EL SÁBADO

Sábado 20 de Agosto de 2011

 
Raquel Correa off the record

El 1 de septiembre, una de las entrevistadoras más influyentes de Chile lanzará sus memorias -Raquel Correa off the record. Vivir para preguntar-, escritas por el periodista Rodrigo Barría bajo el sello editorial de El Mercurio-Aguilar. Aquí adelantamos uno de los capítulos más importantes de su vida.  
 Demoró en llegar el hijo.Sucedió después de siete años de matrimonio, y desde entonces, Juan Eduardo Amenábar Correa ha sido la felicidad más grande en la vida de la periodista. Una alegría que, sin embargo, ha debido matizar con la preocupación, angustia y desvelos de estar a cargo de un chico que enfermó de pronto y que no se curaría más.De pequeño, Juan Eduardo jugaba como uno más entre sus primos. De todas maneras, los padres se daban cuenta de que el niño mostraba cierta lentitud en aprender y moverse como lo hacían los otros pequeños. No era nada muy evidente y poco hacía suponer algo más serio.Hasta que el espanto se asomó en la mañana de un día sábado. El matrimonio estaba remolón en su cama cuando, de pronto, un grito seco y potente llegó desde la pieza del niño, de entonces apenas tres años y medio.El pequeño estaba convulsionando en su cama hasta que quedó quieto y rígido.Asustados, lo tomaron y partieron rumbo al Hospital Luis Calvo Mackenna. Raquel iba en bata de levantarse sin saber si su hijo inconsciente estaba vivo o muerto.Cuando llegaron al centro asistencial, tuvieron la fortuna de que estaba el pediatra que había atendido al niño en sus primeros años y que luego se había especializado en neurología infantil.El galeno revisó con esmero al pequeño. Cuando terminó, llamó a los padres y les entregó un diagnóstico que resultó demoledor: se trataba de una epilepsia y, como mínimo, el pequeño debería estar cinco años medicándose.Y así fue.Durante ese lapso, Juan Eduardo estuvo tomando una serie de pastillas, y gracias a ello no tuvo otra crisis. Hasta que decidieron quitarle los remedios.Dado de alta, el niño ahora sí parecía destinado a una vida de normalidad.Sin embargo, los años que siguieron fueron de mayor angustia para los padres con una serie de crisis que derivaron en un agravamiento del pronóstico original. El asunto había resultado en una psicosis epiléptica.El nuevo doctor que ahora atendía al pequeño, miró a los padres y lanzó una frase que hasta hoy recuerda la madre.-El diagnóstico es grave y el pronóstico gravísimo -dijo el facultativo.De inmediato el desarrollo intelectual del pequeño fue cuesta abajo. Entonces aparecieron todas las complicaciones derivadas del que parece distinto a los demás: las burlas y la crueldad en el trato.Juan Eduardo se convirtió así en un eterno "niño grande".La madre nunca supo su CI. Sólo se conformó con su espíritu generoso, siempre lejano de la rebeldía o la falta de respeto. Por supuesto, a la mamá no le fue fácil aceptar que el niño no tendría las mismas posibilidades de desarrollo que sus primos, pero con los años se resignó y al final de la ruta ha terminado por convencerse de que lo suyo, más que una maldición, en realidad ha resultado ser una bendición de cercanía eterna con ese hijo que jamás se fue ni se irá de su lado y que la obligó, como ella misma ha confesado alguna vez, a ser "mamá por siempre".Eso sí, su gran tormento ha sido pensar qué será de Juan Eduardo cuando ella ya no esté. Y ha sido una preo-cupación que la ha tenido muchas noches despierta y sin llegar a una respuesta clara. Por eso le sirvió como resignación lo que una vez su amiga y compañera de universidad, Malú Sierra, le dijo con dureza y realismo: "No te inquietes con un futuro que probablemente no llegue. Quizás el niño muere primero y tú sigues atormentándote".Desde entonces, Raquel ya no le ha dado tantas vueltas al asunto.Y aunque tiene resuelto el tema económico del heredero, aún no sabe ni decide con quién estará si es que ella llega a morir.(...)Desde siempre, Raquel fue una madre que, lejos de la indulgencia, se puso en la vereda de la estrictez. Y fue una discusión que mantuvo por años con su esposo, más afín de que ambos fueran más condescendientes con el niño. Pero la periodista siempre se negó.-Si es capaz de dar cinco, le pediré cinco. Y si puede siete, entonces le exigiré siete -le respondía ella.Mientras el papá jamás siquiera le levantó la voz al hijo, Raquel en más de alguna oportunidad hasta le dio algún coscacho a modo de reprimenda.La madre, eso sí, tardó años en resignarse a que su hijo tendría una vida diferente a la del resto de los niños. Por lo mismo, se animó a postularlo a los Padres Franceses de la Alameda. Era lógico escoger ese establecimiento: ahí habían estudiado los tíos de Juan Eduardo y la periodista quería seguir la tradición educacional de los varones Correa Prats.Fue así como lo llevó a las pruebas de ingreso.-¿Quién es la madre de Juan Eduardo Amenábar? -preguntó al rato una de las profesoras que salió del aula donde se realizaban los exámenes. Entonces, la «tía» le dijo a Raquel que había un problema.-El niño no está respondiendo las instrucciones básicas que le estamos entregando -le dijo a la periodista.El examen terminó abruptamente. Madre e hijo salieron a la Alameda y tomaron una micro para regresar a casa.Fue un recorrido aterrador para la mamá.Sentada en ese viejo vehículo de la locomoción colectiva, subiendo por Providencia y con Juan Eduardo a su lado, pensó de verdad que no sería capaz de salir adelante con el desafío que le imponía el cuidado de su pequeño.Para Raquel ese trayecto en micro es uno de los instan tes más oscuros de su vida. Incluso, mientras miraba con tristeza abrumadora por la ventana, apareció uno de los edificios más altos del sector y pensó bajar del vehículo, subir a la azotea y lanzarse con su hijo para que todo terminara de una buena vez. Por eso, hasta hoy se atemoriza al rememorar ese momento en que flaqueó como nunca en su existencia.Pero la resignación se fue imponiendo con el tiempo. Y se fue acomodando a un duro estilo de vida que ha tenido al hijo durante años tomando diez pastillas y media todas las noches, más el agregado de algunas cuantas más cada mañana.El niño creció y fue capaz de realizar una vida relativamente normal, considerando las limitaciones a las que estaba sometido por la enfermedad.Estuvo algún tiempo en el colegio Marshall. Años después, cuando cumplió 18, ingresó a unos talleres dirigidos a personas con dificultades en el aprendizaje, algunos de ellos con síndrome de Down.Ahí, el muchacho, poco a poco, fue asumiendo el rol de mensajero en el instituto.Convertido en una suerte de estafeta, y mientras el resto de sus compañeros estaban en distintos aprendizajes, él se paseaba por diversos bancos haciendo depósitos o pagando cuentas. Juan Eduardo se movía con autonomía por distintas partes de Santiago.El asunto, sin embargo, preocupó a los padres, los que fueron al establecimiento para exigir que limitaran los desplazamientos del muchacho.Lo cierto es que a Raquel no le agradaba mucho la idea de tener a su hijo en medio de otros chicos con problemas como el Down.En silencio, y algo avergonzada, reconoce que tuvo una etapa llena de prejuicios, hasta por un tema "visual" con esos niños. Años después se reconciliaría con ellos y, casi más importante, consigo misma al aprender a quererlos de manera sincera.Juan Eduardo tuvo pololas. Claro, eran relaciones en que los únicos momentos de cercanía amorosa se producían cuando les sacaban una foto y los enamorados se abrazaban para después cada uno seguir por su lado como si nada.Raquel hasta se encargó de hablar sobre sexo con su hijo. El padre, avergonzado, prefirió delegar en su esposa la complicada tarea de conversar un asunto que resultaba aún más complejo en la situación médica que enfrentaba Juan Eduardo.El muchacho también trabajó como reponedor en un supermercado. La madre apenas se atrevió a ir a verlo una vez al trabajo.-Mamá, cómpreme un Condorito -le pidió él apenas la vio en una de las góndolas del recinto.-Juan Eduardo, acá yo soy una clienta -le dijo ella en tono serio.-Entonces, señora, cómpreme un Condorito -le respondió él con ingenio.Un día, llamaron a Raquel desde el supermercado y le avisaron que fuera a buscar a su hijo. Juan Eduardo estaba solo, llorando. Nunca supieron qué le había pasado, pero desde que dejó de laborar -hace ya una década- nunca más volvió a moverse con igual autonomía. Ahora, si es que sale, siempre lo hace acompañado.(...)Quizás el único lugar en donde el hijo se siente verdaderamente a gusto es en la casa del campo, aunque después del terremoto del 27 de febrero de 2010 quedó atemorizado con el zacudón.Difícil saber si el hijo tuvo real conciencia del prestigio profesional que logró la madre. La periodista, eso sí, recuerda nítida una vez en que llegó a la casa y el niño hizo un anuncio que la dejó helada.-¡Llegó la Raquel Correa! -avisó fuerte.Fue duro sentirse como un personaje lejano para su propio hijo.Mientras Juan Eduardo sigue hoy con sus gustos por los libros de cocina y su obsesión de que es un ladrón y que algún día se lo llevará detenido Carabineros, la madre ha confesado que alguna vez pensó en tener otro hijo, pero que las dificultades que tuvo con el primogénito amainaron sus planes.Además, a Juan Eduardo la idea de un hermano tampoco le hacía mucha gracia porque, según ha dicho en cierta ocasión, "me rayaría los cuadernos".Quizás el mayor dolor familiar de Raquel Correa sea no haber podido repetir la experiencia de una prole tan extensa como en la que ella creció.Por supuesto, también ha pensado en que jamás tendrá la posibilidad de tener un nieto en su regazo al cual malcriar.Y, en ocasiones, también extraña el haber podido discutir intelectualmente con un hijo de igual a igual.En sus preferencias de lo que pudo ser y no fue, ella lo tiene claro: le habría fascinado un hijo médico.-Después de Dios están los doctores -ha dicho la reportera en clara admiración hacia los galenos.¿Y un hijo periodista? Por ningún motivo. Para ella se trata de una profesión plagada de sacrificios, y por eso jamás habría deseado un descendiente que se desempeñara en el mismo oficio que ella.Pese a la dura experiencia con la enfermedad de su hijo, Raquel Correa nunca se enfadó con Dios. Eso sí, y pese a que fue criada en el catolicismo severo de su hogar, poco a poco se fue alejando de la fe.(...)En un trabajo arduo, pedregoso y en donde ha mezclado corazón y cabeza, la periodista, poco a poco, ha vuelto a sentirse en calma consigo misma y con Dios. Eso sí, hay cosas que no han cambiado y, según ha dicho, ni en su lecho de muerte aceptará, por ejemplo, el dogma de la Asunción de la Virgen.Creyente en vida más allá de la muerte, a la periodista la asusta especialmente la idea del juicio final. Pero espera que se haga una buena evaluación de lo que ha sido su existencia y que por eso lo más probable es que termine en un paraíso que se imagina no libre de complicaciones.Tiene claro que habrá muchas nubes y los mejores hombres y mujeres se instalarán más cerca de Dios, pero aún no sabe bien cómo se repartirán, por ejemplo, los seres queridos.-El viudo que se casó nuevamente, ¿con cuál de sus dos mujeres estará acompañado en el cielo? -se pregunta en una mezcla de fe y racionalidad.  

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Foto:ALBUM PERSONAL RAQUEL CORREA


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