VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 1 de Junio de 2002


Mont-Saint-Michel

Este popular destino turístico de Francia es también uno de sus centros espirituales más antiguos. Joya arquitectónica, la rocosa isla de Mont-Saint-Michel remata en una abadía y un monasterio gótico.
Texto y croquis, Patricio De Carlos Velarde, egresado de arquitectura, Universidad de Viña del Mar

Desde hace más de mil años, peregrinos y viajeros han recalado en Mont­Saint­Michel, pequeña isla en el suroeste de Normandía. Unida a tierra firme por una carretera, la localidad se emplaza majestuosamente sobre un banco de arena bañado por las impetuosas mareas que azotan la bahía. Cuando hace buen tiempo, el cónico peñasco ­ocupado por una abadía, recintos monásticos, casas, jardines, terrazas y fortificaciones­ se aprecia desde lejos; en medio de la niebla, el oscuro perfil de los techos y de los pináculos pareciera flotar como fantasmal palacio sobre una nube de vapor.

Hace siglos, la isla formaba parte del continente, unido a las tierras de Normandía. En tiempos de Roma se le llamó "monte tumba", porque, según la tradición, los celtas usaban esa roca como cementerio.

Allí los druidas adoraban al Sol y los romanos al rey solar Mitra. Cuenta la leyenda que Julio César fue sepultado en el monte tumba, en féretro y con botas de oro. En el siglo V, el terreno de esta zona se hundió, y cien años después la peña se había convertido en una isla a merced de la pleamar, a la que sólo podía accederse, en ocasiones, por un peligroso sendero marcado con grandes estacas.

La quietud y la soledad de la isla atrajeron muy pronto a unos monjes. Ellos construyeron allí un pequeño oratorio, y eran sus únicos habitantes cuando, se dice, en el año 708, el arcángel San Miguel se apareció en sueños a Aubert (luego San Aubert), obispo de Avranches, para ordenarle la construcción de una capilla en el monte tumba. Las dudas y la indiferencia del santo forzaron al ángel a volver con la misma encomienda, pero sólo después de su tercera visita ­en la que el arcángel lo tocó en la cabeza­ Aubert inició la construcción en el risco. Este fue asistido por una serie de milagros: el lugar de los cimientos fue señalado por el rocío de la mañana; una vaca robada reapareció en el punto donde debía colocarse la primera piedra; con solo posar el pie, un bebé movió una pesada roca, y San Miguel se presentó de nuevo para identificarse con un manantial de agua dulce.

Rebautizada como Mont-Saint-Michel en honor del arcángel, la peña se convirtió rápidamente en centro de peregrinación, y en su cima se erigió, en el año 966, una abadía benedictina para 50 monjes. Iniciadas en 1020, las obras de la iglesia que aún corona la cumbre del risco tardaron más de cien años, debido a las dificultades que acarreaba construir en tan escarpadas pendientes.

Los derrumbes parciales ocurridos en diferentes épocas obligaron a ejecutar importantes trabajos de restauración, aunque la iglesia conserva su estructura románica de arcos redondeados, muros gruesos y bóvedas amplias, con un coro gótico del siglo XV.

La abadía es sólo uno de los portentos de Mont­Saint­Michel. El otro fue ideado por Felipe II de Francia, en compensación por haber incendiado parte de la iglesia, en 1203, en un intento por arrebatar la isla a los duques de Normandía, sus tradicionales soberanos. La Merveille, "la maravilla", en el costado norte de la isla, es un monasterio gótico construido entre 1211 y 1228. Comprende dos secciones principales, cada una de ellas de tres pisos. La planta baja del lado este aloja a la "aumoniere", donde los monjes daban limosna y hospedaban a los peregrinos pobres. Sobre ella está la salle des hotes, salón donde el abad recibía a los visitantes ricos. En una de las dos enormes chimeneas de este recinto se cocinaba la comida de los monjes; la otra proveía calor. La planta superior era el refectorio de los frailes, vasto aposento de muros
gruesos y ventanas alargadas que lo colmaban de radiante luz.

La sección oeste de la Merveille incluye el vellier, una bodega sobre la cual se hallaba el criptorium, donde los monjes copiaban manuscritos. En 1469, cuando Luis XI fundó la orden de los caballeros de San Miguel, esta estancia, dividida en cuatro, mediante hileras de columnas de piedra, fue elegida como sala capitular de los miembros de la orden. El claustro ocupa el piso superior del lado oeste; suspendido entre el cielo y la tierra, era un oasis de tranquilidad. Dos filas de columnas esbeltas sostienen arcos decorados con hojas y rostros tallados. Este recinto habría de conducir a una sala capitular que jamás fue construida.

Mont­Saint­Michel no ha sido siempre un remanso de paz espiritual. En la Edad Media, la isla fue escenario de la pugna entre reyes y duques por su dominio. Se le fortificó a principios del siglo XV, durante la Guerra de los Cien Años, sobrevivió a repetidos asaltos ingleses y resistió el ataque de los hugonotes en 1591. Pero la comunidad religiosa decayó y, cuando en tiempos de la Revolución Francesa el monasterio fue disuelto, alojaba sólo a siete monjes. Durante el reinado de Napoleón, y bajo el nombre de ile de la liberté ("isla de la libertad"), sirvió como prisión hasta 1863, cuando se declaró Monumento Nacional. Gran parte de la abadía y del monasterio fue restaurada, de modo que sólo París y Versalles rivalizan hoy con Mont­Saint­Michel como las principales atracciones turísticas de Francia.

La tradición de culto cristiano resurgió allí en 1922. Además, la tradición espiritual subsiste en la presencia permanente de por lo menos un monje, mientras que muchos otros encuentran en este lugar temporal retiro del mundo.


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La arquitectura de las galerías del claustro, donde la altura de las columnas es la del cuerpo humano, crea un marco íntimo para la meditación de los monjes.
La arquitectura de las galerías del claustro, donde la altura de las columnas es la del cuerpo humano, crea un marco íntimo para la meditación de los monjes.
Foto:Patricio De Carlos Velarde


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