DEPORTES

Sábado 14 de Julio de 2001


Adiós a Claudio Gálvez

Nos hallábamos sentados en la cima, a 8.068 metros de altitud, en el centro de un infinito espacio vacío. A gran profundidad, en los valles, flotaba una neblina de aspecto lechoso. El horizonte a mi alrededor crecía como el propio vacío que reinaba dentro de mí. Y mi profunda respiración fue condensándose hasta convertirse en espontáneas apariciones dentro de un círculo puro, onírico... Con una indescriptible sensación de gozosa indiferencia desperté de este estado de armonía, de una especie de Nirvana.

Quizás así se sintió Claudio Gálvez en la estrepitosa cumbre del Gasherbrum I, la montaña resplandeciente del Karakoram, aquella prolongación occidental del gran Himalaya. La cita corresponde al eximio Reinhold Messner, extraída de su obra El Desafío. Dos Hombres y un Ochomil, que relata cuando él y Peter Habeler se treparon en 1975 a su cima, también llamada escondida, la undécima de la Tierra en orden de altitud. Entonces lograron el segundo ascenso de la montaña, el primero en estilo alpino, y por una ruta original a través de su pared norte. Fue un hito. Porque también Reinhold Messner se convertía en el primer hombre en escalar tres cumbres de más de ocho mil metros.

Para Chile, la escalada de Claudio Gálvez y de Luis Alvarez hasta su cima, el 9 de julio del 2001, también es un hito, es el octavo ochomil escalado por hombres, y mujeres, nacidos al pie de los Andes... con el récord de un segundo accidente fatal de andinos en las altas cumbres de Asia.

Claudio Gálvez es el primer jefe de una expedición chilena que pierde su cuerpo en las alturas del Himalaya, y se suma a la pérdida de Víctor Hugo Trujillo en el Everest en 1986.

Tanto Gálvez como Trujillo pertenecían a clubes universitarios, a la Universidad de Santiago y a la Católica, respectivamente. Pero a Gálvez su accidente lo sorprendió en la madurez de su vida montañera. Esta era su quinta expedición a montañas de ocho mil metros.

Claudio Gálvez fue pionero en la expedición chilena al Everest de 1983, que bajo el liderazgo de Gastón Oyarzún intentó por primera vez el Everest desde estos lares. En 1989 la montaña más alta del mundo también le fue esquiva. Su tercera incursión en las grandes cordilleras del complejo Himalaya-Karakoram fue en 1992 cuando partió al Broad Peak, La Cima Ancha o Flachen Kangri, que sólo pudo escalar hasta su cima en 1999. A la postre, a los 44 años escalaba su primer cerro de ocho mil metros.

Precisamente allí, en las tierras altas de Paquistán, otra montaña de ocho mil metros lo atrajo, el Gasherbrum I, una destinación que conocí en 1990, cuando escalé el Gasherbrum II, porque ambas montañas comparten el mismo campo de base y el mismo glaciar de los Gasherbrums.

El Gasherbrum I es enhiesto y atractivo. Su cono somital piramidal, simétrico, invita a lo alto, y es esta invitación indeclinable para hombres como Gálvez, que sienten el llamado de la montaña y permanecen enamorados de ella hasta su último paso.

Como escribe Leopardi en su Canto XXIII, nace al dolor el hombre, y ya es riesgo de muerte el nacimiento..., y en esto me proyecto más allá de la simplista visión tanática que despiertan sucesos como éste: que la montaña es peligrosa, que es una estupidez arriesgarse, y que, por ende, quedamos implícitamente reducidos a un diagnóstico de sicópatas kamikazes... Y aunque lo evitamos, ahí está, el final del camino, o el más allá del cuerpo, desde el nacer, y podemos hallarlo en cualquier momento y en cualquier lugar. Quizás nos sorprenda sin haber hecho lo suficiente, y esto, lo suficiente, para los montañistas es subir montañas.

Hombres como Claudio Gálvez van a ellas a pesar del riesgo de caer, saben que son peligrosas, pero allí se sienten más vivos que nunca; buscan las cumbres como un himno a la vida, para sentirse más despiertos y para sentir, también, que el tiempo no pasa en vano.

Por Mauricio Purto




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