VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 29 de Enero de 2000


La residencia Eguiguren

Mientras menos quedan, más se valoran estas mansiones palaciegas de Dieciocho y Ejército, el barrio más afrancesado de la ciudad. Esta, encargada por Luis Eguiguren Valero, durante largos años fue el pedagógico de la Universidad Católica; hoy pertenece al DuocUC.
Pocos propietarios ha tenido esta residencia de principios del siglo XX, lo que ha sido uno de los factores que explica su buen estado de mantención. Los primeros fueron los mandantes, el diputado del Partido Conservador Luis Eguiguren Valero y su esposa Elisa Irarrázaval Correa, los que, dueños de una situación económica más que acomodada, la alhajaron en consonancia con su arquitectura.

Los Eguiguren Irarrázaval construyeron su residencia con todos los signos de la época, lo que la hace aún más interesante; de partida, se la encargaron a Alberto Cruz Montt, el gran arquitecto del momento, cuyo excelente oficio queda aquí sabiamente reflejado, en este sector declarado Zona Típica de Santiago.

Personajes como Ladislao Errrázuriz el de la Guerra de don Ladislao, el Presidente Barros Luco, el alcalde Fanor Velasco, vivieron por entonces en esta calle, aunque el más popular era Aurelio Valenzuela Basterrica, dueño del Teatro Septiembre y de los cines Brasil y Politeama, cuyo prestigio alcanzó las mayores cumbres cuando construyó en las cercanías el elegante y moderno Teatro Carrera en la Alameda, para cine sonoro. En el barrio residían también los Fernández Solar, familia de Sor Teresa de los Andes.

Fiel a los mejores ensueños de 1918, cuando fue proyectada esta casa mismo año del Club Hípico, el Palacio Bruna y la inauguración de la principesca basílica del Perpetuo Socorro, la Residencia Eguiguren incluye dos espacios emblemáticos: un oratorio y un teatro.

En el primer piso, más atrás de los salones y comedores, se ubicó una sala de teatro para 60 personas, modernizada por la comodidad de tres baños en su entorno inmediato. En este sentido, el acceso al segundo piso, señalado por escaleras de mármol blanco que suben escoltadas por pasamanos de acero y barandas de bronce, también se contemporanizó con el apoyo de uno de los primeros ascensores santiaguinos, un histórico Otis.

En cuanto al oratorio, de paneles enmaderados y molduras, figuras de ///bulto//// sobre sendos pedestales y una ornamental lámpara de fierro forjado, más allá de su valor como sereno espacio de oración, reflejaba la cultura social chilena de la época, oscilante entre la frivolidad y las formas religiosas.

Chile, en 1919 año de construcción ya había incorporado mejores materiales y técnicas, lo que también explica el óptimo estado del edificio; fachadas y medianeros son de albañilería de ladrillo y no de adobe y, entre un volumen y otro, se levantó un muro de hormigón armado cuya estructura, como se hizo bastante luego de los violentos sismos de 1905 y 1906, es de rieles de ferrocarril. Excelentes maderas roble, roble americano, pino Oregon, coigüe, raulí, olivillo... también enriquecen la obra.

La aplicación de madera y yesos ornamentales en los interiores, así como los lienzos que decoran los cielos, completan la imaginería del 900. El porche donde estaban las caballerizas y la cochera, y los subterráneos para muebles en desuso, herramientas y alimento de caballos, eran también parte integral de los usos de las mansiones del barrio.

Hay algunos espacios que mantienen su mismo rol, entre los cuales destaca el hall del segundo piso que, al centro de los dormitorios, con sus cuatro columnas dobles y profusa decoración, define un ambiente casi operático, romántico, con clara nostalgia de un pasado ya desaparecido, y anacrónico si se considera que, mientras se construía, Dagoberto Godoy cruzó en avión la cordillera y pintores como Juan Francisco González y Pedro Lobos, con mucha fuerza, ya habían señalado el camino de una nueva plástica nacional y nacionalista.

Luis Eguiguren construyó seis casas adicionales para sus hijos, vecinas por Alonso de Ovalle, pero de inferior materialidad. En cuanto a la principal, la sucesión la vendió a la Universidad Católica en 1954, la que lo traspasó en 1976 al DuocUC. Este, en una época de mayor valoración del patrimonio, enfrentó con diseño del arquitecto Ricardo Mihovilovic una habilitación del piso superior, antes terraza-mirador de excelente vista de la ciudad, como planta adicional y un remozamiento general que también se ha extendido a la recuperación de marcos, vitrales y otros detalles que con el tiempo habían desaparecido.

El peso ornamental de la decoración dórica en exteriores, la armonía de llenos y vacíos, la clásica simetría y la calidad del acero forjado de los tres accesos se suman en esta residencia que es de las últimas y la mejor conservada del casi desaparecido barrio Dieciocho.

Por Miguel Laborde


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