ARTES Y LETRAS

Domingo 17 de Marzo de 2002

EXPOSICIONES. Galería del Cerro, MNBA, Goethe Institut:
De Amesti, españoles de hoy

Atractivo rescate de una excelente artista casi olvidada nos trae la Galería del Cerro. La plana mayor del actual arte hispano en dos dimensiones se nos propone, en el Bellas Artes, a través de la impresión digital
WALDEMAR SOMMER

Galería del Cerro rescata una olvidada artista gráfica nacional. Feliz recuperación, en beneficio del público de hoy. Se trata de Florencia de Amesti. Artista destacada de aquella notable generación de grabadores de la década del 60. Caracterizaba su obra de entonces la presencia de ingredientes figurativos inesperados, de los que se desprendía una ironía sutil, incisiva. En otras ocasiones, no obstante, plasmaban sus láminas vagas ensoñaciones de significado ambiguo. Con esta segunda vía creadora parece relacionarse más su producción de los tres años últimos. Y es lo que, dentro de un muy bien equilibrado montaje, nos ofrece la galería del barrio Bellavista.

De esa manera, luego de un período de silencio acaso demasiado largo, nos propone De Amesti collages y dibujos. Componen los primeros óleo - por momentos, con morbidez de pastel- y papeles de color, donde abunda el recurso abstracto y donde la protagonización figurativa se reduce a sus esencias. Son visiones mínimas, pero de poderosa presencia visual. Se disponen en grupos argumentales. Así, hallamos desde formas apenas reconocibles y limitadas nada más que a insinuaciones vegetales - el trío de trabajos en rojos y negros- hasta exquisitas interpretaciones de flores - amapolas de cromatismo similar- , semillas - vainas de flor de la pluma, en negro, verdes diversos, toques de azul- y frutas.

Los cuatro ejemplares personificados por cerezas manifiestan, probablemente, las cualidades cumbres de la exhibición. Aunque hay méritos visibles en todo lo expuesto, aquí el manejo maestro de los materiales, la delicadeza refinada de las formas, los juegos bellísimos de transparencia y sus reflejos, que apuntan al más ligero de los efectos de volumen, alcanzan la mayor intensidad. Los grises, ocres, rojos y blancos demuestran un sentido admirable del color. Este, además, se emplea en cada grupo mediante tratamientos y gamas muy diferentes entre ellos.

Si cierta hermandad de procedimientos pudiera descubrirse entre la expositora de ahora y su contemporánea Lea Kleiner, el temperamento pasional que denota Florencia de Amesti se aleja, suficientemente, de la espiritualidad propia de su colega. Pero hay más dentro de lo mostrado. Nos referimos a seis dibujos a lápiz y con un mínimo de coloración. Bastante lejanos de la abstracción, aunque dotados de igual finura formal que los collages, representan variaciones alrededor de puertas-ventanas y de la luz que ingresa a través de sus vidrieras amplias.

Grabado digital hispano

Sobre papel, acuarelas, dibujos a tinta o a lápiz, fotografías y collages entregados por los artistas son sometidos a tratamiento digital para, después, imprimirlos, también digitalmente, las veces que se quiera. Tal como ocurre en el caso del grabado. Los resultados muestran una fidelidad muy destacable. Según ese sistema, 18 autores de España participan con 36 láminas - Sala Chile del Museo Nacional de Bellas Artes. Ejecutadas en 2001, se restringe cada una a 34 copias de la obra original. Salvo la ausencia de Barceló y de algún realista importante, testimonian la plana mayor del arte peninsular en dos dimensiones.

Debemos confesar que luego de haber conocido, inmediatamente antes, la "Vanguardia rusa" (1900-1930), recién exhibida en el bonaerense Centro Cultural Recoleta, el conjunto visitante español nos parece de una palidez expresiva alarmante y protagonizado por una imaginería no poco desgastada por el uso, a lo largo del siglo pasado. De todos modos, las piezas poseen una más que suficiente corrección formal. Anotemos los participantes más atractivos, famosos o no.

Comencemos con la valenciana Carmen Calvo. Con aspecto de dibujo litográfico, sus limpios trazos nos traen héroes bien reconocibles y cargados de oníricas insinuaciones argumentales. No falta vigor a la imaginería, también con cierto rasgo surrealista, del conocido Eduardo Arroyo; además, ostenta gracia formal su pareja de collages. Por el contrario, el malagueño Francisco Peinado nos resulta acá una revelación. Objetos de raigambre pop - 1999- y desechos - 2000- , ambos con dramática coloración, constituyen protagonistas capaces de causar auténtico impacto visual. Asimismo descuella Javier Fernández Molina. Neoexpresionismo y abstracción determinan, en Santiago, sus sugerentes combinaciones de acuarela y dibujo a tinta; de ellas, "Mirador" provoca una particular sensación espacial.

El otrora estupendo madrileño José María Sicilia nos entrega disoluciones de color que llegan a insinuarnos irreconocibles seres viscerales. El sevillano Luis Gordillo construye con fotos, encuadres y trazos coloreados composiciones no figurativas de movilidad vertiginosa. Por su parte Darío Villalba recurre a fotografías con aglomeraciones masivas de desechos de material de construcción. Al contrario Soledad Sevilla, opta por apasionados racimos florales en negro, naranjas y rojo cadmio. Contrasta con la sobriedad minimalista de Joan Hernández Pijuan el impremeditado aire kitsch, que impregna los suntuosos ropajes abstractos y los cisnes del joven Jorge Galindo. Esa característica, sin embargo, se torna cursilería en la paloma de José María Larrondo y en las figuras amaneradas, anticuadas, de Martín Chirino.

Llama la atención la inclusión en el grupo hispano de tres extranjeros. Así, fuera del mexicano José Luis Cuevas, hallamos las variaciones sobre plantas arquitectónicas del que fue gran pintor argentino, Guillermo Kuitka. También está el cubano Kcho. Uno de sus dibujos sin color supera con creces a su compañero. Nos referimos al que entrega una escena con presuntos exiliados y su remedo de navío liberador.

Conocido en exposiciones colectivas del año pasado, el escultor Mauricio Guajardo realiza una individual en el Instituto Goethe. Su producto más antiguo, de 1997, es un acero forjado esbelto y casi volátil, donde asoma la rectoría de Francisco Gazitúa. En sus piedras cordilleranas posteriores gusta contrastar volumen y color. Suele enfrentar, pues, paralelepípedos alargados y cilindros o formas redondeadas, gris del material pétreo y negro de metal. Lugar protagónico ocupan las grietas dejadas por el cincel. Se materializan éstas ya en las partiduras rotundas de un cuerpo circular, ya en las huellas del golpe producido por la herramienta. Por último, en aquellos trabajos donde domina el corte pulido se deja sentir, quizá, la presencia de Vicente Gajardo.


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1999  Francisco Peinado nos resulta acá una revelación.
1999 Francisco Peinado nos resulta acá una revelación.


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