ESPECTÁCULOS

Viernes 16 de Mayo de 2003

Actriz de teatro, cine y televisión:
La soledad acompañó en su muerte a Silvia Piñeiro

La Premio Nacional de Arte falleció ayer a las dos de la madrugada. Hoy, al mediodía, será su funeral en el Parque del Recuerdo.
VERÓNICA SAN JUAN, ANDREA GONZÁLEZ Y VERÓNICA MARINAO

En una playa de Quintero alguien tuvo la sospecha de que la mujer que animaba a los habitantes del campamento veraniego tenía condiciones para actuar. Santiago Vivanco se llamaba el hombre que venía observando el histrionismo de Silvia Piñeiro Rodríguez, una dueña de casa de 27 años, casada, con un hijo, y que acababa de reinstalarse en Santiago tras seis años de vivir en Iquique.

Ese verano del 49 fue clave y determinó el futuro de la actriz fallecida ayer a los 80 años, a causa de un paro cardiorrespiratorio y cuya muerte lamentaron (con cartas) el Presidente Ricardo Lagos, el general (r) Augusto Pinochet, el general Juan Emilio Cheyre y el alcalde Joaquín Lavín.

Reconocida por su papel como Laura Larraín viuda de Valenzuela en La pérgola de las flores y por su aristócrata personaje de Bebé McKay de Moller en la serie Juani en sociedad, Silvia Piñeiro cruzó una parte significativa de la historia del teatro profesional chileno: perteneció al Teatro de Ensayo de la Universidad Católica en los años 50; fue empresaria, productora y primera actriz de su compañía en los 60; incursionó en las revistas en los 70, y volvió a su casa de origen en los 80, como protagonista de Sarah Bernhardt (1984), una de sus más sólidas interpretaciones.

Su herencia como actriz dramática y comediante se resume en 70 obras de teatro, 25 de ellas producidas por su compañía, 10 teleseries, dos películas (El cuerpo y la sangre y Sonrisas de Chile), una exitosa comedia para televisión (Juani en sociedad) y un programa que llevó su nombre (El show de Silvia Piñeiro). Esta trayectoria fue reconocida internacionalmente con el Premio Ondas a la mejor actriz iberoamericana de televisión (1971) y con el Premio Nacional de Artes (1988).

Hija de una familia de clase media, Silvia Piñeiro nació en Santiago el 27 de junio de 1922. Prácticamente no conoció a su madre: cuando ella tenía cuatro años, la profesora Ema Rodríguez murió. Cursó las humanidades en el Liceo Nº 5 de Niñas. Allí inició una breve carrera deportiva que la convirtió en campeona sudamericana de básquetbol.

Cambió el entusiasmo deportivo por una apacible vida de provincia en Iquique. Tenía 20 años, estaba recién casada con el ingeniero Leopoldo Contreras y su mayor gesto de frivolidad de ese período fue ganar el reinado de la Fiesta de la Primavera de la ciudad. Luego vendrían aquel verano en Quintero, las actuaciones espontáneas para sus amigos y una fracasada postulación al Teatro de Ensayo de la Universidad Católica. Pero lo volvió a intentar y en 1950 se convirtió en alumna de la UC.

Nueve años trabajó en la compañía universitaria con la que debutó con La casa de la noche (1954). De ese vínculo surgieron 11 montajes: Entre gallos y medianoche (1957), ¡Esta señorita Trini! (1958), Deja que los perros ladren (1959) y La pérgola de las flores (1960) son algunos de los montajes de ese período.

Con la obra de Isidora Aguirre, Piñeiro conoció la fama junto a Emilio Gaete, su histórico compañero laboral; Ana González, Carmen Barros, Anita Klesky y un numeroso elenco. El musical permaneció dos años en cartelera, recorrió Chile e itineró por Francia y España. Al regreso de esa gira, la actriz creó la compañía que llevaría su nombre.

Instalada en la sala de Tarapacá 1181 (actual cine Normandie), Silvia Piñeiro cambió de giro. Con agudeza empresarial, olfateó los éxitos extranjeros, los adaptó, los produjo y los protagonizó. Desplegó su talento de comediante en La comezón del séptimo año y La pulga en la oreja. Emilio Gaete, Sonia Viveros, y Pedro Messone fueron algunos de sus colaboradores.

Justamente uno los aciertos comerciales de ese período, le permitió llegar a la televisión. Juani en sociedad fue adaptada en 1965 como serie y transmitida por capítulos hasta 1972. La historia fue reeditada en 1979 y 1995, aunque no alcanzó los mismos niveles de audiencia de su primera etapa. A partir de Juani..., las teleseries fueron otro foco laboral para ella. Mi nombre es Lara, De cara al mañana, Bellas y audaces, Estúpido cupido, Champaña y Marrón glacé son parte de su trayectoria.

En los 70 se incorporó abiertamente al género de revistas, con títulos como Chilenísimo y Cien mujeres y un play boy. También inició una colaboración con Tomás Vidiella en espectáculos como Cabaret Bijoux (1982), y Los chicos de la fiesta (1991). Otra actriz legendaria, Malú Gatica, se convirtió en la compañera de sus dos últimas producciones: la comedia Después del postre (1993) y la telenovela Marrón glacé, el regreso (1996).

Un año después se hicieron públicos los efectos de su cesantía y de la inadecuada administración de su dinero. Incluso hasta hace pocos años la actriz instistía en su necesidad de trabajar. Nunca consiguió financiamiento para crear la Fundación Silvia Piñeiro, con la que quería becar a estudiantes pobres. Tampoco publicó sus memorias. Su hijo Leopoldo sigue recopilando material para ese libro que ilustrará los 42 años de trayectoria de su célebre madre.

Cesantía y embargos

La noche de octubre de 1997 en que apareció en silla de ruedas en el programa Domingo a domingo de Megavisión llevaba un año cesante. Emocionada, habló de la precariedad económica en que vivía y rogó por un trabajo. El dinero del Premio Nacional (20 UTM) y las tres pensiones de gracia (cada una de unos $66 mil) no le alcanzaban para vivir.

El caso movilizó a los productores de Viva el lunes, el espacio de Canal 13 que registraba el mayor rating de la época. En vivo, una noche de noviembre de 1997, Silvia Piñeiro recibió las llaves de un departamento en el centro de Santiago. También en esos días, el empresario León Kotliarenco la contrató para que visitara y animara a los ancianos de distintos hogares. La actriz alcanzó a recorrer unas 90 residencias. Ésa no fue la última vez que se hizo pública su precariedad financiera. En septiembre de 2000 recibió una orden de embargo por una deuda de $2,5 millones, contraída en 1996 con el Banco del Estado. El 19 de enero de 2001 un receptor judicial tocó el timbre del departamento de la calle San Antonio. Venía con dos ayudantes y un carabinero. Se llevaron unos pocos muebles y un televisor, especies que el banco finalmente no remató. Ella, ya desconectada de la realidad, nunca entendió qué hacía un carabinero en su casa.




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Silvia Piñeiro nunca pudo conseguir el dinero suficiente para crear una fundación a través de la cual quería becar a estudiantes pobres. Sus últimos años los vivió en condiciones económicas muy estrechas.
Silvia Piñeiro nunca pudo conseguir el dinero suficiente para crear una fundación a través de la cual quería becar a estudiantes pobres. Sus últimos años los vivió en condiciones económicas muy estrechas.
Foto:El Mercurio


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