EL SÁBADO

Sábado 1 de Abril de 2000

HISTORIAS HUASAS
El Champion sin rodeos

Rancagua es, en estos días, una especie de carnaval: de tonadas, chicha, empanadas y cueca. Todo gira en torno a un novillo que intenta la fuga y dos huasos a caballo que buscan darle atajo. Es el Campeonato Nacional de Rodeo o Champion de Chile, que ya entera 52 años.
Por Marcelo Simonetti

Probablemente, quien se asome por primera vez a una medialuna no entienda de qué se trata esto. Qué hacen esos jinetes a caballo que, de tanto en tanto, atrincan al toro contra unas cojinetas. Por qué la gente, de espuela y sombrero, grita, desde sus asientos, ayegua, ayegua, ayegua. O, en el cúlmine de la emoción, rebolean las mantas al cielo igual que el bailarín de cueca lo hace con su pañuelo. Se preguntarán, quizás, quién es el huacho, dónde está, y a quiénes aluden cuando hablan de los mancos. No entenderán, de seguro, esa solemnidad que asoma en el rostro de algunos cuando se refieren a Ruperto Valderrama o a un tal Segundo Zúñiga, ni cómo alguien puede relatar tan extraños sucesos del mismo modo que un partido de fútbol.

Las líneas que aquí siguen no pretenden ser un manual de rodeo ni tampoco un compendio de los 52 años de vida del Campeonato Nacional; apuntan, más bien, a contar la historia de una actividad que de tan chilena es vista con ojos de sorpresa. La idea es que se ponga a tono para que hoy o mañana no se retire, a poco de pisar una medialuna, con la desagradable sensación de no haber entendido nada.

La tendalada inicial

Cuenta la historia que, hasta antes de 1948, el rodeo tenía dos imperios. De Talca al norte, era la Comunidad Darío Pavez la que reinaba. Afincada en la hacienda Las Camelias, en Buin, los hijos de Pavez se habían consagrado a mantener el criadero de su padre, tal como este lo había estipulado en su testamento. De diez rodeos a los que salían, ganaban nueve. De Talca al sur, los hermanos Santos, Tito y Julio, hacían lo propio. Con asiento en Temuco, la familia Santos era dueña de una fortuna inmensa y bajo su alero funcionaban nueve fundos en la zona de Cautín.

Nunca se habían enfrentado, porque las distancias a cubrir eran demasiado largas como para desplazarse con caballos, paja, agua y jinetes. Pero cuando la idea del Campeonato Nacional comienza a cobrar fuerza y se construye la medialuna de Rancagua (1948), las mejores colleras de Chile participan en lo que se dio en llamar Rodeo de Inauguración.

La comunidad Darío Pavez hizo de local en aquella ocasión, pero los Santos no estaban solos. Como eran los proveedores de carne de la mina El Teniente, los estadounidenses que dirigían en ese entonces el mineral deciden, en un gesto de buena crianza, permitir a sus empleados y ejecutivos acudir al rodeo para que alienten a los temuquenses.

Luis Iván Muñoz, vicepresidente de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos, repasa lo que fue ese momento: "Ese rodeo, finalmente, lo ganó la Comunidad Darío Pavez, con una atajada que es discutida hasta hoy y que, en su momento, fue reprobada por gran parte del público. Esa vez quedó la tendalada, volaron sillazos, hubo rosca, y los Santos terminaron saliendo a caballo rumbo al hotel, jurando que no volverían a participar en un rodeo fuera de sus tierras".

Sin embargo, al año siguiente, vuelven a Rancagua para competir en el primer Campeonato Nacional de Rodeo. Llegaron Tito, Julio y el hermano menor, Ernesto, quien estaba al aguaite, a la espera de que sus hermanos le permitieran correr un caballo si es que clasificaban para la final.

Pero a los Santos no les fue muy bien y, en las tribunas, Ernesto observaba desconsolado. Cómo habrá sido su cara que la mamá de Avelino Mora jinete de fuste por esos tiempos y luego campeón nacional en tres ocasiones se compadece de su coterráneo y le permite correr con su empleado una de las colleras que buscaba la clasificación.

El menor de los Santos no sólo ganó la clasificación, sino todo lo que vino después recuerda Muñoz, Campeonato Nacional incluido. Quien era el segundón de los Santos, en materia corralera, terminó convirtiéndose así en el primer campeón de Chile, junto a José Gutiérrez, en Vanidoso y Bototo.

Un detalle que no deja de ser importante porque en todos los registros aparecen Chunga y Bototo como los caballos campeones. Sin embargo, un error de anotación en las planillas dio cuerpo a este grueso error histórico, afirma el propio Muñoz.

Esos primeros años

El rodeo en esos días era la fiesta popular por excelencia y aun cuando, en ocasiones, el Champion de Chile mostró algunos claros en su gradería, siempre fue una celebración que revolucionó las ciudades en donde se realizó. A Rancagua, por ejemplo, la gente llegaba el lunes anterior y se pasaba toda la semana ahí, arranchada, esperando las dos grandes fiestas, la del sábado y el domingo por la noche. La final se corría el lunes y ese día la ciudad o el pueblo de turno se convertía en un peladero, porque hasta el comercio bajaba sus cortinas y se sumaba a la celebración.

Los dueños de las grandes haciendas llegaban con sus familias arriba de trenes, y los más poderosos se arrimaban hasta la ciudad transportando su contingente en camiones, lo que, ciertamente, no era muy usual. El clan de los Aguirre, encabezado por Guillermo Aguirre Ureta, dueño del criadero El Parrón; Fernando Hurtado, el hombre fuerte de la comunidad Hurtado Echenique, de San Clemente; César Rozas Urrutia, con su caballada de la hacienda La Sexta Longaví; Alfredo Donoso, del criadero Casas de Renaico, entre otros, conformaban lo más aristocrático de los concurrentes al Champion.

Los huasos curaban sus penas en la barra de los bares y a punta de vino con frutillas se armaban de valor para ir en busca del título. Corrían por gusto, porque los premios eran bastante particulares: tarros de durazno, botellas de Cinzano, algo de dinero.

Pero los premios en dinero fueron suprimidos rápidamente. Los campeones terminaban gastando, en la mesa que la organización destinaba para ellos, cifras mucho más altas que la que recibían por ganar el Campeonato Nacional explica Jorge Lasserre, director honorario de la Federación de Rodeo.

Con el tiempo los premios fueron mejorando y en la década del ochenta se comenzaron a entregar los primeros autos. Dicen que en 1981, con motivo del último título que ganó Ramón Cardemil, terminó acumulando ocho vehículos Daihatsu Max Cuore. Ahora se premia a los huasos con camionetas Ford Ranger, refrigeradores, cocinas y hasta pasajes a Miami se han otorgado.

Costumbres idas

Pero si el rodeo ha conseguido sobrevivir al paso del tiempo, hay algunas tradiciones que no han corrido la misma suerte. Por ejemplo, ¿usted tiene idea de qué se trataba la cueca rematada?

En la fiesta del sábado por la noche, y como una forma de recaudar fondos para las organizaciones de beneficencia, las candidatas a reina eran rematadas para un pie de cueca cuenta Muñoz. Entonces, todos los huasos ofrecían cincuenta mil, cien mil, hasta quinientos mil pesos en plata de hoy por bailar una cueca con Pepita Martínez, por poner un nombre, y mientras él zapateaba el piso de la pérgola, su dinero iba directo a la Cruz Roja, a Rotary o al Club de Leones.

También estaba la serie de las señoritas, la última de las corridas previa a la disputa de la final, en la que los huasos quemaban sus postreros cartuchos por alcanzar la gloria. La gracia de esta serie es que cada collera debía correr a nombre de alguna de las jovencitas que se aparecía por la medialuna en este caso, eran todas las del pueblo porque nadie se perdía esta fiesta. Uno a uno los huasos se acercaban a la señorita elegida, le presentaban sus respetos y esta les entregaba su pañuelo ay de la que no llevara pañuelo. Así, cargando con la prenda de la "amada" salían a corretear al novillo.

Los tres ganadores de esa serie tenían el privilegio de pasear al anca a su señorita, habiéndose dado el caso de que uno de ellos, Raúl Pavez, terminó casado con Inés Arrate, a quien paseó en el anca de su caballo cuando ganó una de estas olvidadas series.

Otra costumbre que, definitivamente, cayó en desuso, es la que rememora Jorge Lasserre.

Por esos tiempos, en la década del cincuenta, había un viejo que se ubicaba dentro de la medialuna con un palo y un tarro. ¿Qué hacía él? Cada vez que alguien pasaba a piño (ver recuadro), ¡tatatatatatatán!, el viejo se endemoniaba pegándole al tarro. A los jinetes les molestaba mucho esta desvergonzada exposición de sus falencias como corredores.

La foto de Lira

La organización de la actividad no tardó mucho en llegar. Se estableció un reglamento para las corridas, redactado entre otros por el actual presidente del Senado, Andrés Zaldívar quien se casó con la hija de Fernando Hurtado, titular del rodeo, Inés Hurtado Ruiz-Tagle; se dio cuerpo a la Federación del Rodeo, y de ser una actividad sin gran difusión, pasó a ocupar las páginas deportivas de los diarios, además de espacios en radio y televisión.

Sin embargo, más allá de algunos casos puntuales como los relatos del legendario locutor de Santa Bárbara, Ismael Rioseco, son pocos lo que han conseguido capturar la esencia del deporte. Entre esos pocos, el fotógrafo Juan Enrique Lira ocupa un sitial destacado.

Lira, hoy retirado de las pistas, echa a funcionar su memoria para rescatar lo ocurrido hace 32 años, en Rancagua, cuando cubría las incidencias del campeonato Nacional para El Mercurio. Él estaba viendo el mundo a través del lente de su Hasselblad en el momento en que Ramón Cardemil apareció en el cuadro arriba de Manicero, elevando el toro por encima de las cojinetas.

Yo supe de inmediato que tenía la foto y que esa atajada era, hasta ese momento, la más impresionante vista en una medialuna. Cuando saqué el ojo de la cámara, la medialuna se vino abajo en un aplauso cerrado. Le repito que yo no he vuelto a ver una atajada de esas características ni creo que haya alguien que pueda decir lo contrario. Si mi memoria no me falla, creo que el jurado hizo una excepción al reglamento y le dio seis puntos, pero puedo estar equivocado.

Equivocado o no, lo cierto es que esa foto que Lira guarda junto a la famosa imagen de Bjon Borg, que registra el instante preciso en que su raqueta se rompe al golpear la pelota es el mejor resumen del talento de un jinete como Ramón Cardemil, el más exitoso de los corredores, ganador del Campeonato Nacional en siete oportunidades.

Cardemil, además, es la cabeza visible de un clan cuyos principales figuras son Hugo (hermano), Hernán (hermano), Juan Pablo (sobrino) y Alberto (hijo), el diputado, que el año pasado estuvo cerca de emular a su padre. Apellido ilustre en el mundo corralero, tanto como el de los Navarro, los Vial, los Aguirre, reconocido en cualquier lugar, en cualquier quincha, aunque no siempre se reconozca la valía de Cardemil con el mismo énfasis.

Lo que ocurre es que, a mi modo de ver, Ramón Cardemil es el jinete más exitoso. Ganó con Ruperto Valderrama y otras tantas con Farol Fuentes. Pero creo que no está al nivel de otros como Segundo Zúñiga Brito o don Chanca Urrutia. Ramón es un hombre muy inteligente y con esa inteligencia suplía el déficit que como jinete pudo tener en algunos casos.

Aquí y ahora

Los huasos que se apilan hoy en las medialunas han tomado cierta distancia del ayer. Algunas de las tradiciones más importantes se han diluido con el tiempo, al punto que hace mucho rato que en la fiesta del Nacional de Rodeo la cueca aparece como una invitada exótica, a manos de cumbias y rancheras.

Ricardo de la Fuente campeón tres veces de Chile y corredor de uno de los más importantes criaderos, el Santa Isabel refuerza esta idea: "Se ha ido perdiendo el respeto. Yo al menos nunca había visto una pifia como la que recibimos hace algunos años o han recibido otros, en un Nacional de Rodeo, ni tampoco vi jamás a mil chiquillos chicos con trago, como se ve hoy en la fiesta de Rancagua".

La publicidad ha llegado al rodeo y la final se ajusta a los arbitrios de la televisión. El dinero, de una extraña manera, comienza a regir los destinos corraleros y los avisos de Coca-Cola que antes colgaban lejos de las quinchas, hoy empapelan la pista.

Lasserre recuerda una de las pocas huelgas que ha conocido el rodeo, a propósito de lo mismo.

Fue cuando recién se comenzó a ocupar el toril que es un callejón por donde van entrando los novillos a la medialuna, que evita tenerlos apiñados a todos dentro de la pista, allá por la década del sesenta. Creo que fue en un rodeo por Monteaguila. A la hora de disputar la final, los corredores de Talca se opusieron y no corrieron, porque decían que el toril era poco acampado, que no permitía elegir a los animales.

Lo cierto es que la protesta de los talquinos no prosperó y el toril resultó ser un cambio muy útil para el desarrollo del deporte.

Como sea, la magia no ha huido del todo de la medialuna. Ganar el Champion de Chile sigue siendo el sueño de cada uno de los corraleros y si hay que desvivirse por eso, uno se desvive. Las historias sufridas, aporreadas, con final feliz, siguen vivas.

En 1984 cuenta el periodista Florindo Maulén, todos vimos la tremenda caída de Manuel Jiménez. Estaba luchando por la clasificación y se quebró las costillas. Se lo tuvieron que traer a Santiago. Su hijo, Felipe Jiménez, quedó solo, hasta que Hugo Navarro reemplazó al padre. Y créame que el cabro chico ese año se destapó. Tanto que se ganó el Champion, mientras su padre estaba en el hospital. ¿Cómo no va a ser linda esa historia?

Con medialuna nueva desde hace dos años con capacidad para doce mil personas, el rodeo sigue su marcha. El cliché obliga a decir que allí, entre el polvo y el olor a caballo, pervive un trozo de chilenidad. Aunque en este caso, el cliché, a pesar de todo, acierta medio a medio.

MANUAL PARA NOVATOS

Lo primero es conocer cómo se obtienen los puntos, dependiendo del lugar en que el caballo detenga la carrera del toro al momento de llegar a las atajadas. Si el caballo presiona sus pechos sobre la paleta delantera del novillo, obtiene dos puntos; si lo hace en el costillar, consigue tres; si interrumpe su marcha atacando la paleta trasera, suma cuatro; y si lo hace en la cabeza, cero. Si el novillo resulta ser demasiado rápido y consigue librarse del atrinque, se castiga con dos puntos a los competidores. Teniendo esto claro, y en el entendido de que se sabe que el rodeo es un deporte en el que dos jinetes a caballos persiguen a un novillo, vale la pena aclarar ciertos términos.

Apiñadero: el lugar en donde la pareja recibe el toro que debe corretear.

Caballo derechón: Término despectivo que se utiliza para encasillar un caballo que no logra correr de modo perpendicular al toro, vale decir, con sus pechos pegados al lomo del novillo.

Carrera corrida: Voz del jurado que indica el término de una de las faenas de los participantes.

Collera: Alude al conjunto formado por los dos jinetes y sus respectivos caballos, yeguas o potros.

Esa collera quiere camión: Término utilizado para referirse a las parejas de deficiente nivel. Lo único que les queda es subirse al camión y partir de regreso al lugar de donde nunca debieron salir.

Huacho: Así se alude al toro que se corre, en referencia a la soledad con que debe enfrentar a la collera.

Huacho corrido: Es el novillo que ya ha sido ocupado en otro rodeo. Supuestamente, el toro sólo puede ser ocupado una sola vez en su vida para una corrida. Cuando ya ha sido corrido, sabe lo que le va a pasar y se frena reiteradamente, no corre y al llegar a la atajada salta.

Manco: Se refiere a los caballos que, al momento de atajar, esconden sus manos.

Pasar a piño: Alude a la circunstancia en que el animal se zafa de la atajada de los caballos y entra al apiñadero.


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Ernesto Santos y José Gutiérrez, los primeros campeones del Nacional de Rodeo, en una foto tomada el año pasado. Dos leyendas vivientes del deporte huaso.
Ernesto Santos y José Gutiérrez, los primeros campeones del Nacional de Rodeo, en una foto tomada el año pasado. Dos leyendas vivientes del deporte huaso.
Foto:Juan Enrique Lira


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