ESPECTÁCULOS

Domingo 30 de Enero de 2011

 
Ricardo III y Jorge VI se enfrentan en El discurso del rey

Mientras Ricardo, sostenido en su deformidad, avanza sin contemplaciones tras metas aterradoras, Jorge, detenido por su tartamudez, huye sin conseguirlo de una misión que no planificó. La obra de Shakespeare, basada en el cruel monarca del siglo XV, y la película de Tom Hooper, que postula a 12 premios Oscar, abordan el tema del poder.  
Juan Antonio Muñoz H. Harold Bloom, citando a la escritora Josephine Tey ("La hija del tiempo"), dice que uno no puede luchar contra Shakespeare y vencer. Y es cierto.

El director Tom Hooper y el guionista David Seidler lo saben y, como son inteligentes, invocan al bardo del Avon no para usarlo en su película, "El discurso del rey" -que se estrena el 17 de febrero y a la que "El Mercurio" accedió en una función especial- , sino para transformar una historia de vida en una narración que invierte los objetivos de "Ricardo III". De esta manera, cineasta y escritor van con Shakespeare, para contar una trama que va contra la corriente.

La anécdota es muy simple. Tras la muerte de Jorge V y la abdicación de Eduardo VIII (llamado David en el filme porque era el último de sus siete nombres), asciende al trono Jorge VI (apodado Bertie, como es nombrado debido a que Alberto era el primero de sus cuatro nombres). El Imperio Británico está al borde de la Segunda Guerra y el nuevo rey se siente inseguro: no puede dirigirse a su pueblo porque es tartamudo. Ayudado por su esposa, Elizabeth Bowes-Lyon (Helena Bonham Carter), Jorge (Colin Firth) encuentra a Lionel Logue (Geoffrey Rush), quien, con excéntricos métodos, lo ayudará a encontrar su voz.

Por cierto, el problema del rey tiene orígenes ocultos y la falta de amor durante la infancia se devela pronto como una de las causas posibles. En este camino pedregoso y empinado, Logue acompaña a Jorge no sin titubeos, pero entre ambos surge, en medio de discusiones, pequeños triunfos y algunos fracasos, una amistad que fue capaz de superar los conflictos de clase.

La tartamudez de Jorge VI se enfrenta a la joroba y el cuerpo contrahecho de Ricardo III. Y mientras el primero hace lo posible porque todo siga su curso normal y que su hermano mayor sea rey, como corresponde por sucesión directa, Ricardo, al contrario, se empecina en el logro del poder.

Jorge VI habría querido, al menos así lo muestra el filme, una vida común y corriente junto a su familia. De hecho, su esposa le dice que aceptó su propuesta de matrimonio al considerar que era tartamudo, ya que esa condición hacía en cierta medida inviable acceder al trono. Ricardo, deforme y rechazado por todos, hará cualquier cosa por obtener la corona anhelada.

Hooper y el guionista Seidler abordan este enfrentamiento con sutileza y sin cargar las tintas. No lo necesitan. Basta con que pongan en pantalla la escena en que Lionel Logue, esperanzado en su pasado como actor en la ciudad australiana de Perth, audiciona para una compañía en Londres con el papel titular de "Ricardo III". No le va bien y es maltratado por el director de casting, quien le dice sin miramientos que ya es demasiado viejo.

No tener voz

Las coincidencias con la historia de Jorge VI son notables, como si el siglo XX inglés hubiera querido dar una vuelta de tuerca a la trama de Shakespeare, escrita hacia 1593. Ricardo III subordina todo al logro mayor: alcanzar el poder. Las pocas partículas de conciencia que quedan en su mente son eliminadas porque el objetivo superior no puede andar con miramientos. Para Ricardo, la conciencia vuelve al hombre un cobarde, al punto que ni siquiera puede acostarse con la mujer de otro sin que esa conciencia termine por denunciar la falta. La suya es una inteligencia maléfica que conquista a todos; incluso el público cae en el perverso juego de celebrar las ocurrencias de su escalada. Tal es el logro de Shakespeare.

Jorge VI inicia su tratamiento vocal antes de ser designado sucesor. Y desde entonces su primer alegato es querer volver a la paz de su casa. Cuando ya el imperativo es inapelable, el heredero casi sucumbe a lo que considera su gran falta: no tener voz, no tener su propia voz. Ésa que logrará gracias a rudos ejercicios que no son sólo mecánicos y en compañía de quienes confían en él a pesar de todo. Es el amor (de su amigo profesor, de su mujer, de sus hijas) el que consigue para él el poder y el cariño del pueblo.

Las coincidencias de nombres entre los protagonistas de la historia del bardo y de la historia real producen estremecimiento. En la tragedia de Shakespeare, Ricardo, duque de Gloucester, bajo apariencia benévola, hace que su hermano Eduardo IV sospeche del otro hermano, Jorge , y lo ponga en prisión. Más tarde, Ricardo repudia a su mujer Ana, viuda de Eduardo IV, y se casa con Elizabeth de York, su sobrina. Es posible especular que el director Hooper y su guionista quisieran plantear una referencia a esta historia de hermanos rivales en la escena en que David ( Eduardo VIII, Guy Pearce) se entera de que Bertie ( Jorge VI) está en clases para superar la tartamudez.

"Ser o no ser"

En "El discurso del rey" perseguir el poder es visto como una estultez. Además, nadie aspira conseguirlo, al menos en apariencia. Lionel Logue, más que su logro profesional, busca cristalizar su amistad con un hombre difícil que le parece valioso con o sin título. Jorge VI quiere encontrarse a sí mismo en su voz y comunicar lo que tiene dentro; demostrar que "tiene más cojones que ninguno", como dice su padre en el lecho de muerte. Y Eduardo VIII renuncia al trono, sin pensarlo demasiado, para casarse con la mujer a la que ama, la dos veces divorciada Wallis Simpson.

Esta mirada al poder como algo de lo que se puede prescindir está también presente en la brevísima, sincera y profunda renuncia a su cargo del primer ministro Stanley Baldwin (un notable Anthony Andrews, Sebastián Flyte en la serie "Regreso a Brideshead") cuando reconoce que no supo advertir qué pretendía Adolf Hitler.... otro Ricardo III. También vive en la capacidad administrativa eficaz y desenvuelta con que se retrata a Winston Churchill (Timothy Spall). El único intento por celebrar cargos y posiciones está en boca del arzobispo Cosmo Lang (Derek Jacobi), cuando intenta gobernar al interior de la abadía de Westminster y poner en la calle a Lionel Logue.

Los guiños a Shakespeare son varios. Es con "To be or not to be", de "Hamlet", que Logue inicia sus prácticas con el futuro rey. Es Logue, quien hablando de su encumbrado alumno dice: "Le teme a su propia sombra", mientras que Ricardo III, en nueva contraposición, espeta: "Ningún deleite tengo para pasar el tiempo, salvo espiar mi sombra bajo el sol....". También Logue, jugando con sus hijos, que lo impulsan a declamar fragmentos del dramaturgo, sorprende a sus vástagos y no recita, como era habitual en su rutina, ni "Otelo" ni "Macbeth" sino un triste fragmento de Calibán de "La tempestad", otro personaje que, al igual que Jorge VI y Ricardo III, es un esclavo de la naturaleza, deforme y salvaje, que debe ver cómo subirse a la vida. El hamletiano "ser o no ser", en suma, es también el problema de Jorge, Eduardo, Ricardo y Calibán.

Hay un punto en común entre Jorge VI y Ricardo III. Su ambición de conectarse con la gente. Ricardo lo logra al punto que es habitual que celebren sus fechorías. Frente a él, al ganar su voz, al conquistar su discurso, Jorge VI consigue también la admiración de sus súbditos, a los que guiará como un padre amante por una guerra cruel. Y hasta ahí las similitudes, pues Ricardo termina por ejecutar hasta a sus espectadores: "¡Basta de contemplaciones con el público! ¡Caiga su cabeza!".

 Un compromiso realHooper y Seidler, el director y el guionista de "El discurso del rey", hicieron un extraordinario trabajo y además contaron con maravillosos actores. Todos. Firth, Rush, Bonham Carter, Jacobi, Pearce, Spall, Pearce, Andrews... El tema musical "Lionel and Bertie", compuesto por Alexandre Desplat, quedará en la memoria tanto como Beethoven (el allegretto de la Sinfonía 7 y el segundo movimiento del concierto para piano número 5) y Mozart (la obertura de "Las bodas de Fígaro").

También cabe recordar una historia que habla de integridad. Siendo niño, el guionista David Seidler escuchó el discurso de Jorge VI en tiempos de guerra; ya adulto, resolvió contar la historia de su tartamudez y le escribió a la reina madre, Elizabeth Bowes-Lyon, pidiéndole permiso para hacer una película. Ella le respondió que no mientras estuviera viva, porque recordar era muy duro. Seidler lo respetó.

En carreraHoy se entregan los premios SAG, del Sindicato de Actores. Colin Firth y Geoffrey Rush están nominados como actores principal y secundario, respectivamente.


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Jorge VI (Colin Firth) es entrenado por Lionel Logue (Geoffrey Rush) con excéntricos métodos para superar su tartamudez.
Jorge VI (Colin Firth) es entrenado por Lionel Logue (Geoffrey Rush) con excéntricos métodos para superar su tartamudez.


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