VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 21 de Octubre de 2000


Entrevista a Samy Benmayor

¿Qué se puede agregar a estas alturas sobre Samy Benmayor? Es uno de los pintores más cotizados de la plástica contemporánea, pero parece moverse por sobre las cifras. Ahora encabeza un segmento de la tercera etapa con la historia de la pintura chilena en el Museo de Bellas Artes. En 1973-2000, Transferencia y Densidad, muestra las enormes telas que conformaron su primera exposición, y que nadie se atrevió a comprar.
No son muchos los sefarditas judíos de origen español que hay en Chile. Samy Benmayor es uno de ellos. Sus abuelos emigraron desde Estambul a Milán y, con la llegada de Mussolini al poder, sus padres se trasladaron a nuestro país, a fines de los 30.

Su padre falleció cuando tenía dos años. Junto a su mamá y hermanastra vivió su primera infancia en una casona de la Alameda. Apenas tuvo la edad requerida, fue inscrito en el colegio Manuel de Salas, decisión bastante atinada, comenta con cierto orgullo, mientras prepara un té en la cocina de su enorme taller, en calle Santa Victoria, cerca de Lira.

Samy lleva puesto el suéter verde petróleo con el cual ha salido por un extraño azar en casi todas las fotos de entrevistas. Lo usa desde mediados de los 80. Hombre de relaciones estables.

Cabeza de serie de los neoexpresionistas, como lo tilda Justo Mellado, este pintor de seres limítrofes, que se arman y desarman en un par de trazos, es una persona que comunica a su modo. Con muecas o miradas semi perdidas, cuando la pregunta parece tomarlo por asalto. Con pausas, casi siempre.

- ¿Será porque al principio viviste en el centro que has sido tan leal a este taller?

- Llevo como 14 años acá. La verdad es que siempre he tenido fascinación por este barrio. Por aquí pasaron muchos amigos pintores, pero ahora que estamos más viejos, somos más mañosos, así es que todos trabajamos separados.

Samy Benmayor (44 años, dos hijos) entró a estudiar arte a la Universidad de Chile el año 1976. Fue allí que conoció a Carlos Maturana Bororo, Matías Pinto y luego a Pablo Domínguez. Un cuarteto de oro que irrumpió a principios de los ochenta, con una propuesta sólida, destemplada en cuanto a colores, furiosa en el discurso.

- De los profesores que había, con el tiempo se me ha ido agigantando Adolfo Couve.

- ¿Por qué?

- Porque creo que fue súper importante en la formación de todos nosotros. Cuando veo obras importantes aparece su voz, diciéndome cosas fundamentales y preciosas. En el fondo, nos enseñó a distinguir lo bueno y lo malo en el arte. Además, era tan histriónico, con un sentido del humor genial, seguramente muy incomprendido, pero sus clases eran hipnóticas- , comenta sonriendo, y empieza a cortar el quesillo para las tostadas de pan integral.

Se produce un silencio con cara de nostalgia. Lo más probable es que ambos estemos pensando en el desenlace de Couve. Por la ventana de la cocina, se ven las últimas luces de la tarde.

- Este país se presta mucho para deprimirse. En una sociedad tan represiva como la nuestra, los espíritus libres tienden a sentirse tristes...

- ¿Lo has vivido?

- Permanentemente. Me considero una persona normal, sin embargo, veo esa pacatería, la hipocresía en el medio.

- ¿En qué lo notas, hay voces censuradoras?

- Tanto como eso no, pero sí noto ganas de figurar, mucha vanidad, sobre todo entre los que no saben nada de arte.

Samy debutó en 1982, en una muestra colectiva de Galería Sur Arte y Textos en el subterráneo del Drugstore, organizada por los dueños de la conocida tienda de muebles hoy vinculada también al diseño español. El venía llegando de Nueva York, a donde partí para hacerme el artista famoso , y pasó a formar parte de un selecto grupo de vanguardia integrado además por Eugenio Dittborn, Gonzalo Díaz y Carlos Leppe, los pares que admiraba.

En Estados Unidos se casó con Susana Mansilla, su actual manager, a quien conoció en una cita a ciegas.

- Ella trabajaba en un banco. Al tercer mes de estar en Nueva York, nos dimos cuenta que no podíamos seguir separados y se fue a vivir conmigo.

Susana es una de las primeras dealer, 100% profesional, que se conoció en Chile. Y para muchos, la pieza clave en la creciente cotización de la obra de Samy.

- Hace diez años, mis pinturas, y las del Bororo, no valían nada. Nos hacían lesos como querían. Yo no sé manejarme en los tratos comerciales y Susana ha sido vital. Es una buena administradora, vibra con el tema, protesta cuando no hay innovación. Está involucrada en el proceso creativo, y eso va más allá del asunto ventas.

De hecho, en 1984 Samy había expuesto en solitario, por primera vez. Eran 14 óleos de gran formato, y no vendió ninguno.

- Sólo la Marcela Serrano me compró un dibujo. Era un cuadro bien curioso: un dedo, una uña y una tecla como de máquina de escribir.

- ¿Qué pensaste en ese minuto?

- A mí no se me pasó nada por la cabeza. Eran unas pinturas súper locas, si me las compraban bien, si no, me daba lo mismo.

- Pero la crítica fue muy buena...

- Sí, claro, pero eran cosas que hasta el día de hoy no le interesan al público. Las tengo todas y ahora las voy a mostrar en el Bellas Artes.

Como, en general, el mercado del arte criollo se aferra a lo probado, recién el 87 se produjo una explosiva demanda por sus obras. A eso aportó la difusión que le dieron al pintor en España la expo Chile Vive, e Italia, donde los críticos sencillamente se volvieron locos con la troupe BenmayorPintoBororoDomínguez.

- Hay quienes asocian tu generación con una suerte de abuso del marketing.

- Quienes dicen eso son los que llaman a los medios para que los entrevisten y no los pescan. Entonces se pican. Te digo: nunca en mi vida he llamado a los medios. Cuando jóvenes los invitábamos para las exposiciones, pero nada más.

- ¿Y qué pasa con los eventos: supermercart, pintura y computación, pintura y vinos?

- Si me pagan bien lo hago, porque es la manera que uno tiene para vivir y hacer sus cosas.

- También eres selectivo con las entrevistas.

- Es que me han pasado muchas cosas. Y no soy el único. Una vez, a propósito de la muestra Chile Vive en España, llamé a Matta para conversar y me preguntó: ¿hay periodistas? No, le dije, entonces salgo, respondió. Nos juntamos, hablamos dos palabras y se tiraron cientos de chilenos a pedirle dibujos. Como un rock-star.

- Deben tener sentimientos encontrados con eso, es incómodo, claro, pero igual rico, o fuerte, que alguien te diga: yo voy a morir con esto que me estás dando.

- Impresionante. A mí no me pasa todavía. Estoy esperando el día que pueda hacer dibujos en los cheques, a ver si no me los cobran.

Por Jimena Córdova Navarrete
Retrato, Juan Francisco Somalo





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Henry James es su escritor favorito. Aparte, él decía que la hora del té es lo mejor, y le encuentro toda la razón.
Henry James es su escritor favorito. Aparte, él decía que la hora del té es lo mejor, y le encuentro toda la razón.
Foto:Juan Francisco Somalo


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