REVISTA YA

Martes 7 de Diciembre de 2010

 
Así se reconstruye Sagrada Familia

Quieren hacerle honor a su nombre: quiere volver a nacer para esta Navidad.  
Por Magdalena Andrade N. Fotografías:Carlos Mallagaray. En la Sagrada Familia cada vez hay menos Marías. Ya casi no existen Josés. Tampoco niños llamados Jesús. En los últimos años han sido bautizados en la parroquia de esta comuna, ubicada a 22 kilómetros al sur de Curicó, decenas de Byrons, Bryans, Jonathans, Jennifers y Antonellas. Y el padre Víctor Gómez, que ha comandado los destinos espirituales de los sacrofamilienses por más de 25 años, está en una cruzada por devolver a ésta, su jurisdicción divina, los nombres cristianos que caracterizaron por décadas a sus feligreses.

-Por eso, cada vez que recibe a una Jennifer para bautizarse, el curita les dice a los papás: esta guagua no se va a llamar Jennifer. Se va a llamar Jennifer María. Y nadie le discute -cuenta Anita Meléndez, asistente del padre Víctor desde que el párroco llegó a hacerse cargo de Sagrada Familia, una comuna rural con 17 mil habitantes que trabajan en lo mismo que casi todos los habitantes de la Séptima Región: la agricultura.

Por más de dos décadas, Anita Meléndez fue la encargada de atender la oficina parroquial y de recibir a las personas que venían a visitar la iglesia de Sagrada Familia, construida en 1898 al norte de la Plaza de Armas del pueblo, que en ese entonces no era tal, sino un pedazo de tierra que pertenecía a otro sector llamado Lo Valdivia. En los años 60, las autoridades fundar una nueva comuna, y bautizarla con el mismo nombre que el de su imponente iglesia.

La de Sagrada Familia era el templo más bonito de la provincia de Curicó, dicen los sacrofamilienses. Un edificio que no tenía nada que envidiarles a los templos capitalinos. Tampoco a los chilotes. Eso, hasta las 3:34 horas del pasado 27 de febrero, cuando desapareció del mapa. Literalmente.

-A la mañana siguiente del terremoto, miré por la ventana y la iglesia ya no estaba. Esa iglesia, que era lo primero que veía desde mi pieza cuando despertaba, había desaparecido -recuerda Anita Meléndez, quien vive a unos 130 pasos de lo que ahora es un terreno baldío, en el que quedan sólo vestigios: una de las tres campanas que lograron salvarse de la antigua iglesia, una bandera chilena, algunas piedras, maleza y tierra. Mucha tierra, que de vez en cuando se levanta arremolinada por el viento.

El sector más antiguo de Sagrada Familia no tiene más de cinco manzanas, con casas coloniales, muchas de ellas reconstruidas o a medio reparar después del terremoto. Dentro de la comuna, dividida en 25 localidades, las más afectadas fueron Villa Prat y Santa Emilia: ocho de cada diez casas se cayeron.

Aquí, también, murieron doce personas. Dos mil quedaron damnificadas.

Una de ellas fue el padre Víctor Gómez. Su casa, construida al lado de la iglesia de Sagrada Familia, también se cayó apenas él salió para refugiarse debajo de una palmera.

-Lo único que quedó fue la palmera -recuerda ahora el padre Víctor. El sacerdote comenzó a rezar para que el movimiento pasara luego. Entonces escuchó sonar las tres campanas de la iglesia, llamadas Jesús, María y José. Y luego, el derrumbe.

-Los campanazos fueron como una despedida.

El sol pega fuerte al mediodía en Sagrada Familia, un pueblo que parece una postal eterna. El padre Víctor, que durante todo este tiempo ha vivido de allegado en la casa del alcalde, Francisco Meléndez, camina por sus dominios, donde ahora hay una carpa blanca que acoge a la iglesia de emergencia mientras se reconstruye el nuevo edificio. Para los sacrofamilienses, volver a tener una iglesia tan bonita ha sido una de sus principales cruzadas durante este año, tanto como la reconstrucción de sus propias casas. Necesitan juntar 500 millones de pesos, y para hacerlo han organizado desde peñas folclóricas hasta la creación de un comité comunal dedicado a encontrar auspiciadores entre las familias más ricas de la zona.

-Se puede haber caído el edificio, pero no la iglesia -dice convencido el padre, un hombre alto, de ojos verdes turquesa y un audífono en su oído izquierdo que usa para escuchar mejor a sus feligreses. Un hombre serio, a veces hasta cascarrabias, dicen ellos, pero respetado por el pueblo tanto o más que al mismo alcalde.

Mientras, en la carpa blanca está lo que se pudo salvar de la destrucción: algunas banquetas, el altar, y una figura de la Virgen del Carmen.

-Aquí se notó la mano de Dios. Todos los santos se cayeron de golpe y porrazo, pero la virgencita no -dice Giselle Guerrero, 24 años, funcionaria de la municipalidad de Sagrada Familia, católica practicante. A la virgencita se le rompió la cara, pero la refaccionaron en una restauradora de santos en Curicó.

La noche del terremoto del 27 de febrero, el panadero Gustavo Pino estaba en plena faena amasadora cuando comenzó el movimiento. Primero pensó que era un simple temblor. Pero cuando empezó a ver el polvo que salía de las grietas que aparecieron en la habitación donde estaba trabajando, corrió hacia la puerta de salida y cruzó la calle Esperanza, la principal del pueblo de Sagrada Familia, donde funcionaba la panadería Flor de Asturias desde hacía más de 50 años. La misma que le regalaba el pan a la iglesia cada vez que había un evento importante, y que es un símbolo del pueblo.

-Me dio mucha pena lo que vi -recuerda. El local en el que había trabajado por más de 39 años estaba en el suelo.

Una hora y media después, los 16 trabajadores de la panadería ya estaban allí, rescatando el pan que había quedado horneado entre los escombros. Decidieron repartirlo entre los vecinos.

La Flor de Asturias, además de ser la más antigua, repartía pan a otros negocios y minimarkets de la comuna. Por eso, quienes trabajaban ahí se sentían con la obligación de no dejar que el derrumbe los dejara sin pan. Comandados por su administrador, Ricardo Bravo, todos comenzaron a remover tierra, pedazos de paredes, a limpiar las máquinas para hacerlas funcionar lo antes posible. En la bodega había guardados 300 kilos de harina, y el horno chileno de ladrillos, a pesar de tener algunas fisuras, todavía funcionaba y allí podrían comenzar a cocer pan.

Un mes se demoraron en la faena. Se instalaron en una casa contigua a la panadería -del mismo dueño, Roberto Álvarez, que vive en Santiago- y comenzaron a atender a través de una ventana.

Veintiocho días después del terremoto -en Domingo de Ramos- sacaron la primera hornada. Y el padre Víctor lo anunció en la misa: el pan había vuelto a Sagrada Familia.

La panadería podría haberse cerrado. Pero eso era imposible, dice su administrador, Ricardo Bravo. La Flor de Asturias forma parte de Sagrada Familia tanto como la iglesia, y si desaparecía, también desaparecería parte de su propia historia.

El dinero que día a día recolectan con la venta de pan lo están invirtiendo en la reconstrucción. Ahora, en el lugar donde antes se hallaba la panadería antigua, ya se encuentran los cimientos de lo que será el nuevo edificio, que estará listo a finales de diciembre.

Mientras, afuera, los sacrofamilienses hacen cola para comprar el pan caliente. Paulina Cruz, la joven que los atiende, sabe el nombre de cada uno, qué pan va a llevar -hallulla o marraqueta- y si pagará en efectivo o lo anotará en la lista de pedidos que podrá pagar a fin de mes.

En el pueblo hay un supermercado grande, con amasandería. Pero los vecinos prefieren comprar el pan aquí.

"Aquí se vende el pan del pueblo", dice, en letras blancas sobre fondo rojo, el letrero de la entrada.

La misma noche en que la panadería Flor de Asturias se caía a pedazos, también se desmoronaba la vida de Rosa Espinoza, funcionaria municipal encargada del comité de reconstrucción de la iglesia de Sagrada Familia. A esa hora, Rosa preparaba las invitaciones para su matrimonio, que se celebraría en unas semanas más. Mientras, su hija de 20 años dormía en la casa construida en el sector más nuevo de Sagrada Familia.

Cuando vino el terremoto, las dos pensaron en la suerte del padre Víctor Gómez. Y lloraron cuando un acólito de la iglesia les avisó que el templo se había caído.

Rosa Espinoza llora cuando recuerda esos momentos.

Rosa Espinoza tuvo su propio terremoto personal.

-El terremoto echó abajo mi matrimonio, por todos los conflictos que se produjeron. Él no era de acá, sino de Talca, y no quiso quedarse aquí. Pero mi apego al pueblo, a mi comuna, es tan grande, que ayudar a reconstruirlo se convirtió para mí en lo más importante.

Semanas después de la tragedia, el padre Víctor decidió iniciar un comité de reconstrucción para juntar el dinero necesario y así poner en pie la parroquia. Rosa volcó toda su pena y sus energías en este proyecto. La iglesia se convirtió en su razón de ser.

Ojalá el nuevo templo sea mejor que el de antes, dice Rosa. A ella, durante el año, le ha tocado juntar dinero entre sus colegas de la municipalidad. También, participar de una pequeña teletón entre los vecinos: por cinco meses, cada uno de ellos ha entregado un sobre con 2 mil, 5 mil o 10 mil pesos destinados a la reconstrucción.

En septiembre se hizo una peña folclórica. También se vendió un "vino de la reconstrucción". Pero no ha sido fácil.

En la carpa blanca que hoy reemplaza la iglesia caben unas 250 personas, calcula el padre Víctor Gómez. Por eso ahora tiene que hacer dos misas durante el fin de semana. Una el sábado en la tarde y otra el domingo, a las 11. Esa, cuenta, tiene que hacerla más corta de lo habitual: no hay muchos que resistan el sermón a 35 grados.

-Estamos recién empezando, pero necesitamos una nueva casa de Dios para que todos aquí nos volvamos a sentir como en casa -dice Rosa Espinoza. Treinta y dos kilómetros al sur oeste del pueblo antiguo de Sagrada Familia está la escuela de Villa Prat, una de las dos comunidades más afectadas por el terremoto. Hoy, los alumnos están en el patio central preparando el show de fin de año, una coreografía con banderas chilenas y niños bailando.

La escuela se ve limpia, recién pintada de rojo, amplia, luminosa. Aunque como casi todas las construcciones del sector, también se vino abajo y sólo quedó en pie un tercio de su edificio. Durante los primeros días, esas pocas salas de clases funcionaron como centro de acopio de la ayuda que llegó para los vecinos. Pero había que habilitarlas lo antes posible para recibir a sus 384 alumnos. Y la tarea se hizo cuesta arriba.

Diez de los 18 profesores que trabajaban en la escuela quedaron sin casa. Casi todos los niños también. Reconstruirles la confianza durante estos meses ha sido casi tan duro como hacer de nuevo los salones, que en todo este tiempo han sido reemplazados por salas-containers donadas por un consorcio bancario.

-Los niños quedaron traumados. A muchos se les cayó la casa estando ellos adentro. Otros tuvieron parientes heridos. Todos quedaron viviendo en carpas, mediaguas. A clases llegaron muy inquietos, asustadizos. Había un temblor fuerte y se ponían a llorar. De hecho, todavía tiembla y todos arrancan -cuenta Carlos Robledo, el director.

La escuela de Villa Prat nunca dejó de funcionar. Con la ayuda de las salas-containers se organizaron jornadas para que todos los niños alcanzaran a tener algunas horas de clases a la semana. Mientras, la familia Luksic donó el dinero para la reconstrucción del edificio: 300 millones destinados a construir nuevas salas, un patio techado, baños nuevos y calefacción centralizada, para sacar de los salones las peligrosas salamandras que abrigaban a los niños en el invierno. También recibieron ayuda de personas anónimas que regalaron ropa, comida, libros, materiales de aseo.

En los patios, los niños se mezclan con los obreros que acarrean carretillas con cemento, ladrillos, pastelones, tarros de pinturas. Por uno de los pasillos, de casco blanco, dirige la obra una arquitecta de 24 años, pelo largo y liso, jeans y cara de niña. Los alumnos de la escuela Villa Prat la llaman la tía Hannah Montana por su parecido con el personaje de Disney. Paulina Cid sólo se ríe. Éste es el primer trabajo que dirige desde que se tituló, y el desafío ha sido grande: en seis meses han podido levantar una escuela que estaba en el suelo, y además han reestructurado áreas para aprovechar mejor los espacios para los niños.

-Me emociona ver cómo estaba la escuela y cómo está ahora. Cómo les hemos entregado espacios a los niños y cómo los aprovechan. Muchos de ellos no llevan una vida de niños. Crecieron muy rápido, y entregarles una escuela con mejores condiciones es un privilegio.

Paulina viaja todos los días de Talca a Villa Prat en su jeep, en el que aprovecha de traer a los niños que hacen dedo en el camino para llegar a la escuela. Debe entregar su obra -que está casi terminada- el 15 de diciembre.Y se irá triste. Se encariñó con los niños, con los maestros, con los profesores, con la escuela.

El 22 de diciembre, Villa Prat cerrará oficialmente su año escolar. Este año, la alcaldía de Sagrada Familia la ha reconocido como una escuela modelo, por haber mantenido su rendimiento académico a pesar de la destrucción.A pesar de que muchos de sus alumnos todavía viven en mediaguas.

-Nosotros decimos medio en broma, medio en serio "Gracias, San Terremoto". Porque gracias a él nos están construyendo una mejor escuela, más moderna, más segura -dice el director, Carlos Robledo.

Pero el costo emocional de la reconstrucción ha sido alto. Por eso, con la ayuda de una empresa que hará una donación, este año se premiará no sólo a los tres primeros lugares de cada curso, sino a todos los niños de la escuela.

-Este año todos salieron premiados, por el esfuerzo que han hecho. Hace dos días el padre Víctor volvió a la que ahora será su nueva casa, construida en el mismo terreno donde estaba la primera, al lado de la carpa blanca que ahora hace las veces de iglesia. Está preocupado. Aún no sabe dónde celebrarán la misa de Nochebuena, porque la carpa seguramente no dará abasto. Tampoco dónde instalarán el pesebre con la Sagrada Familia, aunque cree que este año sería muy simbólico ponerlo en el descampado que dejó la iglesia.

Mientras, en la Escuela Monseñor Enrique Cornejo, los niños de segundo básico han trabajado en los últimos días haciendo sus propios pesebres para llevar a casa.

-¿Cómo se llama la familia que están pintando en el pesebre? -pregunta la profesora.

-La familia de María, Jesús y José -dicen los niños.

-Bueno, esa es la Sagrada Familia. Como se llama nuestro pueblo -explica la tía.

-¿La Sagrada Familia vive aquí? -pregunta uno.

Este año la Navidad será distinta en Sagrada Familia. Los vecinos tienen la idea de relanzar el concurso de pesebres a escala humana que hicieron en el año 2008, y que ganó Giselle Guerrero, la funcionaria municipal admirada por la imagen de la virgen que sobrevivió al terremoto. Quieren instalar las obras en la plaza y hacer una fiesta para celebrar que la Sagrada Familia está, de a poco, poniéndose en pie.

Rosa Espinoza, del comité de reconstrucción de la iglesia, cuenta que han juntado sólo 15 de los 500 millones que necesitan. Seguramente tardarán varios años en reunir el dinero necesario para construir la nueva iglesia.

-Mucha gente dice que Dios es castigador. Pero no. Nos hizo un gran daño, pero todos los que han podido han reconstruido sus casas. Y también nos ha hecho mejores personas -dice el padre Víctor Gómez. 

Cae la tarde sobre el pueblo. Fuera de la carpa blanca, la más chica de las tres campanas de la iglesia -Jesús- suena para llamar a los vecinos al rezo del mes de María. María y José -las dos campanas más grandes- también se salvaron del terremoto. Están guardadas, esperando a que vuelva la Sagrada Familia. 

 


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El padre Víctor Gómez, párroco de Sagrada Familia, en el descampado que quedó luego de la destrucción de la iglesia en el terremoto. Atrás, la carpa provisoria donde hace misa. <p><br/> </p>
El padre Víctor Gómez, párroco de Sagrada Familia, en el descampado que quedó luego de la destrucción de la iglesia en el terremoto. Atrás, la carpa provisoria donde hace misa.


 




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