REVISTA YA

Martes 13 de Octubre de 2009

 
4 edades de la belleza

A los 30, 40, 50 y 60, cuatro mujeres definen cómo viven el paso del tiempo. Aquí la zapatera Bárbara Briones, la pintora Carolina Sartori, la arquitecta Cazú Zegers y la decoradora Josefina Prieto revisan sus dudas, certezas y aprendizajes. Además, los misterios de la belleza según Marcelo Birmajer, Rafael Gumucio y Óscar Contardo.  
  En los cuarentaHace tres años, casi como una respuesta mis propias Historias de hombres casados, publiqué la novela Historia de una mujer. En este libro, la protagonista femenina alcanza la plenitud de su belleza a los 40 años y, por un prodigio inexplicable, mantiene la intensidad de su atractivo por el resto de su vida. Supongo que el don del personaje es una mixtura de mis deseos con el de las mujeres: la mayoría de las mujeres que conozco desearían mantener el momento álgido de su atractivo durante toda su vida; pero no siempre estamos de acuerdo respecto a cuál fue ese momento. Mi punto de vista privilegia los 40 años. Yo realmente creo que el mejor momento de las mujeres es a los cuarenta, independientemente de lo que ellas puedan pensar.

He publicado alrededor de un centenar de notas en esta revista, y por eso me creo con derecho a afirmar que no se me puede tachar de hipócrita en estos asuntos. Despliego la hipocresía en muchos ámbitos de mi vida, por piedad y buena voluntad; pero no en mis artículos para la Revista Ya. De modo que si digo que de entre todas las edades de las mujeres, prefiero los cuarenta años, tengo más derecho a que se me crea que si lo dijera un bienpensante.

El test que me hago, para cerciorarme, frente a mí mismo, no frente a mis lectores, de que digo la verdad, es una apelación a mis instintos. ¿Qué elegiría yo? ¿Mónica Bellucci a los cuarenta, o cualquier vedette argentina de 20? ¿Qué actriz del mundo a los veinte me gusta más que Mónica Bellucci a los cuarenta? ¿Prefiero a Penélope Cruz ahora o hace veinte años? ¿Scarlett Johansson a los veinte, o Sofía Loren a los cuarenta? ¿Cualquier rubia actual de Hollywood a los veinte, o Ava Gardner a los cuarenta?

En cada una de las preguntas, la respuesta favorece a Mónica Bellucci y a los cuarenta.

A todas las mujeres que conocí a los 20, y a las que continúo tratando veinte años después, hubiera preferido conocerlas directamente a los cuarenta años.

La mujer de cuarenta puede brindarnos en el amor algunos de los trucos que nos proporciona el cuerpo de una de veinte, pero la de veinte nunca podrá proporcionarle al hombre lo que le sabe dar una de cuarenta.

No lo niego, y acá soy tan sincero como en el resto del artículo: la mayoría de los hombres que conozco se quedarían con una mujer de veinte antes que con una de cuarenta. Pero, aunque excepcionales, los he conocido que abandonaron a sus jóvenes esposas por una de cuarenta. Al menos dos casos. Sin embargo, la cruda realidad es que la mayoría de los hombres buscan la primera juventud en las mujeres. Esto no modifica mi opinión: desde muy temprano me acostumbré a compartir mis revelaciones con pocos, y a no basarme en el consenso para expresar mis verdades.

¿Por qué los cuarenta es la cima del monte? Porque la mujer ya ha pasado los sarampiones del amor y, si ha aprendido, su entrega es más dulce y completa. A los veinte, los hombres las persiguen en cardúmenes, sin importar la personalidad singular de la mujer en particular, ni especialmente sus atributos. La mujer suele elegir al macho capaz de apartar al resto de los molestos integrantes de la manada, y en esta etapa la joven suele identificar la virilidad con aquel capaz de maltratarla, maltratar a los demás y despreciarla. Mientras que todos se mueren por ella, ella elegirá no al que muera por ella, sino al que demuestre ser capaz de matarla, de humillarla, y de matar a los demás.

A los cuarenta, si ha crecido con sabiduría, ya conoce el machismo de estopa, incapaz de lidiar con los mil desafíos de la vida cotidiana, y prefiere a un hombre de verdad, que también sabe aceptar perder.

Mientras que a los veinte cualquier cosa que haga derretirá a cualquier hombre, a los cuarenta podemos detenernos en sus singularidades: una nariz, un peinado, un modo de caminar, algo en sus atributos que va más allá de la simple efervescencia. Podemos sentirnos, los hombres, no sólo únicos al ser amados, sino también únicos en la mujer que hemos elegido. No se parece a otras, ni nos parecemos a todos los demás al desearla. Tal vez esa sea una de las maneras más completas de poseer a una mujer.

Una promesa que no se cumpleCuando uno es niño las cosas y los seres se dividen en dos: Las que se pueden comer y las que no. La belleza, al principio, pertenece a la categoría que importa: La categoría de lo que se come. La sonrisa de la madre, la armonía de sus cejas, su mano delgada y precisa son bellas sobre todo o ante todo porque nos anuncian el momento sagrado y banal en que la madre levanta el chaleco, desabotona la blusa y abre el sostén. La madre cuando somos niños es linda porque es útil, o porque es necesaria y vital. Su belleza, más allá de cualquier criterio estético nos permite cerrar los ojos y tragar feliz hasta olvidar todo por un segundo. Un olvido que es lo que luego aprendemos a llamar placer. Aunque muy luego, antes mismo que tengamos palabras para comprenderlo, la belleza deja de ser sinónimo de alimento. Marilyn Monroe, o Jane Mansfield, o Mónica Bellucci, seguimos testarudamente encontrando a las mujeres "ricas", o "exquisitas", o simplemente "deliciosas" aunque nuestro paladar ya no tenga nada que ver con el proceso. La belleza de una mujer nos ciega a los hombres, con la misma irrestible urgencia que el hambre. Se nos hace agua la boca. Como cuando éramos mamíferos, la belleza nos hace cerrar los ojos y perder la conciencia. Lloramos cuando está lejos y nos quedamos dormidos cuando está demasiado cerca. Nos despertamos sólo para pedir más, pero no hay más. Pero hay siempre menos, cada vez menos. Pasa a nuestro lado, se va y sentimos que nos deja sólo una crispación en el estómago.Esa es nuestra tragedia. La tragedia del pobre macho que vive para comer algo que no se come. Es la tragedia de muchas mujeres también a las que les sorprende el absurdo del proceso que las convierte de ser humano a tesoro sobre el que se especula, compra y vende sin su permiso. Mujeres a las que tantas veces la belleza parte en dos como el rayo a los 14 años. Tantas bellas que he conocido que viven peleadas con su propia belleza, tanto que termina un cirujano por separarla de ella para siempre. La belleza de las mujeres nace, entonces, para el hombre como una frustración imposible. Una frustración que con el tiempo se convierte en un placer. Porque esa hambre que aloja en nosotros, esa hambre que la mujer representa y maquilla se transforma en otra cosa completamente distinta cuando descubrimos que podemos nosotros alimentar a la mujer. El canibalismo doble y simultáneo que llamamos amor, esa cena al revés que empieza siempre con el postre y termina siempre en ensalada. Pasamos así los machos en el patio escolar de admirar fanáticamente los frustrantes senos que ya no nos pueden dar nada, al trasero que nos devora la vista, las ganas, el ansia. Pasamos de querer tragar a las mujeres con los ojos, y todo el resto, a querer ser tragados nosotros por ella, a ser nosotros el alimento de una boca inesperada y recóndita. El vampiro que llevamos dentro ya no sabe si le gusta el cuello blanco de la doncella para sorber su sangre, o para convertirla a ella en vampiresa también y ser mordido por ella.Pasamos así de amar en las mujeres una seguridad, un abrazo, un consuelo a admirar un peligro. Pasamos a ser hijo a ser padre, es decir, enemigos. Entre medio somos amantes esa cosa incomoda e indefinida en que todo es posible, en que nada es del todo verdad. De amantes nos quedamos encerrados en el camarín de un teatro probando disfraces. Entre medio a veces nos quedamos desnudos. Pero eso es lo que menos importa. Porque esperando salir al escenario y ser padre, hijo, madre o abuela, comprendemos que la belleza de la mujer está justamente, en esa indefinición de papeles. La gracia con que se pone y se saca las máscaras y las faldas. Ese momento antes de ser algo en que es un poco todo. Eso explica por qué las actrices nos parecen tan bellas y por qué el hipismo no pudo acabar con el maquillaje. Al revés de los políticos: amamos en las mujeres las promesas que no pueden cumplir. La belleza nunca es un hecho, sino una posibilidad. Lo que hace bellas a las mujeres es justamente todo lo que pueden ser mientras son las puertas que a su paso se abren y que no se atreven detrás suyo nunca a volverse a cerrar.Belleza ProvincianaYo tuve una compañera que se llamaba Quena. Ella tenía un cuaderno para escribir eso que la adolescente llama "pensamientos", que no son otra cosa que oraciones llenas de sabiduría espontánea, generalmente con puntos suspensivos, un recurso insinuante y tramposo que quiere sembrar misterio en donde por lo regular no hay más que vacío de ideas o alguna perturbación mental de cuidado. Los pensamientos de la Quena estaban escritos con caligrafía cuidada y embellecidos por soles, lunas, flores y corazones al margen. La Quena era melenuda, con el pelo de un color amarillo reseco, flaca, pierna larga y huesuda, panty negra y piel grasa. La mayor parte del colegio se burlaba de ella, en especial después que anunció en una de esas clases de orientación -en las que uno podía decir cualquier cosa con impunidad- su vocación de modelo ("tengo el porte", creo que fue que dijo). Pero la Quena no sólo quería cultivar su exterior, aspiraba a ser una maniquí con sentido social, algo más que un rostro con acné. Creía en fuerzas astrales y en poderes sobrenaturales que se lograban estudiando unos folletos que siempre llevaba en la mochila. Eran facsímiles fotocopiados de una especie de estadio primitivo de la cientología al que ella había accedido por intermedio de una amiga de su madre. La Quena aseguraba haber salido de su cuerpo a recorrer el mundo o Chile o simplemente Curiyork (también conocido como Curicó). Sostenía que era cosa de mentalizarse tendido en silencio con un cassette de mantras de fondo para viajar astralmente. A mí ella me provocaba curiosidad y le metía conversa porque quería ver qué tanto anotaba en los recreos o a la hora de almuerzo cuando se quedaba sola. Porque la Quena era muy dada al ensimismamiento, al soliloquio y la contemplación del potrero verde y vacío que se extendía por el establecimiento. ¿Estará viajando?, pensaba yo, viéndola imperturbable con su melena meciéndose como la copa de un espino angustiado y sediento.El cuaderno donde tenía los pensamientos mi compañerita era un Galeón de espiral sin plastificar que se le rizaban las puntas. Estaba así de tan manoseado, porque la Quena le daba un uso intensivo. "Lo de afuera tiene que estar en equilibrio con lo interno", me dijo una vez con un tono maternal y en franca alusión a su enemiga mortal, la Pamela Matus, fiel representante de la controvertida tesis de que belleza es ciento por ciento actitud. El rostro de la Pamela semejaba el perfil de un congrio. Uno malaleche, burlón pero que desde muy pequeño lo habían convencido de que era sexy. Pamela pasaba por alto su semblante de pescado anguila y le sacaba partido a todos los atributos que ostentaba por debajo del cráneo anfibio. Así fue como logró adjudicarse la categoría de la escolar más popular de la ciudad entre el colegial varón de Curiyork. La Quena no la odiaba. Más bien la despreciaba con el menosprecio que sienten los iniciados en alguna creencia de raigambre mágica por aquellos que sobreviven ignorantes de ella y de sus alcances sobrenaturales. Pero no por mística la Quena era menos romántica. Mal que mal era una adolescente atrapada en el cuerpo de una viajera astral. Le gustaba hacer acrósticos que formaba con sus pensamientos preñados de sabiduría: "amor"; "dolor"; "ternura" y "belleza". La Quena era de palabras solemnes que escondían un corazón tan de quince como el del resto.Resultó que la Quena estaba enamorada de Navarrete. Flaco, alto, con la piel color río turbio y una especie de conjuntivitis crónica que le daba una apariencia llorosa y lastimera. Navarrete no se reía tanto de ella como el resto. Tal vez eso ella lo interpretara como una señal de algo. La Quena confesó su pasión secreta por Navarrete como quien confiesa un talento escondido o algún superpoder que no puede comentar con el resto, pero le gustaría. "Yo creo que me corresponde", me dijo mientras me mostraba sus escritos amorosos. A mí la confesión documentada me daba vergüenza ajena y risa, pero me la aguantaba, porque en el fondo el misticismo astral de fotocopia no era otra cosa que el botox que la Quena se inyectaba todos los días para sobrevivir a la amenaza circundante, a la fealdad de la manada de hienas adolescentes que la acechaban. Los intentos desesperados por ser un poco más que carroña para los buitres levantando en su mente una oficina privada para embellecer la realidad propia, llenarla de cachirulos, de frases solemnes y monumentos sin sentido, igualando belleza con cursilería y tapando la fealdad y la violencia con una cortina de humo para que los defectos, las arrugas, las imperfecciones no duelan tanto, ni atraigan a las hienas.30 la edad de las definiciones"No relaciono la belleza con la perfección sino con la búsqueda de ese algo que te hace especial. Valoro el estilo personal. También en mi trabajo, en el que cada zapato tiene su propia personalidad y es bello si es armónico con el pie de la persona. Porque no a todas nos queda bien el mismo modelo, hay distintos diseños para diferentes pies.La belleza se puede encontrar en muchas partes y no es perfecta. Uno refleja cómo se siente. Me importa cómo me veo, me preocupo de mí, pero no crecí en una familia en la que ser linda fuera importante. Son todos deportistas, entonces siempre fue relevante el tema de la alimentación. Somos gente sana y creo que eso te hace sentir mejor.Lo que a mis hermanas y a mí nos enseñaron fue a no dejarnos estar. Debes hacer pequeños gestos cada día para sentirte mejor. Cuando chica, por ejemplo, cada vez que viajábamos con mis papás no podíamos hacerlo en buzo, porque viajar era una ocasión especial, requería una mínima preocupación. Esos detallitos son los que hacen la diferencia, la belleza.Eso sí, siento que con los años las exigencias de cómo te ves aumentan. Un cambio importante que he notado con el transcurso del tiempo, y creo que hablo por todas las mujeres de 30 años, es que mantenerse bien requiere mucho más esfuerzo que antes. Ahora no es gratis, no hay milagros, hay que prestarle atención al cuerpo, tienes que hacer ejercicio, cuidarte de lo que comes y tomas. Descubrí todo esto el año pasado, tal vez porque he ido más a Estados Unidos en donde el culto al cuerpo es impresionante.La vejez no me asusta para nada. Al contrario, cada vez me siento mejor, estoy contenta, me agrado, somos amigas. Me queda todo por delante, no tengo el sentimiento de querer volver atrás, no, no quiero volver atrás. Me siento perfecto con la edad que tengo, lo estoy pasando bien y pienso en lo entretenido que será todo lo que viene".Bárbara Briones: Comenzó vendiendo zapatos en el comedor de su casa, pero hoy reparte su tiempo entre su taller de San Joaquín y su tienda en Alonso de Córdova, La Joya & Bárbara B. Llegó a la zapatería sin habérselo propuesto. Estudió algo de diseño, algo de arte, y a los 20 años emigró a Buenos Aires para estudiar diseño de modas. Aprendió del arte de la zapatería, se instaló en Londres, estudió en Cordwainers London College of Fashion, la misma escuela de Jimmy Choo, hizo una práctica para Mulberry, se fue a Italia y estuvo ocho meses trabajando en el departamento de accesorios de Salvatore Ferragamo.

40 la edad de la autenticidad"Me gusta lo natural. Igual que en la pintura. Mientras más real, más verídico, más potente eres. Además, el cuerpo es el sello con el que caminas por la vida. Y fue un regalo. Te lo dieron. Entonces, nunca he entendido por qué querer cambiarlo. Así como llegaste es como tienes que caminar. El resto no me interesa. No es un tema para mí. Si la gente tiene tiempo para eso me parece bien. Yo trato de verme bien, pero más rápido. Me cargan las modas. Mucho accesorio. Me encantan las argollas en las orejas. Me visto de negro. Con blue jeans.En el tema de la belleza propia no he evolucionado mucho. Siempre fui igual. Jamás me haría una cirugía estética, porque pierdes absoluta y completa espontaneidad. ¡Qué crisis de los 40! Me da lo mismo. La vida pasa tan rápido: tan rápido que pasa todo. Tengo que aprovechar mi tiempo en las cosas que de verdad me interesan. Además de la pintura, hago deportes con mis niños, me gusta cocinar.Cuando murió mi papá -el arquitecto Alberto Sartori- sentí, en lo más profundo, lo corta que es la vida. ¡Qué estafa! Es tan linda la vida. En ese sentido, a pesar de la pena, me di cuenta de que hay que aprovechar bien el tiempo. Como dijo alguien: No quiero pasar de la cuna a la sepultura sin haber sabido qué hice en la mitad. Yo pinto. Me regalaron un talento. En ese sentido, tengo que tratar de hacer lo mejor dentro de mi ámbito. Esa es la idea que tengo: de trascender. Dejar una huella. Al revés de quedarme llorando, por ejemplo, por el paso del tiempo. También con la familia. Tratar de ser una mejor persona. La crisis, las arrugas, no me importa. Es atractivo el paso del tiempo. Es parte de la naturaleza y cada etapa tiene su encanto.Con mi padre, aprendí a mirar a mi alrededor. Cuando chica, con él iba a los museos, a la ópera. Aunque muchas veces no entendía lo que estaba viendo, esas visiones me fueron quedando. Me gusta mucho mirar. Cuando viajo, miro todo. Me fijo en los colores, en las texturas. En detalles que quizá a otras personas les dan lo mismo. También miro fotos, libros. De arte, de pintura. Veo muchas películas.Así me he ido completando como mujer. Tengo un gusto: sé qué cosas me gustan, qué cosas no me gustan, qué leería, qué me interesa, qué vería, qué cosas me entusiasman y cuáles no. Pero eso nadie te lo puede transmitir. Está en ti el preocuparte. Está en cada uno ser una mejor persona.Me gustan muchas obras, de muchos pintores. Me quedo mucho rato con Sandro Boticelli. Me gustan "La primavera", "El nacimiento de Venus". Las batallas... de Paolo Ucello. Los frescos de Andrea Mantegna. Los collages de Matisse. En una época también me interesaron mucho los frescos de Pompeya. Picasso. De Kooning... son tantos.Pero mi pintura no se parece a la de otro. A ninguna de las obras de los que he nombrado. Yo intento parecerme a mí misma. Mirar desde mis propios ojos. Mirar a otro como referente es una mala partida. Porque la pintura, la gran fuerza que tiene, está en la sinceridad. Mientras más sincero seas, más auténtico, tu pintura va a tener más fuerza.Por mi padre -que usaba pantalones verde limón o rojos cuando nadie lo hacía- aprendí a ser libre. A darme cuenta de que daba lo mismo la capa externa. Por eso, en la medida que crecía con mi pintura, me he ido conociendo y así descubrí mi apego a la autenticidad.En este sentido, está bien ser mujer, cuidarse. Pero en su justa medida. Maquillaje, no uso. Pero sé que no estoy sola en la vida. Si tengo un matrimonio, me arreglo. Es entretenida la belleza, obvio. Soy mujer. Trato de ser femenina. Pero paso mucho en el taller. ¿En qué momento me pongo una ropa fantástica? La ropa no es mi tema. Estoy en un probador y me siento perdiendo el tiempo. Además, de alguna manera el cómo te vistes refleja lo que llevas dentro".

Carolina Sartori: Vivió rodeada de libros de arte, de pintura, de arquitectura. Estudiar Arte en la Universidad Católica fue siempre su camino. Con inumerables exposiciones colectivas y ocho individuales -la última en la galería A.M.S. Marlborough- es una de las artistas más destacadas de la escena nacional. Casada, tiene seis hijos, en su taller pinta de a tres cuadros al mismo tiempo, casi siempre de gran formato. Dice que cuando no está pintando "sufre".

50 la edad de la liberación"Aterricé en el planeta a los 40. De la adolescencia en adelante, fue una etapa larga y de compleja búsqueda personal, de saber dónde estaba parada, quién era. Uno no crece y no llega a la plenitud si no ha pasado por las angustias y las preguntas.Sentía una opresión a los 30; pensaba que había una sola manera de ser mamá, que no tenía la libertad de ir y venir a mi propio juicio.En la universidad era ansiosa. Subía y bajaba de peso semana tras semana, según la dificultad del proyecto que debía entregar. Odiaba ese estado de desequilibrio.A los 50, en cambio, envejecer no es un tema. Es aceptar que la vida va pasando, que en la medida en que vas viviendo bien, el cuerpo evoluciona contigo; te expresas mejor en el mundo. Eso lo heredé de mi madre, una mujer energética, una empresaria de alto vuelo, una mujer bella.Como sano, pero naturalmente. No hago dietas y la actividad física está ligada con esta experiencia natural, que es mi relación con lo bello. Cuando esquío, me encanta ir fuera de la pista por el silencio y por encontrarme con esas montañas mágicas que te inspiran y te llevan a una contemplación, un silencio interior. La experiencia sensorial con la naturaleza, los sentidos, los olores, todo alrededor recién nevado.También hago danza moderna. La danza tiene algo que no encuentro en otros ejercicios. Permite una conexión interior y al mismo tiempo obliga a aceptar la frustración: aceptar que algo no te resulte, aceptar que no eres perfecta y que está bien que así sea. En la medida en que uno va teniendo un proceso de vida honesto y verdadero, eso se va reflejando en el físico, porque la belleza es una expresión del alma y del ser integral.La gracia también es importante, el tener la actitud de decidir si uno quiere estar en el lado oscuro o en el luminoso, si uno quiere pensar que está todo mal o simplemente ver lo difícil como una oportunidad de encontrar un camino de crecimiento.Hace un tiempo escribí un cuento sobre los cisnes y la conquista de sí mismo, cuando uno logra encarnar la plenitud del ser que está llamado a ser. Antes, se tiene que hacer cortes con las estructuras, con las cosas que uno cree que tienen que ser, y eso se da a esta edad, entre los 50 y los 60. Cuando se logra hacer ese acto de liberación, aparece una nueva primavera: los colores son nuevos, el olor es distinto, todo vuelve a conmover.Esta edad es exquisita. El recorrido y la tarea de encontrar tu lugar en el mundo están hechas, uno se siente cómoda con quién es y no necesitas demostrarte nada. Hay mucho disfrute, de sentirse cómoda con uno mismo".

Cazú Zegers: Fue en la Universidad Católica de Valparaíso donde encontró su vocación. Un día, conversando con el poeta argentino Godofredo Iomi comenzó a descubrir la necesidad de buscar un lenguaje propio. Su trabajo es una búsqueda permanente de originalidad. Muchas de sus obras están marcadas por su apego a la naturaleza. El mejor ejemplo es la Casa Cala, que realizó en el lago Ranco en 1992 y con la que ganó el Gran Premio Latinoamericano de Arquitectura en la Bienal de Buenos Aires de 1993. Actualmente, Cazú y el equipo de su oficina Aira Arquitectos trabajan en distintos proyectos, entre ellos un hotel en Torres del Paine, un instituto cultural en Puente Alto y una casa de acogida -La casa del peregrino- en el Cajón del Maipo.

+ de 60 la edad de la autoconfianza"La belleza física se borra fácilmente, decían mis padres cuando mis hermanas y yo éramos chicas. Por eso, nos inculcaron el amor por la belleza estética y la naturaleza, pero nunca dejaron que ser bonitas se convirtiera en un tema.Aun así, durante mi juventud tuve varios complejos con mi cuerpo. El más grande fue mi estatura: un metro y ochenta centímetros. Nadie me sacaba a bailar en las fiestas; siempre me tocaba llevar la bandera en el colegio. Como era golosa, me daba pánico engordar. Cuando tuve a mi primera hija, Mary Ann, subí poco, nueve kilos. Pero cuando nació Sandra, mi segunda hija, la angustia porque mi matrimonio no andaba bien me hizo subir 18 kilos, que me costó mucho bajar.El cuerpo se convirtió en fuente de inseguridades, pero hubo un salto, un momento en mi vida en que dejó de serlo: a los 26 años, cuando nos fuimos a vivir a París. En un principio no fue fácil. Separarme de mi marido y sentir que todas las mujeres estaban más preparadas para la vida que yo, que no tenía estudios, me menoscabó. Pero llegó un momento en que tuve que sobreponerme, independizarme, trabajar. Pude conocer la seguridad en mí misma.Esa autoconfianza me ha servido para afrontar otras situaciones en la vida. La crisis de los cincuenta, por ejemplo, cuando absorbida por el trabajo y la crianza de mis hijas, un día me di cuenta de que el pelo se me había llenado de canas, y mi cuerpo estaba envejeciendo sin retorno. Ahí me di cuenta de que tenía una vitalidad que no había vivido antes, pero, por sobre todo, mucha seguridad. Qué importaba tener el pelo con canas, unos kilos de más. Veía a mis compañeras de colegio y todas habían seguido un patrón de vida común. Yo, en cambio, había construido otro mundo, aunque me hubiera aporreado para conseguirlo. Por eso, ahora le aconsejo a Mary Ann, a punto de entrar en esta etapa, a atreverse a vivirla como una de las mejores. A alejarse de los cánones, de los convencionalismos.Hoy, a los 72 años, creo que me he encontrado con mi propia belleza. Soy una Josefina que no les tiene miedo a las arrugas, a los kilos de más ni a mi metro ochenta de estatura. Que disfruta trabajando tan activa como siempre, haciendo Pilates, andando en bicicleta, cultivando un jardín de lirios y usando una buena crema hidratante, por qué no, pero que nunca se operaría, porque no le encuentro valor al cálculo y la perfección.Ahora que miro para atrás, que miro las fotos de mi álbum de la vida, veo que de joven era harto bonita. Pero ahora hay algo mejor. Estoy mucho más relajada, pero sobre todo agradecida".

Josefina Prieto: Aunque durante su adolescencia pensó que su vocación iría por la enfermería -a los 17 años tuvo su primer policlínico dentro del campo de sus padres en Pirque- el destino hizo que Josefina Prieto se convirtiera en una de las pioneras de la decoración en Chile. Fue su estadía de 12 años entre Francia y Suiza la que desarrolló su gusto y ojo artístico, aunque sus inicios se los debe a la decoradora suiza Fleur Vuillord, quien la inició en este mundo. Al volver a Chile, su tienda "Composé" revolucionó el concepto de diseño de los años 70 y 80, al incorporar géneros y papeles hechos en Chile con formatos novedosos y vanguardistas.



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