EL SÁBADO

Sábado 23 de Agosto de 2014

 
Los niños músicos de Mahani

Desde 2012, la pianista Mahani Teave tiene una escuela gratuita de música para niños en Isla de Pascua. Esta es la historia sobre cómo armó este proyecto que, entre otras cosas, le permitió saldar algunas deudas que hasta hoy mantenía con el lugar que la vio nacer.  
Andrew Chernin, desde Isla de Pascua. Esta, en unprincipio, es una historia sobre una escuela de música.

Para entenderla hay que retroceder 22 años, volver a ese primer piano.

Mahani Teave era una niña más en la Isla de Pascua. Participaba de todos los talleres que encontraba, como los de baile y pintura. Entonces, supo de Erica Putney.

-Era una señora alemana que vivía en Yugoslavia y que sabía tocar piano. Cuando partió la guerra allá, quisieron irse a vivir a Guam. Pero pararon antes en la isla y se quedaron.

En ese momento, que es una suerte de escena fundacional de su vida, Mahani recuerda arrastrar a una amiga a la casa de la señora Putney para pedirle que le mostrara cómo se tocaba su instrumento.

-Cuando ella me abrió, no alcanzó a decirme hola y yo ya estaba dentro de la casa, tocando. Le dije a mi mamá que hablara con ella para que me enseñara. Pero la señora no quería. Decía que se necesitaba practicar todos los días. Yo ya tenía 9 años, que era un poco tarde para empezar a aprender.

Finalmente, Helen Williams, la madre de Mahani, fue donde la señora Putney y le pidió un último favor para calmar a su hija inquieta.

-Mire, enséñele algo. Aunque sean las notas. Después se va a aburrir.

Lo que Helen no calculó fue que Mahani sentiría algo frente a ese piano Peterson negro, vertical y antiguo, que la obligaría a volver.

Por eso hacía las tareas que la alemana le dejaba: porque intuía que, hasta que se ganara su confianza, Putney trataría de deshacerse de ella.

Entonces, Mahani practicaba unas cuatro horas diarias durante la semana y hasta seis horas los fines de semana. Solo que al final Erica Putney y George, su marido, tuvieron problemas de visa después de diez meses en la isla y partieron a Guam.

Poco antes, como indica la historia que se repite sobre Mahani, el pianista Roberto Bravo llegó a hacer un concierto a la isla y le dijo a Helen que si quería que su hija tuviera una oportunidad, tendría que irse a Santiago o Valdivia. La madre optó la segunda ciudad y ahí comenzó todo: ganó el concurso Claudio Arrau, el primer lugar en Palma de Mallorca y en el Instituto de Música de Cleveland. Fue becada en Estados Unidos y Alemania. Pero en ese minuto, cuando se mudó con su familia a Valdivia y conoció el conservatorio de esa ciudad, los inviernos y la gripe, una serie de recuerdos comenzaron a rondar su mente. Se acordaba de los profesores de la isla que llegaban, enseñaban y se iban. De los niños que quedaban botados. De unos primos que con 13 y 14 años se habían tenido que ir a vivir solos a Santiago para seguir su educación media. De cuando tenía 7 años y había una profesora de ballet en la isla. De una compañera que tuvo ahí, que se movía con tanta gracia que podía hacerte llorar. Y que esa niña a veces llegaba con moretones en los brazos, porque las cosas no estaban bien en su casa. Y que tal vez por eso, pensaba Mahani, podía bailar tan bien. Porque ese taller, esas clases, eran el único espacio de felicidad que tenía en el mundo.

Solo que al final, pasó lo de siempre.

Se fue la profesora y, con el tiempo, también se fue la niña.

Lo que quedaba en Mahani Teave, cada vez que escuchaba una historia así, era la misma pregunta.

Si uno no elige sus talentos, ¿por qué hay que dejar la isla para desarrollarlos?

Los niños que llegan a la Escuela de Música y de las Artes Rapa Nui son como Franco Rodríguez, de 13 años, que sufre algo que sus profesores consideran Asperger y que toca el chelo. Franco dice que cuando llegó desde Hualpén, a los 6 años, era demasiado tímido. Que no salía mucho de su casa. Que solo jugaba videojuegos. Pero que se dio cuenta de que con el chelo destacaba. Que podía ser mejor que el resto, porque, como le explicaron sus maestros, "tenía talento". Esa breve explicación logró algo que no habían conseguido los cambios de ciudad y de colegios: darle confianza.

-Cuando toco me siento relajado -dice Franco-. Y ahora ya no soy tan antisocial. Ahora tengo amigos.

Algo similar la sucedió a Hanga Rahi, de 9 años, con su violín. Venía de Rancagua y, cuando llegó, echó de menos las cosas que podía encontrar en los supermercados. En el colegio, cuando le preguntó a un compañero si quería ser su amigo, este le contestó que "tenía que pensarlo". Por eso, dice ella, era una niña apagada.

-Pero el violín me ha enseñado a soltarme. Antes, si iba a alguna parte, no hablaba. Estaba calladita. Ahora cuando voy a un cumpleaños, converso con los otros niños. Antes decía feliz cumpleaños y listo. Ahora empecé a jugar.

Enrique Icka, ingeniero en construcción, pareja de Mahani Teave, explica:

-Con Mahani nos fuimos al conti a estudiar nuestras carreras. Cada vez que volvíamos a la isla, veíamos que se estaban dando cambios muy bruscos. No se controlaba el ingreso de autos nuevos, de basura, de gente que se venía a vivir acá, tampoco el volumen de turistas que llegaba a la isla. Ese fenómeno, ese mestizaje en un ecosistema tan frágil, estaba haciendo que se perdieran nuestras tradiciones, nuestro dialecto.

La verdad es que Teave nunca había dejado de pensar en la isla, ni en cómo conseguir que los rapanuís no tuvieran que dejarla para así preservar la cultura. Ximena Cabello, su mentora y profesora en el Conservatorio de Valdivia, dice que la niña siempre describía su hogar con imágenes idílicas, donde niños descalzos podían ir a recoger fruta a un costado del volcán. Pero también hablaba de la desilusión y lo aislados que se sentían cuando se marchaban los profesores. Entonces, a veces como broma, Teave le preguntaba a Cabello: ¿cuándo vamos a hacer algo en la isla?

-El verdadero llamado de auxilio lo sentí hace unos cuatro o cinco años. Cuando ya había terminado su perfeccionamiento en Berlín. Me llamó, porque yo estaba en Valdivia, y me dijo: "Tía, hay que hacer la escuela en la isla" -recuerda Cabello.

El tema es que en la isla de Mahani Teave, ni siquiera había pianos.

En una entrevista en 2008, cuando le preguntaron que por qué no visitaba más seguido su hogar, lo dijo: porque no tenía cómo preparar sus conciertos. Su respuesta generó un efecto que Mahani no creía. El Banco Itaú auspició una gira en 2010 y en noviembre de 2011 le donaron dos pianos negros y alemanes. Era el comienzo de su proyecto. La casualidad, dice Teave, es que eran parecidos a los de la señora Putney.

-Ahí yo dije "este es el momento". Tenemos los pianos, pero sin profesor no sirve -cuenta Teave.

Ximena Cabello lo recuerda así:

-Ella me preguntó: "Tía, ¿cuánto cobraría usted?", porque la primera idea era que me viniera yo. Le respondí 500 mil pesos, que era un sueldo bajo el valor de mercado. Pero yo no me pude venir por un asunto familiar. Nació un nieto que tenía que cuidar.

Mahani, entonces, mandó una oferta a Santiago a todos los profesores que consideraba buenos. Dice que le respondieron que la oferta económica era un chiste y una ofensa. Ella les explicaba que las cosas mejorarían con el tiempo, pero que, en ese minuto, no tenían nada más. Cuando pensaban en que no encontrarían a nadie, apareció Valeria Prado, una chilena que residía en Brasil, en un período de transición en su vida, dispuesta a aceptar la aventura.

-Como no teníamos plata, y queríamos que las clases de piano fueran gratuitas, no pudimos comprarle pasajes. Y al final se los compró ella. Iba a ser difícil, porque los niños son inquietos. Había uno que incluso mordía a los profesores y ella estaba muerta de miedo por todas las cosas que le decían de este niño. Pero con ella se tranquilizó. Fue como si la música hubiera logrado calmarlo.

Prado terminaría quedándose hasta abril de este año.

Para dar a conocer su escuela gratuita, Teave visitó colegios y puso anuncios por la radio. Los niños llegaron a la iglesia católica, que les prestó salas para las clases de piano y, luego, llegaron más donaciones. En marzo de 2012, un particular donó 15 violines y se consiguieron 20 ukeleles. También obtuvieron chelos. Debido a ese crecimiento, debieron pedirle prestado espacios al museo para ensayar y dos profesores pusieron sus casas para las clases. Mahani también hizo conciertos en Santiago para reunir fondos.

Al final, su escuela tenía cuatro profesores de música, tres administrativos estables, más algunos colaboradores y cupos para 75 niños, de los cuales han llenado 60. Mantener todo eso cuesta unos 4 millones de pesos mensuales, una suma que, después de no ganarse el último Fondart, ha obligado a Mahani y a su equipo a usar la creatividad: cómo levantar dinero a través de un crowdfunding y pedir socios que quieran aportar mensualmente. Hoy, la escuela es finalista de los Premios Avonni, que destaca la innovación en Chile, en la categoría Cultura.

-Poco después que partieron las clases de piano, nos juntamos con Enrique y nos dimos cuenta de que estábamos en lo mismo: que queríamos ayudar a la isla. Entonces, con un grupo de nueve jóvenes rapanuís fundamos una ONG llamada Toki, en marzo de 2013, para mejorar la isla y conservar su patrimonio. Esta escuela de música es el primer paso -dice Teave.

En noviembre, junto al arquitecto Michael Reynolds, algunos de sus invitados y miembros de la comunidad, la gente de Toki espera levantar su propio centro de cultura Rapa Nui, donde se darán todas las clases de música, además de otros talleres. La idea es que la construcción, de ocho piezas en 5.600 m², esté lista a fines del primer semestre de 2015.

-Se llama Toki -explica Enrique Icka-, porque así se llama el cincel con el que se tallaron todos los moáis y todo lo que existe acá en la isla. El sentido que nosotros le damos es que nuestros antepasados tallaron con eso toda una cultura. La pregunta que nos hacemos es ¿qué vamos a tallar nosotros?

En la escuela están Anae Tuki (10) y Kainoa Pakomio (14) con el ukelele.

El primero era desordenado y el segundo golpeaba a sus compañeros cuando lo molestaban. Pero el instrumento logró calmarlos. Anae cuenta que cuando comenzó a agarrar el ukelele, sintió más ganas de mejorar y, por eso, menos ganas de, como dice, "irse al lado mala onda".

Kainoa lo explica así:

-Soy medio desordenado, medio hiperkinético. Entonces, la rapidez con la que uno toca el ukelele me gusta. Descargo todas mis energías y me da tranquilidad. Si estaba con ira, agarraba el ukelele, empezaba a tocar y me calmaba.

Por eso, cree Kainoa, este año ha batido su récord.

-Estamos a agosto y todavía no me suspenden.

La escuela de Mahani terminó uniendo gente. Desde mayo y hasta diciembre, Ximena Cabello y su marido, Héctor Escobar, hacen clases de violín y de chelo, respectivamente. Escobar, que durante 30 años dirigió el Conservatorio de Valdivia, está también trabajando en los planes de estudio, los reglamentos y enseñando teoría musical. Para ellos, podría decirse, estar aquí fue una forma de mirar la música desde un punto de vista diferente.

Para Marisol Medina, en cambio, fue una oportunidad.

-Yo llegué a la isla hace 16 años, de paseo. Vivía antes en Montreal,allá había estudiado violín. Pero me quedé. Hacía clases de inglés y de francés para vivir. La Mahani fue la primera en darme una oportunidad, porque acá antes la gente no pescaba mucho la música.

El encuentro entre las dos fue casual. Durante un verano en que Teave visitó la isla, hace cerca de 10 años, se juntaron y tocaron, improvisadamente, hasta las tres de la mañana.

-Ahí me dijo, a mí me gustaría formar una escuela de música. ¿Estarías dispuesta a enseñar? Sí, le dije -recuerda Medina-. En 2012, cuando la pianista volvió a preguntarle, la respuesta fue la misma.

Para Beto Tepano, en cambio, la música fue un descubrimiento.

En 2013 tenía 39 años, se ganaba la vida como artesano, solo había completado hasta sexto básico y llevaba siete años enseñándose ukelele, de forma autodidacta. Aun así, le había alcanzado para ser parte de grupos folclóricos de la isla. Después de un verano ocupado, Enrique Icka le preguntó si haría clases de ukelele en la escuela. Beto aceptó y de pronto se vio rodeado de 20 niños inquietos que le recordaron cómo era él en su infancia, cuando antes de ir a clases, tenía que conseguir leña para que su madre pudiera cocinar.

Dice Margarita Cáceres, su pareja y coordinadora de Toki: "A Beto su familia lo mantuvo alejado por un tema religioso. En cierto minuto acá en la isla era mal visto hablar el idioma rapanuí. A Beto en su casa no lo dejaban hablarlo, porque consideraban que era más importante que hablara español. Andar tocando o bailando era algo pagano. Por eso fue un rebelde de chico. Por eso tenía fama de revoltoso".

Beto Tepano, que ahora enseña y preserva el idioma a través de las canciones que les muestra a sus alumnos en el ukelele, lo resume de otra forma:

-Toda mi vida he estado buscando esto. Se podría decir que a los 40 años puedo responder eso que a los niños siempre les preguntan: ¿qué quieres ser cuando grande? Bueno, yo quería ser músico.

Detrás de todo esto está Mahani y el tiempo y energía que, entre sus giras y sus cinco horas diarias de práctica frente al piano, tiene que destinarlo a su escuela. De hecho, alguien cercana a ella dice que hace poco tenía que memorizar un concierto para darlo con orquesta y que, por el tiempo que gastaba en pedir dinero para su escuela, simplemente no pudo hacerlo. Y que eso la hizo sentir mal.

A media mañana de un martes, mirando hacia la calle, Mahani Teave diría que, haciendo esto, también piensa en Hugo, su padre: un hombre que se separó de su madre y que, después, tuvo problemas con el trago.

-Cuando tú tienes un talento y no tienes la forma de desarrollarlo, entra una frustración muy grande. Al final, la persona no se da cuenta y busca alivio en el trago, en las drogas. Yo lo veo especialmente en generaciones anteriores. En el caso de mi papá. Yo creo que él es un genio: habla como cinco idiomas, talla hermoso, canta hermoso, toca el instrumento que le pongas al frente. Pero él también creció en otro tiempo, donde no había espacios para desarrollar y sacar esa parte interior. Entonces, al final empezaron a ocurrir estos episodios de frustración. Y yo no quiero que eso a alguien más le ocurra.

Esta, como dijimos, partió como una historia sobre una escuela de música.

Pero después se convirtió en otra cosa: en la historia en que una niña consigue perdonar a su isla.

 


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"Soy medio desordenado, medio hiperkinético. Entonces, la rapidez con la que uno toca el ukelele, me gusta. Descargo todas mis energías y me da tranquilidad", dice Kainoa Pakomio.




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