REVISTA YA

Martes 30 de Noviembre de 1999

Fernando Pessoa y cía. ilimitada

Trazar la biografía de este impresionante poeta obliga a escarbar en una verdadera muchedumbre. El más impresionante autor lusitano se inventó una pandilla de heterónimos que escribían textos suyos. Extraño extranjero, la más reciente y completa biografía del fisurado escritor, devela el intrincado mecanismo de creación de esas personalidades pessoanianas y de su prolífica producción.
Por Lina Meruane

La dificultad biográfica que impone Fernando Pessoa (1888-1935) es la de su huella multiplicada. La cuerda central de su individualidad siempre estuvo desenhebrada, y él lo asumiría pretendiendo no ser uno, sino más bien un conjunto.

En una suerte de operación poética y matemática fue generando diversas personalidades heterónimas que correspondían y a la vez contrarrestaban la suya. Aquella muchedumbre resultaría tan populosa y polifacética que nadie - tal vez ni siquiera él- supo nunca con certeza cuántas máscaras llevaba bajo cada máscara.

Había algo roto en Pessoa, una extendida fisura que no podría remedar escribiendo. Todo lo contrario. Su obra, comenzada precozmente - a los ocho meses ya le interesaban las letras, a los cuatro años empezó a apuntar versos- , le aseguró presencia a toda una hueste.

A los seis años surgiría su primer otro: Chevalier de Pas. Pronto aparecerían poemas suyos escritos por un tal Doctor Pancracio, por un Eduardo Lanca y por unos ingleses que más tarde configurarían seis o siete caracteres.

Esa ilimitada comparsa lo acompañaría durante los años de (lo que a él le pareció) una penosa estancia en Africa, a donde se había trasladado, en 1896, junto a su madre viuda y al flamante padrastro diplomático.

El nostálgico Pessoa adolescente, perfectamente ilustrado en colegios ingleses, regresó a Portugal dispuesto al sedentarismo más absoluto. Nunca volvió a salir de las restringidas fronteras de su amada y extrañada Lisboa, aunque cambiaría de residencia unas veinte veces en los siguientes quince años.

Le ocurriría algo parecido con los trabajos: tuvo, sucesiva o simultáneamente, distintos empleos. El lusitano - que no era un verdadero oficinista, ni un verdadero proletario, ni un verdadero asalariado- había decidido, casi sin proponérselo, llevar para siempre una vida mediocre en una oficinita de la Baixa. Sólo aceptaría una labor que le permitiera no tener que acudir a diario ni cumplir horarios, y se las arregló para conseguir una jornada que no excediera el medio tiempo.

El resto del día versaba, o leía insaciablemente, o pateaba las rúas en su periplo citadino, o montaba tranvías para bajarse horas después, exhausto, confesando haber dedicado el trayecto a imaginar las biografías de cada pasajero: sufría el vicio heteronomizante.

O se instalaba en alguno de sus bares favoritos. En el café Martinho de Arcada se reunía muchas noches, junto a sus pocos amigos, a debatir entre vinos la turbulenta situación de un Portugal que iba saliendo de la monarquía y entrando en el régimen salazarista. La política apasionaba a Pessoa: sobre ella estableció opiniones fragmentarias, al principio militaristas, siempre volubles, a menudo sorprendentes. Provocar le resultaba estimulante, y solía ironizar.

En el cuartel general, la Brasileira del Chiado (donde ahora se lo recuerda con una estatua sentada), Pessoa y su principal cómplice, el delicado poeta Mário Sa-Carneiro (quien acabaría suicidado en París), fundaron la revista Orpheu. Tomando aguardiente iban a urdir los hilos del tejido cultural de su época: el saudosismo, el paulismo, el sensacionismo, el interseccionismo y muchos más.

Finalizadas aquellas sesiones, el poeta desaparecía cabizbajo, hablando solo, tropezando torpemente por las callejuelas. Pese a esta precariedad, no era un pobre vagabundo: vivió modesta pero dignamente, y su cuidadosa estética poseía un toque harto burgués: camisa blanca, traje oscuro, corbata negra y a veces pajarita, y el clásico sombrero de fieltro gris. Llevaba siempre gafas de montura de concha, o de metal, y el bigote bien recortado como el de cualquier comerciante.

¿Sería ese el verdadero Pessoa?

Difícil saberlo. Posiblemente fuera una pose más la de su normalizada apariencia. Una pose, tal vez la mejor estratagema para permanecer agazapado en un anonimato de traje gris. El poeta, quien siempre estuvo obsesionado por la idea de la locura, explicaría a través de un heterónimo que todos tenemos dos vidas: la verdadera, esa que soñamos en la infancia, y la falsa, esa que vivimos en convivencia con los otros.

Pero, ¿a qué otros hacía referencia? ¿A la gente cotidiana o a los cuatro heterónimos de su vida adulta? Pessoa insistió en presentar a Reis, Caeiro, Campos y Soares como personas sanguíneas, pensantes y totalmente diferentes...

Ricardo Reis, el más sereno pero también el más radical y nihilista de todos, había nacido en Oporto un año antes que su maestro. En 1919, este médico bajo y moreno partiría exiliado a Brasil, país donde compondría cincuenta Odas caracterizadas por el refinamiento de su estilo, el elegante fraseo.

El inocente Alberto Caeiro, en cambio, había nacido en Lisboa un año después, en 1889; ese hombre rubio, de altura media, autor de El guardador de rebaños, parecía el menos articulado y el más pagano de todos. Por su delicada salud se veía obligado a vivir en el campo, a orillas del río Tajo.

Alvaro de Campos era el menor. Nacido en Tavira de Algarve, era más bien alto, flaco, un poco encorvado, y probablemente el más cerebral, puesto que cursó estudios en Glasgow y ejercía de ingeniero en un astillero. Fue el alegre cantor de la era industrial: su expresionismo se concretó en la Oda triunfal.

Bernardo Soares, aquel ayudante de contable de la ciudad de Lisboa, que tenía a su cargo esa suerte de novela-diario conocida como el Libro del desasosiego, sería el más filosófico, el más vaciado, tal vez el más cercano a la idea de la supresión pessoaniana: Pienso, luego no existo.

Pese a sus marcadas diferencias, muchas veces Pessoa se confundía: hacía firmar poemas de uno por otro o se los adjudicaba él mismo.

Y es que, como ha sugerido su biógrafo, Robert Bréchon, por alejadas que fueran las posturas quedaría siempre en cada uno de ellos la sustancia del otro y la voz de Pessoa siempre se oiría al fondo. Uno de ellos incluso llegaría a afirmar que su cuerpo estaba habitado por el alma de algún poeta desaparecido...

Todos, incluido Fernando Pessoa mismo, publicaban alguna vez en revistas. Pero la mayor parte de la extensa obra conjunta permanecería celosamente guardada en un baúl ahora célebre. Iba depositando manuscritos inéditos que pensaba publicar algún día como obras completas. Eso le aseguró por carta a un amigo, pero nunca logró darle una organización a esa desgajada producción: una modesta guía turística de Lisboa escrita tempranamente, dos singulares obras dramatúrgicas (El marinero y su Fausto), artículos políticos, y varias obras maestras de sus heterónimos en diferentes etapas de elaboración.

Lo que menos había dentro de ese baúl eran textos pasionales. Parte del enigma de Pessoa ha sido trabada intimidad. Ansiaba vivir una sexualidad sin sexo, amar a su Ofelia como a una virgen desprovista de cuerpo. Lo más probable, de acuerdo a Bréchon, es que, pese a su declarado amor por esa única mujer y a la voluminosa correspondencia amorosa entre ambos, la adolescencia del poeta e incluso su adultez haya sido célibe.

Nunca fue un hombre sensual, ni un voraz, ni un sibarita; incluso beber era para él una actividad cerebral destinada a regular su relación con el mundo. Pessoa gastaba su pasión en la literatura, cargaba la maldición de la grandeza. (El fracaso del poeta es proporcional a su genio, asegura el biógrafo).

No sólo aceptó y asumió su desdicha, sino que la eligió por encima de todas sus carencias: carrera, amores, relaciones sociales. Ese fracasado, el alcohólico e inútil Pessoa (según los cánones convencionales de su familia) debutaría póstumamente, y es probable que lo supiera: tenía plena conciencia de su talento y de que ya no le iba quedando suficiente luz.

Y así, una noche de hospital donde lo internaron a los cuarenta y siete años, abrió los ojos como queriendo precisar algo, o dar la última nota de su extravagante sentido del humor, o simplemente soltar una neurótica boutade exhalando, en una suerte de verso final, tráiganme las gafas para ver más claro.

Partida

Yo, complejo y numeroso,
yo, excesivo y sucesivo,
yo, que desembarqué en todos
los puertos del alma

(...)

¿moriré entonces así? No: el universo
es grande
y todo puede volver en él

(...)

Entremos en la muerte con alegría. Se acabó
la obligación de vestirse, lavarse,
tener que razonar, simular,
cuidar las maneras,
tener riñones, hígado, pulmones,
bronquios, dientes,
todo lo que provoca enfermedad
y sufrimiento
(a la mierda todo eso)

(...)

Mi cuerpo es mi ropa interior.
¿Qué me importa
que sea una basura enterrada en la tumba
y devorada por gusanos?

Soy Yo.
He muerto, ¡viva yo!

(Alvaro de Campos, heterónimo)


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