EL SÁBADO

Sábado 7 de Enero de 2006

Carla Cordua, filósofa y escritora
Tengo una vocación para complicarme la vida

Carla Cordua, filósofa y escritora.
Por Margarita Serrano
Fotos: José Alvújar

"Yo soy muy callejera", dice esta mujer alta, de pelo blanco y sonrisa contagiosa, mientras prepara café en una cocina grande en la que se maneja con mucha soltura. "Y a mi marido le carga que sea tan callejera. Pero no tengo vocación de sumisa...".

Lo dice entre risas, pero seriamente. Sin embargo, suena muy loco, porque no estamos frente a una vedette de 30 años, sino a una filósofa de 80, que ha escrito 12 libros de reflexión filosófica ­de esos tan difíciles que sólo leen los académicos­, que es catedrática de universidades en varios países, que sabe seis idiomas, que es miembro de la Academia de la Lengua y que lleva 50 años casada con otro filósofo, Roberto Torretti.

­Este invierno estuve muy enferma y él estaba feliz porque no me movía de la casa.

Y es cierto que Carla Cordua tiene alguna actividad fuera de su casa todos los días. Trabaja en el Instituto de Filosofía de la Universidad de Chile y como ya no quiso hacer clases, hoy se dedica a la realización total de la Revista de Filosofía. No tiene secretaria ni asistente, la hace de tapa a tapa, con la autonomía que parece tener en todo. Además, va a Concepción a dar la clase magistral de la inauguración de la Escuela de Verano de la Universidad de Concepción, o a presentar un libro, o a un cóctel de despedida del año que se fue. Pero siempre está relacionada con gente y eso le encanta. "Pero mi marido es un ermitaño y su único contacto con el mundo soy yo...".

Porotos y conferencias

Viven en una casa de tres niveles en Los Dominicos. El jardín es tan frondoso que la casa no se ve. Y luego está la entrada al segundo piso, amplio, luminoso, con una living y un comedor separados, una cocina grande, una pieza de alojados y la pieza de Carla. En el tercer piso está lo que ella llama "la sala de máquinas" de su marido, con todo tipo de computadores, impresoras, escáners... Y su dormitorio. "Porque él se levanta a cualquier hora, escribe a las dos de la mañana si quiere, o lee o se pasea. En cambio yo duermo muy poco, sólo cuatro horas al día, así es que las cuido mucho".

También está el escritorio de Carla en ese tercer piso de Torretti. Ahí escribe sus conferencias, sus libros, sus discursos, sus correos electrónicos con profesores y amigos de todo el mundo.

­¿En qué momento piensa?

­Cuando estoy en la casa. Duermo muy poco, eso me ayuda harto. Entonces tengo mucho tiempo para hacer todo. Me levanto a las seis de la mañana, ordeno toda la casa, y cuando llega la muchacha que viene tres veces a la semana, sólo hay que limpiar. Yo cocino todos los días, para todos. Me encanta cocinar. Es mi gran distracción.

Deja hechos los porotos granados o las berenjenas a la italiana y se instala en su escritorio. Pero en realidad, cualquiera de las piezas de su casa le sirven para consultar y leer, porque todas las paredes ­literalmente todas­ son bibliotecas. Hay más de ocho mil volúmenes, en todos los idiomas, ordenados por autor, por tema, por años... Está Spinoza, Hegel y San Agustín en el comedor, y están los franceses y los alemanes en el living, y en los dormitorios, y en el pasillo, y en la cocina... Están todos y más todavía. Roberto sólo escribe libros en inglés. Y aprendió griego, cosa que ella no hizo.

No parece una pareja chilena. El silencio y la paz que dan esas paredes tapizadas de libros leídos, la falta de interrupción de una empleada o de un niño ­a pesar de que tienen dos bisnietas que vienen a veces a la piscina­, hacen que uno se vaya sintiendo más y más en una dimensión desconocida.

No es sorprendente saber que vivieron casi 30 años en el extranjero. Allí fue donde la energía doméstica se combinó con la intelectual y produjeron a esta mujer con un curioso equilibrio entre sabiduría y encanto.

Se había casado a los 18 años porque estaba aburrida en su casa, pero confiesa que se equivocó. Tuvo su único hijo, Cristián, y se separó. Volvió a su casa, con guagua y sin un peso, y decidió entrar a estudiar Filosofía porque creyó que era fácil. Y a trabajar al mismo tiempo. "Al poco andar, comprendí que la independencia parte por la independencia económica".

­¿Cómo parte su interés por la filosofía?

­Por pura casualidad. Estaba completamente desorientada. Elegí Filosofía porque tenía una idea totalmente equivocada de lo que se trataba. Yo creí que era cosa de estudiar muchas generalidades y que no sería tan difícil, como después resultó ser. Empecé a trabajar y rápidamente, empecé a enseñar en la universidad. Era la ayudante del profesor de lógica formal ­que era una cosa divertida que se parece a las matemáticas­ y cuando el profesor se retiró, me asignaron la cátedra. Mis alumnos eran casi todos mayores que yo.

Ahí, en la Universidad de Chile, en el Pedagógico de Macul, conoció a su segundo marido, quien fue el verdadero padre de su hijo. Juntos fundaron el Centro de Estudios Humanísticos para quitarles un poco el salvajismo a los ingenieros. Le hicieron biblioteca, le dieron un vuelo particular hasta que se fueron el año 70.

­Nos fuimos de Chile porque estábamos muy aburridos con la llamada reforma universitaria y las peleas que había el año 70, antes de la elección de Allende. Nos convidaron a pasar un semestre a la Universidad de Puerto Rico. Y nos quedamos 28 años. No vivimos ni la Unidad Popular ni el régimen militar.

Desde ahí se hicieron adictos a Nueva York y a las universidades europeas. Y cuando volvieron a Chile, el primero en convidarla a hacer clases fue el Instituto de Filosofía de la Universidad Católica. Allí se quedó cinco años y lo dejó para volver a su alma mater, la Chile.

­¿Por qué se quedó tanto tiempo en Puerto Rico?

­Porque ahí había una biblioteca maravillosa que no hay en todo Chile. Todo lo que sé lo aprendí en esa biblioteca. La Universidad de Puerto Rico para mí fue una revelación por la posibilidad de trabajar en una biblioteca, además de hacer clases unas pocas horas.

­¿Le parece muy precaria la educación universitaria en Chile?

­Sí, mucho. Porque aquí en Chile no hay bibliotecas. El otro día un rector habló de que por fin íbamos a tener una biblioteca en Chile con 5.000 volúmenes. No sabe que está haciendo el ridículo del siglo, porque una buena biblioteca universitaria tiene desde 500 mil ejemplares de libros y una biblioteca de medicina, otra de teología, de sicología...

­¿Allá aprendió más idiomas?

­Gasté gran parte de mi tiempo en aprender a leer idiomas. Cuando aprendí latín, recién aprendí castellano. Nunca habría pensado que ese idioma me iba a dar la familiaridad para aprovechar las raíces de la lengua materna. Además sé alemán, inglés, francés, italiano, latín y castellano.

­Es tan complicada la filosofía...

­A mí me gustan las cosas difíciles. Tengo una vocación para complicarme la vida, que no sé de dónde la he sacado. (Se ríe) Como que me provocan las cosas difíciles. Y una vez que uno se mete en esto, es una disciplina muy fascinante. Pero no es como creen los estudiantes hoy día que se puede aprender con un solo idioma. La tradición filosófica en castellano es muy pobre.

Heidegger antipático

­¿Por qué dejó el Instituto de la UC?

­Porque tuve unas pequeñas diferencias con el decano. Yo escribí un artículo sobre Heidegger, porque me lo pidieron ellos. Pero les cayó muy mal a varias personas, incluido al decano.

­A usted le gusta mucho Heidegger...

­No, tengo muchas reservas. Lo considero un gran filósofo y me interesa su obra, que conozco bastante bien, pero no le tengo simpatía. No me gusta su estilo, escribe en un idioma afectado, complicado y él es una persona tortuosa. Escribí un artículo bastante crítico sobre él. Entre otras cosas, él pertenecía al Nacional Socialismo. En la UC era tratado como pensador católico y tampoco querían decir que era nazi. No pasó nada terrible, pero como me estaban invitando a la Chile, y noté el clima poco simpático después de mis artículos, entonces me mudé a la Chile.

­¿El nivel de la Católica le pareció igual de precario que la Chile?

­No, allí al menos se pagan sueldos de sobrevivencia. En la Chile, no sé cómo viven los profesores, porque los sueldos son miserables. Yo vivo de mi jubilación extranjera, si no, tendría 70 mil pesos mensuales por mis 20 años de clases anteriores.

­¿Por qué dejó de hacer clases?

­Llegué con el compromiso de hacer clases, pero los alumnos eran malos, no saben idiomas, no se puede hacer filosofía sólo en castellano, no leen ni en inglés... O leen sólo en inglés. No se puede enseñar en esas condiciones. Si hay un alumno que sabe algo, yo lo tomo como tutor.

­¿Y el nivel de los profesores?

­Hay de todo. Los de mi época tuvimos mucha suerte en nuestra formación en Chile y fue porque se llenó de gente que huía de las guerras europeas y que traían una educación de otro nivel. El doctor Jasinowski (dame el lápiz, yo te lo escribo) o Grassi que escapó de allá sin ser judío... Rüsch... teníamos docenas de profesores europeos maravillosos. En cambio ahora, la tendencia es que los profesores mediocres entren en complicidad con los alumnos mediocres y no les exijan para que tampoco les exijan a ellos.

Miedo de perderse

Es una apasionada de la literatura y de la poesía. Kafka, Dostoievsky, Borges, Machado, De Asis... Le gustan mucho también los chilenos. Pero el que le gusta ahora es el argentino Juan José Saer. "Sus libros los tengo que encargar, porque aquí ni llegan. Yo encargo muchos libros afuera. Cuando leo, anoto mis impresiones. Pero nunca las había publicado. Hasta que un amigo se metió en mi escritorio, tomó uno de esos cuadernos y me dijo que lo publicara. Hice una selección y se publicó en 2001, Cabos sueltos, y se sigue vendiendo muchísimo".

Y pronto lanzará este libro, Partes del todo (Editorial Sudamericana), que no son de los cuadernos, sino de columnas sobre temas distintos para el suplemento Artes y Letras de El Mercurio. Ella comenzó a escribir mucho más de lo que publicaba, así que el libro es una recopilación de esas columnas, pero en versión más larga, además de textos inéditos. "Me dí cuenta que dar opiniones personales me entretenía, me venia bien", cuenta.

­No parece que fuera a cumplir 80 años... ¡Se ve tan bien!

­No, no estoy nada de bien. Tengo una enfermedad a las arterias bastante mala. Estoy con cortisona y un tratamiento al que hay que volver a recurrir, porque la enfermedad es incurable. Son enfermedades que uno mismo se produce. Me empezó hace seis meses. Lo único que tengo bien es la cantidad de energía. Sigo trabajando, hago millones de cosas. Energía tengo, pero no estoy bien de salud.

­Usted escribe en su artículo Miedo a perderse sobre lo amenazante que es la muerte: "Nunca es más importante la pasión de conservarse a sí mismo para poder perderse continuamente en el gozo de amar, que cuando estamos enamorados. Nunca tan terribles y amenazantes la muerte y la locura".

­Pero yo no le tengo miedo a la muerte, ninguno... Tengo dudas graves sobre lo que pasa después de la muerte. Sobre eso no pretendo saber nada, ni tengo ninguna confianza en una sobrevida. No tengo creencias como para saber que tengo una sobrevida garantizada.

­Pero cree en la existencia de Dios?

­Soy una persona religiosa, pero de una religiosidad que no tiene que ver con las doctrinas de la Iglesia Católica. No tengo una fe en la sobrevida individual. Ni siquiera tengo una esperanza de eso. Para mí la muerte es un enigma. Pero no me produce ningún miedo. Me considero lista para morirme en cualquier momento.


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Foto:José Alvújar


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