desde Argentina.

En líneas generales cabría ordenar el conjunto en tres grupos: óleos religiosos, retratos masculinos y femeninos. Los primeros son apenas cinco y corresponden a su obra inicial. Si el más antiguo, "Santiago el Menor" (1811), se inscribe dentro de la tradición religiosa de los siglos XVII y XVIII, el influjo de Potosí marca al más tardío y mejor de todos, la muy devota "Virgen de la Merced orante" (1820). En el resto de su obra fue neoclásico y alumno de Pedro Díaz. La concurrencia aquí de amplias telas de este -un Ambrosio O'Higgins de 1798, por ejemplo-, al igual que de su contemporáneo Mariano Carrillo, demuestra la enorme superioridad de José Gil sobre ambos. Y eso que la temática resulta similar para los tres pintores, en cuanto a la disposición de la figura y la semejanza de escenarios.

Por su parte, los numerosos varones retratados por el peruano corresponden a próceres de la independencia sudamericana y a patricios ilustres de esa época. En uno y otro caso se parecen los uniformes y la vestimenta civil; el cuerpo erguido con gesto marcial; las generosas narices un tanto borbónicas; la posición de los brazos; las manos ya en el pecho -según el ejemplo de Napoleón o agarrando el cinturón militar-, ya pareadas sin y con guante; a veces estas sosteniendo una carta. Los rostros sí varían, y mucho. El carácter individual se halla, así, captado con pericia, a través de la vivacidad personal de los ojos, de las carnaciones precisas y de los accidentes esenciales del cutis. Observémoslo en los retratos mejores: "Joaquín Vicuña" (1819); "General Francisco Otero" (1829); el severo y enjuto "José María de Rozas" (1821); dirigidas hacia nuestro lado izquierdo, las admirables miradas irónicas: inquisidora en "Francisco de Paula Echagüe" (1823-24), orgullosamente burlona en el "Mariscal Luis de la Cruz" (ca. 1820). En el caso de los uniformados, la destreza del dibujo subraya bordados y charreteras, mientras en el de los civiles destacan los distintos objetos que los rodean. Asimismo anotemos la esplendidez formal y la expresividad encantadora conseguida en los niños "Cadete J. Raymundo de Figueroa" (1816) y "Ramón Martínez de Luco y su hijo José Fabián" (1813).

Respecto de los héroes independistas, a algunos dedicó varias versiones. De nuestro Bernardo O'Higgins, el de cuerpo entero y ya como director supremo recoge bien su ascendencia irlandesa; mientras que de los cinco general José de San Martín semejantes, el de 1817 en pequeño formato vuelve menos evidente el gesto de la mano en el cinturón y es más prolijo que la miniatura. Los cuatro cuadros de Simón Bolívar, entretanto, tienen la gracia de un detalle inesperado: el cuello blanco de la camisa asoma por encima del recamado uniforme. Por desgracia, en la exposición se echa de menos la presencia de su mejor retrato, el espléndido existente en la ciudad boliviana de Sucre. En cuanto al primer gobernante del Perú liberado, el marqués de Torre-Tagle, destaca su versión de medio cuerpo (1822), cuyo rutilante acorde de rojo y gris verdoso se impone sobre la mirada soñadora del retratado. Y si de titulados se trata, nuestro tercer marqués de Casa Real (1815) sin duda emerge majestuoso.

Pero en especial las mujeres protagonizan algunas de las obras de mayor belleza del Mulato. Mayoritariamente se las muestra sentadas, en posturas parecidas y con el cuerpo dirigido hacia un lado. Sin embargo, dos son, acaso, los logros más diferenciados y atractivos. De ese modo, la elegancia grácil, la serenidad juvenil, los lindos brazos y manos de "María del Tránsito Baeza" (1819) contrastan con el encanto costumbrista, con el dinamismo corpóreo -acentuado por la mesa que atraviesa la escena como un cuchillo- de "Dolores Díaz de Gómez cosiendo" (1814). Destaquemos también "Francisca de Urriola" (1820), "Manuela Avellafuertes" (1827) y su gesto huidizo, la actitud de casi heroica afirmación en "Nicolasa de la Morandé (sic) de Andía" (1814).

Durante la década de 1830, la calidad pictórica de Gil de Castro decae. Las carnaciones emergen más planas, los cuerpos menguan su efecto táctil, el dibujo pierde la precisión de antaño. Por momentos la tela pareciera a medio terminar. Al mismo tiempo, en un ámbito más restringido, el vestuario de las retratadas refleja el cambio profundo de la moda.

"José Gil de Castro, pintor de libertadores"

La mayor retrospectiva dedicada hasta hoy al gran retratista neoclásico

Lugar: Museo Nacional de Bellas Artes

Fecha: hasta el 21 de junio

 


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<b>Las mujeres protagonizan</b> algunas de las obras de mayor belleza del Mulato.
Las mujeres protagonizan algunas de las obras de mayor belleza del Mulato.
Foto:MACARENA PÉREZ


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