REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 23 de Febrero de 2003


Damien Gildea, el hombre de las nieves

El montañista es australiano, mide casi dos metros y ha dado la vuelta al mundo unas seis veces. Pero lo que más le gusta es la Antártica. Al punto que ya ha estado en cuatro expediciones realizadas allá, incluyendo una caminata al Polo Sur. Su última aventura en los hielos lo llevó hasta la cima del monte Shinn, con la intención de determinar su verdadera altura. Y quien lo acompañó hasta la cumbre fue el montañista chileno Rodrigo Fica, autor de esta entrevista.
Texto y fotos: Rodrigo Fica

Damien Gildea (33) se ha transformado en uno de los más activos conocedores de la Antártica deportiva, es decir, de las travesías, escaladas y expediciones realizadas en el continente blanco. Todo ese conocimiento quedó estampado en su libro sobre el tema, trabajo que se ha convertido rápidamente en material de consulta obligado para el reducido círculo de los exploradores polares. Claro que lo de Gildea no es sólo teoría. Él también ha escalado en Nueva Zelandia, Alaska, Nepal, China, la Cordillera Real en Bolivia, los Alpes y las montañas Atlas en Marruecos. Precisamente, esta entrevista tiene lugar poco después de la cuarta expedición de Damien a la Antártica, y poco antes de que parta rumbo a Canadá y, desde ahí, a los Himalaya por quinta vez.

­Con tu metro y 99 centímetros no pareces escalador, sino basquetbolista.

"Todos me dicen lo mismo, sobre todo porque los montañistas tienden a ser personas más compactas. Los altos consumen más energía y también tienen, comparativamente hablando, una circulación mediocre, lo que eventualmente puede terminar en congelamientos. Pero no es mi caso, porque nunca he tenido problemas, excepto una vez que se me congeló la punta de la nariz. Lo que sí, siempre me cuesta encontrar una carpa adecuada o zapatos de mi tamaño, porque mi pie tiene treinta centrímetros de largo".

­¿Cuándo fue la primera vez que fuiste a Antártica?

"En el año 2000. De una manera bastante inusual, porque, como dicen acá, ni me moví de mi escritorio. Estaba en mi casa cuando recibí una llamada del principal operador turístico en la Antártica, Adventure Network, quienes me ofrecían ser guía asistente para una travesía con dos clientes al Polo Sur, algo que sólo había sido hecho antes una docena de veces. Puedes comprender que no me demoré ni dos minutos en arreglar las maletas".

­Uno de esos dos clientes era ciego, ¿no?

"Sí, se llama Miles Hilton-Barber. Es un inglés de 52 años que no tenía mucha experiencia, pero que trabajaba con la Royal National Institute For The Blind, una organización que siempre se ha preocupado por la inserción de los ciegos en la sociedad".

­Cuesta entender cómo un ciego puede aguantar ese sufrimiento.

"No es algo fácil de conceptualizar, porque parte importante de la experiencia es observar el entorno y sentirse integrado a él en múltiples formas. En ocasiones la única recompensa para paliar el dolor es observar el paisaje y, en su caso, esto no podía ser".

­¿Cómo caminaban?

"Uno al lado del otro, con Miles en el medio; él no tenía ningún problema para seguir el ruido de las personas que lo rodeaban".

­¿Qué pasó con la expedición?

"Desafortunadamente, Miles tuvo muchos problemas con el frío y, para prevenir el congelamiento de sus dedos, un avión lo evacuó cuando llevábamos 400 kilómetros y 25 días. Si hubiera llegado al Polo Sur hubiese sido el primer ciego en hacerlo".

­Y ustedes siguieron.

"Claro, avanzando en promedio 23 kilómetros diarios hasta que recorrimos los 1.130 que existen entre Hercules Inlet y el Polo Sur. Fueron 61 días en total".

­¿Qué se siente al llegar?

"Alivio. Sólo un tremendo alivio de no tener que caminar más, de no tener que continuar con tamaño martirio. Terminé con quince kilos menos y sobresaturado por la experiencia. Más tarde, mucho más tarde, vino la alegría. Pero todo en su justa perspectiva, porque hoy por hoy ir al Polo Sur es algo que puede considerarse rutinario. Se hace dos o tres veces por año. Pero aún así, fui el australiano más joven en hacerlo y estuve entre los cien hombres que lo han hecho hasta la fecha".

­Hubo más viajes a la Antártica, ¿no?

"En marzo de 2001 estuve en la Península Antártica, en una pequeña expedición de dos semanas, escalando seis cumbres. Fue bonito porque tuvimos que llegar por mar. Partimos de Ushuahia en un barco ruso, el Grigoriy Mikeheev, y atravesamos el Mar de Drake en dos días sin ningún problema. Pero al regreso... ni te cuento. Tuve que permanecer en mi cuarto todo el tiempo. Luego de eso, vino el proyecto del monte Shinn".

­Háblame de ese proyecto.

"A fines de los setenta, un equipo de la United States Geological Survey hizo una revisión de las altitudes de las montañas más grandes de la Antártica. El resultado arrojó que el monte Vinson, el más alto, tenía 4.897 metros sobre el nivel del mar, y el Tyree, el segundo, 4.852. Pero, por razones que desconozco, el monte Shinn no fue medido, lo que gatilló la duda acerca de cuál era en realidad la tercera cumbre más alta. Esta polémica duró años y de puro curioso me surgió la idea de resolver este punto".

­¿Cómo pensabas hacerlo?

"El proyecto que tenía en mente era escalar la montaña, colocar en su cumbre un GPS de alta precisión y enviar la información a la página web de la Geoscience Australia, quienes rápidamente la procesarían y nos entregarían el resultado. Toda esta comunicación se haría mediante teléfono satelital, proceso que teoricamente era posible pero que nunca había sido probado antes".

­¿Y?

"Finalmente obtuve el financiamiento de la Fundación Omega y me vine el 2001, pero en esa ocasión fallamos porque hubo peligro de avalanchas cerca de la cumbre. Así que volví ahora, a fines de 2002".

­Bueno, fui yo quien te acompañó hasta allá y sé lo que ocurrió, pero cuenta un poco cómo fue el viaje.

"Llegamos en avión hasta el campamento base, luego caminamos varios días recorriendo los campamentos inferiores y, en la medianoche del 30 de noviembre, llegamos a la cumbre. Estaba precioso. Despejado. Pero hacía frío. Prendimos el GPS y nos metimos dentro de una carpa de emergencia a esperar que terminara, evadiendo el viento y los treinta grados bajo cero. Tuvimos que estar ahí por seis horas".

­Pero resultó.

"Sí, todo salió bien. Cinco días después supimos que la altura oficial era de 4.661 metros, con un error de medio metro. Con esto, se estableció que el monte Shinn era la tercera montaña más alta de la Antártica".

­Cuéntame acerca de tu libro, "The Antarctic Mountaineering Cronology".

"Prácticamente todo lo que sé de la Antártica lo estudié en la Antarctics and Southern Ocean Studies, en la Universidad de Tasmania. A medida que me involucraba más en el tema, me di cuenta de que no existía una recopilación de los ascensos que se habían realizado en la Antártica. Esto me pareció grave porque las escaladas y travesías formaban parte de su historia y se corría el riesgo de perderla irreversiblemente. Al final tomé la decisión de hacerlo yo mismo. Eso fue en 1996, cuando estaba en el campamento base de una montaña llamada Bubliomoting, en Pakistán".

­Tuviste que investigar mucho.

"Seguro. Y viajar por casi todo el mundo. Partí por el Scott Polar Institute en Cambridge, tal vez el más importante centro de investigación polar en el mundo. También estuve en la Antarctic New Zealand Library y en la British Antarctics Survey. Así, en 1998, y después de quince meses de trabajo, obtuve un documento final, una referencia que indicaba quién, cómo y cuándo".

­Es curioso, pero lo escribiste antes de visitar Antártica.

"Sí, eso fue lo mas divertido de todo. Casi irreverente".

­¿Cuál es el lugar más bonito en Antártica?

"La Península, sin lugar a dudas. Porque es sumamente escénica. En un breve espacio interactúan el mar, los glaciares, las montañas y la vida animal. Y hay noche, es decir, hay puestas de sol. Adentro, al interior del continente, todo es blanco, no hay nada y siempre es de día".

­¿Como ves a Chile en todo esto?

"La gente no se da cuenta de la posición privilegiada que tiene Chile. Junto con Argentina son la compuerta lógica a la Antártica dada su cercanía, lo que les da una ventaja comparativa enorme con respecto a otros países. Por eso, en Punta Arenas cada año se ven más y más expediciones. Y no es difícil de preveer que esto se incrementará con los años, así que es mejor que se vayan preparando, porque su futuro está íntimamente ligado al continente blanco".


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Rodrigo Fica camino a la cumbre del Shinn.
Rodrigo Fica camino a la cumbre del Shinn.
Foto:Rodrigo Fica


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