EL SÁBADO

Sábado 3 de Febrero de 2007

EL CENTENARIO DE MARTA COLVIN
La herencia de la mejor escultora de Chile

El centenario de Marta Colvin.
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Cada vez que la escultora Marta Colvin regresaba a Chile de sus largas estadías en el extranjero, acá se armaba una fiesta. Sus hijos y sus nietos extrañaban a esta mujer que no se parecía en nada a las madres y abuelas tradicionales de aquellos años. Marta vivía en Francia con Pierre Volboudt, su segundo marido y gran compañero. Acá estaban los tres hijos de su primer matrimonio. Las largas ausencias eran compensadas con las cartas que Marta enviaba a su familia y con los viajes que sus hijos realizaban a París. Y si bien cada regreso era una celebración, hubo uno que marcó un antes y un después en su vida artística.

–Fue cuando ganó la Bienal de Sao Paulo, en 1965 –recuerda Patricia May, antropóloga y nieta de Marta Colvin–. Yo tenía unos once años y me acuerdo que fue un hito en la familia. Mi abuela salió en los diarios y mis papás le organizaron una gran comida. Estar con ella era todo un acontecimiento, porque desde que tengo conciencia mi abuela no era de las típicas.

Aunque viviera en Francia, Marta no sólo era la gran escultora que levantó moles monumentales con madera, piedra y metal, sino que también la matriarca del clan May Colvin. Una matriarca sui generis, en la que convivían la mezcla de sangre irlandesa de su padre y la chilota de su madre. Una matriarca criada en Chillán, con las cálidas costumbres campesinas que la hacían gozar de la comida y ser pródiga en cuidados y atenciones con quienes estaban cerca suyo. Nadie se iba de la casa de Marta Colvin sin ser adecuadamente alimentado. Y si el visitante venía de paso, sin tiempo para sentarse a la mesa, Marta era capaz de prepararle rápidamente algo de comer, envolverlo en una servilleta y entregárselo.

"Para el camino", les decía.

–La recuerdo como una mujer brillante, pero también como una mamá. Hija de una mujer chilota, tenía esa cosa campesina, supersticiosa. Y su papá era un aventurero, medio poeta. Mi abuela era una mezcla de mujer de mundo, desprejuiciada, y al mismo tiempo era de gran calidez, excelente cocinera.

Esa faceta más íntima de Marta Colvin podrá conocerse en la exposición que el 24 de octubre próximo se inaugura en la sala de Fundación Telefónica, a modo de homenaje por el centenario de su nacimiento. Allí no estarán las esculturas monumentales –como las manos que cobijan un cerebro, en el hall del hospital de Neurocirugía, o la del Parque de las Esculturas, en Providencia–, sino que obras pequeñas, parte del patrimonio familiar de los May Colvin. En su preparación está trabajando hace ya dos años un equipo integrado por Sergio Saguez, esposo de Patricia May; Soledad García, quien ha organizado su archivo personal; el museólogo José Pérez de Arce y el sobrino de Marta, Jorge Colvin, quien está elaborando un libro con el material de la muestra, la que también incluirá bocetos de esculturas, videos donde la artista aparece trabajando, parte de su correspondencia y la recreación de su taller.

Durante quince años, Marta Colvin vivió seis meses en Chile y seis meses en el extranjero. Y pese al reconocimiento que tuvo tanto acá como allá –recibió el Premio Nacional de Arte en 1970, es hija ilustre de Chillán y sus esculturas están en distintos parques y edificios públicos en todo el mundo–, siempre supo que la cuestionaban por seguir un camino poco tradicional para las mujeres de la época.

LA EMBAJADORA DE AMÉRICA

Marta había nacido en 1907, en Chillán. Se casó a los quince con el agricultor francés Fernando May, padre de sus tres hijos: Sylvia, Fernando y Sergio. Tenía unos veinte años cuando se enfrentó por primera vez con la greda: regresaba a su casa en el campo y en el camino encontró a una mujer, a la que ofreció llevarla. Era Noemí Mourges, profesora de arte del Liceo de Chillán, quien para agradecerle le enseñó sus trabajos en greda y, ante la mirada atenta de Marta, puso algo de ese material en sus manos. Ése fue el comienzo. A poco andar, integró un grupo de artistas autodidactas llamado Tanagra, y luego del terremoto de 1939 que dejó a Chillán por el suelo –incluida su casa–, la familia emigró a Santiago.

El terremoto fracturó, literalmente, la vida de la familia. Patricia May dice que heredó de su abuela la cultura antisísmica que la hace mantener un sendero despejado dentro de su casa, la ruta necesaria para salir ileso de cualquier temblor. "Siempre contaba historias, y nosotros le pedíamos que nos hablara del terremoto una y otra vez", recuerda.

Marta se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile y en 1950 ya era profesora titular. En esos años, comenzó a distanciarse de su marido. Fernando May era un destacado agricultor de la región, apegado a su tierra; ella, en cambio, había descubierto la libertad en el arte. Pese a las diferencias y al tiempo en que no vivieron juntos cuando ella estudiaba en Europa, Marta no se divorció de May. Sólo cuando él murió se casó por segunda vez.

En 1948 había ganado una beca para estudiar en la Academia de la Grande Chumiére, donde fue alumna de Ossip Zadkine. Y durante 1949 trabajó en la Slade School de la Universidad de Londres. Su estadía en el extranjero era parte de su búsqueda por una mirada personal, pero fue justamente en Londres donde su maestro Henry Moore la interpeló: "¿Por qué vienen ustedes a estudiar a Europa, esperando encontrarlo todo, si poseen una tradición tan rica para investigar e inspirarse?".

En 1954, Marta expuso por primera vez en forma individual en el extranjero, en la galería Verneriel, en París. Luego lo hizo en la Bienal de Sao Paulo y después en Osaka, Japón, en 1970.

–Su fuente de inspiración era América –reconoce Patricia May–. En Francia ella fue una embajadora de América y de Chile. Sin embargo, le fascinaba París, se sentía muy bien. Por la generación a la que perteneció y el tipo de vida que eligió vivir, allá se sentía más libre.

Su nieta afirma que Marta sufrió el prejuicio social de la sociedad chilena de entonces, "porque ella era una artista, no una dueña de casa", aunque se luciera como tal. La decisión de dejar Chile para estudiar y dedicarse al arte, mientras acá se quedaban sus hijos –adultos, pero solteros, sin familia armada– no fue bien visto, sobre todo tratándose de una mujer.

En París, en tanto, la escultora vivía con sencillez. La casa que tuvo por años fue una residencia modesta, hasta que mucho tiempo después su hijo menor, Sergio (padre de Patricia), le compró una segunda residencia.

Fue allá donde conoció al intelectual francés Pierre Volboudt, con quien se casó luego de que enviudó de su primer esposo. Volboudt, filósofo y crítico de arte, fue su gran compañero, un apoyo inigualable para su creación y un instigador de sus visitas a Chile, porque el francés estaba fascinado con nuestro país desde que era un niño y leía relatos ambientados en la Patagonia.

–Mi abuela era una gozadora de la vida, le fascinaba comer, lo pasaba bien. Esa energía vital la sacó adelante –asegura su nieta.

PIERRE ESTÁ LLAMANDO

El talento de Marta era indudable, si bien ella creía en lo planteado por Miguel Ángel: que un genio artístico se debe en un 90 por ciento al sudor y sólo en un diez por ciento al talento. "Yo también me he preguntado qué me impulsa a buscar la monumentalidad a través de la piedra, como mi material de preferencia", declaró en una entrevista, "y me he respondido que es el encantamiento de la cordillera de Los Andes, que desde mi niñez me subyugó".

No tenía una rutina de trabajo rígida, pero necesitaba espacios de soledad para crear. Tanto en Chile como en Francia, permanecía largo rato en su taller, contemplando sus maquetas. Generalmente se tomaba un té a las cinco y luego continuaba su trabajo.

La relación con su nieta Patricia fue estrecha, especialmente en aquel tiempo en que Marta pasaba medio año en Chile, haciendo clases, y Patricia definía sus intereses, comenzando su adultez. Las facciones de la nieta son, en forma evidente, muy similares a las de la abuela.

–Siento como si yo llevara cosas suyas dentro mío –reconoce la antropóloga–, como la facilidad para relacionarse, el no dejarse vencer por las circunstancias, y también esa valentía de vivir la vida realizándose en lo que quería, sin tener miedo de mostrar lo que uno hace.

Patricia guarda en su casa varias esculturas de formato pequeño que realizó su abuela. Una de sus favoritas es justamente la que Marta le regaló en forma especial, bautizada como "Machi", una figura de color esmeralda conformada por varias maderas talladas.

La última vez que expuso en Chile fue en 1993, con su retrospectiva en el Museo de Bellas Artes. Ya vivía en Chile, donde se radicó en 1990, luego de sufrir un infarto cerebral. Tres años antes había muerto Pierre, aquel francés que la apoyó como nadie y que se fascinó con su arte. La pérdida de su gran compañero y la hemiplejia que trajo consigo su accidente vascular mermaron sus fuerzas, pero su nieta dice que Marta le confesó que incluso luego de su muerte sentía la presencia de Pierre, todo el día.

La cultura antisísmica no es la única herencia de la abuela que perdura en Patricia.

–Ella me mostró un modelo creativo para ir envejeciendo, de seguir siempre viva.

Marta Colvin murió en Santiago en 1995. Sus últimos años estuvieron marcados por su hemiplejia, aunque durante el primer tiempo que siguió a su infarto cerebral continuó trabajando. Su mente estaba intacta y lo que sus manos no podían hacer lo transmitió a un grupo de obreros que tradujeron en la piedra, madera o metal lo que ella imaginaba. Al final de sus días, sin embargo, Marta se fue retrayendo cada vez más, alejándose de lo que fue la gran pasión de su vida, y acercándose a su refugio.

–En esos últimos quince días –recuerda Patricia–, ella decía que se iba, porque Pierre la venía a buscar.

En 1990, Marta lo había declarado en vida: "En Francia he cumplido no sólo mi destino de artista, sino que también mi destino de mujer".


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