EL SÁBADO

Sábado 24 de Febrero de 2001

Jaime Alberto Atria
Como pez en el agua

Literalmente, así se mueve este hijo del famoso autor de La consentida en el mundo de la publicidad su profesión y la música, la pasión de su vida. Este año reaparece con Andrea Tessa, Gloria Simonetti y Carmen Prieto, quienes grabarán algunas de sus nuevas creaciones.
por Haydée Rojas

Su segundo nombre, Alberto, lo utilizó durante muchos años para diferenciarse de su padre, el compositor de música folclórica ya fallecido y autor de La consentida y Noche callada, entre otros temas.

Hubo una época en que los dos participábamos en festivales y muchas veces ganaba yo, pero todo el mundo lo felicitaba a él. Mi papá se reía y decía que daba lo mismo, porque igual yo era su obra.

Y bien suya al parecer, pues de los nueve hermanos Atria, Jaime es el que más se le parece. De partida, heredó su talento como compositor musical. Autor de Hasta que decidas regresar, uno de los grandes éxitos de Gloria Simonetti, y Como pez en el agua, que hiciera famosa Andrea Tessa, es considerado muy prolífico. Algunas de sus más de trescientas canciones han sido interpretadas por José Alfredo Fuentes, María Inés Naveillán, Luis Jara, Gloria Benavides, Villadiego, Osvaldo Díaz, Pedro Messone, entre otros cantantes populares.

Y todavía está en esto de escribir. De hecho, en los próximos meses, Gloria Simonetti, Andrea Tessa y Carmen Prieto grabarán algunas de sus nuevas creaciones.

Pero eso es su hobby. El trabajo-trabajo, ese del que Jaime Atria vive, es la publicidad. Es director creativo general de Leo Burnett-Chile, una agencia multinacional, cuya sede central está en Chicago. Allí ingresó en 1981 como un redactor más, pero terminó haciendo carrera. Fundamental fue su pasada por Leo Burnett-Argentina, Puerto Rico y República Dominicana, donde se trasladó con su esposa y sus dos hijos. Hoy es reconocido por sus pares como un tipo talentoso, con éxito en su profesión, trabajólico y cultivador de un bajo perfil.

Suyos son varios jingles, algunos incluso cantados por él mismo como el de mayo con tomate, tomate con arroz, arroz con chuleta... ¡Hellmans mayo!.

En 1994, fue elegido el mejor director creativo de Chile, lo que le valió una invitación al Festival de Publicidad de Cannes. El 2000 volvió allí como jurado, uno de los pocos de Latinoamérica y el único representante de Chile. De esa experiencia cuenta:

A Cannes llegan unos veinte mil avisos. De gráfica, cerca de nueve mil. Nos dividimos en grupos y los que me tocó calificar fueron unos tres mil. Uno se encierra, literalmente, a mirar los trabajos. De ocho de la mañana a cinco de la tarde, seguido. Te pasan unas carpetas y el puntaje es un código de barras que funciona por computación. Todos terminamos con dolor de espalda.

La publicidad no es a lo único que se dedica. Desde hace unos meses integra el comité de marketing de la Sociedad Chilena de Derecho de Autor y participa en la campaña contra la piratería de discos. Además, acaba de asumir como director de la carrera de publicidad de la Universidad Uniacc.

El tiempo le alcanza para todo, hasta para jugar fútbol cada miércoles, así llueve o truene, a las nueve de la noche en punto en San Carlos de Apoquindo, junto a sus hermanos, algunos sobrinos y colegas de la agencia. Hasta camiseta tienen y cada año finalizan el campeonato con un asado. Y no sólo juega, sino que es además el pichichi, es decir, el goleador.

Es genial su sentido del humor y prueba de esa capacidad de reírse de sí mismo es cómo bromea por su aspecto físico. Dice por ejemplo que su edad es sin cuenta; que alguna vez tuvo pelo; que la ropa es publicidad engañosa, porque hace verse flaco, y que está condenado a usar barba hasta que muera. Sobre esto último, confiesa:

Una vez me la corté. Vivíamos en República Dominicana y mis hijos, que eran pequeños, me echaron, porque no me reconocieron. La Yvonne (su esposa) me dijo Jaime, te ves pésimo. Y para terminar de rematarla llegué a la oficina y el gerente, que era un español, me preguntó que qué diablos me había hecho. Le dije: me quité la barba. Y él me respondió: Pues que te has quitado la barba y te has puesto una cara de estúpido que es la hostia. Después de esa recepción pensé: seré esclavo de mi barba el resto de mi vida.

Ídolo juvenil

Lo de componer lo tiene en la sangre. No por nada escribió su primera canción, El soldadito, a los siete años. Recuerda que por esa época se despertaba muy temprano, casi al amanecer y con las primeras luces del día se ponía a cantar:

Cantaba en mi cama, después en misa en el colegio. Estudiábamos en el Liceo Alemán que estaba en la calle Moneda. Pero canté bien mientras fui niño, después en la adolescencia me cambió la voz. Influyó también que soy alérgico, y la rinitis y el asma me la fueron cerrando. Dicen que cuando nací en vez de llorar, estornudé.

Pese a todo, igual se atrevió a cantar. A los catorce años formó el conjunto Match Box, donde junto a sus tres hermanos interpretaban los éxitos de Los Beatles.

El sueño de Jaime fue haber sido Paul McCartney. Sólo le faltó aprender a tocar la guitarra al revés, porque él también es zurdo asegura su hermano Juan Sebastián, también publicista.

Pero la fama le llegó como compositor. Era habitué en los festivales estudiantiles, donde participaba hasta con tres canciones en cada certamen. Paralelamente creó el grupo folclórico Los Jaimes, ganador de varios festivales. Respecto del nombre, aclara:

Éramos cinco integrantes. Un Ricardo, un Manolo, un Juan Carlos y dos Jaime. Así que ganamos por dos puntos. No hubo mucha discusión.

Su debut internacional como compositor ocurrió cuando tenía diecisiete años. Fue Arturo Gatica, quien con el tema No lo ocultes participó en el Festival de la Canción Latina que se realizó en México. Corría 1968. Ese año se convirtió en el organizador oficial de los festivales estudiantiles de empingorotados colegios del entonces barrio alto de Santiago. Los festivales juveniles eran importantes en la vida nacional. Todos querían participar. Quizás eso reflejaba lo provinciano que éramos. En esa época no venía Sting a Chile, comenta.

Una nota publicada en El Mercurio, el 17 de abril de ese año, da cuenta de ello: Desde el 6 al 8 de junio próximo se desa-rrollará el festival del Liceo Alemán. En él participarán ochenta conjuntos, entre los cuales se preseleccionan los treinta mejores. El único requisito para participar es ser estudiante de 7 básico a sexto año de humanidades. No hay discriminación de sexo ni de planteles estudiantiles.

Entrevistado allí, Atria declaraba: En los festivales estudiantiles se unen todos los jóvenes de Chile; son los primeros pasos de las futuras estrellas de la canción nacional.

Y ese año era él quien debía decidir su futuro profesional. Fue así como entró a estudiar publicidad en la Universidad Técnica del Estado (UTE) y composición musical en el Conservatorio de la Chile.

En el colegio era el último del curso, pero tenía buenas notas en música y en dibujo. Por lo menos sabía hacer esas dos cosas. Y me acuerdo de que por esos días fui al cine a ver Retrato de un rebelde, de Oliver Reed. La película comenzaba con un hombre con un hacha caminando por la calle Madison, que es donde están las agencias de publicidad en Nueva York. Y este tipo llegaba a la agencia y hacia mierda el escritorio a hachazos, porque le había dado rabia una tontera. Además, tenía un yate. Lo primero en que me fijé fue en que ese hombre era capaz de romper a hachazos un escritorio. Lo segundo, que de esto se podía vivir bien. Tomé la decisión y fui uno de los ocho primeros aceptados en la carrera, lo cual me dio mucha fe de que estaba eligiendo algo para lo que tenía vocación, a pesar de mi promedio 4,2.

En 1972, aparece en portada en la revista Ritmo, convertido en ídolo juvenil. Bajo su fotografía se lee: Jaime Atria Jr. se perfila como uno de los compositores con mejor futuro en Chile.

Al término de la carrera de publicista, creó Causa y Efecto, un cuarteto vocal integrado por él, las hermanas Ana María y Celia Meza, y Freddy Harland, grupo que alcanzó un rápido éxito con su participación en el Primer Festival de la Juventud, donde obtuvo el segundo lugar con la canción Un hombre sin amor, de su autoría. De la noche a la mañana se convirtieron en los invitados estelares de cuanto programa había en televisión y en radios. Incluso, hasta giras artísticas hicieron por el sur y norte del país. A mitad de ese año aparecían en el cuarto lugar en el ranking de la semana con Eres mi mundo, también de Atria.

Paralelamente trabajó como productor musical del Departamento de Cine y Televisión de la UTE:

Hicimos comerciales, noticieros y después, con Darío Aliaga, unos documentales de Viña del Mar y del norte. En realidad, lo único bueno en esa etapa fue escribir la música, porque como productor era pésimo. Me acuerdo, incluso, de que en la filmación del norte fui asistente de cámara y como nadie me dijo nada, olvidé enganchar algo y fue un verdadero desastre. María José Cantudo estaba en una playa en topless, lo que era mucho en Chile en esa época, y caminaba para allá y para acá. Y nosotros filmando todo. Pero cuando fuimos a ver la cinta, no había grabado nada. No sé cómo no me mataron.

Pese a ello, fue el productor general de La ermita del socorro, un cortometraje que dirigió Cristián Sánchez y que participó en el Festival Internacional de Cine de Colonia, en Alemania, con muy buenos comentarios.

Sin embargo, el boom de Atria se vivió a fines de los setenta, cuando sus canciones quedaban seleccionadas en la mayoría de los festivales de provincias. Eran los tiempos en que las buenas noticias llegaban en forma de telegrama, como el que recibió el 10 de febrero de 1978 y que decía: Canción Adolescencia clasificada festival. Comunique nombre intérprete, viernes 13. Va carta. Alcalde de Vicuña.

El clan Atria

Que Jaime Atria no se haya dedicado ciento por ciento a la música, la pasión de su vida, tiene que ver directamente con lo que fue su infancia. Él mismo lo cuenta sin ningún dramatismo:

Sabía que no se podía, que era muy difícil porque veía que a mi papá no le alcanzaba. De repente nos cortaban el agua, el gas y la luz, y él, que era bien sui géneris, en vez de ir a pagar llegaba con un alicate, lo que para mi mamá era un drama. Lo llamábamos y le decíamos papá, estamos sin luz y llegaba preguntando a ver dónde está el problema. Todas las cosas se arreglaban de esa forma. Muchas veces incluso los vecinos nos daban agua caliente y nos duchábamos con una olla: uno de mis hermanos se paraba afuera de la ducha y nos tiraba el agua.

De lo mismo habla su hermano Juan Sebastián:

Esas situaciones no las recordamos con tristeza, sino como una aventura. En cierta forma, todas esas cosas nos unieron aún más, porque nos obligaron a sufrir junto; sufrir entre comillas.

Independiente de estas privaciones, la vida del clan Atria era entretenida. A la casa de Obispo Orrego 368, en Ñuñoa, llegaban cantantes y músicos. Las veladas eran parte de la vida diaria. Así lo recuerda Jaime:

Crecimos en ese ambiente. Para todos nosotros eso fue inolvidable y nos marcó mucho. De hecho, hasta hoy organizo reuniones con los amigos de mi papá que están vivos y guitarreamos y cantamos como entonces.

Justamente, porque su padre tenía un conjunto Los Queretanos que cantaba canciones mexicanas, debe ser de los chilenos que más canciones de este tipo conoce. En Ciudad de México, en un restaurante de esos típicos a los que llevan a los turistas, se lució pidiendo temas que ni los propios mexicanos conocían, como Paloma herida, mientras ellos no dejaban de pedir El rey y Volver, los mismos de siempre. Terminó cantando con los charros, que, asombrados, no dejaban de preguntarle cómo era que sabía tantas canciones mexicanas.

Sin embargo, uno de los problemas que tuvieron los hermanos Atria es que vivieron muy dentro de esa casa.

Éramos muchos hermanos y mi mamá tenía miedo de que saliéramos a la calle. Entonces eso nos hizo tímidos, porque el mundo era algo que pasaba por allá, lejos. Nuestra niñez fue entre nosotros. Tanto así que entré recién a los siete años al colegio, y ya sabía leer, porque un profesor iba a la casa a enseñarnos. Por eso para mí fue un shock el primer día de clases. Nunca había visto a tantos cabros juntos, entré y me dio pánico. Terminé un curso más abajo, abrazado a una monjita.

Tenía catorce años cuando sus padres se separaron. Pese a la ruptura, la relación cercana, casi de amigo que tenía con él, se mantuvo. Eran personas muy distintas: mi mamá, Virgo, bien responsable, preocupada, entregada a la familia ciento por ciento. Mi papá, Piscis, mucho más suelto de cuerpo, la irresponsabilidad total, pero muy divertido. Siempre tomaba las cosas de una manera distinta. Era muy especial, tremendamente gozador de la vida, esa es la definición correcta.

Precisamente ese último rasgo de su personalidad es el que heredó de su padre. Jaime es un aglutinador de personas. Siempre está rodeado de gente. Es común que en su casa celebremos el 18 de septiembre, Navidad, Año Nuevo, los cumpleaños de mi mamá, dice Juan Sebastián.

Prueba de ello es que cuando compró su casa de La Dehesa, donde ahora vive, entró, vio el living y dijo la compro. Después cuando le preguntaron cuántos dormitorios y baños tenía, no supo responder, porque había comprado el living. Sabía que íbamos a caber todos, fue lo único en que me fijé.

De las costumbres paternas conserva una muy peculiar: cuando le sirven un trago lo revuelve con el dedo, esté dónde esté, así sea con el mismo presidente de la República.

Jaime vivía en Buenos Aires cuando su padre enfermó de cáncer. Tenía apenas 64 años. En esa oportunidad, escribió una de las canciones más importantes de su vida, Jaime viejo, esa que le hizo llegar antes que muriera y cuyo estribillo dice:

Y vamos, viejo,
a recorrer las calles del ayer
del norte al sur, desde Calama al mar
no te dejes llevar por la marea
que aún no ha terminado tu tarea....




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Su padre, al centro, acostumbraba llevar a sus hijos como convidados de piedra a todos lados. Aquí con sus hermanos José Ignacio y Andrés Francisco, a la izquierda, y Andrés Tirapegui, un amigo de la familia, a la derecha.
Su padre, al centro, acostumbraba llevar a sus hijos como convidados de piedra a todos lados. Aquí con sus hermanos José Ignacio y Andrés Francisco, a la izquierda, y Andrés Tirapegui, un amigo de la familia, a la derecha.


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