ARTES Y LETRAS

Domingo 16 de Enero de 2000

Cómic Chileno:
Vocación Subterránea

La última década trajo tanto dibujo japonés que los ojos gigantes se pusieron de moda. También trajo erotismo y una generación de relevo que se crió en el under. Continúan bajo tierra, ahora con menos ansias europeas que antes y con una vocación que se debate entre el superhéroe americano y los engendros de Tokio.
Por Oscar Contardo

"Amí me gusta Botticelli, pero eso no tiene nada que ver con lo que dibujo", nos advierte Kobal, nombre artístico de Rubén Guerrero. Con 26 años, Rubén cuenta que comenzó a leer las revistas de Disney, que el gusto se le desarrolló definitivamente en Venezuela, donde se convirtió en fanático consumidor de revistas de viñetas. Cuando llegó de vuelta, en Chile circulaban Trauko, Bandido. Matucana, Asteroide y Alacrán, "cómics experimentales con un fuerte contenido político y erótico", afirma el coleccionista Rodrigo Baeza.

Eran los últimos años de la década del '80 cuando Condorito y Cucalón dejaron de ser los únicos referentes de la historieta chilena. Otra generación estaba tanteando historias con pretensiones europeas, publicando a pulso y agrupándose por el gusto. En ese ambiente, Kobal estrenó sus dibujos, mostró sus bocetos y pasó a formar parte de los hacedores de viñetas.

Aspiraciones europeas

En algún momento se optó por el hermetismo. Los dibujantes y guionistas aficionados tomaron distancia del formato norteamericano - personajes reconocibles, superhéroes protagónicos, centros de una historia en 22 páginas- y se les ocurrió que lo mejor eran las experimentaciones arcanas. "Cuando empezamos, teníamos la idea de que la revista fuera una forma de expresión artística", explica Javier Ferreras. Como lo artístico en esta latitud es casi sinónimo de europeo, el parámetro que se tomó fue el del viejo continente.

La española Cimoc y la francesa Pilote sirvieron de modelo para publicaciones con muchas historietas distintas y sin una periodicidad exacta. El resultado comercial era previsiblemente desastroso. "Normalmente iba una historia con continuará..., pero como nunca se sabía cuándo iba a salir la próxima, los lectores se aburrían. Nadie podía tener la seguridad de saber en qué iban a terminar las narraciones". Javier Ferreras en aquel entonces editaba Bandido.

Bastante artesanales, los dibujantes y guionistas creaban sobre la marcha, sin una planificación de la estructura narrativa ni del personaje. Los lectores - por resignación o por fidelidad- se transformaron en una elite, que más que seguir personajes seguían dibujantes, "los guiones perdían importancia, lo que importaba era la calidad de la ilustración".

Baeza advierte cierta influencia de dibujantes marginales norteamericanos "como Robert Crumb o Gilbert Shelton, pero no fue una tendencia que tuviera un impacto muy fuerte". El coleccionista también reconoce una influencia japonesa a través de los dibujos de Karto en Trauko, pero coincide en que hacia fines de los '80 los chilenos preferían el cómic europeo de autor, "destinado a un público adulto. Incluso se publicaba en forma pirata a autores europeos como Moebius y Milo Manara".

Surgieron dibujantes como Rubén Montecinos, José Luis Marabolí, Ricardo Alvarez y Mauricio Salfate, la mayoría trabajando en publicidad actualmente.

Las complicaciones para los editores de las revistas de cómic aumentaron cuando comenzaron a ingresar a Chile una gran cantidad de publicaciones extranjeras a bajo costo. Como nunca antes, los fanáticos tuvieron acceso a ejemplares de saldo, comprados por kilo en sus países de origen y comercializados por debajo de su precio de portada en Chile. Esto tuvo un doble efecto: la casi desaparición de las revistas nacionales y la difusión del cómic norteamericano a través de la editorial mexicana Vid, que tiene los derechos de la DC Comic. Creció la importación y crecieron la librerías especializadas.

Los japoneses y los mitos

Banzai Manga es el máximo ejemplo de la orientalización del cómic nacional de principio de los '90. Fuertemente ligado al éxito de la animación televisiva japonesa (desde Candy y Mazinger hasta Dragon Ball y Pokémon) los dibujantes chilenos jóvenes pronto comenzarían o a copiar el estilo o a adaptarlo. Aunque lo que más se hizo fue copiarlo: "Dibujantes como Fyto Manga tienen un estilo propio, pero la mayor parte muestra poca individualidad en su trabajo, y una fuerte dependencia del material de inspiración", explica Rodrigo Baeza. Es que mucha experiencia y oficio no se puede exigir. Tal y como los seguidores del animé, los dibujantes de manga son en su mayoría muy jóvenes. De hecho el público adolescente es el grueso de los fanáticos de la historieta, aunque hay una fuerte presencia de gente entre los 20 y 30 años. Son los menos, y son los más interesados en releer los cómics clásicos como Flash Gordon o El Príncipe Valiente.

En cuanto a los dibujantes veteranos, existen verdaderos mitos. Está Vicar (Víctor Arriagada Ríos), conocido en Chile por El Huaso Ramón y que actualmente trabaja dibujando para Walt Disney en su edición europea. "Vicar debe ser el autor chileno más leído en todo el mundo", asegura Rodrigo Baeza.

Más reciente ha sido el éxito de Félix Vega, quien tras emigrar a España y conocer al creador de Torpedo (el cómic español de mayor éxito) comenzó a trabajar en la edición ibérica de Playboy, para después publicar su álbum Juan Buscamar en Europa. "Lo había impreso primero en Chile - cuenta Javier Ferreras- en blanco y negro. Después lo publicaron en España y lo tradujeron en Alemania, Francia y en Estados Unidos en la revista Heavy Methal. Sin duda Félix Vega ha sido el chileno más exitoso creando cómic de autor".

Profetizar en tierras lejanas no es privativo de los chilenos. De hecho, Javier Ferreras cree que la mayor parte de los buenos dibujantes de Argentina (potencia del cómic latinoamericano) terminan haciendo carrera en el exterior. Ese fue el caso de Ariel Olivetti, bonaerense ilustrador de uno de los escasos héroes latinoamericanos, Cazador, quien trabaja en la actualidad en Estados Unidos. Olivetti visitó Santiago para el recién clausurado encuentro de Cómic del Museo de Arte Contemporáneo. Si para los legos Olivetti podía sonar a maquina de escribir, para los iniciados del cómic - bastante adeptos a la memorabilia y el fichaje de datos- el argentino es una estrella que viene desde la misma Meca. Aunque contra todo pronóstico, el porteño resulta ser bastante alejado de los aires de grandeza. "Creo que en este momento el cómic en Estados Unidos es un pretexto para que las grandes compañías puedan vender sus muñequitos, sus poleras y sus animaciones". No basta ser muy astuto como para deducir que los millones de Marvel o DC Comic no surgen de la venta de revistas, sino del mercadeo anexo. En lo netamente estético, Olivetti cree que uno de los grandes aportes al cómic norteamericano - "que se puede definir como una explosión de imágenes que contrasta con el tratamiento cinematográfico de los europeos"- ha sido el trabajo de ilustradores como Alex Ross, "quien trabaja con un grupo de actores, fotógrafos y costureros para crear sus historietas". En cuanto a la estructura narrativa, no hay grandes cambios: personajes definidos en los que se centra una historia continuada. La misma estructura que Javier Ferreras está intentando imponer con Diablo y que Jorge David y Rangip Tangol hacen con Rayén y Medianoche.

"La idea es pensar las revistas en términos más comerciales. Popularizar un personaje y a partir de él hacer una historia". Así han hecho con Diablo, un rebelde héroe chileno, con un padre de oscuro pasado, que recorre Santiago encapuchado y rodeado de dragones, heroínas y mundos paralelos. Tal vez Condorito alguna vez ceda el trono.


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"La idea es pensar las revistas en términos más comerciales. Popularizar un personaje y a partir de él hacer una historia". Viñeta de "Diablo", número 9. En segundo plano, el protagonista Alex; en primer plano, Cénit. El guión es de Ferre y el dibujo, de Alejandro Rojas.


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