ARTES Y LETRAS

Domingo 31 de Marzo de 2002

EXPOSICIONES. MNBA, Galería La Sala, Galería BordeRío:
Tecnología al servicio del arte

Simbolismo, abstracción y realismo parecen individualizar cada uno de los tres sectores que forman la exposición de Bernardita Vattier. Con materiales muy diversos, pero cuyas apariencias siempre aluden al ámbito de la costura, la expositora de Galería La Sala manifiesta su sentido de los desarrollos seriales y del contraste sutil.
WALDEMAR SOMMER

En artes visuales goza de legitimidad plena la utilización de imágenes prestadas. Lo que importa son los resultados que se obtienen de ella. En variarla, hacerla suya, otogarle nuevas proyecciones visuales y expresivas consiste la responsabilidad del artista. Sin duda, semejante procedimiento se ha incrementado a partir del siglo pasado. Duchamp lo demostró con perversa elocuencia. En nuestros días, la actividad digital ha facilitado más las cosas. Bernardita Vattier lo prueba en tres salas del Museo Nacional de Bellas Artes. Y esos mismo espacios establecen distintas vertientes paralelas, dentro de la producción última de la expositora. Indiquémoslas.

Ya desde tiempo antes, la democrática huella digital había pasado a formar parte de su acervo iconográfico. Hoy profundiza ese argumento con intensidad. Lo lleva a cabo a través de ocho variaciones - acrílico sobre amplia tela- bien distintas entre sí. Coloridas pinceladas remedan y dan calidez a la técnica digital. Un dinamismo especial impregna esta abstracta y no poco conceptual interpretación del retrato personal. A la misma dirección apunta el hermoso "Iris", visión con mucho de flor tecnológica y de quien se echa de menos aquí más representantes.

Otro conjunto capital de la exhibición reemplaza la abstracción por cierto grado de simbolismo. Se trata del animado por cinco y seis variaciones, respectivamente, alrededor de seres legendarios. Uno lo constituye el mítico Minotauro cretense. La planta resumida del laberinto o Palacio de Knossos sirve de fondo común para desarrollar, en serigrafía y acrílico, la historia y sus actores. Convincente personalidad, vigor lineal y cromático - rojo, grises, blanco y negro- logra Vattier conferir a sus personajes. Sobre todo el toro-hombre recuerda los peculiares escorzos con que la autora presentaba personajes suyos de otrora.

Todo lo contrario al anterior emerge el segundo gran actor de esta sección. Así el Unicornio, símbolo medieval y renacentista de la pureza, se presenta sobre un signo criptográfico, soporte con cierta apariencia de campo heráldico. Ahora se agrega tinta a los materiales antes anotados, mientras línea y colorido se tornan difuminados. Junto a sienas y grises verdosos llama la atención el éxito conseguido por la artista en su atrevimiento de reunir dorados diferentes. Entre las bellas imágenes del Unicornio destacan las de éste en "Cacería", "Origen" y con "La doncella". Conformando un resumen de los dos sectores fundamentales mostrados, una atractiva proyección luminosa sobre pantalla hace desfilar, con adecuado y mesurado ritmo, a sus protagonistas.

Un realismo burlón y populista, en cambio, parece definir la instalación, tercera parte de la exposición. Sirve de anticlímax, de reposo frente a la unitaria tensión anímica que podrían provocar los dos ámbitos que separa. También, de diversión para el asistente. En efecto, se invita a éste a trastrocar su identidad con varias máscaras y junto a un público virtual en blanco y negro. Espejos lo ayudan a mirarse. A diferencia del par de espacios rectangulares del Bellas Artes, dentro de este recinto redondo no llega a crearse una atmósfera sugerente, apta para permitir que vuele la sensibilidad del visitante.

En la Sala Mata del mismo museo, el fotógrafo galo Robert Doisneau (1912-1994) nos mete, de lleno y sin mayores preámbulos, dentro del París de los franceses, no en el convencional y glamoroso de los turistas veloces. Hasta logra hacernos convivir con sus habitantes de mediados del siglo XX. Y sus visiones, a diferencia de bastantes fotógrafos nuestros famosos, no se quedan en la pura anécdota. Doisneau va mucho más allá. En sus numerosa estampas, que no tienen necesidad del color, palpita una humanidad vibrante, de un realismo, a la vez, espontáneo y trascendente.

En dos galerías de Vitacura

Marcela Arredondo sorprende favorablemente, en Galería La Sala. Su decena de collages ocupan distintos paños, siempre costuras y pintura; ocasionalmente, otros materiales bien integrados. Simulan éstos moldes de modista, tejidos y sus accesorios: tierra natural con aspecto de casimir - N. 8- , palitos y palos delgados, trocitos de cuerda, acercamientos a huellas de manchas - N. 7 y 1- , bordados simples, paja, cera. Su cromatismo se halla limitado a los naturales ocres, castaños y tierras. Muy diestro e imaginativo manejo de tales materiales, de los contrastes sutiles, del desarrollo serial denotan estos trabajos no figurativos. Dentro del nivel de calidad sin desmayos del conjunto, cabría destacar los lindos números 2, 1 y 8.

Para que una galería pretenda permanencia y llegue a disponer de un público regular, en ningún momento puede permitirse alteraciones al horario de visitas que anuncia. No obstante, por lo visto, galería BordeRío se lo permite, dedicando su espacio a actividades extraplásticas. Eso perjudica, ante todo, a sus expositores. En la presente oportunidad se trata de Ana María Balmaceda y Luis Eduardo Lamas. Dejando de lado inconveniente semejante, digamos que ambos pintores interesan. Aunque por entero distintos entre sí, los dos poseen méritos destacables. Artista con trayectoria; Balmaceda practica una abstracción sólida, enraizada en el norteamericano Mark Rohtko. A partir de ella desarrolla gradaciones luminosas del color. Pero, asimismo, se aproxima a la figuración mediante síntesis minimalistas de la figura humana.

Al hasta hoy desconocido Lamas no le falta imagen. En algunas ocasiones alcanza a desplegarla con finura, colorido apastelado y vibrante, sentido innato del elemento ornamental y cierto modo original de mostrarnos sus modelos: interiores con muebles o naturalezas muertas. Están, pues, "Higos sobre la mesa" y la desproporción encantadora de su mantel colgante, están los dos fruteros sobre silla amarilla, "La silla roja". Por otro lado, se da en el expositor tanto casi el artista ingenuo - su veta de veras valiosa- , como el pintor profesional. En este último caso, la exigencia de un dibujo satisfactorio se vuelve imperiosa. Es la manera única de evitar los altibajos actuales de estos cuadros.


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"El Minotauro y las doncellas"


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