VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 4 de Septiembre de 1999

Edificio Turri

En plena crisis de la economía la Depresión de 1929, el empresario Enrique Turri levantó esta obra polémica; en Santiago, ciudad de temblores, parecía riesgoso un conjunto residencial tan alto.
Hombre inquieto, ingenioso, audaz, Turri no había construido ni una casa cuando se aventuró con esta obra que, de inmediato, y por muchos, fue calificada de monstruosa.

Tenía una casa de cambio que, además de su constante presencia en El Mercurio se decía que era uno de los principales avisadores, se publicitaba con caballeros medievales que llevaban el nombre en las gualdrapas: Casa Turri. Con sucursales en Valparaíso y Buenos Aires, de Argentina trajo un giro nuevo: vender boletos de la lotería trasandina. No le fue bien los santiaguinos desconfiaban pagar por un papel, hasta que un chileno ganó el premio mayor.

Eran años difíciles. Movido por lo que viera era costumbre en Estados Unidos, pensó que podía hacer un edificio residencial en el gran terreno que ya tenía frente a la Plaza Italia. Aunque pareciera un milagro, la Caja de Crédito Hipotecario accedió a prestarle los fondos, un monto que nunca antes se otorgara.

Era un sistema de bonos que, en fechas determinadas, la Caja vendía y le entregaba su valor. A medida que la crisis penetraba en Chile, valían cada vez menos: la mitad de su valor, un 30 %... Comenzó a venderlo todo para seguir levantando el edificio. Incluso, las joyas de su esposa.

En la Caja la colaboración era nula; no aceptaron ni liquidar de inmediato todos los bonos antes de que siguieran bajando. Fue a hablar con el presidente de la institución, Ernesto Barros Jarpa, quien le confirmó sus sospechas; había mala voluntad manifiesta, gente que lo quería ver quebrado para quedarse, a precio de remate, con el enorme edificio.

Barros le aseguró su apoyo, pero como le quedaba poco tiempo en el cargo, le aconsejó vender. Turri, desesperado, buscó un comprador en momentos en que nadie invertía ni compraba nada. En su chacra cercana a la Plaza Pedro de Valdivia, como en otras del barrio, se agolpaban los cesantes para recibir algo de comer; era la peor de las crisis del siglo.

Para su fortuna, la Caja de Empleados Particulares se interesó. Pero antes de cerrar el trato, salido Barros, de nuevo lo quiso ejecutar la Caja de Crédito; aunque tenía la carta de intención y sólo faltaran quince días... Los empresarios que habían arrendado el teatro del edificio, para el cual había una multa por cada día de atraso en la entrega, también estaban inquietos.

Turri, contra viento y marea, sobrevivió hasta el día de la inauguración. Aunque tuvo que vender su chacra la familia se instaló a vivir en un quinto piso del nuevo edificio y su esposa llegó con joyas prestadas al estreno del teatro. Para colmo, la municipalidad no construyó la vereda a tiempo y tuvo que hacerla él.

Pero las cortinas de la sala de espectáculos llegaron a tiempo, y también cumplieron los fabricantes de las grandes puertas del edificio, las que llevan sus iniciales, E.T.

Aunque muchos seguirán pensando que la altura no correspondía a una ciudad chilena, para otros el edificio era un aporte mayor al paisaje urbano de la ciudad, que posicionaba a Santiago entre las capitales progresistas. La controversia llegó a las cartas de la prensa e incluyó al nombre de la plaza; se propuso que se llamara Plaza Turri... Muy pronto, una imagen típica de Santiago en las postales sería este monumental conjunto de edificios que la prensa describió como de líneas severas y simples, pero elegantes.

El arquitecto fue Guillermo Schneider Vergara, un hombre eficaz y de carácter fuerte, muy responsable, al que Turri llegaría a apreciar tanto que a su segundo hijo le dio el nombre de Fernando Guillermo. Turri confió en él y sólo intervino en el aspecto que preocupaba a la ciudad y, en particular, a los eventuales clientes: la resistencia de la construcción. Por ello contrató ingenieros para los cálculos estructurales y hacía apilar sacos de cemento en los balcones volados (otra novedad que atemorizaba a muchos santiaguinos).

Schneider, hombre de formación clásica suya era la hermosa villa italiana donde funcionó muchos años el Instituto Cultural de Providencia, se avino bien a la idea de crear una obra moderna de transición, Art Deco.

Turri perdió más de lo que ganó. Pero la ciudad obtuvo un hito monumental y proporcionado, de una estética fiel a su época; una obra de carácter que configuró la plaza más central de la ciudad.

Por Miguel Laborde
Fotografías, Alex Valdés


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