NACIONAL

Sábado 29 de Marzo de 2014

 
La Caridad pierde un brazo

Miguel Laborde Chile es un país que se caracteriza, dentro de América Latina, por la relevancia de sus mujeres en los más diversos ámbitos y desde sus primeros años. Es así con Javiera Carrera, con sus acciones para integrar la cultura mapuche a nivel de gobierno; Dolores Egaña Fabres, en el acceso femenino a la educación superior, o Paula Jaraquemada, con su fomento a los talleres en las cárceles. Pioneras mundiales, todas.

A fines de la década de 1930 hubo un proyecto, todavía pendiente, de crear una segunda Alameda, más al sur. Si la actual rinde tributo a los grandes chilenos, la otra se dedicaría a ellas. Eran los años en que las primeras alcaldesas, Graciela Contreras Barrenechea en Santiago y Alicia Cañas Zañartu en Providencia, ingresaban a la escena pública. El Parque de la Aguada está dentro del trazado que se proyectó para esa área verde que no llegó a prosperar.

Ahí habría estado, también, Antonia Salas. Inteligente y emprendedora, tan patriota como su padre, Manuel de Salas, y su marido, Isidoro Errázuriz, el Corregidor de Santiago en la Patria Nueva, por lo que ambos fueron relegados a Juan Fernández durante la Reconquista.

Ella encabezó la Sociedad de Beneficencia de Santiago con la idea de que la miseria y el abandono social eran problemas de todo el país, y no sólo del gobierno de turno. Hizo visible la cantidad de niños huérfanos abandonados después de las batallas de la Independencia, lo que era o debía ser una vergüenza nacional. Para su fortuna, recalaron en Valparaíso unas monjas de la Divina Providencia, las que dejaron su nombre en esa comuna, y ellas los asumieron en un gran orfanato que se construyó para ese fin.

Con un grupo de voluntarias, Antonia Salas visitaba el Hospital San Borja cada semana, pero no le parecía suficiente; para ello fueron monjas francesas especializadas -en un siglo sin enfermeras- las que asumieron de manera orgánica esa misión. En tercer lugar, las monjas del Buen Pastor encabezarían la atención en las casas correccionales.

En el ciclo largo de la filantropía, que culmina en los años del Centenario con la donación de hospitales enteros, como el Arriarán, el Barros Luco y el Roberto del Río, su importancia no tiene comparación. Y fue justo en torno al 1910, en el examen de conciencia de la primera centuria independiente, que comenzó la idea de levantar un monumento a su memoria.

Hubo suerte. Aquí cerca, en Buenos Aires, un gran discípulo de Rodin estaba trabajando una escultura para un parque, Léon-Ernest Drivier, quien luego se consagraría por dos importantes esculturas en los Jardines de Trocadero que dominan la vista de París.

Más clásico que su maestro Rodin, Drivier logró, para el encargo chileno, un conjunto fuerte y elegante, en que aparece una matrona, que evoca a Antonia Salas, acogiendo a un anciano, una mujer y un niño.

En alguna noche de este verano que ya termina, alguien cercenó parte del brazo de la mujer, un trozo de bronce al vacío, hueco. Si pensamos que fue un ladrón, y no un simple vándalo, de seguro no llegó a obtener veinte mil pesos, dejando alterado el equilibrio de la composición. Recordemos, de paso, que por su valor estético y urbano, la escultura había sido restaurada hace menos de diez años.

Como es sabido, Manuel de Salas fue un gran educador. La Independencia, según su pensamiento, debía cortar las cadenas de la ignorancia. Como vemos, luego de dos siglos, es una aspiración que sigue en la lista de los pendientes

 


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Monumento
Monumento "La Caridad" perdió uno de sus brazos durante el verano, lo que alteró la composición de la escultura, que había sido restaurada hace menos de 10 años.
Foto:Ignacio Izquierdo


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