EL SÁBADO

Viernes 25 de Julio de 2003

PEDRO IBÁÑEZ, DUEÑO DE CÓRPORA, HOTEL EXPLORA Y UNIVERSIDAD ADOLFO IBÁÑEZ
Empresario de sus sueños

Tiene una universidad en la punta de un cerro y un hotel en el fin del mundo. Hijo de un prohombre de la derecha liberal y nieto de un comerciante visionario, Pedro Ibáñez Santa María se mueve por el mundo con un pie en su querido Chile y el otro quién sabe dónde. Él se dedica a lo que lo entretiene y el resto de los negocios los tiene en manos de sus ejecutivos. "Si a la edad de uno no se puede hacer lo que a uno le gusta, quiere decir que está jodido. En ese sentido, yo soy muy afortunado".
Texto: Ximena Pérez Villamil

Fotos: Juan Francisco Somalo

Los pimientos lo tienen preocupado. Tuvieron que arrancar tres de uno de los patios de la Universidad Adolfo Ibáñez, porque alguien por error les echó ácido y se secaron. Observa lo que queda de ellos. Ramas secas junto a una retroexcavadora. Como es un perfeccionista, seguramente en un par de días habrá pimientos nuevos.

Él mismo los había traído. Le preguntamos si de su fundo en Panquehue, cerca de San Felipe, pero él divaga: "Hay gente que tiene hileras de pimientos...". Y quedamos ahí, sin saber si los compró o eran suyos.

Llegar al fondo de un asunto con Pedro Ibáñez puede ser misión imposible. Lo que a él le importa no es, precisamente, lo que al chileno común y corriente le interesa. Tampoco lo que a los empresarios tradicionales les interesa. De cifras –sean exportaciones, ventas o platas– ni hablar. La palabra fábrica, por ejemplo, le da urticaria: "Facilidad productiva la llamo yo, porque fábrica no sé lo qué es". En realidad, lo sabe, ya que tiene varias, pero el concepto le suena a siglo diecinueve.

Viajar es uno de sus placeres. Pero, ojo, él no hace turismo. La distinción es de suma importancia: "El viaje es lo inesperado; el turismo, lo planificado". Pasa, al menos, diez días del mes fuera de Santiago. Va a San Pedro de Atacama y a la Patagonia muy seguido. Allá tiene sus hoteles Explora, quizás lo más sofisticado que ofrece Chile a los viajeros que han visto mucho y quieren sorprenderse. Él les ofrece un concepto que ha acuñado y le encanta: "Lo remoto, que es el viaje máximo, que se acaba ahí y no te quedan ganas de ver más".

Escuchándolo pareciera que el dinero le es algo tan lejano como el planeta Marte, el que probablemente le interese bastante más de lo que uno supone. "La cuestión de la tasa, de la rentabilidad es penca. No voy a andar hablando de plata", responde como si el tema fuera pecaminoso. Tal vez no quiera que se conozca demasiado lo que hacen o ganan sus empresas. Vaya uno a saber con Pedro Ibáñez Santa María.

Con pinta de galán senior, tiene 58 años, este hombre sabe el nombre de cada especie sembrada en los cerros que rodean su impresionante universidad. En su casa de San Damián plantó palmeras una y otra vez hasta que se dieron. Una afición heredada de su padre, que dirigía la poda del jardín de la casa en el Cerro Castillo, de Viña, como si fuera una ceremonia tan importante como el discurso de apertura en el Senado. Y de su abuela Graciela Ojeda, quien en el campo de Panquehue que heredó Pedro, contrató al famoso paisajista vienés Oscar Pragger para que la ayudara.

La naturaleza lo sorprende y lo conmueve. Y quiere que sus alumnos estudien conectados a la belleza. Por eso, compró 100 hectáreas en Peñalolén y junto al lápiz del arquitecto José Cruz, uno de los autores del aplaudido pabellón de la Expo Sevilla, levantó un edificio blanco que posiblemente tenga una de las mejores vistas de Santiago. "Desde aquí se ve la cordillera, el centro, la Quinta Normal, el valle de Santiago, que fundó Pedro de Valdivia. O sea, la historia de Chile", comenta él.

¿Habrá otro empresario a quien le preocupe dónde miran sus alumnos? ¿Otro que se haya atrevido a instalar una universidad en la punta de un cerro? Porque ahí está la Adolfo Ibáñez, que debe su nombre a su abuelo. En la cota 900, casi al límite de lo permitido para construir en Santiago. Llegar hasta allá implica no sólo subir tres curvas pavimentadas de cerro, sino también pasar por poblaciones, por la entrada de la famosa toma de Peñalolén y por barrios de mayores recursos: "Es una mezcla bonita de lo que es el país. Desde el punto de vista de formación para los alumnos, es muy importante".

Negocios en familia

Proviene de una familia con peso político y económico. Su padre fue un prohombre de la derecha, quizás desconocido para las generaciones jóvenes, pero fundamental en el nacimiento de la derecha liberal. Presidente del Banco del Estado en el gobierno de Jorge Alessandri, senador por Valparaíso, Pedro Ibáñez Ojeda fue uno de los fundadores y financistas de lo que primero se llamó MUN y, más tarde, Renovación Nacional. Fue el padrino político de Andrés Allamand, quien lo adoraba: "Era como mi segundo padre y tenía una visión global de las cosas, pero también podía ir a los detalles mejor que nadie". Allamand sostiene que ese rasgo lo heredó Pedro, quien debió asumir los negocios de la familia cuando su papá se dedicó a la política, porque era el mayor de cinco hermanos.

Su abuelo, Adolfo Ibáñez Boggiano, fue un comerciante –le encanta esta palabra a su nieto– visionario, creador de lo que hoy se conoce como Córpora Tres Montes. En su época importaba café y té, a los que agregó, después de la Primera Guerra Mundial, ­almacenes que con los años se convertirían en la cadena Almac. Él dejó un fondo para crear una escuela de negocios, algo impensado en su época, que concretó su hijo Pedro Ibáñez Ojeda en 1953.

Aunque le carga entrar en detalles sobre quién es dueño de qué en su familia, Pedro Ibáñez Santa María cuenta que a mediados de los ochenta, su tío Manuel Ibáñez Ojeda tomó posesión de los supermercados. Los mismos que hasta hace poco manejaba su hijo Nicolás Ibáñez Scott –primo de Pedro– bajo el nombre de D&S. Mientras, su rama, la de los Ibáñez Santa María, se quedó con Córpora y las Conservas Aconcagua.

No existen participaciones cruzadas, excepto en la universidad. Allí los dueños, que forman parte de la junta directiva, son Pedro, su tío Manuel y su hijo Nicolás. Córpora, que es la mayor fabricante de jugos en polvo en Chile con las marcas Zuko, Yupi, Tang y Hickory Hill, de los cafés Monterrey y Coronado, té Orjas, cremas Van Cook, Conservas Aconcagua, las viñas Gracia, Porta, Agustinos y Veranda, y la fábrica de envases de lata Inesa, pertenece mayoritariamente a Pedro.

–¿Es muy complicado el cruce de negocios y familia?

"No sé, porque no he tenido la experiencia. Yo tengo Córpora y la dirijo yo, aunque tengo de accionistas minoritarios a algunos hermanos míos".

–Cuando ha habido problemas entre la cadena D&S y los proveedores, ¿usted es primo de Nicolás Ibáñez o un proveedor más?

"Un proveedor más".

–¿Nunca ha tomado el teléfono para plantearle su molestia cuando Líder cambia las condiciones y fija plazos de pago más largos o exigencias muy duras para los proveedores?

"Nunca lo he llamado".

Se le nota incomodísimo. Y más cuando se le consulta cómo se hace en una familia cuando a un hermano le va bien como a él y a otro no, como a José Luis, el ex dueño de Frupac, Ladeco, Alta y Au Bon Pain, la cadena de sándwiches que acaba de cerrar. "Esas cuestiones no las puedo contestar, no tengo idea de qué es lo que se hace".

Sin duda, Pedro Ibáñez vivió un momento complicado cuando José Luis estaba a la cabeza de Ladeco. Córpora era una de las socias de la aerolínea y cuando esta comenzó a perder plata, José Luis debió alejarse. Su hermano Pedro tomó las riendas del negocio y terminó vendiéndole las acciones de Ladeco a Sebastián Piñera.

Adela, la única hermana mujer de Pedro Ibáñez, afirma que los hermanos se siguen viendo. Aunque no funcionan como un clan que se reúne todos los domingos, cuenta ella que es una de las directoras de la Sociedad Protectora de la Infancia, ya que Pedro viaja mucho y sube cerros y volcanes, pasión de la que también disfruta José Luis. Los hermanos, además, son compadres: tienen ahijados cruzados.

La actividad que comparten, aunque no todos, es pasar la semana del 24 al 31 de diciembre en Puerto Velero. "Va mi familia, Gonzalo (el diputado de la UDI, abogado y doctor en filosofía de la Universidad de París), sus cinco hijos; Pedro, su mujer, Elisa Bulnes (hija de Francisco Bulnes, otro prohombre de la derecha), y sus seis niños; y los tres hijos de Adolfo (historiador que tuvo un centro de estudios, pero que ahora trabaja solo y está por lanzar un libro)", cuenta Adela Ibáñez.

Hombre de extremos

–¿Despegó por fin la economía?, le preguntamos a Pedro.

"No creo, porque las circunstancias han demostrado que nuestro problema va más allá de las crisis externas. Tenemos un problema interno. Una parte de los recursos de los chilenos está siendo intermediado por el Estado, que ha demostrado ser muy ­ineficiente. El gasto público se ha duplicado en la última década y vemos que ese enorme volumen de recursos no se está manejando bien. En vez de subir los impuestos, debieran traspasar los recursos en educación y salud a la población mediante subsidios directos".

–El modelo de la Concertación, a su juicio, no funcionó.

"El modelo concertacionista nos ha llevado a esto. El país venía con un vuelo (del gobierno militar) y ese vuelo se acabó. Estamos pagando las consecuencias. No pierdo las esperanzas que se den cuenta y tiendan a creer más en la gente, lo que significa pensar que los privados son capaces de manejar los recursos y que no necesitan gente del Estado".

Repara en el uso del término "la gente" y dice que aunque la Alianza por Chile –de la que es, por cierto, partidario– lo utiliza, él no lo hace: "Es muy peyorativo, yo prefiero ciudadanos".

–¿Se desinfló Lavín como candidato debido a su gestión alcaldicia?

"Donde lo pongan va a ser un buen alcalde. Es un tipo que sabe administrar, que si hace cosas más efectistas o menos efectistas, no sé. Lavín es muy bueno para manejar los recursos, que son siempre escasos. Lo está haciendo bien".

Pedro Ibáñez no pertenece formalmente a RN. Afirma que no está metido en política: "Si uno quiere participar en la vida pública hay actividades como la universidad que son tanto o más atractivas que la política".

Es que si algo distingue a Pedro Ibáñez –ingeniero comercial de la Escuela de Negocios Adolfo Ibáñez–, es que todo lo que hace es diferente, singular, único. Córpora, por ejemplo, fue una de las primeras empresas chilenas en incursionar en Rusia. Y a lo grande. En 1996, sus ventas llegaron a representar el 70 por ciento de lo que le vendió Chile a Rusia. El fuerte fueron los jugos en polvo. La publicidad que hacía Yupi en el puente más importante de Rusia lo convirtió en el puente Yupi.

Las cosas cambiaron drásticamente un año después. Debido a la caída del consumo, Córpora apenas vendió seis millones de dólares versus los 91 millones de 1996.

De allí en adelante, nunca más se supo de lo que pasaba en esos lejanos parajes con la empresa chilena. De las 11 oficinas, sólo queda una en Moscú. Y la planta en Riga, Letonia, en la que, según informaciones de prensa, se invirtieron 15 millones de dólares. En Cantón, China, hicieron una prueba, pero la burocracia estatal pudo más y dejaron ese mercado.

Córpora perdió plata en Rusia. Según su dueño, nunca construyeron una "facilidad productiva" –fábrica para el común de los mortales– como apareció en los diarios de la época.

Asegura que no fue una apuesta equivocada: "Ha resultado buena, tenemos un ­vo­lumen atractivo, aunque probablemente no hemos recuperado el nivel que teníamos". A juicio de quienes conocen el negocio, Córpora obtiene utilidades, pero por ser una empresa cerrada, es imposible saber su monto.

La Viña Gracia fue pionera con sus etiquetas atrevidas y nombres tan peculiares como Reposado, Caminante, Sereno y Por Qué No. Nuevamente, Ibáñez apeló a los extremos, plantando viñas en Aconcagua por el norte y Biobío por el sur.

Esta condición le ha valido ser varias veces premiado: Icare lo nombró el empresario de 2002 y la Cámara Nacional de Comercio le acaba de entregar la semana pasada la distinción Diego Portales. "Él era un gran comerciante", cuenta el homenajeado. "Tenía negocios con Perú, con China".

En la construcción de la Universidad Adolfo Ibáñez se invirtieron aproximadamente 20 millones de dólares. No toda fue plata de los dueños, ya que algo aportó el fondo dejado por el abuelo, la misma universidad y alguno que otro crédito bancario.

Por cierto, esta universidad parece más gringa que chilena. Sus 2.300 alumnos –de los cuales 1.700 están en Peñalolén y los otros en Valparaíso– entran a estudiar una licenciatura en ciencias sociales, ciencias o humanidades durante cuatro años. Después se ­especializan un año en las carreras de periodismo, derecho, psicología o ingeniería ­comercial. A punta de ensayos, deben aprender a hablar y a escribir como Dios manda. El inglés es obligatorio durante ocho semestres, gracias a un convenio con el Berlitz. También, el deporte dos veces por semana. Da envidia pensar que por un buen cuidado sendero del cerro, los estudiantes llegan hasta las canchas de los ex alumnos del Grange, con las que tienen otro convenio, a practicar deportes inusuales para universitarios como golf, tenis, rugby, hockey, paddle, fútbol y natación.

No es fácil entrar a la Adolfo Ibáñez. Es la tercera después de la Católica y la Chile en promedio de PAA. Y no es barata; cuesta 16 UF mensuales. "Desgraciadamente el sistema chileno es muy discriminatorio, el Estado no les da apoyo a los alumnos que quieren venir a las universidades privadas, lo cual nos parece sumamente injusto. Porque hay universidades como esta donde se imparte una educación de muy alta categoría y los alumnos de menos recursos se privan de poder venir acá".

Al igual que sus Explora, la sede de Peñalolén es como estar en otro mundo. Bella, sofisticada, pura.

Y con la derecha liberal en pleno en sus aulas: Andrés Allamand es el decano de la Escuela de Gobierno y director de Desarrollo; Lucía Santa Cruz maneja el Instituto de Economía Política, que antes estuvo en manos de Carlos Cáceres; Andrés Benítez, ingeniero comercial, de 42 años, que fue director de Las Últimas Noticias y editor de "Economía y Negocios", de El Mercurio, ocupa la rectoría. Por la Concertación, José Joaquín Brunner, director del magíster de políticas públicas, y ­Ascanio Cavallo, decano de la Escuela de ­Periodismo.

La universidad tiene feliz a Pedro Ibáñez. Lo refleja hasta en la última piedra que, ­seguramente, escogió personalmente. Los Explora también. Córpora la ha dejado en manos de sus ejecutivos. Él es de los empresarios que le da manija a su gente, que deja hacer. Excéntrico, volado, original, como lo definen sus pares, Ibáñez está consciente de que las locuras no van de la mano de los negocios.

Aunque en un momento, mientras posa como el mejor modelo para las fotos de "El Sábado", nos mira y sonríe. "Si te contara las cosas locas que se me ocurren. Es que los Ibáñez somos de Valparaíso".

El porteño, al día siguiente de la entrevista, partía a Atacama. "Si a la edad de uno no se puede hacer lo que a uno le gusta, quiere decir que está jodido. En ese sentido, yo soy muy afortunado, porque puedo dedicar tiempo a las cosas que me gustan y en eso soy muy celoso".


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Foto:Juan Francisco Somalo


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