REVISTA YA

Martes 2 de Julio de 2013

Adelanto exclusivo:
Viaje desde el maltrato emocional

Pepa Valenzuela tenía 30 años y ansiaba encontrar a un hombre con quien armar su vida cuando conoció a Francisco. Parecía ser la pareja ideal, pero reveló pronto tener una faceta más inquietante. Gritos, agresiones y manipulaciones se volvieron parte de la vida cotidiana de esta periodista, quien comparte su experiencia en su primer libro, del sello El Mercurio Aguilar, disponible en librerías la próxima semana. Publicamos un extracto.  
Por Pepa Valenzuela La bola de fuego sube y baja desde mi estómago hasta mi garganta. Se mueve cada vez más rápido. Me hace respirar a tropezones y hace que mi corazón palpite a mil por hora. Así es mi desesperación: como una bola de fuego que no se detiene y me sofoca. Así es mi angustia: como si estuviera hundiéndome en el mar con las manos atadas y con una bolsa de plástico enrollada en la cabeza. Estoy encerrada en el baño, sentada sobre la tapa del inodoro, con los ojos cerrados y las manos sobre los oídos, pero aún puedo escuchar a Francisco gritar desde el otro lado de la puerta. «Esto se acabó, ¿me oyes? ¡¡Se acabó!!». Tiemblo.  Aprieto los párpados y entre las lágrimas, que se me caen a borbotones, de repente todo parece detenerse. Y escucho, como si me hablara un locutor en off desde una cabina sobre mi cabeza. La voz dice: «¿Qué haces encerrada en el baño de tu propio departamento con un hombre gritoneándote desde afuera? ¿Qué hiciste para merecer esto? ¡No es justo!».

Me miro la cara en el espejo, deformada por el llanto. Claro que no es justo, me digo. No me lo merezco. ¡Estoy en mi casa y no he hecho nada! Miro el pestillo de la puerta: está malo y espero que Francisco no recuerde ese detalle y no entre. Pero no lo hace: a los pocos segundos, escucho el portazo que da al salir a la calle. Entonces lentamente la bola de fuego deja de correr como endemoniada por mi cuerpo y empiezo a calmarme. De a poco vuelvo a respirar a un ritmo normal.

Me quedo ahí sentada un buen rato. Y cuando me veo en el espejo, hecha un nudo de miedo y de pena, me digo que sí, esto se acabó. Francisco debe irse de mi departamento ahora. Debo sacarlo de mi vida al instante. Esto es lo que decenas de mujeres a quienes he entrevistado me han descrito como maltrato y que a mí me ha costado tanto reconocer al vivirlo en carne propia. Pero lo es. Y sí, esto se acabó. Ya se transformó en un asunto de sobrevivencia emocional.

Lentamente abro la puerta del baño. Miro a todos lados del departamento que ahora está en completo silencio. Entonces me siento en el sofá naranjo del living y lloro a gritos como si vomitara el miedo. ***Conocí a Francisco una semana después de mi cumpleaños número treinta. La verdad, no tenía muchas ganas de festejarlos. Sentía que a mis treinta años había construido muchas cosas: tenía un departamento, una carrera como periodista bastante exitosa, trabajos que me gustaban, un grupo de amigos de lujo, unos sobrinos preciosos, una familia disfuncional, pero que ya había aprendido a manejar y a querer en mis propios ritmos. Pero nada de eso lograba aplacar la sensación de vacío que tenía algunas noches de domingo. Mi vida a los treinta no era exactamente lo que había soñado cuando era niña. Entonces creía que a esa edad sí, tendría mi casa, sería periodista y estaría rodeada de amigos. Pero también me veía con una familia. Casada y quizás con dos niños corriendo como locos por un parque. Con ciertas búsquedas personales ya resueltas, y con cierta paz personal. Creía que a mis treinta años ya habría encontrado el lugar indicado para mi alma y mi destino, o al menos su inicio. Pero mi alma sólo era un pájaro que planeaba por vidas ajenas sin tener dónde aterrizar. No estaba aterrada de cumplir treinta años por la cantidad de tiempo que eso representaba. Estaba aterrada de cumplir treinta años teniendo una sensación de no tener todo lo que me habría gustado tener a esa edad. Por eso no quería celebrar.

Pero lo bueno, y lo malo, de tu gente cercana es que nunca te dejan tranquila: mis amigos insistieron con que tenía que hacer algo. Algunos amenazaron con venir a mi casa sin invitación. Así es que con el poco ánimo que tenía, decidí hacer una pequeña celebración pero a mi manera: con globos negros, pisco sour casero, y fuertón para pasar las penas, y un cartel gigante que anunciaba el nombre del evento: Cumplicidio infeliz.

Vinieron casi todos mis amigos y no fue precisamente un cumpleaños infeliz, pero cuando me quedé a solas, lavando platos, volví a sentir ese vacío tremendo en el estómago. Ya tenía treinta años y de un modo muy distinto al que había soñado.

Una semana después mi amiga Carlita celebró su cumpleaños.

Y ahí estaba Francisco, el único compañero del colegio de mi amiga que yo no conocía. Esa noche, se sentó a mi lado para conversar. Dijo que le parecía muy interesante mi trabajo de periodista y me preguntó de qué tipo de temas escribía. Me contó que era vegetariano e ingeniero forestal trabajando en algo que nunca quiso hacer. Que se había independizado hacía poco y que estaba soltero. Me pareció un tipo simpático, con mucha personalidad. «Podría salir con alguien así», pensé. Pero me fui del cumpleaños temprano porque tenía mucho trabajo pendiente. A la mañana siguiente, Francisco ya me había agregado a Facebook y a los pocos días me empezó a hablar por chat. Así descubrimos que vivíamos uno al frente del otro. Desde mi ventana podía ver la suya. Francisco se convertía en la silueta del hombre en las tinieblas del edificio vecino que me saludaba con la mano por la ventana.

Empezamos a salir. Y al poco tiempo, ya estábamos pololeando. Todo fue muy rápido y yo, con ese enorme hoyo en la mitad del corazón, no quise ponerle freno de mano a lo que me estaba pasando.

Francisco demostraba mucho entusiasmo y me adulaba constantemente, decía que nunca había conocido a una mujer tan entretenida. Que me admiraba, que todos los hombres que se habían espantado con mi carácter e independencia eran unos gallinas y que se habían perdido a una tremenda mujer. Que en mí encontraba esa chispa que le había faltado a sus relaciones anteriores con mujeres que él me describía como buenas, pero aburridas. Me llamaba todos los días. Quería pasar conmigo la mayor cantidad de tiempo posible. Quería conocer a todos mis amigos, a mi familia, acompañarme a todos mis panoramas. Al poco tiempo, ya me estaba diciendo que se imaginaba su vida completa conmigo.

Y empezó a hablar de una familia, de un futuro y de una niñita morena -como él- y de ojos verdes -como los míos- paseando de nuestras manos. Entonces yo, que estaba tan sola y que tenía mucho entusiasmo, pensé que junto a él había encontrado mi destino.

Francisco parecía seguro de sí mismo, tenía un sentido del humor maravilloso, me gustaba su honestidad brutal y su desparpajo y era tremendamente seductor. Cuando llegaba a un grupo, se convertía en el centro de la fiesta, especialmente entre las mujeres. Francisco decía siempre que el club de Toby lo aburría y las mujeres eran por lejos mucho más interesantes, amplias en los temas de conversación, honestas y divertidas que los hombres, sobre todo los hombres de su edad.

Siempre estaba rodeado de amigas. Era de ese tipo de personas que de una sola mirada, podía escanear asertivamente a los demás. Era un buen conversador y le gustaba disfrutar de la vida: le encantaba salir, bailar, hacer cosas nuevas, festejar y participar en todo lo que una le propusiera. Me acompañaba a todo y quería estar en todo. Sentí que estaba hecho a mi medida. Y me lancé como un kamikaze a esa relación.

Francisco era mucho más osado que yo: avanzaba a la velocidad de la luz en nuestros planes y yo me dejaba arrastrar sin oponer resistencia. Creía que era mi turno. Pensaba: ¿Será que ya es mi hora? ¿Será él mi destino? Y me sumaba al ritmo acelerado con el que íbamos construyendo planes, con un asombro de quien no cree bien lo que le está sucediendo.

Pocos meses más tarde, empezamos a ver departamentos más grandes que los nuestros, para vivir juntos. «¿Para qué detenernos si ya nos encontramos? Con ninguna novia había sentido las ganas que tengo de formar una familia como me pasa contigo. ¿Para qué esperar más?», me decía.

Entonces decidimos comprarnos un departamento: con el esfuerzo de ambos podríamos tener algo más grande y bonito. Encontramos uno hermoso, de tres dormitorios, muy cerca de donde vivíamos y decidimos reservarlo para el año que venía, y mientras tanto, vivir juntos en mi pequeño departamento y poder ahorrar lo que más pudiéramos para dar un buen pie.

Francisco se vino a mi casa en agosto, seis meses después de habernos conocido. Pero entonces todo empezó a desmoronarse como un castillo de naipes de cuneta. Nos llevábamos bien en lo práctico: Francisco era ordenado y cooperador. Veíamos películas tendidos en la cama, salíamos a almorzar todos los martes cerca de su trabajo, de vez en cuando íbamos a bailar o tomarnos un mojito debajo del departamento para contarnos el día. Nos llevábamos bien. Era divertido, intuitivo y apoyador, pero viviendo juntos, aparecieron también otros rasgos no tan buenos de su personalidad. Francisco hacía pataletas. Podía armar una pelea incendiaria de horas de la nada misma. Cuando se frustraba, empezaba a alegar y no había nadie que lo parara. Podía despotricar durante horas y aunque yo le pedía que se calmara, que conversáramos en frío, él simplemente no podía hacerlo. Hablaba, hablaba, hablaba, hablaba. Si yo dejaba de escucharlo, o me iba a otra pieza, me perseguía por el departamento para seguir peleando.

La primera vez que le dio una rabieta de proporciones, se encendieron mis luces de alarma y le rogué que dejara de hacer eso. Le dije: «Francisco, yo te amo, pero si vamos a tener una de estas peleas tuyas una vez a la semana o una vez al mes, yo prefiero no tener esa vida». Y esa vez, me escuchó e hizo su mejor intento por no hacer berrinches innecesarios.

Se contuvo todo lo que pudo. Me dijo: «Ya, no tendré más estas mañas. No voy a perder más por menos». Pero el fuego era parte de él. Y al poco tiempo, empezó nuevamente a pelear y a discutir sin razón. No me acuerdo cómo ni por qué empezaban esas peleas porque podían ser por cualquier detalle insignificante; podíamos estar tranquilamente sentados en el sofá comiendo algo y él comenzaba a discutir.

Recuerdo una noche de protestas estudiantiles en la que había barricadas en la calle justo abajo del departamento y mientras yo escribía para poder entregar un reportaje urgente, él comenzó a gritar y a mañosear. Como no le puse atención, porque estaba demasiado concentrada trabajando contra el tiempo, Francisco decidió salir a la calle. Al darme cuenta, dejé de escribir pues me preocupé que anduviera en medio de las bombas lacrimógenas y le pasara algo. Lo llamé insistentemente al celular y no me contestó. Le mandé mensajes para que volviera, pero no me respondía. Regresó horas después, aún enojado, y por supuesto tuve que terminar mi reportaje convertida en una maraña de nervios.

Se enfureció también un sábado, después de un cumpleaños de uno de sus amigos celebrado en un asado en el Parque Intercomunal. A las 21:00 horas le dije que estaba muy cansada y que no me daba el cuero para seguir la fiesta en casa de su amigo y que prefería irme a la casa. Pero él no toleró mi negativa y me persiguió por la calle completamente fuera de sí. Cada cierta cantidad de metros, me detenía, gritaba por qué no quería ir, insistía, reclamaba, mientras la gente que pasaba por nuestro lado nos miraba con los ojos abiertos y con cara de alarma. Yo seguía caminando, repitiéndole que conversáramos después, más calmados, que me iba a la casa, intentando aplacar el fuego. Pero Francisco era un provocador y siguió deteniéndome, interrogándome, amenazándome durante todo el trayecto a pie. Cuando llegamos a la esquina de Bilbao con Tomás Moro, seguía sin callarse.

Entonces comencé a caminar hacia Bilbao, a esas alturas tremendamente desesperada, y él salió tras de mí. Le di un empujón para que dejara de perseguirme, de ahogarme. Entonces me lanzó su reloj naranjo, idéntico al que yo tenía mi muñeca y que él me había regalado como símbolo de nuestro compromiso. Cuando llegamos al departamento, volvió a salir sin decir para donde iba. A esas alturas, después de pelear y pelear, ya eran las 2 de la mañana. Regresó después de varios llamados míos, hecho una furia. «¿Dónde ibas a esta hora? ¿A la casa de tu mamá?», le pregunté. «Me habría ido donde una mina», me respondió pero al instante, dijo: «Perdona, no quise decir eso. Sólo estoy enojado» y se metió a la cama. Luego él estaba profundamente dormido, mientras yo, con el corazón en la boca, no pude conciliar el sueño en varias horas más.

Peleó también una vez cuando empacaba un terno gris con unos zapatos cafés para un matrimonio que teníamos en la playa. Cuando sacó la ropa y yo lo miré con cara de pregunta, me dijo: «¿Qué? ¿No está bien estos zapatos para este terno?». Como yo ya sabía que todo podía terminar en una pelea monumental, intenté ser lo más suave posible. Le dije: «Bueno, creo que los zapatos negros le vienen mejor a un terno gris. Pero si tú quieres ir con esos zapatos, está bien, son detalles que dan lo mismo». Encolerizado, me gritó: «¡Puta que eres pesada! ¡Te dije que iría con este terno y estos zapatos! ¡Te los mostré! ¡Me los probé en la semana para que me los vieras!». Peleaba porque según él yo nunca le decía que se veía guapo ni le hacía alardes cuando se sacaba la ropa. «¡Eres la única mina que no me dice nada! ¡Siento que no te gusto!». Peleaba cuando me preguntaba insistentemente cómo me parecían los tipos de la televisión y yo le contestaba que bonitos. Preguntaba, preguntaba y cuando le contestaba con la verdad, hacía un escándalo. Peleaba cuando yo llegaba cansada del trabajo y lo único que quería era dormir. Recuerdo muchas noches acostada en la cama, en pijama, con los ojos que se me cerraban de sueño, pero obligándome a mantenerlos abiertos para seguir escuchándolo porque se enfurecía aún más si dejaba de mirarlo. Para qué decir cuando suspiraba o levantaba las cejas, agobiada por sus peroratas o cuando me atrevía a discutir de vuelta. Una noche me vociferó: «¡Eres chora! ¡Ella! ¡Pepa Valenzuela, la chora!». Francisco era un peleador nato. Uno que no sólo despotricaba durante horas, sino que también me cuestionaba hasta que me hacía dudar de mí misma.

¿Qué hacía yo mientras él peleaba? Me quedaba callada. Aguantaba. Me rehusaba a entrar en ese incendio, aunque sentía cómo mi rabia y el miedo crecían por dentro. Le pedía en el tono más suave que parara y que conversáramos las cosas en frío, tranquilos, después. Pero a veces mi desesperación era tanta, que se me escapaban algunas cosas. Una vez le dije que era un torturador psicológico y otra vez le confesé que cada vez que él peleaba, yo sentía que me ahogaban en el mar con una bolsa amarrada en la cabeza.

Y claro, estos comentarios lo enrabiaban aún más. «No soy un agresor. No soy violento. Sólo mañoseo», me contestaba. Muchas veces le dije que sus peleas me hacían mal. Que me recordaban lo peor de mi infancia y de las peleas entre mis padres antes de que se divorciaran. «Bueno, la historia de cada cual no es excusa para pedir que te traten como un cristal», me contestaba de vuelta.

Lo cierto es que yo estaba ahí, con él, en todos esos episodios de ira. Seguía en esa relación. Quería que funcionara. «¿Por qué no arrancaste antes? ¡Cómo aguantaste tanto!», me preguntó después una amiga. La respuesta es que soporté porque en las buenas, Francisco era genial. Y porque después de sus rabias se arrepentía y pedía perdón. Aunque claro que al quinto perdón, ya no lo quería perdonar tanto. Pero soporté principalmente porque hubo mucha manipulación psicológica. Y por un tiempo, yo caí. Y le creí a pies juntillas que lo que me decía podía tener algo de verdad. Francisco sabía dónde dispararme. Cuando yo quedaba resentida con él, me decía: «Vas a perder más por menos. Si no me aguantas esto, mi único defecto, que es un poquito de maña, te vas a quedar sola. En esto consiste estar en pareja: en ceder y aguantar. Si no estás dispuesta a ceder, te vas a convertir en la vieja de los chales y de los gatos. ¿Quieres ser como tu mamá? ¿Quieres quedarte sola para toda la vida? No va a haber nadie que te quiera si tú no cedes un poco».

La primera vez que lo escuché, me sentí muy herida. Como si me dieran en lo más profundo de mis miedos: la soledad, la sensación de no pertenencia, el aislamiento del mundo. Y me dejé arrastrar por esa duda. Todas mis relaciones anteriores habían fracasado. Y mientras mis amigos seguían anunciando matrimonios, hijos y mostrando ecografías en Facebook, yo no tenía nada que contar de mi vida personal.

Quizás Francisco tenía razón. Había sido demasiado intransigente e intolerante y de esto se trataba lo de aprender a ceder y amar al otro. Esto era lo que el resto llamaba aprender a compartir y agachar el moño en pos del amor. Al menos eso pensaba yo al comienzo de nuestra relación.

 


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"Un lugar en la Tierra" cuenta cómo la autora se sanó de una relación agresiva.


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