REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 26 de Marzo de 2000


Esperando el diluvio final

Los viajes de Tito Matamala son escasos y breves. A la esquina a comprar whisky, a la universidad a hacer clases, a Lenga de cuando en cuando a comer pescados y mariscos, a Cocholhue muy de tarde en tarde para ver de cerca el mar, a Santiago una vez al mes a encontrarse con un par de amigos y arreglar asuntos de libros. El resto es su casa. Del norte conoce sólo hasta Horcón. Lo más al sur que ha llegado es a Coihaique. Fuera de Chile, Buenos Aires y nada más. Ni Tacna ni Mendoza ni Bariloche. Lo suyo es Concepción y sus alrededores. Desde aquí habla, lee y escribe. Esperando el diluvio final que según la historia y las matemáticas viene luego. Es cuestión de tener paciencia, dice.
Por Francisco Mouat, desde Concepción.
Fotografías de Leo Vidal

En pleno centro de Concepción, en el quinto y último piso de un edificio de calle San Martín tiene su casa-refugio Tito Matamala, 36 años, soltero, autor entre otros libros de la premiada novela "Hoy recuerdo la tarde en que le vendí mi alma al Diablo, era miércoles y llovía elefantes" y del "Manual del buen bebedor", texto en el que distingue a los tomadores de acuerdo a su conducta y su resistencia, y en el que precisa los distintos tipos de resaca que suelen aquejarlos a la mañana siguiente. Por supuesto que Tito Matamala es un miembro destacado del club de buenos bebedores, además de escritor, periodista, dibujante y a estas alturas penquista de tomo y lomo.

Es de esto último que ya casi completamos un día hablando: de Concepción, de la fama guerrera de la octava región, del barrio chino de Lirquén, del olor nauseabundo en Talcahuano, de las columnas que escribe los martes en el diario "El Sur". Ahora estamos sentados frente a la mesa del comedor, y sobre ella sólo hay dos vasos de whisky con un hielo cada uno, la única dosis posible de hielo según el Licenciado Matamala para no convertir el whisky en un brebaje indigno: "El cubo de hielo en el vaso no es para enfriar el whisky. Es simplemente para el tintineo. Una cuestión estética, musical". Afuera explotan hace rato fuegos artificiales para festejar la inauguración oficial del Puente Nuevo de Concepción, mientras el pueblo llano celebra en sus casas esta obra magna de ingeniería con petardos, cuetes, viejas y guatapiques.

Concepción es según tus propias palabras una ciudad harto fea. ¿Cuál es su gracia entonces?

Concepción no es una ciudad bonita. Viña del Mar es bonita, Buenos Aires es bonita. Concepción no tiene ese encanto. Aquí hay que hacer piruetas para encontrar algo de arquitectura interesante. Por ahí se salvan unos pocos edificios de la universidad, que son clásicos europeos, y que los copiaron tal cual después de comprar allá los planos. El resto es paja molida. Lo que a mí me atrae y me seduce de Concepción no es su arquitectura o la calidad de vida que aquí tengamos, que no es tanta por lo demás, sino su historia, su pasado guerrero, la pasión con que los penquistas han defendido y habitado estas tierras.

¿Pero este pasado guerrero se traduce hoy en algo concreto?

Se traduce en que todavía hay conflictos fuertes en la región, pero ya no como antes. No te olvides que cuando los españoles intentaron conquistar el país completo llegaron hasta acá no más, no pudieron pasar más abajo, aquí estuvo la frontera. Por supuesto que esta cultura guerrera se ha diluido, pero yo no dejo de rendirle mi propio tributo.

¿Algún guerrero para destacar?

Ufff, varios. Durante buena parte del siglo 19 los penquistas trataron de instalar en Santiago un Presidente que fuera de acá. Acuérdate que la república de antes era dirigida, ahí sí que había intervención descarada, era cosa de saber mover las piezas. Pero nunca se pudo, en eso los santiaguinos fueron hábiles, y hasta hubo una guerra civil cuando el general Jose María de la Cruz quiso ser Presidente de la República en 1851 y no le aguantaron. "Guerra, miércale, si no me dejan", dijo De la Cruz, y hasta ahí no más llegó el auténtico héroe de Concepción, don José María de la Cruz, muerto y olvidado casi para siempre.

Nadie reconoce aquí a tu héroe, ¿no?

Nadie. Aquí la calle principal se llama OHiggins, igual que en todo Chile, y luego te desplazas varias cuadras más allá de lo que yo llamo "la frontera del infierno" y te encuentras con una calle súper modesta que se llama Cruz, y con una plaza insignificante rodeada de moteles que se llama Plaza Cruz, donde hay una especie de busto a mal traer de José María de la Cruz, y eso es todo. Nadie sabe quién es, y a nadie le interesa que se sepa qué hizo este valiente. Aquí todos conocen a Johnny Walker, un arquero de fútbol que pasó hace poco por Huachipato, pero nadie conoce al gran general José María de la Cruz.

Al revés, tú debes conocer más al escocés Johnny Walker que al arquero, que por ahí no se acostumbró al mal olor de Talcahuano.

La vida ha sido injusta con Talcahuano. Hay muchas cosas que pareciera que son de Concepción, pero que en verdad pertenecen a la comuna de Talcahuano. El problema es que Talcahuano produce plata, pero la plata no se queda ahí. No conozco a ningún empresario pesquero o de la siderúrgica que viva en Talcahuano. Todos viven en Concepción, y tienen a sus cabros estudiando en Concepción, y sacan la patente en Concepción, y se divierten los fines de semana en Concepción.

Pero Talcahuano no es muy seductor que digamos.

Sí, sí, no hay que engañarse: Talcahuano produce plata y cada día se envenena más. Se supone que ésta fue "la bahía más hermosa de las Indias", así declarada oficialmente por la corona española, en cambio ahora según Naciones Unidas es "la bahía más contaminada del mundo".

Joaquín Edwards Bello escribió una crónica en 1940 en donde decía que cuando uno llegaba a Talcahuano lo único que quería era salir rápido de ahí, y en esa misma crónica cita a Tancredo Pinochet: "Si hubieran de ponerle una lavativa al mundo, tendría que ser colocada en Talcaguano (con g)".

Es verdad. Las personas que no son de acá y van a Talcahuano se descomponen. El aire está todo el día nauseabundo, no es que te pille una racha de viento y malos olores. El aire es así: volteador. Cambiemos de tema, para no ensañarnos.

Bueno, ya sabemos que en Lenga, que pertenece a la comuna de Talcahuano, se comen estupendas empanadas fritas de mariscos. ¿Dónde más podemos ir?

Yo creo que vale la pena conocer el Huáscar en Talcahuano. Es paseo obligado. Lo mantienen impecable. Tienen decoradas hasta las estrías de los cañonazos. Lo otro que sugiero es visitar la isla Quiriquina. Ahora no se puede, la Marina no deja, pero deberían abrirla, porque es muy bonita, no está contaminada y hasta tiene buena playa, muy protegida del viento. Lo que no propongo por ningún motivo es ir a comer empanadas al Mercado Central de Concepción. Por razones higiénicas.

¿Tanto así?

Pongámoslo de otra manera: le sugiero a la ciudadanía que busque otras opciones cuando de empanadas de mariscos se trata. "El Rincón Marino", por ejemplo, o "Faro Belén", un restaurante de lujo donde te ponen empanadas de mariscos en vez de pan cuando te sientas en la mesa.

Te estás cuidando las espaldas ahora.

No quiero ganarme gratuitamente más odios de los que ya me he ganado escribiendo mi columna en el diario todos los martes. Le tengo miedo al combo en la calle.

¿El combo en la calle es parte del espíritu guerrero de la octava región? ¿Se usa mucho acá el puñete para zanjar diferencias?

Se usa, sí, se usa. Un buen combo y ya. Y yo le tengo miedo a los fanáticos. Lo otro que se usa harto acá es la carta al diario diciendo "qué se cree este señor, hasta cuándo le pagan un sueldo a este traficante de odios y mentiras", cosas así. Yo tengo el honor de haber recibido cartas acusándome de "marxista comeguaguas" y de "fascista incorregible". Un honor.

Cuando fuimos a Cocholhue, tuvimos que pasar por Penco. Te cito textual: "A Penco lo barrería desde el aire con una bomba de napalm". Explícate.

Es una figura literaria, una hipérbole, una metáfora, no hay que tomarlo literalmente. Alguien de Penco me toma en serio después y me agarra a combos en la calle. Penco me cae mal, no le tengo afecto, sobre todo porque hay que pasar por ahí para ir a Cocholhue, y uno se enreda con tanto camionerío. Sería más fácil si no existiera. Ya, voy a ser más humanitario: hagamos una autopista que pase por arriba de Penco, así pasamos de largo y no lo vemos.

Alguna vez Penco fue la capital de la región, y si no es por un terremoto capaz que todavía lo fuera.

La naturaleza es sabia. Había que salir de ahí. Penco se trasladó completa a Concepción después del terremoto de 1751. A un pantano, porque eso era Concepción: un valle muy cercano al nivel del mar lleno de lagunas, de pantanos, con millones de bichos, mosquitos y zancudos dando vueltas, y todo esto hubo que ir rellenándolo. No fue fácil mover a la capital desde Penco hasta acá. Nadie quería venirse a este barrial. Ahora, yo digo que por más que te muevas de la ciudad, y la cambies de un sitio para otro, igual no más te va a llegar la teja.

¿De qué hablas?

Mira, el terremoto de 1835, que fue feroz, hizo que el mar llegara hasta lo que hoy es la calle Los Carrera, una de las avenidas más importantes de la ciudad, la que empalma con el Puente Nuevo. Así que aquí lo que corresponde es resignarse y esperar con la mayor felicidad posible esa idea loca que tiene la naturaleza sobre nosotros: que de vez en cuando hay que empezar todo de nuevo. Para eso sirven los terremotos y los maremotos. Es una cuestión estadística, de matemáticas: a mí me va a tocar acá un terremoto con maremoto incluido, y espero verlo desde una posición cómoda.

Por ejemplo, la terraza de un quinto piso...

Por ejemplo. Aperado de whisky, de baterías para el computador por si se cae el tendido eléctrico mucho tiempo, con un buen bote inflable para salir de compras, tranquilo, esperando la hermosa imagen del diluvio final.

¿Qué te trajo a Concepción? No creo que veinte años atrás estuvieras esperando el diluvio final.

Yo vine aquí a Concepción por una razón simple y práctica: porque había una beca muy buena y ganarla era mi única posibilidad de estudiar y además de arrancar de Curicó, a donde también tiraría una bomba de napalm después de sacar de ahí a mi mamá, mi hermana y mi sobrina. Lo haría para espantar los malos recuerdos...

¿Curicó?

Mis primeros viajes siempre fueron siguiendo la huella de mi padre, que era empleado de la Iansa. Por eso nací en Puerto Montt, viví hasta los cinco años en Llanquihue, hasta los diez años en La Unión, y de ahí hasta los diecisiete en Curicó.

¿Fue en Curicó que dejaste de ver a tu padre?

El se fue de la casa el año 76, yo tenía 13 años. Un día se me acercó en el patio y me dijo que se iba. "Me voy", dijo, y me dio la mano.

¿La mano?

Sí, la mano. Y se fue. Y nunca más lo vi. Era su opción, y no se la reprocho. Teníamos una relación escasa, pero no mala. Yo tengo buenos recuerdos de él, y por eso nunca lo voy a recriminar.

Y supiste de él siete años después...

Sí, en Concepción. Yo vivía en el Hogar Universitario y me avisan que vaya a la comisaría no sé cuánto. Voy, me pasan el teléfono, y al otro lado estaba un amigo de mi papá en Brasil que me dice "tu papá se murió hoy, tuvo un derrame, lo siento".

¿Así de brutal, Tito?

Sí, y eso es lo que me ha marcado la vida. Lo de mi papá fue un viaje al infinito, y también una ausencia eterna. Me marcó para toda la vida. Porque yo siempre en un sentido fui fiel reflejo de mi padre: igual de independiente, no pescando a nadie, haciendo mis cosas. Ahora me preocupa escribir unos cuantos libros más que me dejen satisfecho, sin apuros editoriales, y esperar, esperar el diluvio. No se saca nada con cambiar de sitio. ¿A dónde nos vamos a ir? ¿A Chillán? ¡No, señor, allá los terremotos son bravos! Disfrutemos lo que se pueda, y si no se le puede vender el alma al diablo, al menos saquémosle un buen arriendo.

Te gusta esa figura...

Me gusta, siempre he jugado con la imagen de vender el alma. Me encantaría poner el siguiente aviso en el diario: "Alma en regular estado vendo. Tratar aquí. Precio conversable".


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En Cocholhue, la mejor playa de la región según Tito Matamala:
En Cocholhue, la mejor playa de la región según Tito Matamala: "Tranquila, limpia, brava, ajena a la moda".
Foto:Leo Vidal


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