ACTIVIDAD CULTURAL

Domingo 28 de Septiembre de 2003

A través del tiempo:
Las voces femeninas del jazz chileno

Sólo a partir de los 90, las solistas vocales se abrieron paso, alcanzando el punto más alto con Claudia Acuña y su éxito en Nueva York.
ÍÑIGO DÍAZ

Para muchos, Claudia Acuña y Rossana Saavedra son los referentes máximos de las cantantes de jazz chilenas: Rossana es como Marcelo Salas: un talento innato. El jazz estaba con ella antes de que ella lo supiera. Claudia, en cambio, es como Zamorano. Su éxito está basado en la perseverancia de su trabajo, dice Alejandro Espinosa, baterista bop, productor jazzístico y uno de los gestores musicales más importantes del género en Chile.

Efectivamente, Claudia Acuña, la artista de mayor éxito de nuestro jazz, debe su fichaje en Verve a la más fuerte convicción del anhelo de ser cantante. Sola en Nueva York, pasó un buen tiempo cuidando niños y paseando mascotas antes de pisar los escenarios. Que su nombre esté sobre la cubierta de dos álbumes (Wind from the south, 2000; Rhythm of life, 2002) es el resultado de viajes en el subway a altas horas de la madrugada, de actuaciones en algún lugar de segunda categoría pagadas con una comida, y de las esperas interminables antes de poder tomar el micrófono en los clubes del Village. En este momento, Acuña prepara su tercer disco con el sello Maxjazz.

Ambas (Acuña y Saavedra) pertenecen a la generación que vivió un estallido en los 90, gracias a la difusión radial y a la organización de los primeros festivales vocales de jazz. En la versión inaugural de estos certámenes, en 1992, la ganadora fue la cantante pop Rachel, quien por entonces incursionaba en el jazz. Claudia Acuña fue segunda.

Antiguamente, como el jazz era muy popular, sus intérpretes eran artistas populares, de boites o vedettes. Ahí están Lucy del Río, Gabriela Ubilla, Alicia Vignoli, Stella Maris y Olga Donoso, además del cantante lírico Efrén Capdevilla, en una nebulosa histórica que se extiende entre los años 30 y 40. Tal vez la principal fue Sophie Brown (nombre artístico de una desconocida hasta hoy), quien acompañaba al trío de Omar Nahuel en 1962.

Ella versus Billie

Pero la historia del jazz vocal se remonta fundamentalmente a los años 60. Entre el fulgor y muerte de la Nueva Ola, el suicidio de Violeta Parra y la consolidación de la Nueva Canción Chilena, un pequeño grupo de jazzers continuaba con la tradición impuesta por el director Pablo Garrido, pionero del género en los años 20. Es decir, mantener al sincopado vivo en torno al escenario de un Club de Jazz que había sido fundado en 1943.

Luz Eliana, una de las figuras nuevaoleras, dominaba además la escena jazzística. Con un timbre delicado, gran cantidad de recursos vocales y la influencia de Ella Fitzgerald, prácticamente tenía en Rita Góngora a su única oponente. Por entonces, y mucho antes de su retiro de 15 años, Góngora era una solista de sorprendente desdoblamiento estilístico cuya voz -más aguardentosa que la de Luz Eliana- la llevaba a ser comparada con Billie Holiday. En esos años, y durante gran parte de los 70, el escenario y los aplausos fueron entonces para ellas.

Inés Délano aparecía como una tercera exponente. Solía acompañar a los Santiago Stompers en un jazz muy tradicional. También practicaba variantes más profundas como el gospel, dada su volumétrica voz. Posteriormente se dedicó a formar cantantes: De vez en cuando subo a los escenarios para improvisar un poco, señala.

Pero, ¿qué se entiende por cantante de jazz? Existen dos líneas definidas. La del solista que frasea jazzísticamente las canciones sin improvisar, también llamados crooners, que suelen actuar con una orquesta de jazz de fondo (como Frank Sinatra). Y la del cantante que utiliza su voz para improvisar y que tiene el mismo valor estético de un instrumento solista (como Ella Fitzgerald).

En ese sentido, la más importante aparición fue la de Arlette Jequier, a mediados de los 80, como la voz del sexteto jazz-rock Fulano. Una eminencia en la improvisación vocal, con estudios líricos y gran conocimiento de la música popular de avanzada, que hoy se ha unido a la nueva orquesta Media Banda.

La apertura de los 90

Hasta fines de los 80, las cantantes se limitaban a la interpretación de piezas de una determinada forma, pero al comenzar la nueva década las cosas cambiaron. Se abrieron más espacios, comenzaron los festivales y el estudio de radio Classica sirvió de plataforma a nuevas figuras. Entre ellas estaba una Rossana Saavedra de 17 años.

Reconocida como la gran improvisadora del jazz actual, tuvo un inicio promisorio cantando musicales de Broadway durante su niñez y gracias a una personalidad poderosa pronto pudo hacerse de un nicho entre los más consolidados hombres del jazz. Influenciada por figuras como Carmen McRae, Shirley Horn o Betty Carter, su talento no sólo se adscribe al manejo del scat (improvisación al modo de un instrumento solista), también se acomoda en ámbitos que van desde el bossa nova hasta la fusión.

Lamentablemente, sus grabaciones aún están a la espera de ser publicadas. Sólo su membresía en el proyecto acid jazz llamado Cyberjazz (con la publicación de Corazón mix, 2000) y diversas participaciones como invitada la integran a la historia discográfica nacional.

Verónica Espina ocupó parte de la escena durante la década como solista más vinculada al blues y al soul que al jazz puro. Esencialmente se presentó como frontwoman de Azulado, proyecto de lectura a la chilena de un repertorio afroamericano de los 60 y 70.

El mismo caso de Cristina Gálvez, quien se incorporó a la escena en 1993, tras retornar del exilio impuesto a su padre. En Alemania interpretaba folclore latinoamericano, hasta que un colectivo de músicos brasileños la llevó a la música popular del Brasil con una fuerte influencia de Elis Regina. Actúa permanentemente en el Club de Jazz, ofreciendo números bossanoveros. Además, es formadora de cantantes mientras prepara su álbum debut (Evocaciones) con músicos de jazz como soporte.

Los expertos coinciden en señalar a Ammy Amorette y Carla Romero como las próximas figuras.

Con 25 años, Amorette actúa permanentemente en jams vocales, presenta un interesante despliegue improvisativo, cuenta con grupos de soporte, escribe sus propios temas y ya tiene un álbum editado por Fondart (Primogénita, 2003).

A los 24 años, Carla Romero, hija del jazzista Marlon Romero, tiene el plus que ha hecho famosas a cantantes como Diana Krall o Norah Jones en el jazz mainstream: la capacidad como solista instrumental. Toca en el conjunto de Alejandro Espinosa, quien asegura: En lugar de frasear un solo, ella derechamente practica uno en el piano, con mucho swing. Es una gran ventaja.

También destaca Andrea Pérez, quien ha interpretado standards con los tríos de Moncho Romero y Carlos Silva. Y la sorprendente Myriam Olivares, con gran presencia en el escenario y cálida voz, que ya cuenta con el álbum How long has this been going on? (2001).

Alexandra Insunza se une a esta nueva generación impulsada principalmente por el pianista Moncho Romero. Al igual que Bárbara Lira, profesora de Projazz con estudios especializados en California, y Ana María Meza, histórica formadora de cantantes que sólo ahora está midiendo su capacidad como intérprete en escenarios del jazz.




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Claudia Acuña prepara su tercer álbum, bajo la etiqueta Maxjazz.
Claudia Acuña prepara su tercer álbum, bajo la etiqueta Maxjazz.
Foto:Carla Pinilla


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