REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 11 de Marzo de 2012

 
El paseo de Borges

Todos los días, durante casi dos décadas, Jorge Luis Borges hizo el mismo circuito desde sucasa hasta la entonces Biblioteca Nacional, donde era director.
Por Josefina Licitra, desde Buenos Aires.  Es un hombre viejo. Tiene el cuerpo seco, la piel fina y el cabello cano y tirante peinado hacia atrás. Lleva un uniforme negro. Muestra una sonrisa blanca. Luego apoya los antebrazos sobre el mostrador macizo, y habla.

-Del tiempo de Borges ya no quedó nada -dice.

-¿Pero él no almorzaba acá? -digo.

El hombre asiente con la cabeza. Señala al fondo del hotel.

-Pregúntele al mozo -dice.

Camino.

Hay varios recorridos posibles para hablar de Jorge Luis Borges y su vida porteña. Está la ciudad según sus libros (y entonces hay que ir a Boedo, Recoleta, las orillas del puerto: los barrios nombrados o aludidos en su obra). Está la ciudad según las redacciones de los medios donde Borges escribió (Martín Fierro, Oral, Nosotros, La Prensa, Crítica, Sur, Proa, La Nación, Clarín). Está Borges según su itinerario inmobiliario (vivió en Palermo, en Recoleta, en Retiro; en casas que a veces conservan plaquetas en la entrada). Está Borges según el cliché del turismo exprés (todos los guías pronuncian, en algún momento, los célebres versos "No nos une el amor sino el espanto/ será por eso que la quiero tanto", referidos a Buenos Aires). Y está Borges en su laberinto diario: el camino que hacía cotidianamente, rutinariamente, tomado del brazo de Epifanía Uveda de Robledo, Fanny, la mujer que lo asistió durante más de treinta años.

Esa ruta repetida -la misma calle, el mismo parque, el mismo bar- es la más imperfecta y la menos explorada, y empieza -por ponerle algún comienzo- en este hotel. En el Dorá -cuatro estrellas, ningún exceso- Jorge Luis Borges pasó algunos de los momentos fundamentales de su vida. Aquí comía todas las semanas, aquí quiso pasar su noche de bodas (aunque al final no se quedó: salió corriendo al grito de "quiero mi cama"), y aquí tuvo su último almuerzo -el 28 de noviembre de 1985- antes de ir a morir a Ginebra.

El hotel, ubicado en la calle Maipú 963 -en diagonal a la que fuera la casa de Borges-, no es lujoso. Es un edificio de esplendor antiguo con paredes deboisserieoscura, con algunas obras de arte originales -entre ellas, un mural del pintor Juan Carlos Castagnino- y con un pasado que, en pleno centro porteño, le presenta batalla a la perfección bruñida de las cadenas hoteleras.

-Este no es un hotel cinco estrellas. Pero tiene historia -dice el mozo del fondo, mientras señala una mesa. Allí, en un rincón, de cara a un mínimo jardín de invierno donde hoy beben y defecan las palomas, se sentaba Borges. Mientras miro la mesa -común, intrascendente- el hombre viejo de la entrada se acerca, y habla con deleite y malicia.

-Le dije: no queda nada. Sólo queda la casa de enfrente, la caminata que él hacía. Esas cosas.

Esas cosas, dice.

Y esta vez, son ésas las cosas que importan.

El loco

Desde 1955, durante dieciocho años, Borges salió de su casa en la calle Maipú 944 y caminó casi veinte cuadras hasta la entonces Biblioteca Nacional, en México 565, donde se desempeñaba como director. El camino, idéntico a sí mismo, tenía según el día algunas pocas digresiones -el almuerzo en el Dorá, el paso por la librería La Ciudad, el café en un bar de Florida y Tucumán- y empezaba siempre acá: en su casa de Maipú. Un edificio sobrio, con una entrada de mármol marrón y una fachada discreta donde hoy se lee, sin muchos bríos, "Aquí vivió Jorge Luis Borges".

La plaqueta es de un bronce oscuro y se pierde entre la oscuridad de la fachada y entre el caos de tránsito del centro. Hoy, Maipú es un descontrol de ómnibus y taxis que -dada la estrechez de la calle- pasan rasurándote la carne. Pero alguna vez fue otra cosa. Allí arriba, en el 6ºB, en un departamento de setenta metros cuadrados, Borges vivió treinta y un años con su madre -Leonor Acevedo, muerta en 1975- y diez años solo. Aunque se casó dos veces -primero con Elsa Astete y luego con María Kodama-, siempre tuvo aquí el epicentro de su vida. Hoy, el departamento pertenece a una familia ignota y los muebles están todos -con parcial acceso al público- en la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, ubicada en Anchorena 1660 y creada en 1988 por María Kodama.

Pero en aquel entonces ese cúmulo de cosas y personas -su cama, su madre, su barrio, su parque, su asistente doméstica- formaban parte de un universo innegociable. Desde las alturas moderadas de su casa, Borges divisaba -cuando aún podía ver- los árboles gigantes de Plaza San Martín; un espacio de copones verdes y abundantes que hoy -en plena zona neurálgica porteña- ofrecen sombra y techo a los oficinistas y a la gente que vive en la calle. ¿Qué diría Borges de este escenario empobrecido y bello? La pregunta no es retórica: es razonable. Años atrás, Fanny Ubeda, su criada, la mujer que -junto con Leonor- más y mejor conoció al escritor, me habló en una entrevista del rechazo que "el señor" sentía por ciertos bajos fondos sociales. "Siempre venía gente a conocerlo y él los recibía a todos, y después me preguntaba cómo lucían -dijo en esa charla-. Una vez vinieron unas chicas, se sentaron con él y conversaron largo rato, y el señor se pasó un tiempo muy lindo con ellas. Cuando se fueron me preguntó: '¿Cómo eran?'. Y yo le dije: 'Bueno, eran así, asá, eran negritas...'. La cara del señor se transformó. '¡Cómo las dejó entrar!', me dijo. Yo nunca entendí por qué tenía esa actitud con los negritos".

Pienso en ese dato mientras miro -en Plaza San Martín- los indigentes durmiendo en los bancos, las micros de turistas abarrotando las calles y los empleados buscando la sombra en su horario de almuerzo. Hoy, el centro porteño es un laberinto -supongo- distinto del que había imaginado Borges: los porteños que venimos hasta aquí lo hacemos por trabajo, esto es: por dinero. Pero antes la gente venía por placer. O por motivos y estrategias más sutiles. Norah Borges -hermana del escritor- venía, por ejemplo, para abandonar sus libros. Se sentaba en uno de estos bancos y, distraídamente, dejaba una pila de ejemplares y se iba caminando con la discreción de un terrorista entrenado. La razón: los Borges tenían problemas con los libros. No les gustaba acumular papeles. Más de 300 ejemplares en una misma casa eran un exceso. En ese sentido, Jorge Luis Borges era incluso más drástico que su hermana: arrojaba pilas de diarios desde el balcón. Con los libros tenía un trato más amable. Armaba grandes paquetes y les daba dos destinos: a veces le pedía a Fanny que cruzara Maipú y los llevara a la librería La Ciudad, ubicada casi enfrente de la casa. Y otras veces, a la manera de Norah, los dejaba escondidos en alguna esquina porteña.

La librería La Ciudad aún existe. Está a metros del Hotel Dorá, en un local al fondo de la Galería del Este, y consiste en una especie de trinchera donde la lectura sigue pronunciándose de modos cifrados. En la vidriera, sobre una mesa pequeña que Borges acostumbraba usar para firmar sus ejemplares, hay varias primeras ediciones de títulos de Borges. Y adentro hay libros antiguos -lomos rojos, dorados, duros- distribuidos en anaqueles morrudos, y hay un ventilador pequeño revolviendo un aire viscoso y caliente.

En este lugar -nacido en 1969 y premiado por el gobierno porteño por ser un "foco cultural legendario"- pasaron cosas. Aquí, Borges dictó algunas de sus obras tardías, dio conferencias gratuitas -en el primer piso-, se reconcilió con Ernesto Sabato -con quien estaba distanciado por motivos políticos- y trabó una amistad profunda con Luis Alfonso, el dueño de la librería, quien en la década de 1970 se aventuró en el mundo editorial y publicó -con sello propio- Cosmogonías, una de las obras de Borges.

Laberinto

La relación entre Borges y La Ciudad era estrecha no sólo por motivos bibliófilos, sino también geográficos: durante dieciocho años, Borges cruzó la Galería del Este -donde está la librería- para pasar de la calle Maipú a la calle Florida, e iniciar ahí el camino recto que lo dejaba -casi veinte cuadras después- en la Biblioteca Nacional, donde él era director.

Hoy, sin embargo, su itinerario probablemente sería otro. Desde hace ya varios años la peatonal Florida es una coctelera escandalosa que sacude los aromas de free shop con el ruido del celular, con el olor a grasa de los puestos de salchichas. Florida es un caos. Hay casas de deportes, de cueros, de juguetes; hay bailarines de tango, imitadores de Arjona, brasileños con bolsas; hay secretarias urgentes, teléfonos urgentes, empleados urgentes; hay rateros, hay políticos, y hay políticos rateros que se juntan en el Florida Garden: un bar de Florida y Paraguay, famoso por ser la mayor cueva donde los políticos se juntan a tramar un futuro (propio) mejor.

Cuestión de olfato: Borges no tomaba nada en el Florida Garden. Lo hacía dos cuadras más adelante, en Tucumán y Florida, en un bar que ya no existe. O que, al menos, ya no existe tal como antes. En esta esquina, décadas atrás, Borges dejó abandonado con toda intención un paquete de libros sin imaginar que el mozo -que lo conocía largamente- le llevaría el bulto a su casa horas después. "Como ya sabían quién era, a media tarde vino un caballero al departamento con el paquete intacto creyendo que él se lo había olvidado -contó Fanny hace unos años-. No entendía que era el método que usaba el señor para deshacerse de esas cosas".

Hoy, en lugar de ese bar antiguo hay un Havanna -una franquicia de locales donde se sirve un café casi decente-, y queda una historia: en este cruce funcionó, además del bar, hace noventa años, la redacción de la revista Martín Fierro, donde Borges escribía. Y a dos cuadras de aquí -en Tucumán 840- en 1899 nació Borges. "Aquí nací yo, en el corazón de la ciudad, en la calle Tucumán, entre las calles Suipacha y Esmeralda, en una casa (como todas las de ese tiempo) pequeña y sin pretensiones, que pertenecía a mis abuelos maternos". Eso escribió Borges en sus Memorias, en alusión a un edificio que -según mis notas- funcionó durante años como sede de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

Antes de seguir por la peatonal Florida, hago una digresión, camino doscientos metros hasta Tucumán 840 y veo que la casa, ahora, no existe. Tras una seguidilla de negocios -carteras, ropa barata, sándwiches, supermercados- hay una mole de oficinas de alquiler tan fea -tan espejada, tan fácil, tan barata- que dan ganas de gritar.

Un día después, veré que hay lugares al paso -y fuera de circuito- donde todavía es posible recordar a Borges. Uno de ellos es la actual sede de la fundación, ubicada en Palermo. Y otro -inaugurado el pasado mes de diciembre- es el laberinto borgeano construido en el partido de Tigre, zona norte del conurbano bonaerense. Para llegar hasta allí, hay que dirigirse a la estación Tigre -se puede ir en tren- y de ahí hay que seguir en coche por el Camino de los Remeros: una autovía flanqueada por palmeras perfectas donde el sol y el río dialogan con energía. El laberinto, eso sí, está tan bajo que todavía pasa desapercibido: los 4.000 arbustos buxus aún son pequeños y el diseño del inglés Randoll Coate -que recrea varios símbolos borgeanos y que, visto desde el cielo, forma la palabra "Borges" como si estuviera frente a un espejo- puede ser burlado con sólo pasar un árbol por arriba. En un año, si se lo mantiene como corresponde, este laberinto estará a la altura -literal- del maravilloso laberinto borgeano de la finca Los Álamos de la provincia de Mendoza. Pero por ahora es esto: una buena intención; un ejercicio de memoria que -con vistas al olvido horroroso que reina en el centro- apacigua.

Ciudad gótica

Pero esa paz, en cualquier caso, llegará mañana. Ahora sigo por Tucumán y doblo por una calle cualquiera -debo volver a Florida- y quedo, sin buscarlo, de cara a una librería. Está en Suipacha 521, se llama Alberto Casares y tiene la mitad de su vidriera con fotos y libros de Borges. Entro. Pregunto qué pasó con la casa de Tucumán.

-Acá a la vuelta nunca hubo nada. Antes de ese edificio hubo una casa de comidas rápidas. Tantas cosas se dicen.

El que responde es un muchacho joven, hijo de Alberto Casares, el dueño de una librería que -ahora lo sé- es una escala obligada para los lectores borgeanos y, junto con La Ciudad, ha sido un fundamental punto de encuentro y difusión de las actividades literarias en las décadas de 1970 y 1980. En un rincón, colgada sobre una pared deboisserie, hay una foto que abona la fama del lugar (que años atrás estaba en el barrio de Recoleta): en la imagen se los ve a Borges y a Adolfo Bioy Casares riendo como niños, riendo como viejos, reunidos en el local el día anterior a la partida final de Borges a Ginebra.

Esa foto -junto con otras- está también en la vidriera y arma un núcleo mágico en una calle que, como las demás del microcentro, tiene la desgracia de matarlo todo. Salgo de la librería de mejor ánimo, y dispuesta a volver a Florida y su decadencia rampante. Necesito fuerzas: entre las calles Lavalle y Avenida de Mayo -el tramo que viene-, Florida se transforma en Ciudad Gótica. Hay una anciana chupando un helado con lascivia, hay arbolitos -así se llama a los vendedores de dólar paralelo-, hay un cojo saludando a un policía con la frase "Hola doctor" y hay -en síntesis- un largo fotograma con lo peor -lo más irremediable- de la argentinidad urbana.

Lo bueno es que dura poco. Pasadas seis cuadras, esta ruta sórdida termina en la Avenida de Mayo y a partir de ahora, de un modo casi milagroso, Florida cambia. En primer lugar, cambia de nombre y se transforma en Perú (todas las calles cambian de nombre en la avenida Rivadavia, a cincuenta metros de Avenida de Mayo). Y en segundo término, Perú se dispone a ser lo que fue siempre: un bonito paseo del barrio de San Telmo.

Aquí, en la intersección de la Avenida de Mayo, está la Manzana de las Luces: una hermosa construcción jesuítica cuyas partes más antiguas son del siglo 17, y donde hoy se reúnen algunas de las instituciones culturales más importantes de la Ciudad, entre ellas el Colegio Nacional Buenos Aires (una escuela pública que desde hace más de un siglo forma a la clase dirigente argentina) y la iglesia de San Ignacio.

Siguiendo por Perú, hay cada tanto alguna tienda de diseño (en materia de arte pop, San Telmo se está transformando en un nuevo Palermo) pero sobre todo -y a diferencia de Florida- hay silencio, hay calles con adoquines, y hay un escenario plácido que -aunque imperfecto- le da a Buenos Aires el alma que a veces merece. Allí, luego de quinientos metros de adoquines, está la calle México y está -en el número 565- la que alguna vez fuera la Biblioteca Nacional en la que reinó Borges entre 1955 y 1973, y en la que coronó todos sus paseos. Hoy, la biblioteca se mudó a Palermo (a la calle Agüero 2502) y en su lugar queda este edificio: una construcción maciza y en tonos grisáceos donde hoy funciona el Centro Nacional de la Música y la Danza.

Aquí, hacia el año 1956, Borges se enfrentó a su mayor paradoja: justo cuando podía acceder a todos los libros posibles, empezó a quedarse irremediablemente ciego. "Cuando yo lo conocí le habían hecho siete operaciones de retina para que no se quedara ciego del todo. Y al final él me explicó que le había quedado un puntito para ver. ¡Un puntito! Él veía muy pocas cosas, como mi vestido. Cuando él decía 'Usted tiene el de cuello blanco', era cierto. Sólo eso llegaba a ver. Más no". Eso dijo años atrás Fanny Uveda, en una charla que tuvimos a propósito de El señor Borges, unas memorias imperdibles que Fanny editó con la ayuda del periodista Alejandro Vaccaro.

Fue entonces ella, todos esos años, la que acompañó a Borges a lo largo de estas cuadras repetidas y vio casas, mugres, autos y personas allí donde Borges veía -en el mejor de los casos- un punto: un punto. Un lunar de luz que luego se fue apagando y dejó nada, o al contrario: dejó la eternidad. n

 


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