EL SÁBADO

Sábado 19 de Junio de 2004

Las tribulaciones de Carolina de Mónaco y los Grimaldi
Días de decadencia

Muchos apuestan a que sean los Casiraghi, y no alberto, los que se queden con la corona.
Por Alejandra Mancilla

Clima perfecto, estratégica ubicación, vecinos ricos y famosos, ausencia de impuesto a la renta y los mejores casino: Mónaco representa para muchos lo más cercano al paraíso en la tierra, o al menos el lugar soñado para jubilarse. A pesar de que no cuenta con recursos naturales propios, este país de sólo dos kilómetros cuadrados de superficie genera un ingreso per cápita de 27 mil dólares anuales, casi cinco veces superior al de Chile. Sus 31 mil habitantes se dedican en su mayoría al turismo, a la banca y al negocio inmobiliario. En su tiempo libre, van a la playa, navegan sus yates y tienen entretención garantizada el año redondo, con eventos que reúnen a lo más selecto del jet set europeo, como las carreras de Fórmula Uno, la Gala del Ballet de Montecarlo, el Festival Internacional de Circo y el famoso Baile de la Rosa.

Sin embargo, hoy sus gobernantes, los Grimaldi, pasan por tiempos difíciles, empezando por su patriarca, Rainiero III. Con 81 años y tras 55 años de mandato, su delicado estado de salud, sin embargo, ha hecho que sus visitas al Hospital Princesa Grace, de Montecarlo, sean cada vez más frecuentes, y cada vez más esporádica su asistencia a los actos oficiales. Con tres marcapasos y varias operaciones al corazón (entre ellas una a la aorta abdominal), en lo que va de 2004 ya ha estado internado tres veces.

A pesar de llevar dos décadas como primera dama y presidir una decena de fundaciones e instituciones de caridad, Carolina pasa hoy más tiempo concentrada en educar a sus cuatro hijos y en mantener en línea a su marido, el pendenciero Ernst de Hannover. Estefanía, por su parte, intenta por enésima vez recomenzar su vida, ahora de la mano de Adans López Peres, un acróbata portugués con quien se casó en secreto en 2003. Y Alberto, el príncipe heredero, continúa siendo la principal interrogante: aunque lleva años trabajando junto a su padre, encargado día a día de despachar los asuntos sociales y protocolares del principado, no ha mostrado el carisma necesario para convertirse en el futuro monarca. A los 46 años, parece más preocupado del esquí y del fútbol que de pensar el futuro de su país, y la falta de noviazgos duraderos viene despertando rumores de homosexualidad hace ya años. De morir Rainiero sin un sucesor idóneo, algunos incluso especulan que podría aplicarse el tratado de 1918. Este establece que, de no dejar heredero varón, Mónaco perdería su soberanía y pasaría a depender de Francia, país al que ya fue anexado una vez, en 1793, y del que fue protectorado hasta 1911.

Esos años dorados

El Grimaldi más audaz después de Lanfranco ­el pirata genovés que tomó el peñón de Mónaco y fundó la dinastía, en 1297­, Rainiero, hizo milagros desde que asumió, en 1949. Tras recibir un país en quiebra después de la Segunda Guerra Mundial y desprestigiado por la colaboración de su abuelo, Luis II, con Mussolini, transformó en pocas décadas la faz del pequeño principado, ganándole incluso un quinto de terreno al mar.

Al principio no fue fácil. Con el casino en bancarrota y la banca al borde del colapso, no dudó en pedir auxilio al magnate naviero Aristóteles Onassis, a cambio de convertirlo en una especie de príncipe paralelo. Esta situación cambió cuando Rainiero conoció a Grace Kelly, durante el Festival de Cannes de 1955. Musa de Hitchcock, ganadora del Oscar a la mejor actriz en 1954 y, lo más importante, hija del millonario estadounidense John Kelly, le propuso matrimonio al año siguiente, y desde entonces empezaron a soplar los aires de prosperidad. Poco y nada le importó en ese momento al príncipe que ninguna cabeza coronada de Europa asistiera a su matrimonio, debido a que la novia era plebeya y extranjera. Con el respaldo de su suegro, el capital para negocios inmobiliarios comenzó a fluir desde América y, tras el nacimiento de Carolina, en 1957, el principado se convirtió en un destino de moda favorito de la élite. En 1962, Rainiero y Charles de Gaulle acordaron que los ministros de Estado e Interior y el jefe de policía serían propuestos por Francia, mientras el control mayoritario del casino pasaría al estado francés. A cambio, éste garantizaría la defensa militar y retribuiría las inversiones que los monegascos hicieran en ese país.

Ese mismo año, Rainiero dictó una nueva constitución, que redujo su poder y aumentó la representación democrática. Desde entonces, se mantiene como Jefe de Estado mientras el Jefe de Gobierno es un ciudadano francés, escogido por el soberano de una lista de candidatos propuestos por sus influyentes vecinos. Durante tres años, éste es el encargado de las relaciones internacionales, dirige la administración, la policía, y preside con derecho a voto el Consejo Nacional, compuesto por los ministros de finanzas, obras públicas y asuntos sociales. En cuanto al Poder Legislativo, es detentado por una cámara de 18 miembros, elegidos popularmente cada cinco años, y todas sus leyes y ordenanzas son ratificadas ­o rechazadas­ por Rainiero.

Con un sueldo de más de cinco millones de dólares anuales (superior incluso al de Isabel II) y una fortuna calculada en 800 millones, las tribulaciones del príncipe reinante no son de dinero. Incluso los diez millones anuales que cuesta mantener su palacio los paga el Estado, de arcas abundantes gracias al rédito del juego y del turismo. En materia de gobierno, la única acusación que lo persigue es la de haber permitido que Mónaco se convirtiera en un centro de lavado de dinero y un cubil de apátridas millonarios que quieren evadir impuestos. Esas críticas, las ha negado rudamente: "Tienen que respetarnos; estamos hartos de ser tratados como narcotraficantes".

Años turbulentos

Pero si en lo económico todo ha sido prosperidad para los Grimaldi, no puede decirse lo mismo de la suerte emocional e institucional de la familia. Muchos dicen que una mala racha los persigue desde la muerte de Grace, en 1982. La falta de una imagen materna penó sobre sus hijas, sobre todo Estefanía, que viajaba con ella cuando ocurrió el choque y que en un minuto incluso fue responsabilizada por él. Apodada la princesa rebelde, desde entonces los paparazzi supieron más de sus andanzas que su propia familia. Intentó ser modelo, empresaria, cantante y diseñadora, tuvo publicitados romances con una veintena de actores, corredores de autos y roqueros. A punto de casarse con Mario Oliver, un dueño de discoteque de turbios antecedentes, sólo la amenaza de Rainiero la hizo entrar en razón: si lo hacía, quedaba privada de todo derecho de herencia, perdía su título de princesa, se acababan los viajes gratis en avión y también su asignación mensual de 40 mil dólares.

Dispuesta a batir todos los récords, en 1992 se transformó en la primera princesa en tener un hijo fuera del matrimonio, Louis, con su guardaespaldas, Daniel Ducruet. Después de nacida su segunda hija, Pauline, se casaron, por supuesto, contra la voluntad de su familia. Su esposo todavía no terminaba de leerse la historia de Mónaco ­por exigencia de Rainiero­ cuando ya le había sido infiel. El resto es historia conocida. Divorciada, tuvo su tercera hija, Camille, con otro guardaespaldas, se enamoró de un domador de elefantes y lo siguió durante más de un año en su casa rodante, volvió a palacio, se involucró con el mayordomo de su padre, se fue de nuevo y se casó otra vez. "Lo único que me importa es que mis hijos sean felices", dijo esta vez Rainiero, mucho más condescendiente que en otras oportunidades, en que había hecho público su malestar por el comportamiento de su hija. Junto a Adans López Peres, un acróbata diez años menor que ella, Estefanía intenta hoy sentar cabeza y poco a poco ha vuelto a acercarse a su familia. Considerando sus tumultuosos antecedentes, sin embargo, no se sabe por cuánto tiempo le durarán sus buenas intenciones.

Carolina, por su parte, se llevó la parte más difícil desde la partida de Grace. Divorciada de Philippe Junot, se convirtió a los 25 años en Primera Dama de Mónaco y tuvo que asumir todas las responsabilidades, desde presidir la Cruz Roja hasta los jardines botánicos. Cuando se casó, en 1983, con el millonario italiano, Stefano Casiraghi, muchos vieron revivir los años dorados de Mónaco. Eran la familia perfecta, jóvenes, guapos y con tres hijos preciosos: Andrea (1983), Charlotte (1984) y Pierre (1987). Se robaban todas las miradas en los actos oficiales y tenían feliz a Rainiero, que veía florecer los negocios inmobiliarios impulsados por su yerno. Hasta que otro accidente se robó su alegría. En 1990, Stefano volcó con su lancha de off-shore. Su muerte sumió a Carolina en un luto que duró varios años y durante el cual sufrió de alopecia nerviosa. Retirada en su casa en Saint-Rémy de Provence, no parecía dispuesta a dejar atrás su viudez, pese a su larga relación con el actor francés Vincent Lindon. Pero entonces llegó la polémica nulidad matrimonial del Vaticano, sus hijos con Stefano fueron reconocidos como legítimos y un antiguo amigo de la infancia reapareció en su vida: su Alteza Real, el príncipe alemán Ernst de Hannover.

Cuando se casaron por el civil, en 1999, los expertos en genealogía aseguraban que Carolina no podía haber elegido mejor. Como su esposa, se convertía en Princesa de Hannover, Inglaterra e Irlanda, duquesa de Brunswick y Lüneburg, prima política de la reina de España y del rey de Grecia. Para los expertos en materias fiscales, era el alemán quien había escogido con pinzas: como residente de Mónaco se liberaba del pago de impuestos, un detalle nada menor para el dueño de una fortuna calculada en 160 millones de dólares. Al poco tiempo nació Alexandra.

¿Dinastía Casiraghi?

A pesar del ascenso dinástico, se rumorea que Carolina ha ido perdiendo la paciencia por culpa de los malos modales de su marido. Apodado el "Peepeeprinz" ­desde que lo pillaron orinando a un costado del pabellón turco, en la Exposición Universal Hannover 2000­, su linaje no se refleja en sus costumbres. Para el matrimonio de Felipe de Asturias y Leticia Ortiz, Ernst se fue de copas por Madrid la noche antes de la ceremonia, provocando el enojo de su esposa. Llegó tan de madrugada al hotel y en tal malas condiciones, que no fue capaz de asistir a la misa. Sólo se unió a su mujer en el almuerzo, pero el rostro de la princesa reflejó en todo momento su molestia. Es que la afición de Ernst por el alcohol no es nueva. Célebres son las golpizas ­y los juicios­ que le ha propinado a los paparazzi cuando lo han sorprendido saliendo ebrio de algún sitio.

Aunque muchos aseguran que ella nunca pudo reconstruirse realmente desde la muerte de Stefano, hay algo que puede mantenerla tranquila y esperanzada. A fines de 2002, previendo lo que se venía, Rainiero realizó dos cambios importantes en la Constitución: el primero fijó la mayoría de edad de Andrea, el primogénito de Carolina, en 18 años en vez de los 21, con lo que le dio la oportunidad de subir varios escalafones en la línea de sucesión. Además, modificó la ley, de manera de permitir a las princesas Carolina y Estefanía que heredaran el trono, en caso de ser necesario. Tras esta decisión, aseguran los analistas, lo que Rainiero pretende es abdicar en favor de Carolina, la que ­como princesa alemana­ abdicaría a su vez en su hijo mayor. Eso, aunque ella ha afirmado en privado que quiere que sus hijos decidan libremente lo que quieren hacer con su vida.

Por su parte, las revistas europeas no dejan de acechar a Charlotte que, a los 20 años, es tan bonita como su madre. Aunque se la ha visto acompañada de un joven aristócrata austríaco, Hubertus Herring-Frankensdorf, más de alguien especula que la nieta podría cumplir el sueño de su abuela: ya que Carolina no se interesó por Carlos, durante su estadía de juventud en Inglaterra, Charlotte sí podría ser perfecta para el cotizado Guillermo, el más probable heredero del trono inglés. No faltará ocasión para reunirlos, dicen los optimistas.


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Carolina nunca logró reconstruirse del todo tras la muerte de Stefano. Con Ernst de Hannover ganó linaje y perdió tranquilidad.
Carolina nunca logró reconstruirse del todo tras la muerte de Stefano. Con Ernst de Hannover ganó linaje y perdió tranquilidad.


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