REVISTA DE LIBROS

Sábado 18 de Septiembre de 1999

Aproximación a la obra de María Monvel

por Francisco Vejar

MARIA Monvel, cuyo nombre verdadero fue Tilda Brito Letelier, nació en Iquique en 1899. Se inició, como muchas escritoras, dando a conocer sus primeras creaciones poéticas en diarios y revistas de provincia. Siendo muy joven fue publicada en la célebre antología de poesía chilena Selva Lírica (1917), compilada por Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya. Allí es descrita como una muchacha de un fervor artístico saturado de cristiana sentimentalidad. Esos poemas eran de tono melancólico e intensamente influidos por el amor de juventud.

En 1918 publica Remansos del ensueño (poesías) y luego Fue así (1922), Poesías (1927) y Sus mejores poemas (1934). En esa época los poetas de mayor influencia eran Pedro Prado y Gabriela Mistral, quien fue una de las primeras en destacar el talento de María Monvel:

La mejor poetisa de Chile, pero más que eso: una de las grandes de nuestra América, próxima a Alfonsina Storni por la riqueza de temperamento, a Juana por la espontaneidad.

Empecé por admirarla y he acabado por quererla. Me vino su estimación de aquella clara honradez artística suya. Verso fácil que rebalsa la copa llena de sentimiento, fácil por la plenitud. No se inventa nunca el sentimiento (cosa tan común entre las mujeres). Expresión nítida, a causa de la misma verdad del motivo. Ninguna dureza; su estrofa posee lo dichoso de los verdes canales chilenos. En María Monvel la tortura se halla en el espíritu, pero el verbo no conoce confusión ni torcedura desgraciada. Dije que su temperamento era rico como el de Alfonsina. Sí, todos los motivos: la tierra, el paisaje, el amor, la coquetería también, la maternidad, el juego. Parece en ocasiones una mujer madura y a veces se la mira jugar como un niño con los asuntos frívolos. En verdad tiene la madurez, porque la vida le fue anticipada en dolor; pero no tiene mi envenenamiento por la amargura. Con estas palabras, la Mistral la introdujo en la antología Poetisas de América (Santiago, Chile, 1929), en la que aparece en compañía de poetas de la talla de Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral y Norah Lange, entre otras. Uno de los poemas destacables de María Monvel en esta compilación es Linvitation a la morte. Ahí la poetisa vuelve a dialogar con uno de los hechizos poéticos de primer orden: Ya estamos más cerca, avancemos./ No huyamos su contacto frío/ ni por rehuirle clamemos:/ son suyos tu cuerpo y el mío./ Tu mano deshecha en la mía/ apoye su fría entereza:/ busquemos la obscura belleza/ que ofrece la selva sombría./ ¡No aferremos con mano inquieta/ sobre nuestros hombros desnudos/ la capa de vida sujeta/ por los más vacilantes nudos!/ aderecemos la sonrisa./ No haya crispaduras el miedo.../ Por no interrumpir, vamos quedo./ ¡Vamos sobre todo de prisa!/ Un paso más, y ya seremos/ o no seremos ¡mejor! nada./ La vida otra vez abarquemos/ y dame la última mirada.

Ultimos poemas

Como todos los escritores nacidos en el norte o sur del país, María Monvel tuvo que emigrar un día a Santiago, donde llegó a establecer contacto con poetas de la talla de Manuel Magallanes Moure a quien escribe una carta el 7 de agosto de 1922: Es usted un enorme poeta, que me place principalmente por su elegancia en el decir, unida a su emotividad infinita, sin palabrería vana, sin arte rebuscado. Cuando yo leo en francés un poema que me parece muy hermoso, siento necesidad de traducirlo, de versificar sus ideas con mi lengua, para penetrarme más de él. Cuando leo en mi propio idioma versos tan lindos como los suyos, me agrada escribir sobre ellos.

Establecida en Santiago, dirigió la revista Para Todos, publicada por la editorial Zig-Zag y contrajo matrimonio con el periodista y crítico literario Armando Donoso. Su rostro solía aparecer en algunas revistas de la época y sus rasgos eran finos como los de Teresa Wilms Montt. Viajó además por Europa y América. Fue traductora de los sonetos de Shakespeare y se dieron a conocer 16 de ellos en la edición póstuma de Ultimos Poemas (1937). Sobre este libro comentó Eduardo Barrios: Estaba ya enferma cuando escribió estos versos, seguramente. Hay en todos ellos un mirarse y revisarse (...) Luego en todo se confirma el crepúsculo del alma disponiéndose a marchar. En las formas, hay una vuelta a lo clásico, al deseo de perdurar en sencillez, en melodía de significado y vehículo puros. La poetisa se entregó también a los grandes permanentes, a Shakespeare y Goethe: los traduce en la línea eterna, que ahora le interesa por sobre todas las cosas.

Leemos en uno de los poemas que pasaron a ser parte de este libro: Juega como los pájaros y el viento/ y yo, como los pájaros y el viento/ le traje a mí, cuando me di al amor./ Juega como los pájaros y el viento/ porque toda la tierra es su elemento/ aunque la cerquen muerte y dolor. El anhelo de irse y volar para finalmente integrarse a la tierra.

Son pocas las antologías de poesía chilena que la incluyen y su nombre es prácticamente desconocido para las generaciones actuales. Recientemente, Eugenia Brito en la Antología de poetas chilenas/ Confiscación y silencio (Dolmen Ediciones, 1998), la rescató después de años de ausencia de las compilaciones y estudios de la evolución de la poesía femenina en Chile. Eugenia Brito señala: Cierta visión escéptica se transmite en sus versos, admirables por su levedad, su ritmo y concisión. Nicanor Parra, entre tanto, dice que en su época nadie la tomaba en cuenta y sostiene que un poema como Mi hija juega en el jardín no puede estar ausente de una antología de poesía chilena.

La poesía de María Monvel transmite las preocupaciones vitales a través de un lenguaje transparente y desprovisto de la retórica que imperaba en aquella época. Hay además en su obra, como señala Alone en la antología de Las cien mejores poesías chilenas (1957), un acento leve y alado que escribió al amor y al dolor con palabras vibrantes de una gracia femenina y nostálgica que no perderán su virtud.

En el poema titulado Marineros, incluido en dicha antología, vemos como leit motiv la ensoñación del viaje y el anhelo de llegar a puertos desconocidos donde imperará el amor definitivamente: Cuando los veo venir,/ Blancos, erguidos, ligeros,/ quisiera ser un momento/ la novia de un marinero.../ Dulce de verle ha de ser/ después de largo tiempo/ y al abrazarle, abrazar/ continentes y hemisferios. (...)/ Estrechar entre los brazos/ al que dirige los vientos.

María Monvel pertenece a un grupo de poetas chilenos que desaparecen prematuramente del panorama de la literatura nacional y no alcanzan a desarrollar su obra en plenitud. Tales son los casos de Romeo Murga, Alberto Rojas Jiménez, Boris Calderón, Gustavo Osorio, Carlos de Rokha, por citar sólo a algunos, y entre los más recientes, Armando Rubio Huidobro y Rodrigo Lira.

El 25 de septiembre de 1936, leemos en una nota escrita en el diario La Nación: Una larga y penosa enfermedad acaba de disolver la frágil envoltura material de María Monvel, la poetisa de la delicadeza.

Par(r)áfrasis de María Monvel

LA literatura es algo que ocupa enteramente a Nicanor Parra, a tal punto que cuando admira a un autor no trepida en corregir o adaptar alguno de sus poemas, mediante lo que él denomina parráfrasis o taller de reparaciones. Es el caso del poema de María Monvel titulado Mi hija juega en el jardín, texto que incluirá en un próximo libro, con el nombre de Parráfrasis de María Monvel. Según Parra, el legado de esta autora tiene un interés geo-político muy grande además de literario, porque la época de ella era de criollismo, tiempo en que la consideraban muy próxima a Gabriela Mistral.

Mi hija juega en el jardín
(versión original)

Mi hija juega en el jardín
y yo la miro quieta y triste,
triste de tanta dicha, triste
porque la dicha tiene fin.

Viene corriendo y se va luego
y me da un beso y una flor;
su voz musita a vez un ruego,
a vez un mimo encantador.

Es la más linda de las flores.
En ella están dicha o dolor.
¿Qué han sido todos mis amores
comparados con este amor?

No pienso en destinos amargos,
ni en que las cosas tienen fin;
pero quisiera largos, largos
estos momentos del jardín.


Mi hija juega en el jardín
(versión modificada por Parra)

Mi hija juega en el jardín
y sin embargo yo estoy triste,
triste de tanta dicha, triste
porque la dicha tiene fin.

Viene corriendo y se va luego
y me da un beso y una flor;
su voz musita a vez un ruego,
a vez un mimo encantador.

Es la más linda de las flores.
Como ella no hay otra flor.
¿Qué han sido todos mis amores
comparados con este amor?

No creo en destinos amargos,
aunque las cosas tengan fin;
pero quisiera largos, largos
estos momentos del jardín.





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