REVISTA DE LIBROS

Sábado 1 de Julio de 2000

Ana Vásquez:
En la Huella de Ulises

por Pedro Pablo Guerrero

Apesar de las cinco novelas que ha publicado, Ana Vásquez Bronfman se sabe una escritora de circulación restringida. El hecho de vivir en Francia junto a su familia desde hace veintiséis años y el mantenerse alejada de los circuitos literarios - es psicóloga y trabaja en el CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica)- la encasilla todavía como una narradora secreta, por lo menos en Chile. Status que empieza a cambiar con la publicación de su obra más reciente, Los mundos de Circe (Sudamericana), premiada por el Consejo Nacional del Libro. "Parte de mi gran alegría al recibirlo era dejar de ser una escritora confidencial", admite.

- Parece que la "Odisea" la obsesiona: escribió hace años, junto a Ana María Araujo, un estudio sobre el exilio titulado "La maldición de Ulises" y ahora publica "Los mundos de Circe".

- El tema me persigue, pero no lo inventé. Virginia Vidal había escrito antes Rumbo a Itaca. En algún momento hablamos sobre eso. Yo lo encontré en un filósofo hace mucho tiempo, un maestro: Vladimir Yankelevitch. Era un francés contemporáneo de Sartre. Escribió sobre la nostalgia y tomó a Ulises como símbolo del exilio. Me fascinó.

- De hecho, en "Los mundos de Circe" el amante de la protagonista se llama Ulises Gómez.

- Sí, es un personaje que se está yendo siempre. Y eso es característico de los exiliados. Me acuerdo de un muchacho que una vez me dijo que estaba hipotecado con el retorno: ni siquiera podía tener una pareja definitiva porque siempre hacía proyectos para volver en cuanto pudiera.

- Y la hechicera Circe, contraparte femenina de esta novela, ¿de dónde nace su desbordante fantasía erótica?

- Hay gente que hace cosas así, claro que no tan evidentes. Yo creo que uno siempre se inventa otros personajes también, pero no se atreve a ponerlos en escena. Todo el mundo quisiera ser otro, ser más bello, más seductor. Circe se atreve porque vive en su propia isla, es una mujer sola, con dos matrimonios a cuestas. Tiene lo bueno y lo malo de la soledad, que le permite crear espacios sin temor al ridículo.

- Ella trabaja en un instituto de estudios sociales, como usted. ¿Es un entorno tan competitivo y lleno de intrigas como aparece en la novela?

- Cuando empecé a trabajar en los ambientes científicos llegué con la ingenuidad del joven profesional que iba a trabajar por el conocimiento. Y no es así. Tal vez fue así justo después de la Guerra, cuando se crearon los grandes institutos, pero en estos momentos han llegado otras generaciones y descubres que alguna gente lucha por conseguir poder y no por crear ciencia. Lo importante es hacer carrera. Por supuesto, estoy generalizando, pero hay en todo caso una discusión ética muy fuerte.

- ¿Y existe un dilema entre la Ana Vásquez científica y la escritora?

- Yo traté durante mucho tiempo de ocultar el científico social, pero después me di cuenta de que era un error y lo que debía hacer era integrarlo.

- ¿Cuesta mucho?

- Se puede, pero hay una contaminación inevitable del estilo. Un informe científico está escrito en un lenguaje más latoso, nunca puedes afirmar cosas de las que no estás seguro. Tienes que decir "es posible que...". Ese lenguaje a veces pasa a la novela y me quedan algunas frases larguísimas.

- ¿Está escribiendo otro libro?

- Ya está listo, se llama Las jaulas invisibles. Empecé haciendo una saga familiar y no pude continuar porque me sentía desleal, indiscreta. Hasta que un crítico me dijo: "olvídate que es una saga y métete en la cabeza que es una historia inventada". Eso me dio más libertad. No sé como la gente escribe autobiografías e historias familiares con nombres y apellidos.

Pertenecer a una familia judía, ¿le hace preguntarse a veces por este constante desplazamiento de un continente a otro?

- Exactamente. Cuando llegamos al exilio en Francia mucha gente lloraba y decía una frase mítica: "el chileno no está hecho para salir de su patria". Había mucha nostalgia, pero curiosamente yo no la sentía tanto. Ahí me acordé que a principios de siglo mis padres salieron igual de Rusia y no se quejaron nunca, a pesar de la nostalgia.

- ¿Lo llamaría resignación?

- No sé. La gente que viaja a América, que cruza el Atlántico en este sentido, viene para quedarse, porque es una tierra que siempre ha acogido inmigrantes. Ir a Europa es más difícil, allá no te reciben tan fácilmente, pero muchas cosas que oyes, que ves y respiras te hacen volver a la memoria los relatos de tu familia.

Traté durante mucho tiempo de ocultar el científico social que hay en mí, pero después me di cuenta de que era un error y lo que debía hacer era integrarlo.


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