REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 4 de Octubre de 2015

Williamsburg, Nueva York
El fin del paraíso hipster

Era un barrio residencial y tranquilo a la entrada de Brooklyn hasta que hace un par de años, Williamsburg se convirtió en el enclave hipster y alternativo de Nueva York. Pero llegaron las grandes cadenas, las construcciones y los turistas, Williamsburg se puso de moda y eso ha ido empujando a los jóvenes vanguardistas hacia otras zonas de Brooklyn. Esta es la crónica de una huida que recién está comenzando.  
texto y fotos: Pepa Valenzuela, desde Estados Unidos.  A los hipsters no les gusta que les digan hipsters. Eso es lo primero que averiguo cuando llego a Williamsburg, según los propios neoyorquinos el barrio hipster de la ciudad: que los hipsters no se reconocen como tales, y que decirles "Hola, señor hipster", puede resultar muy insultante.

Eso a pesar de que en rigor, hipster significa que va a la delantera. Viene de hip: la cadera que avanza. Pero el concepto popular de hipster es más concreto: chicos jóvenes amantes de los tatuajes, los cortes de pelos raros, el vintage, la comida orgánica y la vida alejada del sistema, las marcas y la industria. "Es una etiqueta que pone la gente y está mal", me escribe un amigo chileno que vivió más de un año en Williamsburg, un barrio con más de 130 mil habitantes. En rigor, mi amigo también califica como uno de ellos: camisa vintage estampada, barba larga de varios meses, el pelo rapado a un lado de la cabeza y más largo del otro, eternamente joven, discurso antisistémico.

Sin embargo, apenas salgo del metro de la línea L y asomo la nariz en avenida Bedford, la principal de Williamsburg, lo primero que veo son réplicas de mi amigo: chicos entre 20 y 30 años de barbas largas,  casi todos los brazos (y a veces las piernas) tatuados, pantalones pitillo, camisas de franela a pesar del calor, chicas con vestidos camiseros o salidos de una ondera tienda de ropa usada, bototos cortos. Eso y bicicletas estacionadas en cada esquina: los hipsters se mueven en sus estrafalarias pintas preferentemente arriba de bicicletas. Así, en dos ruedas, se pasean por Williamsburg -que el New York Times bautizó como "Hipchester"-, donde vivían felices... hasta hace poco.

Cuando el 2001 cayeron las Torres Gemelas, Williamsburg era un barrio familiar de casas bajas donde apenas existía comercio. Había una importante colonia de judíos ortodoxos y otra de portorriqueños. Antes, en los 80 y comienzos de los 90, había sido una zona peligrosa por el crack, la cocaína cristalizada y los gángsters de la droga. Después del atentado terrorista, las cosas comenzaron a cambiar: muchos neoyorquinos quisieron arrancar lejos del temor y los precios cada vez más altos de arriendos en Manhattan. Los jóvenes artistas que querían una vida nueva y llevar a cabo sus proyectos en una zona más barata, pero cerca de la Gran Manzana -Williamsburg es la entrada de Brooklyn y desde allí se puede ver de frente el skyline de Manhattan-, los mismos que recién se habían graduado de la universidad y tenían aún ayuda económica de sus padres, se quedaron aquí y empezaron a cambiarle la cara al barrio. Un proceso que en Nueva York conocen como "gentrificación": la renovación de un barrio deteriorado gracias a la llegada de grupos con mayor nivel adquisitivo.

"Antes este barrio era residencial y muy peligroso. Luego llegaron los artistas y se convirtió en un barrio peligroso, pero cool y funky", explica Christine Thomas, quien tiene los labios rojos, una gran argolla colgando de la nariz y bototos negros, a pesar de los 33 grados de calor. Christine vive en Brooklyn hace 7 años y ahora trabaja en Williamsburg, en la tienda de sombreros Goorin Bros. "Entonces se llenó de tiendas de ropa vintage, de tiendas veganas y alimentación macrobiótica, y de jóvenes. Eso alejó el peligro, atrajo a los turistas y convirtió a Williamsburg en la meca hipster".

En otro local llamado Junk, lleno de reliquias muebles, ropa usada, loza antiquísima y prendedores de los años 20, Bryan Lee -quien también trabaja aquí y usa una camisa con pececitos- dice mientras guarda unos diminutos frascos de vidrio en cajas: "En poco tiempo, este lugar se transformó por completo: hay cafés, restaurantes, muchas tiendas de diseño independiente y locales como éstos, de antigüedades y objetos viejos".

El galpón está lleno de clientes que miran chucherías. Y en la calle, el movimiento es lento, típico de un día de semana: los chicos tatuados, las bicis estacionadas, incluso esas con ruedita chica adelante y otra gigante atrás, los jugos detox hechos con verduras verdes. En uno de los tantos cafés con wifi repletos de jóvenes con el entrecejo fruncido y la nariz pegada a sus computadoras Apple, algunos toman té helado, algo muy típico de Williamsburg y que está en la letra de varias canciones, como la de Sarah McGowan, Williamsburg Boy, que dice: Estoy enamorada de un chico de Williamsburg, pero él está enamorado de una chica de Williamsburg. De sus pantalones a la cintura, sus calcetines hasta las rodillas (...). Ella bebe su cerveza, pero no le importa, porque es una cerveza orgánica.

En Williamsburg hay murales y grafitis en prácticamente cada pared, y algunas realmente son obras de arte. Al final de avenida Bedford, en el parque McCarren algunas personas juegan béisbol, parejas retozan sobre el pasto y más chicos tatuados pasean a sus perros. Si en el Harlem, el barrio negro y latino en Manhattan, los pitbulls son los reyes, aquí abundan los bulldogs franceses y los pugs. En una esquina, una chica encaramada arriba de una escalera en el tercer piso de un edificio pinta con aerosoles su mural.  Aurek, un turista polaco de 43 años, mira boquiabierto. "¿Me tomas una foto? Pero yo te muestro el ángulo. Este ángulo. Éste, así, así. ¿Soy muy jodido? ¿Muy cuadrado? Perdón, es que soy polaco".

Los turistas también llegaron a Williamsburg en el último tiempo. Y los que quieren alojarse en este barrio escogen el McCarren, un hotel de solo dos años y colorida estética vintage: en el bar cuelgan cabezas de animales de plástico y la piscina está pintada con murales psicodélicos setenteros. "Decidimos abrir uno de nuestros hoteles en Williamsburg porque era un área que estaba creciendo en todo sentido: hay mucha vida artística, aquí están algunos de los mejores clubes de música del sector, estás cerca de la ciudad, pero en un lugar más residencial y menos congestionado. Es un barrio donde está todo pasando y donde hoy viven los jóvenes profesionales exitosos", explica Kate Garland, gerente del hotel.

El bar del último piso al aire libre y la piscina están abiertos a los vecinos del barrio, quienes frecuentan el hotel para tomarse un trago mirando Brooklyn desde las alturas o pasar el calor húmedo del verano en la piscina. Ahora, dos chicos de barbas y tatuajes en todo el cuerpo beben margaritas sentados al borde de la pileta del McCarren. El resto son turistas, quienes en parte son una de las causas que han ido empujando a los hipsters a emigrar lentamente desde Williamsburg hacia otros barrios de Brooklyn, como Bushwick.

Desde lejos parecen el elenco de un ballet.  Van vestidas iguales: falda negra larga, panties, zapatos negros sin taco, melenas a la barbilla, poleras a rayas negras y blancas. De cerca, te das cuenta de que las melenas son pelucas y que debajo de ellas no hay pelo. Las judías ortodoxas que ahora esperan el ferry en Williamsburg para cruzar hacia Manhattan y hablan entre sí en hebreo, están completamente calvas: se rapan cuando se casan para no atraer a otros hombres.

Los judíos ortodoxos, al igual que una gran colonia de portorriqueños, viven en este barrio desde antes de la gentrificación. La mayoría tiene sus negocios de diamantes en Manhattan y residen acá, pero sin mezclarse con el resto de la población: tienen colegios, edificios, incluso transportes especiales para llevar a sus hijos a la escuela. Ellos son un fuerte contraste con los chicos tatuados y la enorme cantidad de edificios vidriados que están construyendo en el barrio.

El alza del sector no solo atrajo a los turistas y al comercio mayorista, sino también a las constructoras que están levantando edificios por todas partes y han encarecido los arriendos en la zona. En el último año, Williamsburg pasó de ser un vecindario alternativo y artístico al vecindario caro y de moda en Nueva York. Por eso, los jóvenes artistas y hipsters están yéndose principalmente a vivir a Bushwick. A los hipsters no les gusta estar de moda y Williamsburg se ha puesto muy de moda como para permanecer aquí.

"Este era un lugar muy tranquilo cuando yo llegué: había artistas haciendo sus proyectos, gente joven, negocios pequeños. Comprábamos en el mercado orgánico de la esquina, almorzábamos en cualquier restaurante de Bedford, pero de repente los arriendos se dispararon y las calles se llenaron de gente. Los que se quedarán son los que tienen el dinero para quedarse", asegura Jessy, profesora neoyorquina que llegó a Williamsburg con su novio Kyle en 2010. Ahora ambos buscan un departamento en Bushwick o en otra zona de Brooklyn que sea más alejada del bullicio y los turistas.

Mi amigo chileno hipster, que ya se fue de este lugar, agrega: "Ahora Bushwick es el verdadero barrio artístico y taquilla. Williamsburg se llenó de Starbucks y tiendas de cadena.  Ahora vienen los supermercados, la publicidad, los turistas.  Esto va a terminar siendo como Midtown o algo peor".

Domingo en el centro de Williamsburg. Hordas de gente inundan las veredas de la avenida Bedford. Los bares y restaurantes están repletos, y distribuidos por las calles principales hay varios vendedores de libros usados, de ropa de diseño y vintage, cuadros, serigrafías, aros, collares, jockeys estampados y sombreros. Los turistas toman fotos, miran los productos, compran y toman helados. Gente con peinados extraños, tapizados en colores y brazos dibujados, salen y salen desde el hoyo de la estación Bedford, línea L del metro. "En la línea L ves las pintas más estrafalarias de Nueva York ahora. A nadie le importa, todos acá están buscando una identidad", dice Christine, la de la tienda de sombreros.

El mercado Artists and Fleas en Williamsburg abre sábados y domingos en un galpón a tres cuadras de la avenida Bedford. Es una especie de persa, pero cool. Este domingo también está lleno de clientes y turistas que miran las mercancías. A la salida del metro, un amigo escritor que vive en Williamsburg hace más de un año me espera para mostrarme el barrio en su momento peak de gente.

"¿Ya ves cómo se llenó esto? Antes no era así", dice. "Antes era una especie de secreto bien guardado, cerca pero alejado de Manhattan, escondido del jaleo de esta ciudad. El paraíso hipster está muriendo: se están quedando los jóvenes que tienen más plata, los hijos de papá. Para los artistas se puso demasiado caro".

Antes, cuando el paraíso era paraíso, los chicos de Williamsburg iban al parque McCarren a descansar. Iban a The Gutter, el bar con bowling retro del sector a jugar un rato, o a tomar cerveza a Brooklyn Brewery, una de las más grandes cervecerías artesanales de Brooklyn, que está justo en frente a las nuevas oficinas de la revista Vice en Williamsburg. Antes, los chicos de Williamsburg no tenían que hacer fila para entrar a lugares como este bar hawaiano donde el día se transforma en noche, el piso es de arena y todos beben piña colada y mojitos como si estuvieran en unas eternas vacaciones.

Al atardecer, las calles aledañas a avenida Bedford se van despejando de turistas. Mi amigo escritor vive en un típico edificio del barrio, de tres pisos. Sus vecinos han organizado un asado en la terraza, los famosos "rooftops" de los edificios de Brooklyn.

Hoy, una pareja que vive acá está festejando su despedida de solteros con amigos. Subimos por las escaleras empinadas. Arriba han dispuesto una mesa con ponche y guirnaldas con flores plásticas. Se escuchan otras músicas de terrazas. Los novios y sus amigos se sacan la ropa, quedan en traje de baño y se meten a un jacuzzi techado al aire libre, que está a un costado de la zona de comida y ponche. Alzan sus copas y brindan por su futura felicidad, lejos de Williamsburg.

Como muchos, los novios han decidido marcharse de aquí. "Es un barrio muy de moda, ahora", me dice Linda, la novia. "Para hacer familia queremos algo más tranquilo y menos costoso", sonríe su novio Doug levantando los hombros.

Desde las alturas se ve el cielo estrellado de Williamsburg. Y, a lo lejos, las grúas de las nuevas construcciones del famoso barrio hipster de Nueva York, símbolos de un cambio que ya se avizora.

 


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Artists and Fleas. Este mercado, que abre sábados y domingos, vende desde lentes retro hasta joyería moderna.
Artists and Fleas. Este mercado, que abre sábados y domingos, vende desde lentes retro hasta joyería moderna.


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