REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 21 de Febrero de 2010

 
Los clásicos de Viña

Hace años que los habitantes de Viña se quejan de que su ciudad no es la misma.
Por M. Soledad Holley, desde Viña del Mar. Años dorados de "el Casino"

Recuerdo haber pasado el sábado por la noche frente al Casino y ver señoras enfundadas en abrigos de piel, del brazo de sus engominados maridos. Y así, envueltos en glamour, entraban a ese lugar vetado para los niños. Yo era uno de esos niños.Desde que Viña del Mar se propuso ser el Trouville criollo, tener un casino se convirtió en requisito. Su edificio fue uno de los máximos símbolos de elegancia de la ciudad. Gustavo Miranda, de la Corporación de Adelanto y Desarrollo de Reñaca, recuerda que para entrar había que tener una suerte de membresía: no era cualquier casino, sino "el Casino". Con la competencia actual, este Casino se ha convertido en un megacomplejo de primer nivel con el mejor hotel de la ciudad, restaurantes premiados, y hasta salas para que los niños se entretengan mientras sus padres apuestan unas fichas.

Pasión equestre

Durante el siglo 20, las competencias de salto en el regimiento Coraceros eran uno de los eventos sociales más importantes del verano. Un récord deportivo que aún ostenta Chile fue logrado aquí en 1949, cuando el capitán Alberto Larraguibel, en su caballo Huaso, saltó 2,47 metros. Hoy, el regimiento ha sido reemplazado por edificios gigantescos que muchos critican. Para los fanáticos, el evento deportivo por excelencia de Viña es el Derby. La carrera del Valparaíso Sporting Club es la más antigua de Chile. Mientras los socios del Sporting se acomodan en salones, el resto del público llega de los cerros y hace picnic al centro de la pista. Era y es una fiesta familiar.

El mito nocturno

Imposible hablar de Viña y no mencionar el Topsy, un mito urbano que tuve la suerte de conocer, aunque en sus últimos estertores. Era el lugar donde había que estar en los 70, cuando concurrían los artistas del Festival. El Topsy era como Fantasilandia, con niveles, toboganes, una rueda que conectaba los ambientes, islas con agua alrededor. "Era comparado con el Studio 54 de Nueva York", comenta Gustavo Miranda. Lástima que terminara como disco de colegiales. Más triste es que no haya nada que se le asemeje. Hoy están la Ovo, el salón súper cool del Casino donde no es raro ver a Nicolás Massú o a Fernando González, y la Scratch, regalona de los universitarios. "El problema", dice Carlos Matthews, empresario y dueño de la cadena de comida casera Platón, "es que son todas iguales: un galpón cerrado, sin identidad propia".

El viejo Festival

Según el libro La Gaviota de Viña del Mar, del periodista Ignacio Vicuña Labarca, el Festival nació en 1960 para atraer más turismo. Una competencia modesta que en principio sólo difundía Radio Minería de Valparaíso. A pesar de la vorágine en que se transformó, el Festival sigue siendo el orgullo de Viña, aunque hace rato dejó de ser patrimonio de los viñamarinos (como era cuando muchos se colaban para instalarse en el cerro, o era frecuente ver a los artistas en la discoteca de moda).

El menú más clásico

El viñamarino nunca se caracterizó por cenar fuera a menudo, pero siempre tuvo sus clásicos. Como el Cap Ducal, con su ubicación única y su forma de proa de barco. Claro que ésa es toda su gracia, porque su carta no se revisa con frecuencia. Aunque desapareció hace pocos años, el Chez Gerald fue otro punto de reunión en la Avenida Perú. Y el más querido y apetecido es el San Marco. Sus platos son magistrales y se ha sabido reinventar sin perder su esencia. Aquí no es raro ver a su dueño recibiendo a los clientes, y "hasta se preocupa de mantener un sistema de gestión ISO 9000", como dice Gustavo Miranda.

El centro

La calle Valparaíso era el punto obligado cada fin de semana. Desde la fundación de la ciudad, esta calle fue el eje comercial y social. Ahí estaban primero las verdulerías y carnicerías, luego los emporios y panaderías de los inmigrantes italianos, y luego las elegantes boutiques y salones de té. Los caballeros se vestían en la Sastrería Inglesa, las mujeres compraban telas en las Sederías Viña, los niños tomaban helados en el Timbao y la Triestina, y todos partían a tomar té al Mirabel, luego de la matiné del cine Olimpo. Claro que el ícono máximo era el Samoiedo, entre la Plaza de Viña y calle Quinta.

Como en todo Chile, el comercio de calidad fue migrando a otros sitios (las avenidas San Martín o Libertad, e incluso a Reñaca), con lo que esta calle comenzó a perder importancia. El golpe de gracia lo dio el mall Marina Arauco. Hoy, la sociedad viñamarina cambió el aperitivo por el café de media mañana en alguna cafetería de centro comercial, y ya no espera encontrar a la mitad de sus conocidos en menos de dos cuadras.

El caso Reñaca

Es curioso lo de Reñaca. Hay estupendas pastelerías, como los dulces chilenos de Luly, cafeterías como la de Luz Charme o el Kaffeeklatsch, los helados artesanales de Mò, acogedores sitios como el Entre Masas, y hasta un centro cultural. Sin embargo, no encuentra identidad propia. Muchos locales y restaurantes son verdaderos mamarrachos, aún hay calles de tierra, y a ratos pareciera que el mal gusto es tónica. Especialmente en verano en el Quinto Sector. Mejor instalarse en el Tercer o Cuarto sector, e ir al remozado Pirula's (un clásico vigente).

Hoteles ícono

Tras la debacle del Miramar (y con el O'Higgins, el hotel más emblemático de Viña, en decadencia), los noventa terminaron mal para el rubro. El nuevo milenio trajo la remodelación del clásico Hotel San Martín, la irrupción del primer verdadero cinco estrellas de Viña, el Hotel del Mar, y el desembarco de Sheraton en lo que quedaba del Miramar, el que en poco tiempo recuperó su esplendor (pero con mejor gastronomía, piscina temperada y arquitectura armoniosa).

Mansiones y palacios

Cuando iba al colegio solía pasar por calle Álvarez a uno de los costados de la línea del tren y miraba la secuencia de casonas, mansiones y palacios que flanqueaban sus veredas. Hoy el tren es subterráneo y muchas casas han desaparecido bajo encumbrados edificios. Por suerte, aún hay muchos palacios en la ciudad. El Vergara, con los lindos jardines de la Quinta y el Museo de Bellas Artes; el Rioja y su mobiliario de época; el Carrasco, con su estatua de Auguste Rodin en el frontis y el Archivo Histórico Patrimonial de Viña; el Museo Fonck con su colección sobre Isla de Pascua, y el Palacio Presidencial del cerro Castillo, que puede ser visitado el día del Patrimonio Cultural.

 

 

 

 


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