VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 21 de Mayo de 2005

Javier Pinochet:
Los giros de un trotamundos

Javier Pinochet, que se enorgullece de "ser capaz de diseñar sin copiarle a nadie".
Texto, Soledad Salgado S. / Retrato, César Fonseca

El último 31 de diciembre el decorador Javier Pinochet salió temprano junto a un grupo de amigos a recorrer Roma. Los llevó a sitios históricos que ya conoce como la palma de su mano y compartió sus datos de parroquiano: dónde preparan las mejores pizzas, dónde tocan la mejor música italiana, dónde está la tienda con mejores descuentos. La jornada fue agotadora y nadie quedó en condiciones de pensar en algo más que sacarse los zapatos y tenderse en el hotel. En eso estaban, cuando Javier se paró de un salto, metió una botella de champaña en su mochila y los empujó a celebrar a la Plaza España.

La anécdota lo refleja de cuerpo entero. Un hombre capaz de reconstituirse una y mil veces, con tal de no perderse la vida.

Su espíritu inquieto lo ha hecho recorrer buena parte del planeta ­a Marruecos ha ido más de 10 veces­ y nutrirse no sólo de experiencias, sino también de una visión cosmopolita que se comprueba en la versatilidad de sus proyectos decorativos y en lo ecléctico de los elementos que caracterizan su tienda. "Javier jamás mira una revista de decoración", cuenta la decoradora Isabel Videla. Todo lo que se cruza por sus ojos lo registra en la memoria; él no sólo ve, observa.

Una característica que le permite mantenerse vigente por más de veinte años y ser reelecto una y otra vez como director de la Asociación de Decoradores de Chile, grupo que él mismo propició.

- En la Universidad siempre me llamó la atención la inagotable energía que tenía, lo buen dibujante y la creatividad con que hacía los trabajos. Cualidades que aún conserva. ¡Si ni siquiera envejece!- , comenta el mueblista Francisco Ingunza.

Pinochet recientemente asumió como director de la carrera de Decoración en la UNIACC. Una tarea que asegura encarar con gusto, aunque le quite tiempo para hacer todas las cosas que quisiera. La lista debe ser muy larga considerando que goza compartiendo con sus amigos, bailando salsa (ritmo con que incluso suena su celular), sacando fotografías y escribiendo en sus ratos libres, con el fin de algún día publicar una novela. "Javier me alegra la vida, si hasta a clases de zapateo me invitó una vez", recuerda su amiga Cecilia Morel.

Buscando un destino

Su llegada a la decoración fue casi por azar, ya que el teatro acaparaba toda su atención. De hecho, en 1979, cuando llegó de Europa después de 10 años, se transformó en el cerebro detrás del "Palitroque".

Recuerda Ingunza, uno de los participantes: "Éramos una compañía pequeña, pero hacíamos algo fino y a la vez cómico. Javier nos daba las pautas, diseñaba los trajes, la escenografía y nos decía las muecas que hacer, porque funcionábamos con playback. Todo salía de su cabeza".

El show no tuvo el éxito esperado y los disfraces, las cortinas de lamé, los patines con que recibían los acomodadores y las 27 pelucas debieron guardarse. Tras el cierre, Javier se encontró solo, sin dinero y absolutamente desadaptado. "Yo me miraba, con mis zuecos y mi chaleco grueso, con 30 años, y después veía que mis compañeros de universidad ¡estaban todos de gerentes! Sentía que no tenía nada".

Creyó que su tabla de salvación sería José Ignacio Fernández ­arquitecto chileno al que había conocido en Francia­ quien consciente de la habilidad para el diseño y creatividad de Pinochet, le propuso abrir una tienda de decoración. El entusiasmo le volvió a Javier, pero mientras se encontraba de viaje comprando cosas para armar el lugar, Fernández se suicidó producto de una gran depresión.

Aunque nuevamente quedaba en el aire, esta vez decidió instalar un local en el garage de una casa en calle General Holley. "Interiores" rápidamente agarró vuelo con la línea de muebles de pino Oregón que él mismo empezó a diseñar. Alacenas, peinadores, mesitas redondas, marcos, todo acompañado por gallinas, fruta y conejos de cerámica que traía de Estados Unidos. Una onda country que funcionó muy bien. Pinochet, cual hombre de circo, atendía la tienda, iba a los talleres, cargaba los camiones e iba a dejar los regalos de matrimonio.

Ya los nombres de Moro y Josefina Prieto sonaban en el ambiente cuando empezó a sumar una clientela fiel, a recibir los primeros encargos de decoración e invitaciones a concursos. "Vino una época muy buena, en que partía a comprar con los clientes a Nueva York; o juntaba un pool de gente y viajaba a buscarles alfombras a Turquía. Ahora parece que la decoración se ha simplificado, porque nunca más me ha tocado algo así", comenta. También en esa época inició su apostolado para que las parejas jóvenes dejaran de decorar la casa igual a sus padres, "No al quiteño heredado", gritaba a los cuatro vientos, renovando absolutamente el concepto de decoración.

Repentinamente, después de 10 años, se sintió abrumado por el éxito. Estaba estresado y había perdido su naturaleza de gozador de la vida. Cerró todo y volvió a Europa. Buscaba reencontrarse con la fascinación que ese mundo le provocaba en sus años jóvenes, y también a retomar una antigua relación sentimental que allí había comenzado 18 años antes. "Soy un gran romántico... he cruzado mares con una torta de naranja y un ramo de flores", confiesa. Sin embargo, nada fue igual.

Sentado en la oficina de su tienda en Américo Vespucio, viendo caer la noche santiaguina, Javier saca de una carpeta un papel escrito en computador. Es uno de los tantos pensamientos que ha querido plasmar, quizás como parte esa novela ­medio ficción, medio autobiográfica­ que algún día armará. Lo entrega con pudor, como quien abre su diario de vida.

"Teníamos un grupo de amigos que vivíamos entre Londres, Alemania, Bruselas y París. En uno de esos encuentros coronábamos la noche de un día de otoño en París. Habíamos hecho el tour de las discoteques y, atiborrados dentro de un mini, con botellas de champaña y copas en la mano nos desplazábamos como una bala por Champs Elisées hasta llegar al Arco. Con la inconsciencia y valentía de los 20 años brindamos quebrando copas contra sus piedras... Recuerdo esa noche y recuerdo que fui consciente de la arrogancia de mi juventud..."

- Volví a París el 89, pero no me pareció el mismo, o yo ya no era el mismo. A pesar del Bicentenario, de la caída del Muro de Berlín ­que viví intensamente­ la ciudad me pareció ajena.

Un año después, con su relación amorosa rota, volvió a Chile en busca de una segunda oportunidad en la decoración. Después de instalar una pequeña oficina, Javier Pinochet se reinventó y abrió en grande. Con "La Tienda" se consolidó definitivamente en el rubro.

Dicen que fue el primero en traer cosas mexicanas, también que introdujo la moda marroquí, "hace unos años ha derivado en una muy buena mezcla de lo contemporáneo con lo étnico", comenta Luis Fernando Moro. Javier está consciente de que el negocio se ha puesto más difícil por la crisis económica y la competencia, sin embargo, con la seguridad que ha ganado con los años, confiesa sentirse en el peak de su carrera, "tengo un gran bagaje y soy capaz de diseñar sin copiarle a nadie".

- Creo que los decoradores jóvenes que realmente sabemos del tema reconocemos el trabajo de Javier Pinochet. Es un profesional que está siempre al día, elegante, con toques étnicos, y que se atreve con nuevas combinaciones de colores- , agrega Clara Gil.

En sus ambientaciones cálidas y con detalles contemporáneos, la madera es protagonista, uno de sus materiales favoritos, y la trabaja lisa, estriada o acanalada. Ante la ola de minimalismo, el decorador se apresura a decir: "No me gustan los ambientes parecidos a un quirófano".

Del sur al mundo

Javier Pinochet tuvo una infancia sureña. Se crió en Los Ángeles, en medio de una familia acomodada, con una madre protectora y cómplice, y un padre enérgico que muchas veces lo intimidó con su personalidad ególatra, "la vida empezaba y terminaba con él", comenta.

Temprano se interesó en inventar juegos, planos de tesoros, hacer jardines en los árboles, filmar películas imaginarias, con un despliegue de creatividad que admiraba profundamente su hermana Cecilia, una de sus mejores compañeras de infancia y con quién compartió el gusto por el ballet. "Se metía de colado en mis clases con una profesora francesa y lo hacía fantástico", cuenta Cecilia, quien ahora lo ayuda en la tienda. El pequeño Javier que bordeaba los 7 años hacía gala de sus aptitudes en las comidas familiares e incluso en la plaza, donde cada domingo, al son de la banda, se desplazaba de punta a punta con piruetas y saltos. Javier creció y a su padre ya no le pareció una humorada. El ballet pasó al olvido.

Lo internaron en el Patrocinio San José donde vivió muchos años de soledad y reglas, y donde comenzó a tejer sus ilusiones de partir a Europa.

Terminó publicidad en el IPV y se fue con 500 dólares y una maleta llena de proyectos, chalecos tejidos por su madre y su colección de Los Beatles. Las dificultades propias de vivir fuera lo obligaron a trabajar en lo que viniera: por años fue experto en exhibiciones de yo-yo, que incluso lo llevaron a Sudáfrica para mostrar "su arte". Todas sus vivencias quedaron registradas en los cientos de cartas y regalos que le enviaba a su familia. "Yo conocí Europa a través de él", señala Cecilia.

Cuando logró juntar suficiente dinero, y después de haber recorrido buena parte del continente, ingresó a estudiar Artes Decorativas y Gráficas en la Academia de Bellas Artes en Bruselas. Se graduó con honores y sus primeros trabajos fueron decorar una peluquería y el departamento de un diplomático. Cartón en mano, otra vez puso a Chile en su horizonte. Retomó algunas amistades como la de Pancho Ingunza, pero también hizo nuevas y muy buenas, como la que mantiene con Isabel Videla con quien comparte horas de conversación y numerosos viajes, "muchas veces me han dicho 'Señora Pinochet", confiesa Isabel. O la que tiene con Cecilia Morel: "Javier es muy de detalles, recuerdo una vez que estaba en Estados Unidos y él me dejó en la grabadora un saludo con las Mañanitas en inglés".

- Creo que es muy amistoso, puede que se vea frío o estricto y serio en lo profesional, pero en la intimidad es un hombre de campo, acogedor, que se preocupa de que estés bien y de que en su casa comas, y comas bien- , agrega Ingunza. Sin embargo, como él se entrega por completo a sus amigos, también les pasa la cuenta cuando se siente olvidado. Siempre franco y directo. Y aunque se comente que su sensibilidad también lo hace alicaerse cuando uno de sus proyectos no es bien recibido, el decorador Axel Grossman destaca su capacidad de reconocer el triunfo de los demás. "Es un hombre muy honesto".

Y simple. Al punto de tener entre sus momentos favoritos las cientos de veces que se ha sentado en el suelo a comer naranjas en alguna callejuela de Marruecos, disfrutando el anonimato total. Javier Pinochet es un ciudadano del mundo y podría sobrevivir en cualquier parte de él.


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1- "A mis alumnos les inculco mirar y hacerse preguntas. Uno llega a tener más bagaje cultural si aprende a observar, no por pasar más tiempo en un avión", dice Pinochet.
Foto:César Fonseca


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