REVISTA YA

Martes 2 de Diciembre de 2014

Gabriela Hernández
La gente convencional me aburre a morir

De niña pensó que la vida era tan corta que no tenía sentido vivir solo una, y por eso fue actriz. Muy joven se abrió paso en las teleseries en México; vivió en Estados Unidos en el apogeo del hippismo y llegó a España en plena movida. Hoy interpreta exitosamente a Lita, de "Pituca sin lucas": "Si no fuera por su locura, no me podría aproximar a alguien así".  
CLAUDIA GUZMÁN V.  Conversar con Gaby Hernández es como ver "Forrest Gump". Es tan, pero tan increíble lo que cuenta al repasar su vida, que más de una duda deja sobre su veracidad. La actriz que por estos días encarna en la teleserie "Pituca sin lucas" a la abuela más clasista y a la vez excéntrica de la TV, puede estar horas hablando de historias de vida que la ponen en lugares tan insólitos como el desierto del Sahara, el festival de Woodstock, la Plaza Mayor de Madrid en "Noche de Reyes" y hoy, al frente de un fenómeno televisivo que, confiesa, fue más allá de lo que ella misma deseó: 

-Todo el mundo quiere ganar, pero no de tal forma que los otros tengan que cambiar de horario -dice sobre los efectos que tuvo el éxito de rating de Mega en las teleseries de Canal 13, "Valió la pena", y TVN, "Caleta del sol"-. Esta diferencia es tan enorme que es demasiado. Uno de verdad quiere que a todos les vaya bien, porque somos los mismos actores, técnicos y productores que nos encontramos en uno y otro canal. Entonces, claro que es rico ganar, pero cuando se ha estado al otro lado se entiende que nunca hay forma de predecir lo que va a pasar... A menos que, claro, seas la Quena Rencoret. Con tres meses de grabaciones de hasta 12 horas diarias, Gaby Hernández comienza a acusar el cansancio que tanto éxito puede producir. Cuenta que se compró un tricicleta para ir a los estudios de Manquehue que quedan cerca de su casa, en Alcántara, aunque reconoce que cuando va hacia la cordillera las piernas no le dan. -Le tengo que poner un motor, eléctrico, eso sí, para no contaminar -dice-. La verdad es que ha sido una experiencia agotadora, pero genial. Y te diría que ahora nos han bajado un poco el ritmo porque ya no me están retocando las ojeras en cada escena que me tocaba grabar... "¡Maquillaje para la Lita!", gritaban una y otra vez -ríe, al recordar la situación-. Y yo, que soy lo más lanzada que hay, dejo toda la energía en cada escena... por eso siempre le pido al director que me avise si me paso de la línea con la caricaturización. -Perdón, ¿pero cuándo se acuerda de que tiene 75 años?-Supongo que cuando cuento las historias que tengo para contar -dice y se larga a reír, echando el cuerpo hacia atrás y levantando las piernas con una elongación digna de admiración. Y es verdad. No hay nada en esta actriz que coincida con los lugares comunes que se asocian a la edad. No es solo el hecho de que está plenamente activa, sino que mantiene una apertura de mente que contrasta con todo lo establecido para su generación y, en particular, con lo que representa Lita viuda de Achondo, su popular personaje que cada noche se lamenta por haber dejado de vivir en La Dehesa para asentarse en Maipú. Lo que más detesta es convertirse en algo peor que pobre; ser clase media no más. La singular historia de Gabriela se remonta incluso hasta el Siglo de Oro español. De cuando los Hernández de Medina del Campo y los Segovia de Fuente Olmedo -dos pueblos que se enfrentaron en la literatura de Lope de Vega- decidieron escapar de la hambruna de comienzos de siglo en España huyendo al nuevo Continente. Acogido por la familia supuestamente rival, el padre de Gabriela cruzó el Atlántico en soledad a los 14 años de edad. Acá hizo fortuna como almacenero de Osorno y Valdivia y, solo cuando tenía 28 años, se casó con una chilena.-A mí me tuvieron a los 40 años, cosa muy rara para esa época, y a ellos nunca les importó -se detiene un momento en la memoria, y larga la broma con la que siempre, a lo largo de esta entrevista, acompañará una confesión-. La verdad es que después de dos hijas mujeres pensaron que iba a ser hombre y por eso me tuvieron. ¡Si hasta tenía nombre: Gonzalito!, y harta ropa celeste para vestir. Pero, mira, al mismo tiempo eso me dio una independencia muy grande respecto de mi núcleo familiar. Cuando la mayor de sus hermanas, Nieves, quedó seleccionada para estudiar Medicina en Santiago, la familia, que también incluía a su hermana Naldy -química farmacéutica y también actriz- se trasladó a Santiago. Buscar colegio para las niñas no fue un tema menor, porque tras un intento en el Liceo 7 llegaron al Manuel de Salas, huyendo de la educación cristiana que, entonces, se recomendaba para las niñas bien de la capital. -Mi padre siempre fue muy liberal, pero era odia-curas total. Nos decía 'cuidado con que las vea meterse a una iglesia, porque son todos unos degenerados' -dice, imitando el seseo español y levantando la palma en señal de zurra-. ¡Mira lo que me decía! Yo lo cuento en broma, pero en esa época algo de sospecha había ya. Para desentrañar la paradoja del personaje que hoy le toca encarnar, una viuda pechoña y estirada, rescata una vez más el humor:-Es un loca, y por eso me encantó. Está escrito con mucho humor y yo tengo bastante ¿no? Entonces, como en la vida he conocido pitucas que se salvan por esa locura, me viene bien. O sea, si tú buscas en la historia de las familias pitucas, siempre hay una loca por ahí. Leía, por ejemplo, la historia de las Serrano, la familia de la Rosita Serrano, que era una pituca muy entretenida para la época que le tocó vivir. Ese tipo de pituca es la pituca que a mí gusta y la que trato de hacer. Y claro, esta Lita viuda de Achondo es muy religiosa, pero es de esas católicas que toma a Dios como un igual y por eso me encanta -nuevamente se larga a reír-. Es de esas que le dice a Dios: '¿Así me querías ver? Bueno, aquí estoy pues. Y ahora qué prueba me vas a poner'.-¿La religión nunca fue parte de su vida?-Siempre fuimos librepensadores y respetamos todas las religiones. Aunque yo no practico ninguna. Mi abuela por lado de madre que era bien católica, pidió que nos bautizaran y a una de mis hermanas le dio por hacer la primera comunión. Pero a mí, fíjate, nunca me han gustado los ritos, no tengo nada que ver con dogmas. Soy agnóstica absoluta, que no es lo mismo que ser atea.-Crees en la existencia de algo superior.-Es que cómo no va a haber algo superior... Lo que sucede es que ese algo es tan inconmensurable e inimaginable para nuestra pobre mente, que se ocupa solo en un 7%, que no tenemos cómo entender. Y por suerte somos así, porque gracias a esa mínima visión podemos vivir tranquilos en esta sociedad... O sea, si fuésemos capaces de ver los fotones, los neutrones, las moléculas, la materia negra... Seríamos unos seres tan diferentes... Algo que muy pocos podrían soportar. Y por eso surgen las religiones, para ordenar, para crear convenciones... Y a mí, sinceramente, las convenciones me cargan, no me gusta la gente convencional, allá ellos si son felices, pero a mí me aburren a morir. A Gabriela Hernández no hay necesidad de preguntarle si está a favor de la legalización de la marihuana, del acuerdo de vida en pareja o de la plena potestad de los derechos reproductivos de la mujer. Ella, instalada de piernas cruzadas sobre un sillón de corte setentero en la sede que Chileactores tiene a los pies del Cerro San Cristóbal, no tiene declaraciones de principios que hacer. Tiene historias propias que la definen a cabalidad. Cuenta que a los 5 años comenzó con estudios de piano que mantuvo hasta los 15 años de edad, en el Conservatorio Nacional, bajo la conducción de René Amengual. En ese momento, pese a la oposición de su madre, que la quería de concertista para viajar junto a ella por el mundo, decidió abandonarse a la efervescencia del mundo cultural que entonces se respiraba en su colegio Manuel de Salas. Ella junto a sus compañeros asistían en masa a las funciones de los teatros aún no profesionalizados de la Chile y la UC, a los concierto al aire libre del Parque Forestal y a las funciones del cine Metro, donde cada vez que salía con sus compañeras veía a niños vagabundos durmiendo descalzos en las rejillas que dejaban escapar la calefacción. -A mí me da no sé qué cuando escucho a la gente que dice que viajó a India y conoció una pobreza atroz. Eso mismo existe aquí hace muchos años, lo vio Sergio Larraín y lo fotografió, y lo vimos nosotros en el colegio cuando íbamos a hacer trabajo social a las caletas de niños y perros que había bajo los puentes del Mapocho. -Y que todavía están. -Claro, y ahora aspirando neoprén... Y pensar que hay gente que vive como si no existiera esa realidad. Por eso a veces digo... ¡este país! Europa siempre fue la madre tierra para esta mujer que de vez en cuando deja escapar un criollismo español. Sus pasos irían hacia allá. Las técnicas de desplazamiento corporal que Ernst Uthoff trajo desde Alemania y el rigor actoral que Margarita Xirgú importó desde España impactaron profundamente en Gabriela Hernández, entonces una adolescente en plena definición de lo que su vida iba a ser. -Yo ya había leído "Orlando", de Virginia Woolf, y decía "qué ganas de poder tener otras vidas, de ser hombre, de ser mujer. Cómo todo se va acabar en esta vida no más...". Y en eso estaba, cuando vi a la Marés (González) -dice y lleva la mano a su pecho, con genuina emoción.Gabriela se remonta a la tarde de 1954 cuando vio la puesta en escena de "Noche de reyes", la comedia de enredos shakespereana que representaba apenas el tercer montaje del Teatro Experimental de la Universidad de Chile. Ahí, sobre el gran escenario de calle Morandé estaba, bella e imponente, la recordada Marés González en un doble papel: Viola y Sebastián. Desde ese día, a los 15 años, quiso ser actriz. Desde ese día regateó el futuro con su madre, que nunca asistió a verla a ninguna representación escolar ni profesional. Desde ese día en que descubrió que su vida podía ser múltiple, no dudó en abandonar la convención de ser la hija ideal y simplemente dejarse llevar por su pasión.Lo hizo cuando su compañero de colegio Pablo de la Barra -hijo de Pedro, gran director teatral- la invitó a dar el examen de admisión para integrarse a la segunda generación de actrices profesionales del país. Lo hizo cada vez que la llamaron del Teatro Experimental y del Teatro de Ensayo de la UC -la competencia- para un rol. También aceptó cuando fue convocada por la compañía de mimos de Enrique Noisvander para irse de gira por Argentina y Uruguay. Y lo hizo cuando Eugenio Dittborn la invitó a ser la Carmela de San Rosendo en una gira que "La pérgola de las flores" daría en México en 1964. Y ahí se quedó. Al menos una temporada crucial. -Me vio el director de toda la televisión mexicana, don Luis de Llanos, un caballero español al que le encantaba la zarzuela y me mandó a llamar a lo que hoy es Televisa, entonces Televicentro. Me invitó a quedarme en México y trabajar en teleseries. Yo ni sabía lo que era eso porque acá no había, pero le dije "bueno, ya". A esas alturas Gabriela ya tenía 24 años, su padre había muerto hacía tres, y ella escribió a su madre contándole de su decisión. No hubo respuesta a ninguna de sus cartas hasta el cuarto mes. -Era una mujer dura, claro. Pero al mismo tiempo te diría que no tuve ni una buena o una mala relación con ella. Nada grave, nada trágico. Sencillamente, yo era demasiado independiente y como que no pudo contra mí -dice, y vuelve a reír-. En cierta forma, a la vuelta de los años, creo era bastante generosa porque debe haber pensando: 'Bueno, si la Gaby quiere esto, está bien'.Gabriela dice que pasó pellejerías en México. No ganaba mal, pero leyes proteccionistas le impedían recibir el mismo sueldo de un actor nacional. Lo que no le gustaba de los 5 años de trabajo en que se las arregló para combinar teatro y televisión, fue el sistema actoral donde los guiones se los daban en la sala de maquillaje y por el oído se los soplaban al mismo tiempo que le decían qué cara poner o hacia dónde mirar. Para una mujer formada en el rigor teatral, con los grandes autores de la literatura como referentes dramatúrgicos, estas teleseries fueron la mejor manera de ganarse los ahorros necesarios para partir a Europa, aunque con una breve escala en Estados Unidos. -En México conocí a Jocho, José María, el padre de mi hija María José -dice, bajando el tono de voz-. Un uruguayo tan loco como yo. Había cruzado el Atlántico en balsa escapando de los jíbaros, y con historias como esa, claro que me enamoré. Nos casamos y nos fuimos con una beca que él ganó en el Smithsonian, en plenos años de la revolución hippie. Estuvimos en la moratoria en el Capitolio; con las ollas en las cabezas, con la Jane Fonda hablando delante de todos y arrancando después. Con un grupo de uruguayos nos fuimos en una van pintada con flores a Woodstock.-¿Y en qué momento se estabilizó?, ¿con la maternidad?-Pero si yo quedé embarazada en el Sahara porque no había donde comprar anticonceptivos allá -dice y se larga a reír-. ¿De verdad crees que esto le puede interesar a alguien?-Créame que sí. -Sí, puede ser -ríe con picardía-. Mira, mi plan siempre fue tener una sola hija y un solo nieto. Lo decreté y así fue. Y yo quería vivir en un hotel, donde me atendieran y pudiera salir a conciertos y hacer mi vida cultural. Y por muchos años funcionamos casi así. Con Jocho nos fuimos a vivir a Ibiza un tiempo y después a Madrid, en pleno destape español... Me decían la reina de la Plaza 2 de Mayo -dice sobre uno de los epicentros de la movida de los 80-, y teníamos un departamentito muy pequeñito, pero muy bien ubicado, con balcón en plena Plaza Mayor. Pasábamos llenos de amigos y cada Noche de Reyes, cuando llegaban el príncipe y las infantas con camellos y elefantes, era un momento genial... Bueno, para casi todos, porque mi pobre hija sufría porque apenas la dejábamos mirar. Gaby Hernández puso fin a su matrimonio cuando su hija tenía 10 años, pero nunca perdió el contacto con su ex marido, quien murió recién hace un año. María José, de 42 años, ilustradora y madre de Clemente, de 7 años, siempre tuvo la presencia de su padre cuando su madre decidió volverse desde Uruguay a Chile en 1987. -Yo me vine a Chile porque ya lo estaba pasando mal. Había pasado algunas decepciones, malos ratos, y le dije a María José -quien entonces tenía 15- que vendríamos a probar suerte por un año, y así yo aprovecharía de votar en el plebiscito, porque ya me habían devuelto el pasaporte que me anularon cuando mi hermana Naldy se exilió en Alemana Oriental. A su llegada a Chile, Gaby Hernández fue sorprendida con ofertas laborales, como si se hubiese ido ayer. Recibió un llamado de la desaparecida fundadora del área dramática de TVN, Sonia Fuchs.-Me ofreció un papel en "Bellas y audaces", pero me dijo que para ese mismo rol ya le habían vetado a otras dos actrices antes de mí. Y yo, como soy para mis cosas, le dije que solo aceptaría si las vetadas estaban de acuerdo con que lo hiciera yo. Llamé a Consuelo Holzapfel, a quien no conocía, y me agradeció por el gesto que, al parecer, no se estilaba acá. Y luego hablé con la Silvia (Santelices), conocida de tantos años, que me dijo: 'obvio que prefiero que lo hagas tú antes que cualquier 'momia' de por ahí' -dice y vuelve a reír. -¿Y por qué decidió no volver a Uruguay?-La verdad es que ya no tenía a qué volver. Y no te digo que no me haya costado adaptarme, acá la gente era totalmente diferente a mí. No me gusta este clasismo de la sociedad chilena, esta pacatería que hay. Pero bueno, ahora elegí vivir aquí y ya está. Mi vida está acá. Mis amigos españoles viajan siempre para acá y armamos tures al sur, a los salares del norte, nos encontramos en Marruecos. Mi vida es esto, trabajar para viajar. -¿Cómo vivió la muerte del padre de su hija?-Buuu, imagínate -dice, cerrando los ojos en busca de una emoción-. Él había rehecho su vida, se había vuelto a casar, y yo también había tenidos parejas importantes -"nunca un chileno, fíjate", apunta- como un sueco o un abogado norteamearicano que muchos conocieron acá... A él yo le decía que era el único hombre que me daba la doble felicidad: irlo a buscar al aeropuerto y después ir a dejarlo -ríe a carcajadas. -¿Pero fue Jocho el hombre de su vida? -Claro que sí, fue mi gran compañero, mi alma gemela. Él se disfrazaba de cosaco, de lo que fuera para hacerme reír. Y siempre dijimos que estaríamos juntos hasta que nos empezáramos a aburrir. Y así fue. Estuvimos juntos 18 años, 14 de ellos muy felices, y los otros cuatro aprendiendo a alejarnos y a entender que cuando las cosas están trizadas, están trizadas no más... Y se fue no más. Y vieras cómo me llamaban todas las amistades, como si yo fuera la viuda legal -sonríe-, contándome historias nuestras que ni yo me acordaba que tenía para contar."La Lita viuda de Achondo es muy religiosa, pero es de esas católicas que toma a Dios como un igual y por eso me encanta (...) Yo soy agnóstica absoluta"."Era un uruguayo tan loco como yo. Había cruzado el Atlántico en balsa escapando de los jíbaros. (...) Claro que me enamoré". 


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Foto:SERGIO LÓPEZ I.


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