VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 8 de Septiembre de 2012

 
El arquitecto Kul

Trabajó convencido de que la arquitectura es un arte, y que con ella podía ayudar al hombre a ser más feliz.
Andrea Zúñiga Saavedra Fotografías, José Luis Rissetti

En julio de este año se demolió parcialmente una casa en la comuna de Independencia. Ocurre a diario y a nadie le importa mucho; es el costo del desarrollo inmobiliario. Pero esa casa era obra del arquitecto chileno Luciano Kulczewski García, y formaba parte de la población Los Castaños (1930), un conjunto de 84 viviendas situado en avenida Francia, entre Vivaceta e Independencia.

Lo más indignante es que desde 1996 ese conjunto es Zona Típica, una categoría que intenta proteger el patrimonio arquitectónico, y que si bien ha permitido salvar de la picota a numerosos inmuebles, es una condición que todavía resulta un tanto vulnerable.

Según explica Christian Matzner, miembro del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), "dicha entidad fiscalizó en terreno lo ocurrido, comprobando que el dueño de la propiedad no contaba ni con permiso del Consejo ni del municipio para alterar ese inmueble. La situación quedó en el Juzgado de Policía Local para estudiar las sanciones a aplicar, las que pueden ser en dos frentes: vía Juzgado de Policía Local, y/o aplicando la Ley N° 17.288 de Monumentos Nacionales, cuyo artículo 30° establece sanciones de multa que van entre 5 y 200 UTM".

Hace cuarenta años, Luciano Kulczewski también se quejaba, no por el deterioro del patrimonio sino por la fea ciudad que entonces su gremio construía y por el modo en que se desarrollaba la vivienda social. Se lo dijo en 1969, tres años antes de morir, a Enrique Burmeister, entonces alumno de quinto año de Arquitectura en la Universidad de Chile, quien le hizo una extensa entrevista sobre su obra.

"(...) El noventa por ciento de los obreros, o sea el hombre más pequeño en términos económicos, de vida más difícil, más dura, es bondadoso; lejos de ser un amargado, es esencialmente bondadoso. Comprenderá usted el verdadero horror que para mí representa la población José María Caro, donde se pierde la vista en callejuelas estrechas y donde el pobre hombre común, para ir a su trabajo debe maltratarse y perder por lo menos dos horas diarias de su tiempo en ir y venir, en condiciones vejatorias, en una micro indecente, fea y ruidosa. No hace vida familiar ni conversa con sus hijos, en fin. Y como si esto fuera poco, frente a esta población o ciudad callampa, un arquitecto, con un orgullo que debería ser vergüenza, nos cuenta en un enorme letrero que habrá mil casas más iguales. Vivimos en la ciudad más fea del mundo por culpa exclusiva de los arquitectos".

Kulczewski fue un visionario y un arquitecto muy prolífico. En Santiago quedan más de veinticinco obras desarrolladas por él; muchas otras ya han sido demolidas. Pero no sólo la capital conoció su talento; también Arica, Iquique, Tocopilla, Antofagasta, Valparaíso, Reñaca, Zapallar, Viña del Mar, La Serena y Valdivia fueron testigos de su agudeza creativa; la que se expresó en al menos seis estilos arquitectónicos que desarrolló en virtud de las necesidades de cada encargo o propuesta: Neomedieval, Art Nouveau, Neocolonial, Art Decó, Racionalismo y Neoclásico francés. Muchas de ellas ya no existen.

Cuidadoso de los detalles, ponía especial esfuerzo en las fachadas, todas muy bien decoradas, y gran dedicación en los interiores. Y es que para Luciano Kulczewski la arquitectura debía humanizar al hombre, no masificarlo. De eso dan cuenta los diversos conjuntos habitacionales que proyectó, donde las casas son todas diferentes entre sí, con cualidades que hasta hoy destacan quienes tienen el privilegio de vivir en ellas.

El arquitecto Christian Matzner es uno de ellos. Junto a su familia, hace 23 años habita una de las viviendas de la comunidad Keller, entre Manuel Montt y Luis Barros Valdés, en la comuna de Providencia.

"Desarrollado en 1925, este conjunto de 31 construcciones también está protegido como Zona Típica. En él se observan dos tipologías constructivas, de uno y dos pisos, que se van repitiendo alternadamente en fachada continua, generando un juego de entradas y salientes que da ritmo y gracia al total. Pequeños detalles, como arcos de todo tipo en los zaguanes, frontones y ventanas de arco de medio punto hacen que cada cual sea única. A esto se suma el uso de ladrillo a la vista y de estucos, la teja romana y la piedra como revestimiento exterior. También es destacable el tratamiento de los antejardines y sus respectivos cierros, los que incorporan elementos escultóricos artísticos en cemento reconstituido y faroles en fierro fundido y forjado".

Son detalles que a juicio de Matzner demuestran el talento de Kulczewski, y que el Consejo de Monumentos Nacionales se ha empeñado en preservar. "La obra de este profesional es tal vez la más protegida, con tres Monumentos Históricos, siete inmuebles que están en una Zona Típica; cinco conjuntos íntegramente declarados Zona Típica, y tres construcciones de Conservación Histórica. Incluso el Colectivo de Tocopilla está ad portas de ser declarado Zona Típica", sostiene.

Uno de los primeros trabajos de Kulczewski fue el restorán y el roof garden en la cima del cerro San Cristóbal, espacio para el cual también diseñó los muebles, lámparas y glorietas. Pero de eso hoy sólo se advierten los vestigios del Pabellón Fotográfico, llamado también "Casa de las Arañas". Luego vendría la estación del funicular del mismo cerro, inaugurada en 1924 y hoy Monumento Histórico; una suerte de castillo medieval flanqueado por dos torres almenadas, con detalles interiores de figuras mitológicas. Fueron trabajos que lo impulsaron a desarrollar otras propuestas, muchas de ellas vinculadas a la clase media que entonces comenzaba a aparecer.

Por amor al arte

Luciano Kulczewski supo plasmar en sus proyectos una especial sensibilidad, ésa que quienes lo conocieron de cerca aseguran que se expresaba en todos los aspectos de su vida. Y nadie lo conoció mejor que su hija, Mireya Kulczewski Yanquez, quien sentía verdadera admiración por su padre, y transmitió esos sentimientos a sus hijos: Jaime y Cristián Larraín y a su única mujer, Paula Jérez, quien no cumplía los 3 años cuando su abuelo murió. Mireya se encargó de mostrárselo y retratar al hombre que fue su referente.

-Mi abuelo fue extraordinariamente bueno, solidario, muy concentrado en su trabajo y con un gran sentido del humor. Un hombre de valores superiores y de principios muy claros. Creía que cada ser humano era único y distinto de los demás, y por lo mismo se esforzaba en buscar soluciones para darle identidad a través de la arquitectura -dice Paula, quien acepta conversar porque su madre, aunque vive en Chile, está acompañando a sus dos hijos mayores establecidos en España.

-Era un hombre bajito, menudo te diría. Le gustaba vestirse bien, aunque siempre fue muy austero. Era realmente elegante, muy culto, consecuente y también muy cercano a la gente con que se topaba en la calle: el repartidor de diarios, el jardinero, el cartero... Es que era un gran conversador, ameno y divertido -cuenta Paula de su abuelo Luciano, al que cada vez que le preguntaban por su mejor obra, contestaba con orgullo, "mi hija", una joven que se presentó a un concurso de belleza poniendo a prueba la mentalidad abierta de su padre; él demostró que la tenía y ella salió coronada Reina Zig-Zag 1948, para más tarde convertirse en actriz.

Paula cuenta que en la casa de su abuelo nunca nadie levantó la voz, aunque reconoce que razones había para que no todo fuera miel sobre hojuelas. "Mi abuelo hizo casas para gente de alto nivel económico, pero no sabía cobrar, se le olvidaba hacerlo y le pagaban poco", dice, y en este punto reconoce la personalidad de su abuela, Lucía Yanquez, una mujer fuerte que entendió que su marido trabajaba por amor al arte. "Ella también era muy especial. Imagínate que en sus últimos años de vida, Luciano tuvo una amiga y mi abuela nunca dijo nada. Al morir mi tata, mi abuela mandó a mi madre y a mi tío a darle el pésame a esa señora que estaba sufriendo tanto. Ella fue así", sostiene Paula.

Atípica y de fuerte carácter, Lucía fue la que en 1978 viajó a Francia en compañía de otros familiares para cumplir con la última voluntad de Luciano. Lo hizo llevando sus cenizas en un sobre cerrado con scotch, y allá esparció un poco en el cementerio Père Lachaise, otro poco cerca de la tumba de Chopin y las últimas las tiró al río Sena.

Kulzcewski sufrió por casi dos décadas de una leucemia que lo tenía sin defensas, no aguantó una bronconeumonia y partió el 20 de septiembre de 1972. "Controlaba su cuerpo y los dolores con meditación; era de un equilibrio extraordinario", dice Paula.

Lo que separó al padre del hijo

-En términos profesionales, nunca congenié con él -declara Jaime Kulczewski Yanquez, el hijo mayor de Luciano a los casi noventa años que parecen mucho menos. También estudió Arquitectura, pero recién titulado siguió su propio camino.

Recuerda a su padre como un hombre muy entretenido, bien informado y encantador, pero también reconoce en él varios defectos. "Era muy verde y mi mamá, una mujer realmente hermosa, se daba cuenta de todo. Él vivía en las nubes. Mi mamá era la raya horizontal de la casa. En realidad nunca fuimos muy unidos. A mí me gustaba mucho el deporte y él era completamente ajeno a eso. Era un intelectual, leía mucho y sagradamente después de almuerzo dormía siesta", recuerda Jaime, quien algunas veces debió cederle su cama al invitado de su padre, Salvador Allende, para que también durmiera un rato. "Tenía muchos amigos y todos de muy diversa condición social; se reunía con ellos en las tardes, porque no tomaba ni una gota de alcohol".

La faceta política de Luciano tampoco fue un punto de encuentro entre ellos. "Sus principios socialistas no los compartía plenamente. Reconozco que, a diferencia de él, yo tenía el signo peso en los ojos. Lo único que de verdad compartimos fue el amor por los perros".

Recuerda la casa que su padre construyó para ellos. La de calle Estados Unidos 201. "Ahí llegué como de cuatro años. Era mágica; una construcción de tres plantas más terraza. En el piso zócalo estaba el taller de mi padre y el garage, un elemento nada frecuente en esa época, donde guardaba su Auburn. En el segundo y tercer piso estaban las zonas comunes y los dormitorios, respectivamente. Había un jardín de invierno, sala de música, una escalera sin baranda, vitrales y una fuente de estilo Art Nouveau entera de mosaicos que tiraba chorros de agua de colores", cuenta.

Allí vivieron varios años hasta que por razones económicas vendieron la propiedad. "Es que muchas veces mi padre financiaba con sus propios recursos las obras que construía. Fue lo que hizo para levantar los edificios de la calle Merced 268 y 84, un concepto absolutamente novedoso para la época", explica.

Ese último fue el primer edificio de departamentos hecho con altos estándares de comodidad, pues incorporó ascensor y calefacción centralizada.

Apenas Jaime se tituló, su padre lo invitó a trabajar con él. "Hicimos un solo proyecto juntos, la urbanización Bellamar, entre Viña y Valparaíso. Después, haciendo otro, él hizo abrir una ventana sólo porque quería luz. Yo era partidario de estudiar el conjunto antes de definir si la ventana era adecuada, pero no quiso. Hasta ahí llegamos juntos. Mi padre estudió en la Universidad de Chile; yo en la Católica, y en muy distintos momentos. Había un problema generacional y creo que también de formación. Nos separamos, y no sabría decirle si a él le dolió. Al menos nunca me lo demostró".

Jaime hizo gran parte de su carrera en Viña del Mar. Lo suyo era el modernismo, una corriente que a Luciano le costó comprender. "Para él ahí no había arquitectura, no había trabajo ni elaboración", explica Jaime. No obstante, años más tarde suscribiría al racionalismo como respuesta a la demanda por viviendas obreras, proyectos que comenzó en el norte a fines de la década de los 30. Ya había ejecutado la Piscina Escolar (1929) en la ribera norte del Mapocho, cubierta y temperada, rodeada de interesantes detalles Art Decó. De esa misma época son la Población Leopoldo Urrutia y Los Castaños, y de un período anterior son el Conjunto Keller y la Población Madrid, así como también diversas viviendas unifamiliares. Entre ellas Villa Mireya, en Zapallar, donde descansaba junto a su familia; la casa que le hizo a una de las hermanas Yanquez en la calle Huelén, y la de su hermano Gastón en Avda. Libertad, en Viña del Mar.

Todas sus obras reflejaron su pensamiento humanista, el mismo que llevó a Kulczewski a integrar el movimiento socialista de la Federación de Estudiantes de la U. de Chile, y años más tarde, en 1933, a sumarse a la fundación del Partido Socialista. Desde esa vereda lideró la campaña presidencial de Pedro Aguirre Cerda, quien había sido su profesor de castellano en el Instituto Nacional. Fue él quien en 1939 lo nombró administrador de la Caja de Seguro Obrero Obligatorio. Desde ahí buscó, a través de la arquitectura, mejorar la calidad de vida de la gente y así contribuir a su felicidad.

Cuestionada su gestión por sectores políticos de oposición, en 1941 presentó su renuncia al cargo y volvió a trabajar de manera independiente. Ya era una figura reconocida, aunque como recuerda Jaime Kulczewski: "El reconocimiento no era general. Lo apreciaba mucho un determinado grupo de personas, gente de alto nivel intelectual más que económico".

Culto al arquitecto Kul

Al parecer son los jóvenes quienes lo redescubren una y otra vez, manteniéndolo siempre vigente. Son ellos, los que caminan la ciudad, quienes se asombran con las gárgolas, los torreones, los vitrales y otros detalles decorativos que nos legó Kulczewski.

Años atrás fueron los periodistas Sergio Paz y Alberto Fuguet los que destacaron su obra; el primero la honró en sus columnas de opinión y el segundo la incluyó en su película "Se arrienda". Incluso, juntos planeaban un libro que todavía está pendiente.

Hoy, a 40 años de su muerte, hay toda una nueva generación fascinada con la obra de este arquitecto; jóvenes que lo transforman en ídolo, y que están usando las nuevas plataformas comunicacionales para difundir el patrimonio arquitectónico y acercarlo a los ciudadanos.

Ejemplo de esta generación son los alumnos de la Universidad Tecnológica Metropolitana, UTEM, Miguel Rebolledo y Jorge Díaz. El primero estudia Diseño Industrial y el segundo, Arquitectura, y a tal punto llegó su entusiasmo por la obra de este arquitecto que crearon el proyecto "Integración multidisciplinaria para la puesta en valor del patrimonio arquitectónico a través de la implementación de las Tic's (tecnologías de la información y comunicación)", una propuesta que está en desarrollo, y busca convertirse en una ruta patrimonial 2.0.

Como Santiagokul ya tienen cuenta en las redes sociales, donde han constatado la fuerte adhesión que la obra de Kulczewski despierta entre los jóvenes. "Son muchos los que se identifican con su trabajo, y al sentirlo un poco under lo transforman en un personaje mítico, en un verdadero ídolo", sostienen.

Jaime Kulczewski recuerda que fue a fines de la década de los 70 cuando jóvenes alumnos de arquitectura se comenzaron a interesar en el trabajo de su padre. "Recién entonces empecé a ver su obra con otros ojos y me sorprendí con su talento. Cada vez que me preguntan por él lo redescubro. No lo valoré en su justa medida mientras estuvo vivo. Y si lo tuviera al frente hoy, le diría que es un genio".

 


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Esta casa pertenece al Conjunto Keller, situado en la comuna de Providencia. Fue proyectado a la manMerced 84. De seis pisos y terraza, fue uno de los primeros edificios residenciales con ascensor y calefacción central.era de ciudad-jardín en 1925.
Esta casa pertenece al Conjunto Keller, situado en la comuna de Providencia. Fue proyectado a la manMerced 84. De seis pisos y terraza, fue uno de los primeros edificios residenciales con ascensor y calefacción central.era de ciudad-jardín en 1925.


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