DEPORTES

Sábado 27 de Octubre de 2007

Guerrero enamorado


MAURICIO PURTO
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Para mí, la atracción por una montaña, su llamado, es un asunto esencialmente estético. Más allá de dificultades, grados, emplazamientos, desniveles, altitudes, historias que pueden contribuir al "enamoramiento", son las formas que capturan.

El refrán reza que "sobre gustos no hay nada escrito", para responsabilizar en la elección más al sujeto que al objeto. Pero hay universales, como rosas y lotos... Y hablando de montañas, hay algunas que deslumbran por sus líneas, como para llegar a decir "la más bella del mundo".

Esto le ha pasado a casi todos, incluyéndome, cuando nos hemos topado con el Morado, el Alpamayo, el Cervino o el Ama Dablam, montañas cuya visión detiene el tiempo y cuya manifestación material -recreada en nuestra mente- evoca verticalidad, no como un acantilado, sino como un sentimiento trascendente que vislumbra un propósito en semejante perfección, quizás hecha a nuestra medida, como una sinfonía.

En la India me dijeron que Dios se manifiesta a los ojos de los hombres como belleza, bondad y verdad, quizás para decir lo mismo que sentimos, por ejemplo, ante nuestro encuentro estético con el reino de las cumbres.

Este factor -la belleza- es gravitante desde los comienzos de nuestra relación con las montañas, y pocas veces se pone conscientemente en la balanza. Porque más allá de la belleza, o misterio, como primer motor, hablamos luego del desafío, la dificultad, la altura, el frío, que son traducidos por los no montañistas como una expresión heroica, de esfuerzo, de riesgo, con ingredientes de puro sadomasoquismo, viéndonos a veces como kamikazes, jugando una ruleta rusa. Puede ser. Hay algo ahí. Pero todos la jugamos, consciente o inconscientemente. Porque nadie es dueño del minuto siguiente, ni aquí, ni en las montañas. El siguiente minuto es siempre un regalo.

Por supuesto que en el afán de las cumbres está "el camino del guerrero", una escuela de disciplina, autocontrol, perseverancia, donde aprendemos a vencer la tendencia a la inercia, donde reencontramos el animal interno superviviente, haciéndonos más dueños de nosotros mismos, forzándolo, pasándolo a llevar entre tempestades y abismos, para darse cuenta de lo que puede ser capaz de hacer con un cuerpo-mente entrenados, muchas veces sin el horizonte de que tarde o temprano sucumbirá a la decrepitud de la vejez. O con su acicate.

Dicen que los samuráis siempre meditan en el momento de su muerte, como para tener claras las reglas del juego, para no sentirnos eternos y desubicarnos y dejar pasar el momento. Quizás para reencantar el tiempo. Cuando estamos cerca de la muerte, de un pariente o amigo cercano, es como si una parte de nosotros pusiera un pie al otro lado, y entonces revaloramos lo que tenemos, y los problemas se disuelven, como el ego en el corazón que llora acongojado y perdona, y se perdona.

Don Juan dice que la muerte es una muy buena consejera porque nos da perspectiva, y desde ahí nuestros actos dejan de ser los de un hombre tímido. Porque no hay tiempo para eso, porque la timidez te agarra de algo que existe sólo en tus pensamientos. Te apacigua. Te impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres que podemos subir montañas y apreciar su belleza, su magnetismo, acudiendo a su llamado, más allá de cualquier resquemor.

Es esa atracción, ese enamoramiento, esa conciencia de belleza, la génesis del camino de las cumbres, donde el guerrero enamorado parte a una búsqueda inexplicable, a conquistar lo inútil, rindiendo luego su dureza al corazón. Porque hay que ser capaces de hacer crecer rosas en los hielos del Everest.


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