REVISTA YA

Martes 28 de Marzo de 2000


Trujillo teje su regreso

Al revés del ego de muchos de sus pares, la pintora Marcela Trujillo se fue a Nueva York no para conquistar la fama sino para alejarse de ella. El repentino reconocimiento que había conseguido su trabajo en Chile la asustó, porque sentía que no sabía nada de arte y que sus obras no eran tan buenas. Cuatro años más tarde, y a punto de exponer por primera vez sola en Manhattan, cree que ya está más profesional y en condiciones de volver a mostrar su talento en Chile.
Por Marcela Recabarren, desde Nueva York. Fotografías: Chad Manley

Hace cuatro años Marcela Trujillo (30) vendió todos los cuadros que pudo y comenzó la mudanza. Cambió Santiago y el reconocimiento artístico por Nueva York y el anonimato. Desapareció del mapa en una maniobra fríamente calculada. Recién egresada de la Escuela de Arte de la Universidad de Chile, Marcela había montado exposiciones exitosas, como un evento de retratos a pedido y una galería de famosos, organizada por la Zona de Contacto, en la que el público se fotografiaba con estrellas tamaño natural pintadas sobre un fondo de cartón. Al principio disfrutó la fama: abundaban las críticas favorables, las entrevistas en los diarios y el público joven fanático de su obra. Pero pronto empezó a sentirse incómoda en el mundo de los galeristas, de los críticos y de los pintores reconocidos.

- Sentía que no sabía nada, que no tenía cultura, que tenía habilidades pero no precedentes. Si me preguntaban sobre mi obra no podía ir más allá. Mis opiniones acerca del arte eran pobres. No tenía mundo. Conocía las pinturas famosas por libro. Sentía que no estaba al nivel, que no merecía lo que tenía, que mi trabajo no era tan bueno. Entonces vendí una pintura y me vine a NuevaYork por primera vez, a principios del 95. Nunca antes me había subido a un avión. Cuando vi esta ciudad llena de galerías de arte, este monstruo que camina con millones de personas de todos colores, pensé tengo que estar acá, tengo que aprender.

Un año después vendió casi todos sus cuadros y regresó a Nueva York, a quedarse.

- ¿Cómo te ha afectado el anonimato en Nueva York?

- Positivamente. La fama, la fama entre comillas que tuve en Chile, afectó de manera negativa mi trabajo. Desde que expuse la galería de famosos me empezaron a llamar: en tres meses más una exposición en una galería; en otros tres meses, en un museo. Estaba neurótica. Hacía los cuadros a propósito de que iba a exponer en cierto lugar y pensando en cómo esa obra iba a afectar mi carrera, porque mi oficio había empezado tan rápido que sentía que en cualquier momento podía desaparecer.

Marcela vive ahora en el extremo norte de Manhattan, al lado del puente George Washington, en un departamento de un dormitorio que queda en la cima de una colina. El sol entra por las ventanas e ilumina su comedor, armado con muebles ultra originales que hace su pololo estadounidense, Chad Manley, en un taller de Brooklyn. En las paredes cuelgan cinco cuadros llenos de contrastes: muñecas chinas cabalgan sobre animales peludos, niños preciosos abrazan bacterias repulsivas y un enorme nervio óptico azul envuelve el Teatro Municipal de Santiago. "Siempre he tenido amor por los contrastes, pero esto se me ha acentuado acá. En Nueva York todo es contraste. En el metro, al lado de gente común y corriente, siempre hay un loco gritando, gente hablando sola, predicadores. Hay gente rica, rica, sentada al lado de gente pobre, pobre. No es una ciudad armoniosa. Eso me encanta".

Recién llegada a Nueva York, Marcela tuvo que enfrentar problemas prácticos. Como no hablaba inglés, no tenía cuenta corriente en Estados Unidos y sólo tenía visa de turista, nadie quería arrendarle un departamento. Hasta que pegó avisos en la calle, cerca de la Universidad de Columbia, y una coreana que apenas hablaba inglés la llamó por teléfono y le dio su dirección. A cambio de la renta en efectivo le abrieron la puerta de una soleada pieza del departamento. En las otras tres habitaciones vivía la familia, una pareja con tres niños.

- ¿Fue raro vivir con ellos?

- Lo más raro del mundo. No podíamos comunicarnos. Hacían unas comidas con unos olores increíbles. Era como vivir dentro de un restaurante. Tomaban sopa picante en la mañana, con unos pescados... En el freezer guardaban unos pulpos empaquetados que te miraban. Para tratar de entendernos me compré un diccionario de coreano y la coreana iba a mi pieza y me enseñaba a escribir con sus caracteres. Los niños me hacían dibujos. Encontraba entretenido que fueran tan distintos. Cuando hallé un departamento y les dije que me iba se pusieron a llorar. Los niñitos me regalaron una flor y un cuaderno. Fue súper bonito eso.

Su temporada con la familia coreana y la amistad que hizo con los chinos, japoneses y coreanos que tomaron un curso de inglés con ella marcaron su fascinación por la cultura oriental. Los diseños de kimonos, los símbolos japoneses y los objetos que recolecta en el Barrio Chino no sólo están en sus cuadros, sino en toda su casa. En uno de los asientos del comedor hay una pila de revistas de dibujos orientales y en otro, cuatro muñecas chinas y dos cajas con adornos navideños made in China, de todos colores.

- Me encantan los orientales. Es súper difícil hablar algo personal con ellos. Las mujeres son súper reservadas, pero hay un momento en que los hombres se abren completamente. Me encanta eso, llegar al límite, estar en su casa, tomando cerveza, y preguntarles cosas. Casi todos mis compañeros coreanos habían dejado a sus pololas en Corea y yo les preguntaba:

- Si no ves a tu polola, ¿cómo lo haces?

- ¿Cómo que cómo lo hago?

- ¿No te dan ganas de acostarte con otra?

- Me miraban y me decían que sí.

- ¿Y qué haces?, ¿le pones el gorro?

- Es que yo no me acuesto con ella. Es mi novia. Uno se acuesta con otras personas, a las que uno les paga... - me decían.

- Yo husmeaba en lo personal. Quería ver cómo era su cultura, cómo vivían, qué libros leían. Les pedía que me mostraran cartas - ¡qué más personal que una carta!- y fotos de su familia en Japón, en Corea, en China. Fue una experiencia súper importante porque en esa época yo no pintaba. Socializaba. Quería aprender.

En sus primeros meses en Nueva York, Marcela también se ocupó de liberarse de la carga de prejuicios que traía de Chile.

- Al llegar me desprejuicié de la idea que tenía del arte y de los estilos. Por ejemplo, antes no me gustaba el arte abstracto. Me gustaba lo que hacía yo no más (risas). Me gustaba el arte representacional, divertido, irónico, funky, con colores fuertes. No conocía a gente que hiciera cosas como las mías. Pero lo divertido fue que empecé a ir a las galerías y vi arte abstracto que me gustaba, porque era distinto. Para mí el arte abstracto eran manchas que se hacen rápido, colores armoniosos, decoración de interiores, pero empecé a ver arte abstracto con colores fuertes, entretenido, completamente neurótico, técnicamente increíble. Te dabas cuenta de que se habían demorado un montón en hacer el cuadro. Y yo tengo una obsesión por hacer cuadros como una artesanía. Me gusta demorarme, que quede bien, que funcione, que la imagen hable por sí misma. Ahora incluso veo mi arte como abstracto. Antes también tenía prejuicios con los colores. No tenía ninguna onda con los colores pastel y no usaba el morado, porque lo encontraba artesa. Pero el color no tiene nada que ver. Tú lo usas como quieres. Tenía que estar lejos de Chile para entender esas cosas. El arte que veo acá me ha llenado de energía, me ha influido mucho. Cuando comienzo una nueva pintura pienso en qué medida puedo integrar lo que he visto. Siento que mi pintura ha madurado y que he aprendido a no repetirme.

- ¿Crees que antes te repetías?

- Sí. Era una autorreferencia constante y tenía mis títulos: el cuadro tenía que ser representacional, tenía que ser una escena, tenía que ser divertido y tenía que ser colorinche. En Chile estaba muy enfocada a lo que iba a decir, a la idea conceptual de mi trabajo. La pintura estaba al servicio de la idea. Acá me relajé con eso. Ahora la pintura está al servicio de un criterio estético. De eso se trata. Es una pintura. Si no, me pongo a escribir un libro.

- ¿El medio chileno influía mucho tus cuadros?

- Bastante. Me influía lo que me decían los profesores, los amigos, los críticos. Era una cosa pública. Pero acá no me conoce nadie ni tengo que darle cuentas a nadie. La escuela donde estudio (The Art Students League, que la ha becado dos años consecutivos) es completamente libre. Los profesores sólo me ayudan a resolver problemas plásticos.

- Pero no orientan tu estilo.

- No.

- ¿Y en Chile sí lo hacían?

- Se meten en todo. Que por qué haces eso; que qué quieres decir.

- ¿Cómo se ve el ambiente artístico chileno desde acá?

- Chiiico (se ríe). Poco innovador, poco arriesgado.

En Nueva York, Marcela aprendió que para vivir de la pintura no basta con pintar. Su novio fue quien la ayudó a cambiar su mentalidad. Le dijo que se comprara un computador, que aprendiera a hablar de su obra profesionalmente y que se hiciera un buen portafolio. Para aprender a marquetearse se compró un manual de autoayuda titulado "Cómo dar el gran salto".

- Ahora sé que esto es como montar un negocio- , dice.

Marcela revisó una guía de todas las galerías de arte de la ciudad y seleccionó cuáles coincidían con su perfil y el de sus obras. Mandó su portafolio a cien distintas. "Si resulta, bien", dice. Ahora está concentrada en una exposición individual que presentará en el consulado chileno en Nueva York entre el 13 de abril y el 13 de mayo. Entre las obras que presentará hay tres cuadros donde figuran unas arañas con cara de mujer, con cara de Marcela Trujillo, más bien. Fueron los primeros que pintó en Nueva York.

- ¿Por qué se te ocurrió pintar arañas?

- Por mi vecina, Amanda, quien tiene ocho años. Ella ha sido súper importante para mí y mis pinturas. Nos vemos todos los días. Es mi amiga, como mi hermana chica. Toda mi creatividad la he volcado en ella. Dibujamos juntas. Ella dibuja lo que piensa, sus sueños, lo que le pasa en el colegio. La conocí cuando tenía cinco años. Y las primeras pinturas que hice fueron a propósito de un juego que ella había inventado: se ponía cojines en el estómago y decía que era una araña gorda. Se apretaba contra un sillón. Era como sexual. Empezamos a dibujar arañas y le conté el cuento de Aracne, el mito griego.

En uno de sus nuevos cuadros vuelven a aparecer los juegos de su vecina: Amanda se balancea en la trompa de un elefante de juguete que Marcela encontró en una tienda de Chinatown. Lo descubrió por casualidad, como muchas de las cosas que incorpora en sus trabajos. Marcela está siempre alerta y confía hasta en la basura como fuente de inspiración.

- Rescato imágenes de cualquier parte. Estoy ahí, al aguaite. Todo es potencialmente algo. De eso se trata la creatividad, ¿no? Acá botan un montón de cosas a la basura. Hasta teles. A veces te encuentras con pilas de cuadernos, libros y carpetas. Siempre miro. Así encontré una libretita llena de cosas que escribió alguien para hacer programas de computación. La vi y pensé: "¡La quiero, la quiero!". Marcela copió las fórmulas matemáticas de la libreta en "How Spiderwoman Got Pregnant" ("Cómo se embarazó la mujer araña"), uno de sus cuadros de araña. En la pintura también aparecen unos símbolos japoneses y un juguete de Amanda.

- Me gusta mezclar cosas que no tienen nada que ver una con la otra. Así funciona el humor. Te da risa algo inesperado. Y me gusta usar el humor en mis pinturas. El humor me viene de familia. En mi familia son hartos, súper chistosos, les gusta juntarse, hacer asados y echarse tallas. Es como una familia de campo. Para ellos el arte no existía hasta que me puse a pintar. Ven mis pinturas y se ríen. Parte de mi objetivo es que le llegue a la gente y que tenga una reacción simple con mi pintura, como la risa, sin trabas de ningún tipo. Es como poder comunicarse con una persona que sólo habla coreano. Por eso me encantaría volver a exponer a Chile. Siento que mis pinturas las van a disfrutar mucho más los chilenos.


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Mujer araña metálica exhibiendo su sistema reproductor interno (1997).
Mujer araña metálica exhibiendo su sistema reproductor interno (1997).
Foto:Chad Manley


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