REVISTA YA

Martes 26 de Noviembre de 2013

 
Nueva vida en Limache

Querían dejar el estrés de la ciudad atrás, y apostaron por rearmar sus vidas en el campo. En esta comuna de la V Región son cada vez más las familias con hijos pequeños que optan por vivir al ritmo de la naturaleza. Algunos sacrificaron sueldos holgados, y tuvieron que aprender a vivir con menos. Pero todos dicen haber ganado algo: misticismo, relajo y una mayor conexión son sus hijos, la comunidad y la naturaleza.  
Pilar Navarrete. Fotos: Sergio A. López -¡Ahhhh, mira, así que conoces a la Rosa Puga! -me dicen al teléfono varios limachinos de toda la vida, como Gastón Soublette (86), musicólogo y profesor de estética de la Universidad Católica; Auristela Castillo (60), araucana de origen y dueña de Auri, un conocido vivero de plantas; y Chico Piña (62), el entrenador de fútbol del estadio Municipal de Limache, que es, además, un afamado componedor de huesos.

-¡Conoces a la Rosa! -me comentan también un listado de afuerinos convertidos en nuevos vecinos de Limache, entre ellos la escritora Andrea Maturana, el periodista Felipe Ossandón; su señora, la historiadora del arte Catalina Rengifo; la ilustradora Joanna Mora y su marido, el diseñador brasilero Marcelo Clivati.

En Limache -la ciudad ubicada a los pies del cerro La Campana, en el Valle de Marga Marga, a 108 kilómetros de Santiago, famosa por sus tomates y donde viven 45 mil personas-, decir que uno conoce a Rosa Puga permite entablar una conversación dando por entendido algunas cosas; entre ellas, que uno sabe algo de yoga y terapias de sanación -porque ella se ha dedicado a practicar y enseñar estas disciplinas desde hace veinte años- y que Limache se ha convertido en el destino de una ola de inmigrantes que traen en su maleta historias curiosamente cosmopolitas. Rosa Puga (43) es una de ellas.

Reconocerla es fácil, porque tiene una belleza silvestre y un aura que cautiva: es alta y muy delgada, tiene los ojos celestes, el pelo castaño, liso, donde se asoman unas pocas canas. Chilena de nacimiento, llegó a Limache hace seis años después de vivir por trece en Hawai, donde aterrizó a los 20 años, recién casada con un fotógrafo chileno-americano. En el archipiélago tuvieron a Tristán (19), que creció haciendo surf, mientras Rosa se formaba como fisiatra, profesora de Pilates y aprendía las ceremonias hawaianas ancestrales.

Rosa llegó a Limache por primera vez ya separada y vuelta a emparejar con Matteo di Biasio, un italiano que había recorrido el mundo -India, el sudeste asiático, buena parte de Europa y también México- y con Florencia, la hija de ambos, que solo tenía nueve meses. Esa primera estadía en Limache no les fue particularmente grata. Abrumados por el ambiente pueblerino, antes del año regresaron -junto a Tristán y Florencia- a Hawai. Pasarían seis años antes de que decidieran volver otra vez; y cuando lo hicieron, dicen, Limache ya era otro.

-La primera vez fue un viaje muy duro -recuerda Matteo-. Limache todavía estaba en un estado bastante medieval. La segunda vez había cambiado a la era moderna: ya había un cafecito, un lugar donde comprar un sushi o comer una pizza, estaba el metrotrén, que te lleva a Valparaíso en 40 minutos, y además la masa crítica de personas era mayor.

En los últimos dos años, agrega, eso se ha notado más: a Limache han llegado ciudadanos del mundo.

-Imagínate que el otro día conocí a un yugoslavo que pasó diez años en Serbia, después estuvo diez años en Los Angeles, luego trece años en Roma, y ahora está acá porque se encontró con una chilena en Bangkok, y ahora viven acá. ¡¡¡En Bangkok la conoció y ahora viven acá!!! Es una verdadera realidad paralela a la chilena: personas de muchos países, cada uno con su historia, cada uno con su background y donde el mínimo común denominador es la búsqueda de estar en la naturaleza.

***

Aunque muchos dicen que Limache está cambiando, eso, para un visitante primerizo, de buenas a primeras no se nota. Sus calles siguen estando rodeadas de enormes plátanos orientales. Muchas veredas siguen teniendo acequias a la vista. Por sus calles siguen transitando micros con carteles fluorescentes que dicen a Olmué o Villa Alemana y corren de un lado a otro los colectivos. Por las veredas los adolescentes caminan vistiendo uniforme. En la plaza Brasil -algo así como la Plaza de Armas- todavía hay una pérgola, y en la esquina, un casero vende cebollines, tomates, albahaca, alcachofas y lechugas con olor a campo. Al costado hay una feria artesanal. La oficina de Tur Bus funciona a pasos, al lado de un local de pollos con papas fritas.

El mejor radar para medir el crecimiento de la ciudad es quizás el colegio Waldorf que se instaló en la ciudad en 1999 y cuyas familias son, en su mayoría, afuerinos: santiaguinos, porteños, extranjeros. Cuando su fundadora, Angélica Villaspir, ex profesora del colegio Rudolph Steiner en Santiago, dio partida al proyecto, tenía solo cinco alumnos en el terreno que su marido, el fallecido arquitecto Jorge Gómez, donó para ese fin: una casa quinta de siete hectáreas donde este martes los niños corren vestidos con ropa de calle. En total son 250 alumnos y la lista de espera ya alcanza 200 inscritos.

Como el colegio ha atraído a familias, inevitablemente la demanda de viviendas en Limache se ha disparado y los precios también: si en 2008 se podía conseguir una casa de 100 m2 en un terreno de seis hectáreas por 250 mil pesos, hoy el piso no baja de 270 o 300 mil pesos. Las corredoras no alcanzan a poner el letrero de "Se Arrienda" cuando ya tienen el contrato cerrado, dicen los lugareños. Y a la salida de Limache, camino a Lliu Lliu, se puede ver un portón que lleva a El Huinganal, un loteo en el que muchos europeos y norteamericanos han comenzado a construirse casas espaciosas.

Hace 10 años, nada de eso sucedía todavía.

***

A sus 86 años, Gastón Soublette, quien desde los dos años ha pasado temporadas enteras la casa quinta que su familia tiene en Limache, y que desde hace 26 vive allá de jueves a domingo, ha sido testigo directo de la evolución de este pueblo-ciudad.

-Hace tiempo vengo observando cómo llegan parejas jóvenes con pocos hijos o hijos chicos. Y no es gente de plata, sino que al revés, son pequeños profesionales de esfuerzo, que arriendan o compran casa. Ellos ejercen acá su profesión -dice.

Como se ha interesado en ese fenómeno, decidió estudiarlo: todos los años en diciembre reúne a estas familias en su quinta. Los invita con la condición de que vengan con los niños.

-Es interesante entrevistarlos -comenta-. Yo les pregunto ¿por qué te viniste a vivir para acá? ¿Cuál es tu propósito? Ellos me dicen: "Vivir lo más posible de los ritmos naturales, lo más sano posible". Y muchos me han hecho confesiones notables. Yo les he preguntado: "¿Tú crees en Dios?", y varios me han respondido "mira, yo fui bautizado, no me preocupaba mucho el problema, pero llegando aquí, la presencia de Dios se me hizo patente por sí misma". Es una respuesta muy común en ellos. Tienen una empatía espiritual con la naturaleza que para ellos no se remite solamente a los recursos de la tierra, sino que es un todo orgánico de vida, detrás del que hay un espíritu que se les hace más presente viviendo así.

Es un proceso que vivieron la ilustradora Joanna Mora y a su marido, Marcelo Clivati, un diseñador brasilero, a quien conoció en Santiago para un Año Nuevo. Antes de llegar a Limache, eso sí, vivieron diez años en Barcelona.

Se instalaron en la Quinta Región hace cinco años, con sus dos hijas pequeñas -Leonor (9) y Siena (6)-. Llegaron a una casa ubicada en un fundo de seis hectáreas con cinco palmas chilenas, un alcornoque y una araucaria.

Joanna reflexiona:

-Nos ha cambiado mucho la vida. Muchos de los que hemos llegado a vivir acá estamos en la brecha de los cuarenta, donde pasan cosas fuertes. Muchos tuvimos que cambiar lo que hacíamos antes para venir acá. Nos replanteamos muchas cosas: si estábamos haciendo lo que queríamos, qué les íbamos a dejar como enseñanza a nuestros hijos, y si nos gustaba el mundo donde estábamos viviendo. Yo antes me reía de las revistas de autoayuda, y es más, era súper sarcástica. Pero a los dos años de vivir acá me vi diciéndole a Marcelo: "Salgo al patio y siento a Dios". No sé. Es algo que nunca me había pasado. Encontré algo en el campo. Quizás son las estaciones, ver con claridad las estrellas, estar tan en contacto con la tierra y vivir las cosas fuertes que pasan. Esto no es igual que vivir en un departamento encerrados. Si tienes animales, ves cuando nacen o cuando se mueren. Yo creo que a todos al llegar a Limache se nos remeció alguna parte de la vida.

***

Son las 11 de la mañana, y Rosa me cita en el Centro Bienestar, que funciona hace tres años en lo que antiguamente fue la cochera de una casa quinta que hace algún tiempo compró una inglesa, amiga suya, casada con un canadiense, que llegó a vivir a Limache cuando supo que aquí funcionaba un colegio Waldorf. El caserón, que tiene un jardín de cuatro hectáreas -con un parrón, una huerta enorme, rosales, cactus, plantas silvestres y una piscina-, se apronta a abrir sus puertas como un hotel boutique. Allí, al costado, está la sala donde Rosa hace terapias en las que combina, sin una pauta estructurada, ejercicios de Pilates, yoga y las técnicas de sanación que aprendió viviendo en Hawai.

Me recibe -junto al fotógrafo que me acompaña- vestida con pantalones café, gastados, y una blusa celeste. Como hace frío, busca un suéter de lana que le compró a una amiga bióloga que vive acá desde febrero. Rosa me quiere mostrar cómo desarrolla los ritos que, desde hace un par de años, han comenzado a pedirle parejas y familias jóvenes que buscan bendecir sus matrimonios -en algunos casos también bautizos- de una forma única, alejada de lo tradicional.

Se sienta de rodillas frente a un sahumador que tiene la forma de un cáliz andino. Parece una cerámica diaguita. Sobre la manta hay un abanico hecho con plumas de un aguilucho y un canasto de mimbre repleto de piedras, entre ellas gruesas tajadas de cuarzo. Detrás del quemadero arma un improvisado altar: sobre un aguayo pequeño coloca un recipiente con agua, un instrumento andino y un florero con una rosa y una vara de lavanda. También un palmatoria pintada de muchos colores donde prende una vela. Toma la copa, la mira con detención y me explica como hablando con el viento:

-Saludas a los cuatro rumbos, saludas a los que vinieron antes, a nuestros ancestros y a los que vendrán después. Saludas a los cuatro vientos, a los cuatro elementos arquetípicos que se asoman en el borde de la vasija: el jaguar, la serpiente, el cóndor y el colibrí. Así nos hacemos parte de toda la danza, de toda nuestra existencia.

Rosa sonríe de manera dulce.

En la copa esparce, como si fuera sal, un puñado de pétalos de rosa que saca delicadamente desde un frasco de vidrio. "Se utilizan para bendecir", me explica, "porque si quisiéramos limpiar ponemos un ají y un ajo y mandamos para afuera todo lo que queramos".

Nos mira, se ríe, y su risa es contagiosa. Entre medio toma una caja de fósforos y con uno de ellos prende los pétalos. Acerca su rostro al cáliz y sopla con cuidado. La sala se impregna de un aroma relajante.

Al salir del Centro y subirnos al auto, Sergio, el fotógrafo, me comenta:

-Nunca pensé que Limache fuera tan místico.

***

Entre los negocios que se instalaron en el centro de Limache destaca un pequeño café de fachada color calipso que se llama "Amor Porteño", el único local de comida vegetariana que hay por estos lados. Abrió en febrero, y lo lleva un matrimonio santiaguino formado por el periodista Felipe Ossandón -ex editor de la radio Play- y su esposa, la historiadora del arte Catalina Rengifo -hasta febrero y por los últimos cinco años, directora del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Adolfo Ibáñez-. Cuando faltaban veinte días para que se terminara su posnatal tras el nacimiento de su primer hijo, Manuel, renunciaron abruptamente, para comenzar una nueva vida en el campo haciendo lo que jamás se imaginaron: llevar un café.

En dos semanas desmontaron el departamento de cuatro dormitorios y tres baños que arrendaban en Pedro de Valdivia Norte y redujeron su vida a una cabaña de 30 m2 al interior de una parcela en Los Aromos, a la salida de Limache. Como no les caben todos los muebles, algunos, como una alacena antigua, decoran el negocio. Duermen los tres en la misma cama, y aunque hay veces que les ha costado conciliar el sueño preguntándose si el presupuesto les daría para llegar a fin de mes, dicen que nada cambia el privilegio de que su hijo se despierte mirando vacas y que puedan criarlo entre los dos, sin dejarlo en una sala cuna.

-Cuando me dicen "¡Cómo son tan locos! ¿Renunciaron para venirse acá?" da un poco de lata. Creo que la gente reacciona con rabia porque uno tomó la decisión que se sienten incapaces de tomar -comenta Catalina-. Nosotros éramos un matrimonio que salíamos a comer tres veces por semana, íbamos por lo menos dos veces al mes a recitales, dos veces a la semana al cine. Acá no existe nada de eso, pero no lo echamos de menos.

El cambio de una agitada vida urbana por otra más simple lo gatilló la llegada de Manuel.

-Nosotros llevamos diez casados y nos costó mucho tener un hijo. Y durante mi embarazo caminar por Santiago fue atroz. Me pasaban a llevar, sentía que en la calle a nadie le importaba que estuviera embarazada. Cuando nació Manuel, un día en un taco infernal se nos deshidrató. Entonces nos preguntamos: ¿esto queremos para nuestro hijo?

Y confiesa:

-El cambio no ha sido fácil ni es gratis. Para abrir el café pedimos un crédito que tenemos que pagar, y a uno se le aprieta la guata cuando ve que los números del café no dan. Acá no tenemos contrato con sueldo fijo e isapre, que son cosas que a uno le acomodan porque te permiten vivir más tranquilo. Pero yo no cambio por nada lo que hemos vivido acá -.

***

A la bióloga Gabriela Zegers (36) la vida la trajo a Limache de golpe: luego de estudiar en la Universidad Católica, partió con su pareja, también biólogo, a Chiloé, donde se dedicó a trabajar en investigación. Luego se trasladaron a Concepción, donde creció la familia: a su hija mayor, que había tenido a los veinte, se sumaron dos más. Pero el matrimonio se quebró,y sin tener idea de cómo recomponer su vida, lo primero que hizo fue partir temporalmente a la casa de su familia en Ocoa. Un amigo de su hermana le comentó del colegio Waldorf, y ahí colocó a sus tres hijos, que hoy tienen 14, 8 y 6 años. Sin lugar donde poder trabajar como científica, decidió cambiar el rumbo de su vida:

-Tuve que rearmar mi vida en Limache dentro de las posibilidades que había -comenta.

Hoy trabaja como profesora en el colegio de sus hijos. La casa en la que vive es enorme. La compró el año pasado en un remate: tiene tres pisos y un jardín donde cabe una huerta de unos 20 m2, una terraza de baldosas donde sus hijos hacen carreras en patines y una sala donde hay un piano de cola y que piensa arrendar para tener una entrada extra. Las tardes las dedica a tejer con telar mapuche, un hobby que antes de su nueva vida tenía un poco de lado. También vende chalecos, como el que por la mañana vestía Rosa. Gabriela los diseña y se los encarga a las tejedoras de la zona. Parada en la cocina de su casa, donde cuelgan peces de madera que se trajo desde Chiloé, reflexiona.

-Yo creo que a Limache hemos llegado muchas personas que no supimos adaptarnos en otros lados. En Santiago y en Concepción siempre me sentí atrapada. Tenía muy buenas amigas, pero siempre me sentía el bicho raro. Acá me siento normal, porque uno puede ser como quiere ser -dice.

Gabriela me ofrece un té de la marca "Yogi Tea". Lo sirve en una taza roja con lunares blancos. La etiqueta de cada bolsita trae un mensaje diferente. La mía dice "Where there is love, there is no question" (Donde hay amor, no hay preguntas).

***

El colegio también fue clave para que la escritora Andrea Maturana terminara viviendo en Limache. Por la puerta de un enorme caserón se asoma su hija menor, quien abre el portón con cara misteriosa.

Para llegar al living hay que atravesar un enorme salón de muros blancos completamente vacío: no hay cuadros ni muebles, solo tres puertas y la boca de un pasillo que conduce hasta el living, el antiguo patio interior de esta casa de campo de 400 m2, construida en 1900 y que antes de recibir a Andrea y su familia acogió a un asilo de ancianos.

Licenciada en Ciencias Biológicas, con estudios en arte y teatro, traductora y escritora de cuentos infantiles, Andrea vivía con su marido músico israelí y sus dos hijas en una zona boscosa de Reñaca. Reconoce que nunca enganchó mucho con la sociedad viñamarina, pero que vivir en Limache tampoco estaba entre sus planes. Todo cambió cuando su hija mayor, Eva, empezó a sufrir de un estrés galopante debido a las presiones del colegio al que iba. En ese momento, varias personas le comentaron a Andrea que en Limache se había instalado un colegio Waldorf. Matricularon a Eva de un día para otro. Durante varios meses, todas las mañanas emprendían viaje desde Reñaca a Limache, hasta que compraron la casa y se mudaron definitivamente. Su marido, que trabaja en el Instituto de Música de la Universidad Católica de Valparaíso, viaja en metrotrén los 40 minutos que demora el viaje, y ella, que trabaja desde la casa, dedica gran parte de su tiempo a sus dos hijas.

-Vivimos mucho en función de las chicas, y me siento contenta porque, la comunidad que funciona en torno al colegio hace de este lugar uno bastante especial. No cualquier persona opta por vivir así, por vivir quitado de bulla, por vivir tratando de acompañar a los chicos en su desarrollo, que es algo bien costoso en tiempo y en dedicación.

Es una vida que ha acomodado a los diseñadores Joanna y Marcelo también. Al menos lo suficiente como para que planeen seguir sus carreras allá. Como su casa es grande, montaron ahí sus escritorios y por Internet mantuvieron los trabajos que se trajeron desde Barcelona, donde también trabajaban como freelance. Hoy Joanna quiere empezar a dedicarse por completo a la ilustración de cuentos infantiles; él, dejar el diseño y dedicarse a la gastronomía. Por estos días vende aceite de oliva producido en San Felipe a restaurantes de la zona. En su living hay un televisor, pero apenas lo prenden para ver películas los cuatro juntos el fin de semana.

-Para qué prenderla si vemos pasar caballos por la ventana -comenta Joanna-. Acá hemos visto cosas que nunca pensamos y que no buscamos. Hemos visto nacer potrillos. Cuando llegamos yo no tenía idea cómo era la planta de la zanahoria, porque iba al supermercado y solo compraba el paquete. Y ahora me río porque pasamos por el colegio y mis hijas ven dos hojitas y me dicen: ¡mamá, ese es un tomate!

-Vivir acá remueve muchas cosas -comenta Marcelo-. Comemos huevos de campo, yo voy a comprar leche de vaquita feliz, la hiervo y hago mi yogurt, preparo mi propio pan. Eso nos ha hecho tomarle el peso a lo que significa alimentarse con cosas envasadas. Yo siempre supe que hacía mal, y lo dejaba pasar, pero acá te das cuenta de que no da lo mismo. Acá le tomamos el gusto a la comida de verdad y la vida se nos ha hecho más consciente. Y cuando te metes en eso, no puedes volver atrás.

"Yo les pregunto ¿por qué te viniste a vivir para acá? Ellos me dicen: para vivir lo más posible de los ritmos naturales".

En los últimos dos años han llegado a Limache ciudadanos del mundo: yugoslavos, canadienses, italianos, entre otros.

"Muchos de los que vivimos acá estamos en la brecha de los 40 donde pasan cosas fuertes. Nos replanteamos muchas cosas".

"No tenemos contrato con sueldo fijo e isapre, que te permiten vivir más tranquilo. Pero yo no cambio por nada lo que hemos vivido acá".

 


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<p>Por las calles de Limache se ve a muchas familias jóvenes.</p>

Por las calles de Limache se ve a muchas familias jóvenes.




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