REPORTAJES

Domingo 13 de Enero de 2008

Habla José Luis Federici, el polémico ex rector de la "U":
Don Augusto no me dejó alternativa

1987. 69 días. Resistido y batallado, José Luis Federici duró poco en la rectoría de la "U" y concentró en su persona buena parte del enojo de entonces hacia el régimen político. Su salida fue, quizás, la derrota pública más notoria del gobierno militar. Dos décadas después, Federici rememora esos días y aclara lo que encontró cuando se ubicó en el sillón de Bello.

RODRIGO BARRÍA REYES

La calle Volcán Llaima dista mucho de la furia y escupitajos de lava que el monte sureño ha estado lanzando al cielo en las últimas semanas.

La arteria tiene un temple calmo, con casas más bien antiguas y la compañía de una larga plazoleta con vetustos juegos infantiles.

Por estos días, eso sí, el mayor drama que vive la arteria es la pérdida de "Clifford", un pastor alemán cuya búsqueda ha sido encargada a través de varios afiches pegados en el sector.

Ahí, en una casa cómoda y más bien austera (residencia que aún no termina de pagar), vive José Luis Federici, el histórico ex rector de la Universidad de Chile que, en apenas 69 días de gestión, enfrentó una de las más aguerridas embestidas que se recuerden del gobierno militar.

Federici nació en Viña del Mar, pero cuando aún él era un niño, su padre comerciante se mudó a Santiago para seguir en la capital sus negocios.

La familia vivió en el centro y el niño José Luis estudió primero en el Alonso de Ercilla y luego en la Scuola Italiana.

No fue un alumno destacado, pero los malos negocios del padre lo llevaron a estudiar Ingeniería Comercial y no seguir en la alicaída distribuidora paterna.

Cuando egresó, Federici pasó por el INE y el Ministerio de Hacienda.

Luego fue a Estados Unidos, donde se especializó en el área de estadísticas.

Cuando regresó, instalado en el Instituto de Economía, Federici y varios colegas apuntaron con un nuevo y exitoso negocio: encuestas políticas a través del muestreo rápido de mesas en elecciones.

En Economía de la "U", Federici compartía amistosamente, por ejemplo, con Ricardo Lagos.

"Muchas veces yo lo iba a dejar a su casa", recuerda el ex rector.

Tras el golpe, Federici se hizo cargo de Ferrocarriles.

Ahí cimentó parte importante de su fama al despedir a 14 mil empleados.

Luego partió a Enacar, fue ministro de Transportes (donde hizo historia al liberalizar los recorridos de micros y colectivos por la capital), y terminó como ministro de Hacienda antes de regresar a la Universidad de Chile.

Hoy, con 73 años, una presión alta que no lo deja tranquilo y un silencio que se ha encargado de mantener durante largo tiempo, Federici repasa sus duros días en el sillón de la Chile.

Universidad corrupta

-¿Cómo se gestó su llegada a la rectoría de la Chile? ¿Es verdad que el general Pinochet fue quien lo llamó personalmente?

-Sí, él me llamó.

-¿Y qué le dijo para convencerlo?

-Me comentó que tenía un problema enorme en la universidad y quería que yo lo ayudara. Había un general de rector, pero la verdad es que no atinaba a nada. En todo caso, yo sabía el problema que se venía encima. La universidad era una bomba y tenía claro el lío en que me metía.

-¿Y por qué aceptó entonces?

-Don Augusto no me dejó alternativa. No podía decirle que no. Lo poco que tenía hasta entonces era gracias a las labores que él me había encomendado en su administración. No podía decirle que no. Pero sabía que sólo un milagro habría cambiado la situación. En realidad, casi de inmediato me di cuenta de que sería imposible.

-¿Usted era cercano a Pinochet?

-Bueno, yo tengo un gran cariño y admiración por don Augusto. Lo conocí bastante, pero no fui íntimo de él ni mucho menos. Mire, él captaba muy rápido las cosas y eso me encantó. Sabía cuando algo andaba mal y qué había que hacer.

-¿Cuál fue la instrucción precisa que le dio Pinochet?

-Ordenar y hacer funcionar la universidad. La verdad es que la Chile ¡no! funcionaba. Las clases apenas se hacían. No se hacía nada. Los profesores tampoco iban. Todos se hacían los tontos con los exámenes. Y esto no era un misterio para nadie.

-¿Pero había un plan específico para aplicar en la universidad? ¿Plazos? ¿Sacar a cierta cantidad de gente?

-Nada, nada... Sólo ordenarla.

-¿Por qué era tan urgente ordenarla?

-Bueno, se acercaba el plebiscito y para don Augusto pienso que era insoportable concebir una situación como las que se estaban generando en el país y en la universidad. Además, conmigo don Augusto pudo sacar al general que estaba en la rectoría. Una situación así en la universidad, y con un general de rector, habría sido impresentable.

-¿Y con qué se encontró cuando llegó a la rectoría?

-Con prácticas de corrupción. Era una cosa de locos.

-¿Cómo así?

-Por ejemplo, para los médicos llegaban cantidades exorbitantes de plata desde afuera que ellos mismos las recibían.

-¿Y éstas eran prácticas generalizadas al interior de la universidad?

-Muy generalizadas. Por eso la universidad no podía seguir dando paraguas a esa corruptela.

La hipocresía de los decanos



-Cuénteme un poco cómo fueron esos días en la rectoría en el plano personal y familiar...

-Bueno, me pusieron tres bombas afuera de mi casa. También me venían a hacer funas. En la universidad, el asunto se había convertido en una fortaleza. Recuerdo que hasta tenía que andar con guardias.

-¿Se podía mover por la universidad con cierta libertad o se quedaba en su oficina?

-Trataba de ir a hablar con los decanos, pero todo tenía que ser secreto. Era una cosa increíble...

-¿Qué cosa era increíble?

-La hipocresía de mucha gente. Muchos decanos me pedían reuniones de noche para que no los vieran conmigo en la universidad. Llegaban a las once de la noche acá a mi casa para conversar. Una hipocresía salvaje. De locos...

-¿Y qué pasaba con usted afuera de la universidad? ¿Podía moverse con tranquilidad por la calle por ejemplo...?

-Iba al supermercado, al mall... Pero todo acá en el sector alto, no iba a otras partes. Después que salí de la rectoría fue más molesto.

-¿Por qué?

-Porque entonces ya me reconocían más en la calle y no faltaban los estrellones descuidados y esas cosas. Eso sí, nadie me enfrentó directamente.

-¿Tenía conciencia de lo impopular que se había transformado?

-Claaaro... Y con mucho dolor en lo personal. Había tenido actuaciones complicadas con anterioridad, pero que no me habían acarreado demasiados problemas. De hecho, en Ferrocarriles, donde tuvo que salir tanta gente, siempre terminé bien con las personas. Y no fue así en la universidad, donde había trabajado toda mi vida.

La "U" retrocediendo

-¿Se reunió o hablaba con Pinochet durante esos días de conflicto?

-Sí, pero lo que no dijo él no lo voy a decir yo.

-¿Y qué le decía, entonces, usted a él?

-Que veía casi imposible la situación. Insostenible. Algunos en el gobierno pedían que cediera en mi posición, pero para mí era imposible hacerlo ante las presiones. Me parecía inconcebible transar bajo presión.

-¿Pinochet lo apoyaba en no ceder?

-Mire, al final se fue alejando. Pero era lógico y razonable.

-¿Quién le pidió la renuncia?

-El ministro de Educación. Fue una conversación demasiado breve (ríe con algo de sarcasmo). Pero entendí perfectamente la decisión de don Augusto. Y después hasta lo fui a ver a Londres.

-¿Cómo ve hoy a la Universidad de Chile?

-Retrocediendo, lento, pero retrocediendo. Sigue ahí: pidiendo plata. Lo único que saben hacer es pedir. Es el concepto que hace que, como tanta universidad estatal en el mundo, vayan quedando atrás.

-¿Volvió alguna vez a la "U"?

-No. Y no volveré nunca más a la Universidad de Chile.

"Muchos decanos me pedían reuniones de noche para que no los vieran conmigo en la universidad. Llegaban a las once de la noche a mi casa. Una hipocresía salvaje. De locos..."

"Conmigo don Augusto pudo sacar al general que estaba en la rectoría. Una situación así en la universidad, y con un general de rector, habría sido impresentable".

"Para los médicos llegaban cantidades exorbitantes de plata desde afuera que ellos mismos las recibían".


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Foto:José Miguel Pérez


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