REVISTA DE LIBROS

Sábado 22 de Noviembre de 2003

La traducción para ADRIANA VALDÉS
Adriana Valdés / Abrirse a la experiencia de lo extraño

María Teresa Cárdenas

Adriana Valdés sueña con un taller de traducciones en el que varios "obsesos" - con ella incluida- se dediquen a ciertos textos para después comparar sus lecturas y sus intentos de traducción. Está segura de que ésa sería la mejor clase de literatura que, mutuamente, se podrían dar. Y es curioso cómo la palabra "clase" adquiere aquí dos sentidos posibles - lección y categoría- , anticipando de alguna manera que si no hay dos lecturas iguales de un mismo texto, mucho menos se puede hablar de una sola traducción.

Eso no ha impedido que a lo largo de la historia algunas se hayan impuesto. Por calidad, claridad... O por dictamen. A partir del Concilio de Trento, en 1546, el mundo católico tuvo que asumir como auténtica - exponiéndose de otra manera a las penas de la Inquisición- la traducción latina de la Biblia realizada más de mil años antes por San Jerónimo y conocida como "Vulgata". Esto, no sin antes depurarla de todos los errores que incluso este doctor de la Iglesia había cometido al vertir las palabras de un idioma a otro.

A pesar de los errores, Jerónimo tuvo los méritos suficientes para ser santo y, además, patrono de los traductores, quienes han elegido esta fiesta del 30 de septiembre para celebrar su día internacional. En Chile, es la fecha en que la Pontificia Universidad Católica, con el patrocinio de la Asociación Gremial de Traductores de Santiago, entrega su Premio de Traducción a la Excelencia Profesional y Académica.

Adriana Valdés lo agradeció particularmente por constituir un reconocimiento de los colegas. "Es bueno - explica- , porque no tengo estudios propiamente de traducción, no eran comunes en mis tiempos, y adquirí esa profesión por la vía de un examen, en concurso público, para entrar a las Naciones Unidas. Fue en 1975".

Funcionaria internacional durante 25 años - en un trabajo que describe como el sueño de todo traductor- , llegó a ser jefa de traducción y luego directora de publicaciones de la CEPAL, esto último durante diez años. Pero sus méritos empezaron a acumularse mucho antes, a través de sus estudios superiores de literatura y de la docencia ejercida entre 1965 y 1975 en el Instituto de Letras de la Universidad Católica, donde también colaboró en la fundación de la revista "Taller de Letras". Su preocupación prioritaria por la cultura y el lenguaje le valió en 1993 ser incorporada como Miembro de Número a la Academia Chilena de la Lengua. Hoy expone con propiedad una inquietud: "Hay ciertos institutos que prometen títulos de traducción a personas que no tienen nivel cultural suficiente ni dominio de idiomas antes de ingresar, lo que es bastante mentiroso, porque esto no se puede adquirir desde la nada en uno o dos años...".

Ejercicio notable de lectura

- En ese sentido, ¿cuáles son los requisitos de un buen traductor?

"La traducción es como un arte y como un oficio; la práctica es casi todo, y nunca se termina de aprender. Para empezar a adquirir experiencia, el traductor novel debe tener algo indispensable: una gran capacidad de expresión escrita en su idioma materno. Sólo se debe traducir al idioma materno. Luego, necesita un dominio cabal del o de los idiomas extranjeros que traduce y un buen nivel de lectura en esos idiomas, que le permita captar los matices. Si hace traducción técnica, además tiene que ser capaz de entender las revistas que se publican sobre esos temas y de estar al día en la terminología. Debe tener respeto por el original y equilibrar esto con una deferencia hacia el lector, para que el texto traducido se lea bien. En fin, hay que ir adquiriendo un pulso, o un cierto tiento... Lo peligroso para el traductor no está en las dificultades que ve - ésas las puede superar- , sino en las dificultades que no alcanza a pispar. Sus puntos ciegos pueden ser su ruina".

En sus reflexiones, Adriana Valdés ha distinguido varios tipos de traducción, así como sus alcances, los que por cierto exceden el acto de llevar un texto a otro idioma.

"Partiendo por lo menos complejo, la traducción utilitaria, de frases simples y expresiones más bien unívocas, es algo que sale rápido y puede incluso automatizarse en gran medida. Sin embargo, la automatización está trayendo consigo nuevos errores, a veces difíciles de advertir a primera vista, y muchos disparates, que se leen a diario en la prensa, por ejemplo. Los adelantos tecnológicos permiten trabajar con diccionarios en línea y en discos compactos, consultar fuentes y revisar novedades en internet. El problema es que internet no siempre es una fuente confiable en lo lingüístico. El criterio y los conocimientos del traductor siguen siendo indispensables".

Mucho más compleja es la traducción literaria, "porque - en el decir de Pound, creo- la literatura es lenguaje cargado de sentido hasta el máximo de sus posibilidades". Esa "carga de sentido" es, según Adriana Valdés, lo difícil de reproducir totalmente, porque depende de muchísimos factores:

"Al ser simple lector de literatura, uno ni siquiera está consciente de todas las impresiones que está recibiendo. Pero hacer una traducción de un buen texto literario es leerlo como no lo has leído en tu vida, es darse cuenta de las inmensas capacidades que se están desplegando en ese lenguaje. Si pensamos en el lenguaje oral, o el escrito cotidiano, como un movimiento parecido al caminar, el del texto literario es como una danza (ésta es una comparación ya venerable, y literaria también). Y es eso lo que una buena traducción literaria quisiera captar, y ser capaz de reproducir. Siempre se pierde algo, o mucho. Pero es un ejercicio notable de lectura, independientemente de cuáles sean sus resultados".

- ¿Se pierde más cuando lo que se intenta traducir es un poema?

"La poesía es el lenguaje más cargado de todos, y por eso es especialmente difícil de traducir. Algunos de sus recursos tienen que ver de manera muy compleja y a veces muy sutil con los parentescos sonoros de las palabras, que son más que la rima, y ésos se pierden muchísimo en la traducción. Los que insisten en la total traductibilidad de la poesía no suelen ser los poetas. O si son poetas, como Huidobro, es porque hacen una poesía muy particular, que depende mucho menos de la sonoridad y del espesor verbal, y más de la imagen visual".

- ¿Qué nombres destaca en el Chile actual?

"Es ejemplar el trabajo de Miguel Castillo Didier, por ejemplo. También el de Pablo Oyarzún, quien, a la par con su reflexión filosófica, hace de la traducción poética una experiencia de pensamiento y una forma de abrirse hacia nuevas sensibilidades. Está Armando Uribe, notable e ilustradísimo poeta. O Armando Roa Vial, para quien el juego entre traducción y original resulta muy creador. Verónica Zondek y Piero Montebruno; la revista "Pensar y poetizar", de la UC de Valparaíso, con Bruno Cuneo, Virgilio Rodríguez, Fernando Pérez V., Cristóbal Florenzano, Alfonso Iommi...

Más allá de lo literario, Adriana Valdés distingue dos interesantes vetas de la amplia relación de la cultura con la traducción:

"Primero, el estudio histórico y comparativo de las traducciones literarias, llevado a lo excelso por Antoine Berman - a quien leo ávidamente gracias a un joven amigo, Fernando Pérez- , es un ejercicio intelectual de enorme alcance teórico, además de tener aspectos prácticos fascinantes. Berman aborda los temas teóricos de la traducción mediante estudios profundizados de su práctica entre los románticos alemanes, por ejemplo; o a través de la crítica de las traducciones de John Donne, entre ellas la muy notable de Octavio Paz. Este tipo de estudios impulsa no sólo a intentar traducir, sino además a pensar crítica y teóricamente en cómo se han traducido, por ejemplo, los poetas latinoamericanos del siglo veinte al inglés. Hay versiones muy buenas... y horrores. Pienso, por ejemplo, en ciertas traducciones de Vallejo que con razón escandalizaron a Jorge Guzmán: lo dice en su libro Lectura mestiza de César Vallejo".

Experiencia intercultural

En segundo lugar, la autora de Composición de lugar. Escritos sobre cultura (Universitaria, 1996) destaca la traducción como un tema crucial en el pensamiento acerca de la cultura.

"Pienso, por ejemplo, en el libro del antropólogo James Clifford, Routes - Travel and Translation in the late Twentieth Century; en los de Homi Babha acerca de lo que llama 'relatos transculturales', y la gran historia de los lenguajes y los paisajes de la migración y la diáspora... Son reflexiones complejas, yo sólo puedo señalarlas aquí como índices de que la traducción tiene también dimensiones más amplias en este mundo en que estamos viviendo; un mundo de traslado, de hibridez, de transformación, y de una constante necesidad de dar señales de vida desde posiciones siempre cambiantes".

En todo caso, en estas dos dimensiones culturales de la traducción rige algo que para ella resulta conmovedor: "la necesidad de la traducción como experiencia intercultural y como posible modelo de una ética intercultural. Tiene que ver con cultivar la capacidad de dejar que algo, un texto, por ejemplo, nos 'llegue', sin reducirlo demasiado rápido a lo ya conocido ni creer que nuestras propias categorías mentales pueden dar cuenta perfectamente de él: es abrirse a la experiencia de lo extraño con curiosidad más bien expectante, sin afán de apropiárselo".


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Según Adriana Valdés, un traductor puede hasta mejorar una obra literaria, pero,
Según Adriana Valdés, un traductor puede hasta mejorar una obra literaria, pero, "por cierto, no es lo más común".
Foto:Claudio Vera
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