VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 3 de Diciembre de 2011

Palolo Valdés:
Soy único

Lo que él creía era que su papá era banquero, porque casi todos los días le oía decir que iba al banco.
TEXTO, MIREYA DÍAZ SOTO Lo que Pedro Pablo Valdés Bunster sabía, siendo niño, era que provenía de un linaje distinguido. Que su apellido era de peso. Que pertenecía a una familia rica. Lo que él creía era que su papá era banquero, porque casi todos los días le oía decir que iba al banco. Y lo que él temía era ser un experimento de otro planeta, inserto en una familia de papá, mamá y cinco hermanos: todos contratados para observarlo, a él, un bicho raro sacado de una estrella del universo. Pero, de a poco, descubrió que en su casa faltaba dinero para comer, que su papá no tenía profesión, pero sí personalidad bipolar no tratada y que si iba al banco todos los días no era porque trabajara allí, sino porque debía reparar los desastres financieros que resultaban de sus negocios mal hechos. Antes de cumplir veinte años de edad, Pedro Pablo Valdés Bunster -Palolo Valdés, escultor chileno, 55 años- se dio cuenta de que no tenía nada. Y entonces quiso recuperar su nombre, sobresalir, ser diferente, ser único. La insolenciaEn el Museo de Bellas Artes una amplia selección de esculturas creadas por Palolo Valdés a lo largo de su carrera se despliegan en el ala sur, la mayoría puesta en su ubicación final. Falta un día para la inauguración de la muestra "Diversos rastros de una misma huella" y sólo los últimos detalles. Afuera, en la fachada del museo, un toro en formato gigante -que se quedará como pieza permanente- anuncia la exposición de este autor cuya obra se ha hecho conocida por representar a ese animal y al caballo, además de otras figuras ancestrales, todas elaboradas mezclando materiales pesados como piedra, metal y greda. Se trata de piezas que a él le gustan por su vitalidad y que han podido ser apreciadas por el público de Estados Unidos, España, Bélgica, Grecia y China. Palolo Valdés se convirtió en artista de casualidad, desde el día en que le ganó una partida de ajedrez a uno de sus hermanos y el premio fue su caja de pinturas. Fue casualidad porque en su mente joven y hippy había otros planes, como cambiar el mundo, por ejemplo. Salvo el taller de pintura de Federico Jarvis al que con el premio en la mano asistió a comienzos de los 70, a los diecisiete años, no tuvo clases de arte ni aprobó jamás un ramo de escultura. Su paso por la Universidad de Chile fue en la carrera de Diseño Teatral, y precisamente para la escenografía de "La ópera de los tres centavos" fue que el arquitecto e iluminador Ramón López, su ex profesor, le encargó un caballo en gran formato, en 1979. Desde entonces no se detuvo, primero vivió entre 1981 y 1984 en Nueva York, donde realizó esculturas para vitrinas de Sak's Fifth Avenue y Bloomingdale's, y luego en Chile, donde trabaja hasta hoy. Anécdotas como éstas recuerda en la cocina de su casa-taller, en el centro antiguo de Santiago. Lo mismo que otras historias que revela cuando se anima a escarbar en sus orígenes creativos. ¿Cómo es la conexión con tu obra?-A pesar de que trabajo con harta gente, la relación mía con la obra es solitaria. Mis ayudantes están alrededor de ella, como que son mis manos. Estamos siempre juntos, desayunamos y almorzamos juntos, pero ellos obedecen a mis caprichos. Esa soledad me ha permitido escuchar a esta cabeza que piensa, que duda, que proyecta, que se enoja, que se alegra. Y por otro lado, la escultura, al requerir un tiempo y un taller, funciona como una empresa, lo que da estabilidad emocional. Lo artístico es muy inestable emocionalmente porque eres como Dios frente al objeto, tú armas y desarmas en una actitud frente al mundo muy insolente. De hecho esa insolencia puede desparramarse hacia tus relaciones y ocurre. Yo soy muy insolente con mis ayudantes, ellos ya me entienden, por el cariño, pero sólo hasta cierto punto. Tras la inauguración, Palolo Valdés ha meditado la idea de parar un poco y ocupar su energía en nuevas formas de creación: "Ya tengo un montón de esculturas y no quisiera esperar a producir algo distinto cuando no pueda hacerlo. En veinticinco años he pasado no menos de cuarenta horas semanales metido en un taller, sin ver el cielo ni las flores que me gustan tanto y produciendo toneladas de peso que tengo que ordenar, proteger, difundir. Finalmente vivo para la escultura", dice mientras unta el dedo en un frasco con merkén y se lo lleva a la boca, como si fuera azúcar. ¿Por qué lo has hecho?-No sé... En estos días me he preguntado por qué hice todo este trabajo. Y bueno, primero me contesto que no sabía hacer otra cosa mejor. Me salía muy bien, me salía muy fácil. Menos que cualquieraPalolo Valdés -separado, papá de dos hombres de 20 y 12 años que viven con su mamá en Bruselas- nació el 1 de julio de 1956 en Limache. Es el cuarto de seis hermanos -"nadie, ni el último ni el primero, nada"- todos criados en sus primeros días por mamas del campo, y luego enseñados por una institutriz, "la señorita Elena", una mujer que Palolo calcula debe haber tenido sesenta años al llegar a su casa, cuando él sólo tenía uno, y que pasaría a ser su peor pesadilla de niño. La formación quedaba en sus manos pese a que los todos los niños Valdés Bunster fueron a colegios privados de Santiago -cuando vivían en un edificio familiar de calle Bernarda Morin, en Providencia- y fuera de la ciudad -cuando las aventuras empresariales paternas disponían establecerse en el fundo que tenían en Paine-: "Mi papá recibió tres herencias, era seco para hacer negocios grandes, de un plumazo, los hacía con mucha euforia, pero a poco andar los dejaba botados y perdía todo, campos enteros. Mi mamá soportaba estas locuras de mi papá; ella tenía educación inglesa, hablaba un poco de francés, tocaba piano, era refinada, sabía recibir bien, sus flores eran preciosas aunque todo lo mandaba, no hacía nada con sus manos, siempre tuvo dos empleadas. Pero era una madre ausente, siempre preocupada por mi papá y por hacer algo para parar la olla y parar el nombre. Teníamos que seguir en los mismos colegios, mantener el estatus". Esto de vivir en una familia de alcurnia, pero sin dinero, ¿cómo te marcó?-Me hizo producir músculos, órganos, defensas. Me hizo imaginar soluciones, resolver los problemas con mucha imaginación. A mí me hizo crecer y ser lo que soy. Si no, hubiera sido un pobre huevón. Menos que cualquiera. ¿Qué sueños tenías?-Tuve pesadillas de que yo era un experimento de otro planeta y me habían puesto en esta familia. Era tal mi desconfianza con el mundo que no confiaba ni en mi padre, ni en mis hermanos, pensaba que eran extraterrestres. Tendría siete u ocho años. Me despertaba, veía a mis hermanos y me preguntaba, ¿serán? Luego pensé que era Jesús, después creí que era Picasso. ¡Fui aterrizando!-, cuenta entre risas y mastica como si fuera una fruta, un ají de verde intenso. ¿Por qué te convertiste en artista?-Toda esa necesidad -en el colegio cambiaba el pan con ají por sándwiches de queso y jamón, vendía huevos y calugas de champú en el barrio de Bernarda Morin, todo para no pedirle plata al papá para la micro- junto con haber sido el dueño de todo me hizo pensar cómo voy a recuperar mi nombre, cómo voy a sobresalir. Para mí no era suficiente ser abogado o ser arquitecto.Pero quizás así hubieras tenido plata.-Pero iba a ser normal, y yo no podía ser normal. Yo no era normal. Era hijo del señor y la señora no sé cuánto. Tenía que recuperar toda esa fortuna. Hoy día Palolo Valdés vive de sus esculturas y de los arriendos de algunas propiedades que posee, entre ellas el sitio donde vive, una enorme casa antigua, de líneas Neoclásicas que él ha intervenido en su interior con medios pisos y recorridos laberínticos, como si fuera una escenografía. El que fue algún día un amplio recibidor, es hoy un conector de espacios iluminados teatralmente, y en ellos se aprecian obras de arte, recuerdos, algunos de los muebles finos de su infancia, sin fin de objetos, hasta un columpio puesto con tal cálculo que no choca con otro trapecio colgado sobre un altillo. Por fuera, todo el patio es un taller aún más repleto de materiales, una estructura de varios niveles y recorridos de rejillas metálicas que permite dominar casi todo el lugar, encontrándose a cada tanto con esculturas en proceso y otras en exhibición. El primer toro que hizo Valdés fue uno que pintó en el muro de su cocina, el 1 de mayor de 1986, después de intentar asistir a la Asamblea de la Civilidad y tras intentar cruzar la Alameda, cercada por militares, y recibir un culatazo. Pintó un toro enorme, chorreando en sangre, botando allí toda la impotencia que sintió. Pero la figura de ese animal se convirtió en una pieza característica de su obra y adquirió volumen, así como los caballos. -El caballo nació por su belleza, nobleza, por su onda medio de alcurnia, del Valdés Bunster. Todos mis animales son muy ancestrales, como yo, de niño. O como lo que a mí me dijeron que era. Elegí a figuras como Leonardo da Vinci, a Goya, a Picasso, a los grandes triunfadores del arte clásico, personajes muy aceptados, queridos y almacenados por todos. Los tomé exactamente como son para mantener una obediencia estricta con la alcurnia, con lo regio. Pero esa misma estrictez y obediencia con el modelo clásico y conservador me da más libertad al momento de hacer a la figura, con fierro, le tiro barro, pongo piedras, rompo la forma tradicional porque la mía es contemporánea, novedosa, inusual. Soy reconocido por mis esculturas no por su imagen -son toros que todo el mundo ha visto, igual que los caballos de Leonardo, hasta podrían llamarse copias-, sino porque están hechas con tal desparpajo técnico, como teniendo terror a lo convencional, a lo que hacen todos, porque yo no soy como todos, soy único, el extraterrestre de esa familia.  

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Foto:RETRATO, CARLA PINILLA GRANDÉ


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